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Historia de Holguín

La aldea a la mano (Holguín, Cuba)

25 de agosto de 2009

Al Guayabero esté donde esté, lo mismo en el cielo que en el infierno









SANTAS PALABRAS DE UN HOLGUINERO SINGULAR

Por: Paquita de Armas.

Fue precisamente en el Parque cuando una noche vi a Faustino Oramas, El guayabero, vestido con un saco azul oscuro por arriba de la camisa blanca y con su tres tomado por la garganta con su mano grande y negra. Una de mis amigas de la Secundaria Básica José Martí ―racista como una buena cantidad de holguineros― lo señaló y dijo “mira ese negro que cree que canta y solo dice groserías”.




FAUSTINO ORAMAS Y LA JUNGLA DEL TIEMPO (entrevista)

Por: Leandro Estupiñán

Los últimos meses fueron para Faustino Oramas (El guayabero) una especie de jungla tupida, de pantano por el que avanzaba cuando se lo permitía el vacilante suelo. El primer indicio de andar por una estepa de desánimo lo dio a su asistente y amigo Cecilio Peña: “No quiero cantar”, rezongó. Y Cecilio lo repetía constantemente: “No quiere cantar más”. Y agregaba: “Está un poco vago”. Lo decía en broma, como para jaranear con el viejo jaranero. Pero Faustino apenas podía escucharlo. Se mantenía inmutable en su sillón, en la sala de su casa, mirando al suelo.




EL DOBLE SENTIDO LO PONE USTED (entrevista)

Por: Mario Jorge Muñoz y Joaquín Borges Triana

Faustino Oramas sintetiza la imagen viva del "típico jodedor cubano". Sin embargo, son pocos los que pueden asegurar que lo han visto sonreír en alguno de sus conciertos.






EL GUAYABERO: CON LA BOCA LLENA DE RISA

Por: Bladimir Zamora.

El Guayabero ha muerto en su ciudad. Hombre, da pena no poderlo volverlo a saludar digamos de manera convencional, pero a esa muerte no le tengo ningún miedo. Lo que nos queda en la memoria de su vocación andariega y las pocas y definitorias grabaciones de sus obras, que nadie nos podrá arrebatar, dan perpetua seguridad de su presencia.





MAL PENSADO DE FILA

Por: Amado del Pino

El guayabero representa la quintaesencia de una tradición riquísima de cultura popular, del ingenio criollo que se opone —sobria pero tenazmente— a la retórica o a las fronteras mentales que, de vez en cuando, asoman la cabeza.




AL GUAYABERO, ESTE DONDE ESTE

Por: Kaloian Santos Cabrera

Una vez (El Guayabero) dijo: “Es la filosofía de la vida. Nadie se escapa. Cuando el tren para en tu puerta, no vale que “llévate a mi hermano que está más viejo”, “déjame vestirme” o “a ver si me pelo”… Ahí no hay escapatoria. Viene de golpe y porrazo”.




MURIO EL REY, YA NO TENEMOS REY


Por. Amaurys Betancourt

19 de agosto de 2009

¡Murió el rey!, ¡ya no tenemos rey!

