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Historia de Holguín

La aldea a la mano (Holguín, Cuba)

19 de enero de 2012

Juvenal Barocela Ricardo, el da Vinci de Antilla, Holguín, en Cuba


A partir de datos obtenidos de: 
Julio Labrada Enoas (Historiador de Antilla) e Ivonne Pérez Jardines.
Fotos aportadas por: Pedro Silva

Amables lectores esta es una historia absolutamente real que nada tiene que envidiarle a aquellas imaginerías de Félix B. Caignet al darle vida al más famoso médico de Cuba, “Albertico Limonta”: Por cierto, la lectura que amablemente ahora inicias habla de un médico y de otro médico, pero, ni siquiera una fotografía para conocerle el rostro. 

Juvenal Barocela Ricardo nació en el Esterón, en Cayo Mambí el lejano 18 de junio de 1885, hijo de Aquilino Barocela (Capitán sanitario del Ejército español), y de Petronila Ricardo. 

Niño todavía, escucha a su padre conversar a su padre, constantemente, con Eduardo Macías, que fue el primer médico que tuvo Sagua de Tánamo. 

Ahora Juvenal ha cumplido sus primeros 15 años. Nada estaba previsto que así ocurriera, fue una soberana casualidad. Juvenal está en una de sus acostumbradas visitas al doctor Macías y de pronto llega una paciente. De verla nada más el médico sabe que será el de ella un parto difícil y necesita alguien que lo asista. Usted ha preguntado sobre estos asuntos, le dice Macías, espero que recuerde lo que le he dicho. Lo recordaba y también los que decían los libros del padre, que Juvenal ha leído. 

Leyendo, oyendo, así se hizo médico el que nada más alcanzó el título de autodidacto. 


Juvenal Barocela llegó a Antilla por primera vez en 1909, ya había cumplido 24 años de su edad. Pero no se queda esa vez. Tres años después regresa, allí fija su residencia y nunca más vuelve a irse. En Antilla muere 64 años después, cuando ha cumplido 91 años de su edad.



Su primer trabajo en Antilla es como Inspector de Aduana al frente del Departamento de Inmigración, y Barocela está más feliz que nunca: desde el puesto que desempeña tiene acceso a todas las personalidades que en los grandes trasatlánticos visitan la enorme bahía de Nipe. Y tan valiosos servicios presta que lo reconocen con un viaje alrededor del mundo, pero él es hombre de ver el mundo llegar, solo de eso, no de embarcarse por esos rumbos: no acepta el premio pero lo agradece y sigue leyendo de medicina, que es su pasión.

En la época de Juvenal Barocela, existían en Antilla dos médicos, Francisco Plá, que es responsable de comprobar la salud de quienes entran por el puerto, y el Dr Germany, que atiende a los vecinos. Lamentablemente no hay dentista (odontólogo). Pero Juvenal había alcanzado experiencia en esa ciencia, y por otro lado es un sueño que puede realizar, de ahí que instale un gabinete en la mismísima oficina de Inmigración, donde atiende a viajeros y a vecinos. Y tan satisfechos están todos que muy pronto el “médico” adquiere fama y una muy numerosa clientela. 

Y cuando hace falta más que un buen “saca muelas”, Juvenal hace curaciones y hasta actúa como anestesista. 

El 29 de diciembre de 1918 contrae matrimonio con doña Lutgarda Cross Laffita, mujer paciente y bondadosa que será la compañera eterna de Barocela y su mejor enfermera.


Libros siempre tuvo, que leía hasta tarde en la noche. Los temas son varios, biología, anatomía, historia, artes, lenguas extranjeras. Con los marineros que llegan constantemente Barocela consiguió dominar casi a la perfección el inglés, francés, portugués, alemán, noruego y griego. 

Donde se comienza a hablar de quien no se llama “Albertico Limonta”, pero que igual que aquel de ficción, llegó a ser un notable médico.

