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14 de enero de 2017

El hermosisimo "teatrito" colonial de Gibara



El crecimiento de la población y el tener Gibara una situación económica favorable posibilitó a sus vecinos la construcción de un teatro con capacidad y comodidades en el que pudieran hacer representaciones las compañías de gran cartel.
Fue la Directiva de la Sociedad “Casino Español” la que acometió la construcción en un solar que generosamente donó don Ramón Rodríguez Manzaneda, tal como da fe el Notario Público don Carlos José de Aguilera y Serrano en la escritura de 27 de diciembre de 1887.
Pero por las dimensiones de la obra no era suficiente con un solar, por lo que la Sociedad “Casino Español” compró el colindante a doña Amalia Fernández Leyva, viuda de Justiz, en la cantidad de seiscientos pesos oro español, según consta en la escritura de 2 de Noviembre de 1888 del mismo notario. Por ese mismo texto se sabe que el acuerdo fue que de inmediato le entregaran a la vendedora cuatrocientos pesos oro y que los otros doscientos lo entregaran cuando el hijo de ella, Arturo, llegara a la mayoría de edad.

 



El Teatro colonial de Gibara. Historia.
En el año 1878 en la calle San Mamerto, en la parte Sur, donde antes radicó una Valla de Gallos, construyó don Felipe Munilla un edificio espacioso de planta baja que alquiló a una Sociedad de Recreo nombrada “Circulo Familiar”. Esa dicha Sociedad adecuó el edificio para Teatro donde un grupo aficionado ofreció funciones dramáticas y además se daban bailes públicos.
En dicho Teatro se presentaron compañías de renombre a su paso por Gibara, entre ellas de la Zarzuela de los Señores Puga y Goenaga, que fue la primera que visitó el pueblo.
En el año 1884 se fundó la Sociedad de Instrucción y Recreo “Círculo Popular” que en el edificio acondicionado para Teatro construyó un pequeño escenario donde se daban funciones para los socios. Pero el dicho y único Teatro de Gibara resultó muy pequeño, por lo que en 1888 la Sociedad Casino Español, luego Unión Club, dio en construir otro más espacioso, que es el que ha llegado hasta nuestros días, aunque en ruinas desde hace decenas de años.
Los doce mil pesos oro español que costó el Teatro los sufragó el Casino Español de Gibara. Las lunetas, telones y sillas antes habían sido del Teatro Cervantes de La Habana; casualmente este teatro capitalino se iba a disolver como empresa y vendieron a buen precio sus propiedades. Estaba en La Habana en viaje de negocio el comerciante gibareño don Javier Longoria quien de su bolsillo compró lo que le vendieron y luego su compra la cedió en lo mismo que le había costado al nuevo teatro de la Villa.
La carpintería fue obra de los maestros ebanistas de Gibara, hermanos Pifferrer bajo la inspección de don José Almanza. Don Jesús Fernández Alonso, pintor y decorador aficionado hizo gratuitamente un hermoso florón en el cielo raso.
Juan José Martínez Casado
Concluido en 1890 el teatro fue inaugurado el 13 de octubre con once funciones seguidas que ofreció la Compañía de Zarzuelas del Sr. Palau a las que asistieron infinidad de familias holguineras que se trasladaron a Gibara a disfrutar las presentaciones. Más tarde se actuaron, entre tantas que es imposible mencionarlas a todas, la compañía de zarzuelas de don José María Varona y la del reputado tenor don José Navarro, los notables violinistas Brindis de Salas y Albertini, los pianistas Miguel de Cervantes y Gómez González, y la más recordada de todas las Compañías que vinieron a Gibara, la  dramática de doña Luisa Martínez Casado. Ella personalmente gustó tanto de Gibara que se residenció en la villa durante una larga temporada; incluso, en la casa que está frente al Teatro vino al mundo su hijo, el actor famosos del cine mexicano Juan José Martínez Casado.
Al paso de los años el Colonial de Gibara quedó pequeño para la población, sin embargo tiene algo que lo adorna: su pasado esplendoroso e incluso un mitolocal que asegura en allí bailó la mismísima Isadora Duncan.