Fotos: Amaury Betancourt

Santas palabras de un holguinero singular

Autora: Paquita de Armas
Holguineras y holguineros con más de 60 años recuerdan que antes de 1959 en el Parque Calixto García ―el más céntrico de aquella ciudad― se daban dos vueltas, una alrededor de unos bancos, en la que paseaban muchachas y muchachos de cierto abolengo, y la otra, más ancha, por la que transitaban pobres y negros. No faltaba el joven apuesto y pudiente, que detrás de una mulatita o una sirvienta fuera parte de la rueda grande.
Ir al parque entonces ―y ahora― ha devenido una suerte de rito: allí se flirtea y también es un lugar de citas de todo tipo. Hoy, por supuesto, no existen vueltas divisorias. Dos amigos de cualquier color pueden quedar en encontrarse en una de sus esquinas, o en un banco específico, para luego seguir la rumba del sábado o el domingo. Y aunque los que más abundan de noche son jóvenes, el Parque que así se le dice al Calixto García, aunque haya muchos más, sirve a las más diversas generaciones de descanso o lugar para refrescar con alguna brisa en tardes tórridas. Fue precisamente en el Parque cuando una noche vi a Faustino Oramas, El guayabero, vestido con un saco azul oscuro por arriba de la camisa blanca y con su tres tomado por la garganta con su mano grande y negra. Una de mis amigas de la Secundaria Básica José Martí ―racista como una buena cantidad de holguineros― lo señaló y dijo “mira ese negro que cree que canta y solo dice groserías”.
Si hoy yo dijera que salí en defensa del Guayabero mentiría. Tampoco lo hice cuando empecé a trabajar a principios de los años 70 en el Periódico Ahora y su presencia dividía las opiniones: tipógrafos, cajistas, impresores y algún periodista lo trataban de artista, los otros decían que todo lo que decía era vulgar y soez, sin ningún aporte cultural.
Cuando fui a estudiar a Santiago de Cuba, en las noches que pasé en la Isabelica, centro de reunión de trovadores y poetas, fue que aprehendí al Guayabero. Todavía tengo intacta la memoria de un día que empatando una canción con otra, nos dio las cinco de la mañana y la mayoría eran del juglar holguinero, que sin estar presente fue el gran protagonista.
No creo que yo sea una excepción. Pienso que para muchos de mis coterráneos El guayabero pasó de ser el “negro flaco con doble sentido” al trovador original y raigalmente cubano, que con su picaresca humorística logró enamorarnos de una manera de hacer el son. Mirando hacia atrás me pregunto cuántos sinsabores tuvo que sufrir Oramas antes que fuera reconocido como artista. En Holguín desafió un doble problema: los rezagos racistas de una ciudad nacida entre blancos hacendados españoles, con muy pocos esclavos y ser intérprete del son, con un doble sentido que en mentes mediocres y mal pensadas hacía que fructificara lo vulgar, sin que lo soez estuviera en las frases del Guayabero.
Claro que buena parte de su vida la pasó en el camino como típico juglar. De pueblo en pueblo andaba, viviendo de “el cepillo” y con la aventura de acostarse donde lo cogiera la noche. Así tuvo amantes, novias y líos como la trigueña que conoció en Guayabero, casada con un cabo de la policía, y que sirvió para la canción homónima, interpretada años después, en 1960, por Pacho Alonso y que le dio la vuelta al mundo, para alegría de su compositor que ya había perdido su nombre original.
Quizá, como él mismo decía, la interpretación de Pacho le sirvió para ser conocido, pero no fue hasta 1985 que grabara un disco, aunque ya por ese año recibía toda la atención de las autoridades de su Holguín natal. Así, en vida, por suerte, recibió todos los homenajes: medallas, premios, invitaciones y atención individualizada.
Pero creo que el tributo mayor al Guayabero ha sido el reconocimiento de sus compatriotas que lo han reconocido como suyo desde lustros atrás. Al final la historia hizo justicia y Faustino Oramas devino para holguineras y holguineros el hijo brillante y mundialmente conocido, que con humor logró que la música cubana se afianzara en el sitial que merece. Y no por esperado fue menos impresionante su sepelio. Las cámaras enseñaron varias cuadras llenas de personas y otras decenas asomadas en balcones y azoteas, todas ―viejas o jóvenes, negras o blancas― diciendo adiós a su juglar, el que les hizo reír y les tomó el pelo por décadas, con ese singular doble sentido dibujado con santas palabras que nunca dieron cabida al mal gusto o lo pedestre.