Por necesidad de esta narración llevaremos a Barocela a Cayo Mambí otra vez, antes de irse definitivamente al pueblo de Antilla. Un día el lector impenitente iba camino a su casa, y en eso ve un hombre que le estaba pegando brutalmente a un niño. Juvenal interviene. El hombre está verdaderamente cansado de lo que considera malacrianzas del chiquillo. Sin pensarlo Juvenal le da la solución que el padre necesita: si le da el muchacho, dice, él lo educará.

Con el lloroso crío de la mano vuelve Juvenal a su casa y allí le da comida, hogar y una esmerada educación durante años. Así Julio Romero, que así se llamó el muchacho, se convierte en inseparable de Juvenal y con él se muda a Antilla. Uno en un sillón, el otro en otro: los dos leen sin cansarse y muy pronto el muchacho se convierte en un eficiente tenedor de libros y comienza a trabajar.

Enterado de la buena situación en que ahora está su hijo, el padre de Julio Romero va a Antilla y le reclama a Juvenal que le devuelva el muchacho. Nada puede hacer ante los derechos del padre, solo verlos ir. Pero al día siguiente Julio regresó después de fugarse de la casa, y le pide amparo a Barocela. La ley de la Patria Potestad es tajante y nada dice cuando el padre que reclama al hijo es un explotador. Si el padre de Julio vuelve, Julio tendrá que irse aunque ninguno de los dos quiera separarse. Barocela está al borde del desespero y por eso decide lo que decidió. Esconde a Julio Romero en la bodega de un barco noruego que mañana se marcha y les pide a unos amigos que cuiden del niño.

Al principio se carteaban incesantemente, pero la distancia pudo más… cesa el puente que los unía. Ninguno sabe más del otro por los siguientes 30 años. ¡Treinta años! (Después que transcurran la ALDEA retomará esta “subtrama”).

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Al gabinete dental de Juvenal Barocela Ricardo allá en Antilla acudía sin interrupción una fila  pacientes. Este se quejaba que estaba perdiendo la visión de un ojo y “el médico” le examinaba las encías. Sin creer que una cosa tuviera que ver con la otra, el paciente se hacía la radiografía que Juvenal le recetaba y, oh, milagro, el médico había dado con la causa de la maleza: una muela oculta dentro de la encía estaba provocando la pérdida de la visión. 

Otra vez su intuición volvió a darle la clave que hasta ese momento nadie en el mundo había imaginado, pero antes tenía que estar seguro. Y para estarlo Juve (como le decían en Antilla quienes le querían, esto es, toda la población), pidió al Hospital del central azucarero Preston que le facilitaran el apéndice de un operado, entonces extrajo el humor (pus) y, era cierta su hipótesis: el pus del apéndice era similar en todo al de la piorrea (enfermedad de las encías). Y entonces fue que con seguridad aconsejó a todos los enfermos de piorrea que se extirparan el apéndice si es que se querían curar, de eso estaba seguro. Pero ninguna publicación especializada de la época iba a tomar en serio a un aficionado, y Barocela guardó su descubrimiento.

Como comúnmente ocurría en las oficinas de Inmigración del puerto de Antilla, los doctores Plá y Germani en conversación con Juvenal le hacen saber que el profesor de la universidad de La Habana y miembro de la Academia de Ciencias de Paris, doctor Wells, iba a presentar un trabajo sobre la piorrea que, consideraban ellos que representaría un verdadero triunfo para la medicina y un gran beneficio para la humanidad. Pidió Juvenal más información y los amigos le leyeron lo que publicaban en la prensa. Juve oyó atentamente y finalmente le dijo a sus amigos: “Les aseguro que desafortunadamente el Dr. Welles no triunfará porque la piorrea no es una enfermedad local sino un síntoma que produce un estado patológico del organismo…”

Dieciocho años después desde La Habana el Dr. Plá le envía a Juvenal Barocela desde La Habana la edición del 15 de febrero de 1930 del  periódico francés Le Siele Medical, en el que aparecía un artículo con el título: “NOCIONES ETIOLOGICAS NUEVAS SOBRE LA PIORREA ALVEOLO-DENTARIA”, y a continuación un subtítulo que decía: “La piorrea no es una enfermedad local sino un sintóma que produce un estado patológico del organismo”. El Dr. Plá había subrayado el subtítulo y al lado escribió: “Parece que esto lo escribió usted, Juvenal”.