Interiores del teatro abandonado de Gibara:




Cultura en Gibara
Por: Robustiano Verdecia (Redactado en 1953)
Gibara, en épocas pasadas vivió el arte en muy grande escala. Era tal disfrute parte de su vida, de su temperamento emotivo, de su sensibilidad emocional y de su aislamiento.
Así a su Teatro iban y volvían compañías de gran cartel que eran dadas a trabajar varias noches seguidas ante un público selecto desde antes de su llegada abonado por temporadas. Y además del talento de los artistas, el Teatro tenía condiciones magnificas y un decorado valioso.
En la “Era” pasada que hoy rememoramos en esta crónica, cada piso del Teatro tenía su público. El lunetaje solamente lo ocupaban los ricos y los profesionales, que asistían a las funciones elegantemente vestidos siguiendo la más rígida etiqueta: las damas, por ejemplo, eran dadas a lucir sus joyas valiosas y sus costosos vestidos. Los que se sentaban en el segundo piso eran parte de la clase que integraba el personal bien retribuido del comercio y las industrias. Y el piso tercero era para la masa del pueblo.
En su conjunto el público que asistía al teatro era entendido, educado e ilustrado, por lo que sabía hacer el elogio que los artistas merecían y también la crítica severa.
La mayoría de los vecinos conocía de música porque era parte de su educación.
Una vez que terminaban su contrato, las Compañías regresaban a la capital sin intentar siquiera irse con su arte a otra parte, en primera porque las condiciones del transporte le impedían trasladarse a otros pueblos y además porque el precio de sus presentaciones solo era posible en lugares prósperos como Gibara, donde, indiscutiblemente había mucho dinero.
La ciudad de Holguín, aunque siempre fue un centro de operaciones en gran escala, entonces no tenía suficiente personalidad en el mundo artístico por lo que las compañías y artistas que llegaban a Gibara la pasaban por alto (aunque igualmente era causa el costo alto de los medios de transporte). Así a muchos pudientes de aquella ciudad si es que querían disfrutar de los grandes espectáculos o la actuación de un artista de renombre no les quedaba otra opción que visitar Gibara. En días de presentaciones se les veía en grupos familiares usando la hospitalidad de las familias gibareñas durante todos los días en que las compañías estaban en la Villa, y otros, los acaudalados, se trasladaban a Gibara en horas de la tarde en un carro del Ferrocarril que se llamaba “Cigüeña” a un costo de cincuenta pesos por viaje.
Lo mismo más o menos es lo que hacen hoy en día los gibareños cuando quieren ver una buena película o la actuación de algún artista famoso que nada más se presentan en Holguín, a donde llegan por ferrocarril, con la diferencia que ahora el transporte es fácil y el costo asciende a cincuenta centavos la ida y lo mismo el regreso.
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El avance tecnológico de los tiempos que corren mató la costumbre itinerante de las compañías, e igual las opiniones especulativas que solamente consideran exitosa las salas enormes repletas de gente mirando las iluminadas pantallas donde se proyectas esas mareantes imágenes en Tecnicolor, cambiaron las costumbres de entretenerse.
Los teatros perdieron su preeminencia y hoy, la mayoría, solamente son un viejo recuerdo adonde la aristocracia iba a coquetear. En el caso de nuestro gibareño teatro, avejentado, soporta como puede y puede poco, su decadente poderío. Pero lo reconozcan o no, innegablemente fue ese un gran teatro, casi el mejor de la costa norte de la Isla.


Por el pasaron importantes artistas como los bufos de Gonzáles Hernández, la compañía de Luisa Martines Casado, el violinista Brindis de Salas, el pianista y compositor Ignacio Cervantes, el violinista Díaz Albertini.


Fuente de terracota ubicada a la entrada del teatro colonial de Gibara. Inicialmente la escultura estuvo colocada en el vice-consulado de España, residencia de don Javier González Longoria.