Faustino Oramas y la jungla del tiempo

Autor: Leandro Estupiñán
Los últimos meses fueron para Faustino Oramas (El guayabero) una especie de jungla tupida, de pantano por el que avanzaba cuando se lo permitía el vacilante suelo. El primer indicio de andar por una estepa de desánimo lo dio a su asistente y amigo Cecilio Peña: “No quiero cantar”, rezongó. Y Cecilio lo repetía constantemente: “No quiere cantar más”. Y agregaba: “Está un poco vago”. Lo decía en broma, como para jaranear con el viejo jaranero. Pero Faustino apenas podía escucharlo. Se mantenía inmutable en su sillón, en la sala de su casa, mirando al suelo.
   Así lo encontré el pasado verano cuando el trovador cumplía 96 años (o los 103 que le atribuyen). Faustino no estaba ya para hacer bromas. Lo suyo era el dolor interno, el recuerdo que persigue a los seres humanos al final de sus días y su sordera. Cada día sentado en el sillón, mirando el televisor u oyendo el radio (o haciendo como que veía, como que escuchaba). Intenté hacerle una entrevista, que al final hice, solo que nunca intervino en ella con algo más que discretos monosílabos. Mi suerte fue encontrar, además de Cecilio, a Santana Oramas Osorio, primo y músico de la orquesta, un negro divertido quien palmeó un hombro del viejo trovador para asegurarme: “Este viejo es un sala’o. Es un pillo”. Dejaba claro que en su andar por el mundo, en su paso por los bares, El guayabero había redoblado aquello que en su sangre había de negro y español. Era el rey del doble sentido.

   Aprendió a tocar el tres con Pepe Osorio. Trabajó en el conjunto Los diablos. Luego se aventuró en dispersas controversias mientras trabajaba en un comedor de nombre El guachinango. Descendía de una familia longeva. Hasta principios del año pasado se mantuvo en activo. Lo había dicho en una entrevista: “Me tengo que morir divirtiendo al pueblo, esa es la consigna que me hice”.
   Cada noche lo llevaban a la Casa de la trova (que lleva su nombre). Lo conducían a la tarima donde le ayudaban a sentarse, a acomodarse, a concentrarse. Entonces, iniciaba los rasgueos en su guitarra y comenzaba a murmurar todas esas canciones por él tantas veces repetidas. A veces, viéndolo, me pregunté cómo pasaban las letras por su cabeza. Porque un día podrían amontonársele las palabras provocando tal embotellamiento en su cerebro que la lengua terminaba trabada, y ese doble sentido podría dejar de ser doble para volverse de un único y claro significado. Pero no le ocurrió. Nunca pudieron vencerle quienes en la ciudad lo acusaban de ser un grosero. “Eso lo piensa usted. No yo”, se defendía ante los criterios de que sus canciones estaban pobladas de palabras ofensivas. Se valía del doble sentido y, siempre, del son montuno para enredarnos la lengua con su juego verbal cubanísimo. Sus letras representan lo que se denomina “tradición trovadoresca”, interpretadas en antologías como el caso de Buena Vista Social Club, donde Ibrahim Ferrer cantaba “Candela”.
   “La yuca de Casimiro”, “Mañana me voy pa’ Sibanicú” y “Marieta” lo volvieron tremendamente popular. En Holguín hubo un Club donde la gente recordaba sus canciones. En El Rincón del Guayabero se cantaba, se bailaba, se amaba. La gente hacía todas esas cosas que gusta hacerse en los clubes nocturnos. Pero ha pasado el tiempo. Hoy no existe ese club, y el propio Faustino zumbaba: “Bien que se pasaba allí.”
   Hermanos y parientes iban a visitarlo porque comprendían que su tío, aunque se movía poco, era historia musical viviente, imagen de una época que parece haber quedado en el olvido: tiempo de esquinas llenas de gente que bebía ron en las cantinas junto a acordes de guitarras. Por todo el Oriente cantó. Después se expandió su música por Cuba. En España tiene zonas donde es una especie de ídolo.
   El día de mi visita, El guayabero fue un hombre cortés. Eran pocos quienes acudían a verlo. No se quejó, pero pudo hacerlo. Cecilio lo hacía por él: “En otras provincias se preocupan más.” El viejo proverbio del profeta que no lo es en su tierra. En su ciudad natal Faustino era, de tan normal, a veces imperceptible.
   Al final, apenas pudo atenderme, y se disculpó por ello. Fue Cecilio quien conversó, quien revivió anécdotas, viejos recuerdos. Pero quería hablarle, oír su voz.
   “¿Sabe que hasta en Internet pueden encontrarse datos suyos?”, le pregunté.
   Me mira El guayabero, con sus clásicos ojos de bóvido, rostro de gente pícara, esa seriedad: “¿Cómo?”, pregunta. “Internet, ¿sabe?“¿Internet?”, repite él, calmoso. “Internet”, le confirmo yo. “Internet”, casi le grita desde su sillón Cecilio. “Internet”, murmura él. Parece habernos entendido y averigua: “¿Esa ya se murió?”
   Casi un año después, complicado de salud, pero mostrando una increíble resistencia murió en su ciudad natal. Me recordó el suyo, a un velorio del pasado, de esos que alguna vez vi a través de viejas fotografías: bandera cubana, fotos, flores, gente iluminadas levemente, contrastando con la arquitectura antigua del edificio. Estuvo expuesto por 24 horas en La Periquera, emblemático edificio de la ciudad, frente al Parque Mayor General Calixto García. Para verlo (u homenajearlo) cientos de holguineros desfilaron junto al féretro, acompañado por familiares, amigos, su música.
   Si algo hay que agradecer de su muerte (porque la muerte también se agradece, a veces) es que mientras duró el sepelio no se escuchaba otra música en los alrededores que su música, la música cubana. Había un ambiente amable, al amparo de una noche suave y húmeda.
 