Una mañana irrumpieron en el Gabinete Médico de la Oficina de Inmigración del puerto de Antilla varios hombres que traían un empleado de los ferrocarriles al que un tren acababa de aplastarle un brazo y una pierna. Juve propuso que llamaran a uno de los médicos titulares, pero ninguno estaba en el pueblo. Haga algo, le dicen los desesperados, pero Juvenal Barocela no tenía enfermera alguna a mano, tampoco sangre para trasfundir al que casi está al morir, y para colmo de males, el médico no tiene ningún aparato regulador que lo guíe. Pero aún así Juve amputa la pierna y el brazo con la única ayuda de un amigo del accidentado que le sujetaba la careta para el anestésico. El hombre se salvó y los amigos dijeron que fue Dios quien guió al médico al cortar, pero sus colegas dijeron que fue el inteligente juicio de Juve quien le señaló el lugar exacto.

Otra vez Juve se ve en la necesidad de socorrer a un hombre herido de catorce machetazos que casi lo matan. Mandó el médico que pusieran a hervir mucha agua y que le buscaran sábanas, hilo, aguja y sal. Cuando tuvo todo procedió a realizar la curación. (¡En una de las heridas tuvo que darle 74 puntos!), pero no era esa la peor de las heridas, era la peor la que casi abría el cuello y que había provocado que salieran los tendones y venas y que la oreja pendiera de un hilo… también esa la cerró el médico y la vendó. Luego mandó que le  mantuvieran los vendajes húmedos con sueros fisiológicos (que él mismo preparó). Asombroso, dicen, fue comprobar que cuando el médico retiró los vendajes la herida estaba prácticamente curada.


Cuando llega a Cuba una Comisión con el encargo expreso del Colegio Médico colombiano de visitar a todos los médicos autodidactos para someterlos a exámenes y legalizar sus títulos, (por cierto esta Comisión ya había hecho en otros lugares de América lo que ahora era una oportunidad para los cubanos). Sus amigos sugirieron a Juvenal Barocela que se presentara, ninguno de ellos tenía la menor duda de que saldría con excelentes puntuaciones. Pero Juve creyó que hacerlo era una ostentación y rechazó el ofrecimiento diciendo que “él no había pasado por la Universidad y que por tanto no merecía tener título…”


No solo en medicina fue Juvenal Barocela Ricardo una genio, sino que también lo fue en otras ramas: era él quien arreglaba la locomotora que arrastraba los carros de caña al central cercano.

En la década de 1960 un amigo le comenta a Juve que la nueva dirección del país tenía entre sus planes hacer algunos arreglos en la bahía de Nipe para mejorar la navegación marítima pero que necesitan datos. Es Juvenal Barocela quien aporta los datos que se necesitan de forma minuciosa, detallada… Por cierto, no demoró en llegarle la respuesta de agradecimiento firmada por el comandante Ernesto Che Guevara. 



Asimismo Juvenal fue buen farmacéutico. Él mismo creó fórmulas para hacer medicamentos que curaban afecciones dermatológicas. Por cierto, la ALDEA llamó a la farmacia de Antilla y le confirmaron que aún hoy esos preparados se siguen haciendo con la receta dejada por Barocela, quien, también, era experto en la confección de prótesis dentales y de aromáticos perfumes con los que obsequiaba a sus amistades. (Por su modestia nunca patentó ninguno de sus inventos).

Al estudio de la historia del arte dedicó muchas horas de estudio. Dicen quienes le conocieron que poseía tal caudal de conocimientos sobre lugares de todo el mundo como si los hubiera visitado.

La filatelia era uno de sus entretenimientos. Llegó a poseer 45 mil sellos de varias partes del mundo y la colección completa de sellos emitidos en Cuba hasta poco antes de su muerte. También jugaba muy bien al ajedrez, sin embargo nunca aceptó competir en ninguno de los campeonatos del municipio, pero sí le gustaba ganarle a todos los campeones municipales.

Con virtuosismo tocaba la guitarra y el violín, e incluso, ocasionalmente interpretaba en público piezas con esos instrumentos… Por eso su hogar era punto obligado de la mayoría de los artistas que visitaban el pueblo: Vicente Golava, guitarrista español, Luis Suárez, poeta cubano, Sindo Garay, Blanquita Becerra, Libertad Lamarque (quien estuvo en su casa en 1946), Tito Guisart… 

Dicen que su biblioteca era la más copiosa de Antilla, sobre todo de literatura médica, pero también sobre las grandes culturas de la humanidad. Nadie en el pueblo tuvo una colección mayor de Enciclopedias. Y dicen que Juve también poseía objetos de arte muy valiosos, de los que él conocía cada detalle: eran estos objetos figuras de porcelana fina, de maderas preciosas, de bronce, de plata. Incluso, algunas de esas figuras fueron confeccionadas por él mismo. Igual Juve fue un ebanista excelente: por ahí quedan algunos muebles de diferentes estilos por él confeccionados.

Y si ya no fuera suficiente para probar que la ALDEA ha dado con la historia de un muy singular personaje del que lamentablemente no tiene siquiera una fotografía para conocerle el rostro, hay más. Juvenal Barocela Ricardo fue un coleccionista furibundo de relojes, sombreros, lámparas, mesas, sillones, buroes. Y ya es mucho para alguien, no lo era para el versátil mundo de don Juve, todavía él consiguió tiempo y talento para la pintura y la caricatura. Esta última la ejercía en el circulo de sus amigos más allegados.



Donde reaparece el niño maltratado ahora tan médico como Albertico Limonta (y después dicen mal de Félix B. Caignet).

Ya habían pasado más de treinta años desde la última vez en que Juvenal y Jorge se despidieron. Si recuerdan bien el muchacho se había fugado en un barco griego con la ayuda de Juve. Hacía años que no se escribían. Y un buen día invitan a Barocela a una reunión a la que concurrieron altas personalidades de la medicina de diferentes partes del mundo y… oh, milagro!!!. Allí estaba él, Julio, ahora un respetado profesional de la medicina.

Un día funesto Juvenal se percata de una molestia en la lengua. Podía ser la prótesis dental que lo estaba lastimando, pensó, y se dedicó a hacerle algunos arreglos. Pero la molestia persistía. Entonces comenzó a tratarse el mismo: se observó detenidamente… y lo descubrió que la molestia se la provocaba una afección casi insignificante. Se aplicó una pincelada con un producto por él mismo creado por si la afección era el inicio de una tumoración maligna. Con eso tendría, estaba seguro. Pero la afección creció. Otro cualquiera habría tenido dudas, Juve no. Él mismo hizo su diagnóstico: Leucoplacia de la lengua, provocada, dijo, por fumar excesivamente. Mandó a hacer una biopsia y mientras, para ir adelantando, se autodestruyó todas las papilas y las úlceras. (Era el 31 de diciembre de 1971).

Pero no tuvo mejoría, con el transcurso del tiempo la molestia crecía. Consulta médicos de la localidad y no queda satisfecho. Entonces acude al Hospital Lenin, de la ciudad de Holguín. Le mandan a hacer una nueva biopsia; el diagnóstico es el mismo hecho dos años atrás por el propio enfermo. 

Juve sabía que no tenía salvación y comienza a hacer los últimos y urgentes actos de su vida… los libros los dejó con él hasta el final. Cuando estuvo seguro que ese momento estaba muy cerca, donó su exquisita biblioteca al pueblo de Antilla. El 9 de junio de 1976 dejó de funcionar la casi perfecta maquinaria de su cerebro. Ese día, dicen en Antilla, murió el da Vinci del pueblo.


1 de enero de 2012

Arquitecto Atanasio González de Riancho, creador holguinero durante la primera década del siglo XX



Por: Angela Peña Obregón

Resulta imposible estudiar la arquitectura holguinera de los últimos años del siglo XIX y primeros del XX sin referirnos a la obra del maestro Atanasio González de Riancho y Calderón de la Barca porque este artista proyectó y dirigió la mayoría de las edificaciones que se realizaron en la ciudad en ese periodo, además de ocupar el cargo de Arquitecto Municapal por varios años.