   A la mañana siguiente, centenares de personas lo acompañaron al cementerio. Un asfalto humano cubrió las calles. Se vieron sombrillas, cámaras y su grupo musical tocando. Había muerto el trovador holguinero más popular y conocido: Faustino Oramas (El guayabero), Premio Nacional de Humorismo, poseedor de múltiples condecoraciones; ese señor bien viejo al que encontré en su casa, cabizbajo, como armando un rompecabezas mental. Parecía un pobre anciano. Sin embargo, sé que, aún sin hablarme, mirándome con unos ojos que parecían pesarle, él (más jodedor que cualquiera) entonaba: 
Allí llegó una viejita 
que ya contaba setenta
y según sacaba cuenta
decía que era señorita...

El doble sentido lo pone usted

Autores: Mario Jorge Muñoz y Joaquín Borges Triana


No hay otro. “Y tampoco lo habrá”, aseguran orgullosos sus compatriotas músicos de Holguín, ciudad donde Faustino Oramas, el mítico Guayabero, ha vivido los 95 años que cumple este domingo 4 de junio. Nacido en 1911, el “Rey del doble sentido”, como lo reconocen trovadores y humoristas cubanos, festejará su onomástico junto a su pueblo y otros importantes músicos del resto del país, que por estos días viajaron a la Ciudad de los Parques para compartir con el legendario juglar, a quien está dedicado el III Festival y Concurso Música con Humor.
Hombre sencillo, El Guayabero es uno de los artistas más queridos por el público cubano, de ahí que le fuera conferido el Premio Nacional de Humorismo en el año 2002. Alto, flaco pero nervudo, este negro con figura quijotesca es autor de sabrosos sones y guarachas, que algunos no creerían salidos de la imaginación de un músico autodidacta.
Caballero andante con su guitarra al brazo, llevó su gracia y su música a los más disímiles puntos de la geografía cubana.
Faustino Oramas sintetiza la imagen viva del "típico jodedor cubano". Sin embargo, son pocos los que pueden asegurar que lo han visto sonreír en alguno de sus conciertos.
Apasionado por las mujeres, a las que aún considera una de sus principales fuentes de inspiración, el autor de la popular Marieta, y de En Guayabero —que le dio el apodo—, entre muchos otros temas famosos, comenta que "le gusta hacer que la gente se divierta", sin comulgar con la chabacanería.
Con una sordera "de cañón" que lo ha seguido al ritmo del almanaque —pero no le ha impedido continuar con su canto— y padeciendo "algunos achaques propios de la vejez", el popular compositor, con más de 70 años dedicados a la música, confiesa sentirse "bastante bien, guapeando".