González de Riancho realizó estudios de Maestro de Obras y Agrimensor en la Escuela Profesional de la Isla, fundada en La Habana a mediados del siglo XIX. El primero de julio de 1895, cuando solamente había cumplido 23 años de su edad, recibe el título de Maestro de Obras que entonces equivalía al de Arquitecto(1). No sabemos el año en que también obtiene titulo de Agrimensor, pero debió ser casi inmediatamente del anterior. (Se cree así porque en sus papeles aparecen ambos títulos)(2)

Para ese entonces la carrera de Arquitectura no existía en el país, esta junto a la de Ingeniería y electricidad se fundaron en 1900. Los estudios que se realizaban en esta Escuela Profesional de La Habana estaban dirigidos a diseñar edificaciones, pequeñas obras de ingeniería y cálculos de materiales. Los graduados podían ocupar el cargo de Arquitecto Municipal en ciudades de menos de 2.000 habitantes o en las que no existieran arquitectos, según los artículos 73 y 74 de las Ordenanzas de La Habana que regían en todo el país.

La carrera de Agrimensor se estudiaba en solo dos años para quienes ya se habían graduado como Maestros de Obras, pues estos podían convalidar varias asignaturas.

En esos dos años los estudios de Arquitectura y de Ingeniería se realizaban en España o en los estados Unidos. 

Atanasio tuvo que conformarse con estudiar en La Habana por motivos económicos(3). Francisco, el hermano mayor se hizo arquitecto en Madrid, debiendo rivalidar el titulo en La Habana. 

Sus padres procedían de dos distinguidas familias santanderinas, los González de Riancho y los Calderón de la Barca. El abuelo materno, del que por tradición familiar heredó el nombre, don Atanasio Calderón de la Barca y Villa, fue una influyente figura en la Gibara de mediados del siglos XIX, ocupando el puesto de alcalde municipal en 1874, fecha esta en que la población logró separarse de Holguín y constituir su propio Ayuntamiento y Jurisdicción. Don Atanasio fue propietario de “La Victoria”, uno de los ingenios azucareros más notables de la zona, y también del muelle del puerto de Gibara y de importantes sociedades mercantiles.

Para oír al historiador de Gibara narrando la biografía de don Atanasio Calderón de la Barca, pariente del célebre poeta español.

Su madre, doña Gertrudis Calderón de la Barca Rodríguez, era la mayor de ocho hermanos, fruto del primer matrimonio de Atanasio con Nicolasa Riodríguez Ochoa, (ella de ascendencia canaria).  Su padre don Federico González de Riancho. 

Don Federico nació en Ontaneda, Santander, España y vino a Gibara en 1860 al recibir la invitación de su pariente don Atanasio que quiso se le uniera en Cuba para que lo ayudara en sus cada vez más importantes negocios. Don Federico no lo duda y llega a Gibara con solo 20 años y aquí se convierte en socio y hombre de confianza de su patrón. Poco más tarde se casa con una hija de este, doña Gertrudis. Y cuando muere la esposa de don Atanasio y el rico patrón, socio y suegro decide casarse otra vez, don Federico le recomienda una hermana suya que está en España. Se casaron por poder y poco después llegó a Gibara la mujer que se llamó Joaquina, doña Joaquina  González de Riancho y Ceballos.

Casa gibareña de los Calderón de la Barca y González de Riancho
Ambas familias construyen casa para vivir: un edificio, el mejor de la villa entonces, que como era usual entonces, servía de almacén en la planta baja y en la alta dos casas gemelas, idénticas. En la actualidad, y teniendo en cuenta sus valores históricos, arquitectónicos y artísticos, este edificio es sede de los Museosde Artes Decorativas y municipal de Gibara.

La primera referencia a la labor profesional de Atanasio González de Riancho en Holguín aparece en 1900 cuando ocupaba el cargo de Arquitecto Municipal. En el año 1899 había contraído matrimonio con Otilia Guerrero Ferrer.