Quisiéramos que nos hablara de su llegada a la música.
¡Oh!, eso es largo.
Tenemos tiempo...
¿Seguro? Empecé a los 15 años, con el Septeto Tropical, de Benigno Mesa, tocando maracas y haciendo coro. En ese grupo estuve bastante tiempo.
¿Siempre vivió en Holguín?
Sí, toda la vida. Nací el día 4 de junio.
¿De qué año?
¿Qué?... (Se ríe). El 4 de junio de 1911.
¿Y cuando comenzó a cantar vivía de la música o tenía algún otro trabajo?
Que recuerde, son muchos años con el tres y cantando. Pero antes, de muchachito, fui tipógrafo, trabajé en una imprenta.
¿Siempre se dedicó al son montuno o hizo también otras cosas?
Son montuno, toda la vida.
¿Por qué lo prefiere?
Siempre me dediqué a eso. Me interesó siempre la música típica cubana. 

¿Y por qué las letras más cercanas al choteo, al humorismo cubano?
El doble sentido lo pone usted. Yo digo una cosa y usted piensa otra. Lo que está pensando yo no lo puedo decir. Es a usted al que le gusta pensar otra cosa de lo que yo digo.
¿Se considera un humorista?
Bueno, eso dicen ellos. Yo hago lo que siempre he hecho.
¿Sus temas surgen a partir de vivencias personales o salen de historias que suceden a otras personas?
Algunas sí me han pasado; por ahí uno se inspira y sale el numerito. Otras me las cuentan los amigos, la gente. Después el número llega al público, y si gusta, entonces está hecho.
¿No ha tenido problemas por los textos, gente que se haya ofendido, por ejemplo?
Un día con un guardia rural en un carnaval en la provincia de Santiago de Cuba. Dijo que yo estaba cantando relajos. Estaba descargando en una tarima cuando viene abriéndose paso por el público un teniente y me dice que no puedo seguir cantando relajo. “Relajo, qué relajo”, le dije yo. "Eso que está cantando es relajo", repitió. Le pedí que subiera a la tarima. Él lo hizo, le di un lapicero y un papel para que apuntara. Me ordenó que cantara lo mismo que había terminado de cantar. Le dije: "bueno". Y canté, mientras apuntaba: "Yo vi allá en Santa Lucía, bañarse en un arroyo —anote ahí— a una vieja que tenía cuatro pelitos en el moño”.
Entonces le pregunté si dudaba de lo que había escrito: “porque no puede dudar de mí. Si puso otra cosa es asunto suyo”. El público comenzó a chiflar y tuvo que irse.
No crea, me han pasado algunas boberías como esa: en un carnaval en Gibara querían lanzarme al mar. Yo canté: “Las mujeres de Gibara son bonitas y forman rollo, mucho polvo y colorete y no se lavan la cara”. Y comenzaron a gritar que me fuera... Si no es por la policía me tiran al mar.
Aquí, en Holguín, también tuve mi problemita con una familia donde casi todos eran tuertos, bobos y el carajo... Había uno, Silvino, que era el más rebelde y todo lo cogía en serio. Pero Benilde, buen amigo mío que tocaba el tres conmigo y era tuerto, todo lo tiraba a relajo. Le saqué una cosa que decía más o menos así: “La familia de Benilde es completa. Marcelino y Benilde son tuertos, Aníbal tiene pata de palo, Silvino los brazos virao’s, Enrique mañoso, loco; por desgracia la vieja es lisiá; el viejo tiene dos bigotes que parecen dos pencas de coco; el caballo... no puede con dos sacos de carbón. Benilde tiene un perro loco que le faja a la pata de la silla”.
Imagínate, Silvino la cogió con ir adonde yo cantaba y se escondía con una cabilla para ver si tocaba el número ese. Tuve que perderme unos meses de Holguín, me estaban velando.
¿Por qué le dicen El Guayabero?
Porque saqué el número “En Guayabero”, que se hizo famoso. Ahí, en el central Mella, que antes era Miranda, había un pobladito que le decían Guayabero, una colonia de caña. Antes se usaban los pagos de colonia, que le decían quincena. Y yo cogía del grupo a tres músicos más y salíamos desde el primero hasta el día 15 recorriendo centrales, buscando plata. En las cantinas, el dueño nos daba un tanto y nosotros buscábamos un poco más dinero con los mismos bailadores.
Pero llegamos a Guayabero y en la cantina había una trigueñita que parece que le gustaba lo que yo estaba haciendo. Ella nos atendió muy bien, nos dio unos cuantos tragos. Pero resulta que era mujer de un cabo, y antes un cabo del ejército era como un presidente en una colonia de esas. Y un cotilla le dijo que su mujer no andaba clara, que estaba dándonos licor.
Fue a donde yo estaba y me dijo que tenía que tomarme un litro con él. Le dije que estaba equivocado, que nosotros andábamos buscando dinero y que no estábamos buscando borrachera. Entonces él respondió que si habíamos tomado con su mujer teníamos que tomar con él. En eso llegó otro cabo que no era de allí y se lo llevó porque había una bronca. Pero antes de irse le dijo al cantinero que me diera lo que quisiera.
Cuando regresó me preguntó si había tomado. Le contesté que un litro. Nosotros habíamos hecho una combinación con el cantinero para que llenara una botella con agua y nos lo diera delante de todo el mundo, para que el público creyera que nos estábamos tomando el licor.
Pero qué va... Volvió a decirnos que teníamos que tomarnos un litro con él. En eso el cantinero nos llamó: “Vengan acá, tenía que decirles una cosa que se me había olvidado. Miren, si pueden irse uno a uno, váyanse, porque este cabo cuando no tiene a quién darle se pega él mismo”. Y así lo hicimos.
Por el camino fue que vino: “Trigueña del alma no me niegues tu amor, trigueñita del alma dame tu corazón... en Guayabero, mamá, me quieren dar”.
¿Qué compone primero, la letra o la música?
La letra me da el pie, a partir de ahí le pongo la música como sea conveniente.
¿Qué música le gusta escuchar?
Me gusta toda la música, para mí toda es buena. Pero lo mío es el son.
¿Y entre los autores?
Pacho Alonso, el difunto Pacho, que además echó pa’ lante al Guayabero. En una sola palabra, el que me hizo el número fue él. Porque adondequiera que iban los peloteros del team Cuba, ahí estaba Pacho tocando la canción con Los Bocucos. Después él grabó el número con su orquesta. Hizo famoso el tema, la verdad. También me gusta Ibrahim (Ferrer).
Dicen que mantiene buena amistad con Silvio Rodríguez y Pablo Milanés...