En 1905 se le localiza avecindado en Santiago de Cuba, desempeñándose como Ayudante de Obras Públicas del Gobierno Provincial, puesto es que antes había ocupado su hermano Francisco(4)

Por entonces la ciudad de Holguín se encontraba degradada y empobrecida con muchas de sus casas en estado ruinoso, como consecuencia de la guerra. Pero muy poco después el arquitecto retorna porque en la ciudad se vive un auge constructivo producto de una mejora económica. Es entonces cuando Atanasio González de Riancho crea una obra profesional de gran importancia que ha trascendido hasta nuestros días. 


Se conservan 25 proyectos de González de Riancho en el Fondo de Obras Públicas del Archivo Provincial de Holguín, fechados  entre los años 1909 y 1920, también en el Archivo de la Oficina de Historia del Centro Provincial de Patrimonio aparecen diferentes proyectos suyos algunos firmados con Walfrido de Fuentes y Fuentes, arquitecto holguinero residente en La Habana. Entre éstas obras conjuntas destaca el Hotel Saratoga en una de las esquinas del Parque Calixto García, construido para el Doctor en medicina Rodolfo Socarrás.

Asimismo Atanasio proyecta obras de carácter religioso como el Cementerio Americano(6), al final de la actual avenida de Los Álamos, levantado durante la intervención norteamericana y que fuera demolido una vez que dichas tropas retornaron a los Estados Unidos, y también la Iglesia Metodista Episcopal, de culto protestante, en la calle Mártires, esquina a Cables.

En cuanto a obras particulares, se cuentan múltiples viviendas y comercios, además de ampliaciones y modificaciones de mansiones ya existentes en la ciudad. (Incluso se cree que muchas construcciones con características similares a obras conocidas de González de Riancho, que podemos encontrar en la ciudad, hayan sido proyectadas por él, pero desgraciadamente la pésima atención que durante años tuvo el Archivo Histórico del Ayuntamiento hizo que se perdiera gran parte de la información que hoy pudiera probar dicha hipótesis).

La mayor parte de los trabajos arquitectónicos confeccionados por González de Riancho son de estilo ecléctico, de boga en el país en aquel entonces y que el conoció muy bien por sus estudios en la Escuela Profesional de la Isla. Pero asimismo el Arquitecto también firmó proyectos de viviendas de estilo Ballón Frame, esto es, arquitectura de madera caribeña, caracterizada por la profusión de guardamalletas, carpelas y celosías, entre otros motivos.

Vivienda Angela Fernández, alzado y planta

Eran los principales clientes de González del Riancho, preferentemente, la clase media y la burguesía que en ese momento se asentaba en el centro de la ciudad.

Son la mayor parte de sus viviendas de un solo nivel, algunas rematadas con altillos al fondo. La planta individual, característica de las primeras obras, se va transformando con el objetivo de aprovechar más el terreno y construye, a petición de los propietarios, casa de planta dual, de tres y de hasta cuatro viviendas paralelas. El techo y cubierta, en función del gusto del cliente, las proyecta de madera, tejas, vigas y lozas de barro en las azoteas, aunque también utiliza placa de hormigón y vigas gruesas de acero (Iron Brecke).

Vivienda de Pablo García, alzado y planta

La decoración más o menos profusa y confeccionada por medio de moldes con morteros de albañilería, era otro de los motivos diferenciadores en sus proyectos, junto a la disposición de los vanos en la fachada, ya fueran estas simétricas con o sin zaguán y galería interior o con acceso principal hacia uno de los laterales de la fachada.

Los elementos compositivos y el sistema espacial sí eran parecidos; la altura promedio de unos seis metros, la planta volumétrica… pues las habitaciones se concebían de grandes dimensiones. Alrededor de los vanos con jambas y molduras que en ocasiones formaban zócalos, un sencillo friso, cornisa y pretil con copas de barro.