Esos no son hermanos míos, son mis hijos. Silvio, Pablo y toda esa gente son mis hijos. Mano a mano, ahí. Los quiero mucho. Y ellos, según me han demostrado, me tienen buen aprecio. Mira, ahí están los dos. Lee lo que dice ahí, (señala a una de las paredes de la casa donde junto a una de sus caricaturas cuelgan dos viejos afiches de los trovadores cubanos): "Para Faustino Oramas, maestro de maestros, de su deudor, Silvio Rodríguez", dice de puño y letra en uno de ellos.
¿De los jóvenes?
Ahora han nacido muchos muchachos buenos. Y es más, tocan cualquier instrumento. Antes decirle a un muchacho que cogiera un bongó era ofenderlo, decirle que tocara un tres era ofenderlo. Tenía que ser piano, guitarra, trompeta o algo que piensan que es lo más importante. Ahora no, ahora cualquier muchacho te toca una tumbadora. Hay muchos y tocan bueno. Te pones a oírlos y no sabes con cuál quedarte.
¿Recuerda la primera vez que grabó un disco?
Ahora te voy a decir... ¿cuándo fue la primera vez, carajo?... Fue en Santiago de Cuba, por el año 85, por ahí.
¿Le gusta que otros músicos canten sus canciones?
Como no, ya lo creo, es negocio. Porque además de que la cantan y la gente la oye, me cae dinero. Cuando menos te piensas llega un chequecito.
¿Sigue componiendo?
Alguna bobería, pero estoy tranquilo ya. Cumplí 59 años (se golpea suavemente con el puño en la cara. Y sonríe).
¿Cuál ha sido su mayor felicidad como músico?
Cuando Pacho me grabó En Guayabero; cuando Ibrahim me grabó Hay Candela y Mañana me voy pa’ Sibanicú. Como músico eso. Eran grabaciones para mi público, que gustaban. Eso es una felicidad. Porque la alegría de uno es que el número salga bien, pero también que lo toquen otros, y otros más lo estén escuchando. Eso es...
En su vida deben haber muchos buenos momentos...
Para qué te voy a contar eso. Son tantas las cosas que se unen en mi mente que no puedo ni empezarlas a decir. Han pasado muchas cosas. Son 59 años que ya tengo. Déjame tocar madera (vuelve a golpearse en la mejilla).
La Casa de la Trova de la ciudad lleva su nombre, ¿qué opina de eso?
Mira, en España han hecho un monumento a mi persona. La gente va, mira, vienen y me lo dicen. Yo me río de eso. Si es negocio... Ellos ganan dinero porque es una propaganda. Pero para mí también es propaganda. El Guayabero, el músico, que si esto, que si lo otro... Y todo el que ve la estatua lo que hace es reírse.
Realmente se siente bien, porque hay mucha gente que lo quiere y está preocupada por su salud.
Hace unos días estuvieron jaraneando sobre mi persona en la Casa de la Trova y dijeron que yo cumplía 101 años, que era uno de los viejos más viejos de aquí. Mira pa’ eso, relajo conmigo, quién lo iba pensar, se aprovecharon de que no estaba.
Pero se ve fuerte, ¿volveremos a escucharlo?
Vamos a ver. La vida está llena de sorpresas. Va y sí, puede que no. Porque desde arriba te vienen a buscar y no avisan. Ella no entiende. Cuando le haces falta te dice, ven, y no puedes decirle que no. Porque a esa no se le puede decir que no. Hay que ir.
¿Cree que hay Guayabero para rato?
Bueno, es posible. Ya tengo 59 años, puede que cumpla alguno más. Usted se fijó que toqué madera.
Madera fuerte...
Y de la buena (se vuelve a reír).