En cuanto a la planta poco difería de la colonial tradicional, estructurada alrededor de un patio interior rodeado de galerías fundidas con capiteles compuestos. En la sala principal se proyectaban por lo general dos arcos sobre columnas y capiteles en los arranques y en los colgadizos. Los vanos se cubrían con una carpintería que llegaba al piso, con postigos y, en la parte superior, una luceta de colores. 

La cocina y el excusado se proyectaban al final de la planta, aunque alguna vez construía en el traspatio. Para el segundo se construía una fosa moura y para la cocina un fogón de carbón que se extendía por la pared del fondo con una campana o chimenea para exhalar el humo. En el patio también se cavaba y montaba un aljibe para recoger el agua de lluvia, siempre a cierta distancia del pozo. Estas condiciones estaban determinadas por la inexistencia en la ciudad de un acueducto y alcantarillado, a pesar de las exigencias que de ellos hacían las ordenanzas.

Plano de la fachada Iglesia Metodista Episcopal, Holguín (Calle Cables, esq. Martires)

Entre las obras de González de Riancho se conservan algunos exponentes arquitectónicos que hoy forman parte de la imagen y del patrimonio cultural de la ciudad como la Iglesia Metodista Episcopal(7) edificada en 1913, que respondía a la tipología de iglesia norteamericana protestante: en el proyecto la torre en el centro sobre la puerta principal de dos cuerpos y terminada en una cúpula en punta.

Otro proyecto de González de Riancho fue su propia vivienda(8), situada en calle Maceo 290, entre Coliseo y Peralejo. Esta presenta un portal corrido en la fachada, rodeado de barandas fundidas en balaustres y hacia uno de sus laterales un zaguán. También dicha casa posee un altillo al fondo. El techo es de azotea que, además de los elementos característicos, el arquitecto los enriqueció con un zócalo de mosaicos decorados con elementos floreados que le imprimen una destacada presencia urbana.

Casa vivienda del Arq. Atanasio González de Riancho en Holguín

Otros exponentes valiosos son la casa que construyó en 1910 al alcalde Miguel Ignacio Aguilera(9), la del banquero Luis Espoleta(10) y la de estilo Ballón Frame, que proyectó en 1915 para María Coello, hoy desgraciadamente desaparecida(11). González de Riancho dejó obras en otras ciudades de Cuba, Como Santiago y Antilla.

Otra característica especial de este arquitecto es que se preocupaba del interior de sus edificios, cuidando cada detalle, e incluso diseñando él mismo los muebles.

Don Atanasio González de Riancho falleció a los 51 años, el 17 de noviembre de 1923 en Nueva York adonde se encontraba por motivos de salud. Fue enterrado en el panteón familiar del Cementerio General de Holguín donde su madre doña Gertrudis Calderón de la Barca, su esposa Otilia Guerrero Ferrer y sus ocho hijos colocaron una sencilla inscripción que recuerda a uno de los arquitectos que tiene que ver con la imagen actual de la ciudad de Holguín.

Notas:
1.- Lilian Llanes. Apuntes para una historia sobre las construcciones cubanas. Edit. Letras Cubanas, Ciudad de La Habana. 1985. Apéndice 1.
2.- Legajo 100. Expediente 5312. Fondo Obras Públicas. Archivo Provincial de Historia.
3.- Herminio Leyva. Gibara y su Jurisdicción. Establecimientos tipográficos de Martín Bim. Gibara 1894.
4.- Protocolo Notarial año 1875, anotación 127. Gibara. (Herminio Leyva dice que se examina en La Habana para ingresar en el cuerpo de Obras Públicas y que en 1894 es ayudante del mismo en Santiago).
5.- Protocolo Notarial de Gibara. Libro 3, folio 113, Tomo 36.
6.- El eco de Holguín (periódico local). 27 de junio de 1900. Pág 2.
7.- Expediente 8306. Legajo 100. Solicitud de Mr. W. Baker para construir en Holguín una iglesia e`piscopal. Años 1912-13-
8.- Entrevista realizada en Holguín a Mario Muro González de Riancho, nieto del arquitecto. Enero de 2001.
9.- Exp H.21, Oficina de Historia del Centro Provincial de Patrimonio.
10.- Idem.
11.- Idem.

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