El Guayabero: Con la boca llena de risa

Autor: Bladimir Zamora Céspedes
Casi llegando a la medianía de los años sesentas del siglo pasado llegué a Bayamo a comenzar estudios secundarios. Venía del pleno campo, de estar siempre esperando lo imprevisible desde el maratón inmenso donde a la vera del río Cauto, por lo menos desde el siglo XVIII se empezó a cuajar el poblado rural llamado Cauto del Paso. Y claro, ya caminando por una ciudad multicentenaria, con los ojos iluminados con muchas más imágenes que en el rincón de mi nacimiento, me interesé por buscar las piedras de toque de la identidad de esa ciudad. Justo en ese plazo vi por primera vez a Faustino Oramas, a quien todo el mundo reconocía como “El Guayabero”.
Aquel hombre alto y delgado, tocado con un sombrero pariente del jipijapa y siempre con un tres al hombro, me pareció una de las más singulares formas de ser los hijos de Bayamo. Y tuve entonces más seguridad de ello cuando empecé a gozar de las ininterrumpidas jornadas del carnaval bayamés. Allí en la encrucijada de las calles Saco y Pío Rosado, o en la de Zenea, llegando a la Guariana, tuve mi iniciación con el canto y el toque de El Guayabero. Después que orquestas regionales o del más alto rango de la nación, habían desatado ante los apetecientes bailadores lo más convidador de su repertorio, este hombre se subía a la tarima en la única compañía del tres y comenzaba una función, que podía llegar hasta el amanecer.
Entonces su modo de tocar el tres, su voz rasgada por el aguardiente, los versos de muy aguzado filo humorístico y la sabia manera de nutrirse del peregrinar por incontables parajes, me era desconocido. Solo me sorprendía su capacidad de dejar inmóviles a los numerosos bailadores, a quienes a partir de su llegada, nada les era más grato que su discurso musical de entrañable picardía criolla. Todavía a estas alturas el entrañable músico cubano Pacho Alonso, no había cantado sus temas emblemáticos, lo que por supuesto significó un contundente espaldarazo para el autor de “Mañana me voy pa´ Sibanicú. Pasó el tiempo, y un águila por el mar, como se dice con sencillo desenfado popular y vine a La Habana a estudiar. Volví a Bayamo ya sabiendo que Faustino Oramas era un importante hijo de la provincia Holguín y que sus formas de tocar el tres, heredera de las maneras originarias de hacer el son en el oriente de la Isla, tenía una definición tan particular, a la altura de otros treseros clásicos como Isaac Oviedo y Arsenio Rodríguez. Por eso fue que me sentí muy alegre en el otoño de 1978, en la celebración de la primera Semana de la Cultura de Baracoa, al verlo caminando por la Villa Primada con las mismas energías que le conocí desde un principio.
Bueno nada, que uno, como el mismo Faustino vive moviéndose, y estuve de nuevo en la capital del país. Así se produjo la posibilidad de que en diciembre de 1990 yo viajara a Madrid, para participar en un encuentro de revisteros culturales de Hispanoamérica. Ya tenía yo mucha satisfacción asistiendo a aquel nutritivo contacto celebrado en la legendaria Residencia de Estudiantes, cuando recibí una llamada telefónica de la representante de Santiago Auserón, sin dudas figura preponderante del rock español. El quería verme y acepté la concertación de la cita, pero ignoraba que interés podría tener por intercambiar palabras conmigo.
Lo que son las cosas, Santiago había estado hacía pocos días en Cuba y en alguna tienda encontró un casete con la música de El Guayabero, y él que ya venía tratando de encontrar las claves de la realización del rock en idioma español, quedó muy bien impresionado. El son de raigambre originaria que es visible en el quehacer de Faustino lo animó a producir un disco con su música, para que en España se entendiera las capacidades del son para propiciar el más pleno desempeño del son en nuestra lengua.
Al final quedamos en que era mejor sacar al público hispano y del resto de Europa una antología de los más importantes cultores del son cubano y después proceder a discos fonográficos, donde por supuesto aparece una composición de Faustino. Por falta de perspectiva de la disquera, el proyecto que estaba en principio concebido para unos catorce volúmenes, se quedó en cinco. Y lo más penoso ahora, nunca llegamos a hacer el disco consagrado al Guayabero. Sin embargo, cuando esta colección se presentó en la capital española en febrero de 1992, Faustino estuvo presente. Tengo la dicha de haber viajado con él desde aquí, hasta un Madrid que nos recibió con desafiantes coposos de nieve. Dos días después se hizo el lanzamiento de la antología La Semilla del Son, en el centro nocturno “El Sol”. Todavía en ese tiempo se ofrecían discos de vinilo, casetes y empezaban a enseñar la oreja los emergentes discos compactos. El fin de fiesta de aquella noche fue un concierto de El Guayabero. El salón estaba colmado de jóvenes de la era Almodóvar y sentí mucho temor de que este añejo juglar, a quien había visto campear por su respeto en Bayamo y cualquier otra plaza de Cuba, no fuera capaz de hacer tierra con aquella gente. Pues no. Con sus canciones de siempre. Con esos pícaros versos, que no por casualidad ya con anterioridad me parecieron de linaje quevedesco, gozó con todos aquellos muchachos y paró cuando los dueños del local dijeron que no había tiempo para más.
Todo lo contrario que expresar que de aquellos polvos nacieron estos lodos, la presentación de la colección Semilla del Son hizo posible la realización del proyecto Encuentro del Son en Madrid en 1993. Fue entonces cuando apareció Jesús Cosano, uno de los más enteros promotores culturales de España y en especial de Andalucía. Ya venía él de antes tratando de explicarse la familiaridad entre nuestro son y la más característica música del sur español; pero sin dudas el contacto vivo con los músicos cubanos, lo acabó de determinar a celebrar, desde su gerencia en la sevillana Fundación Luis Cernuda, el Primer Encuentro entre el Son y el Flamenco, en el verano de 1994.
El Guayabero, a quien a inicios de ese año hubo que amputarle una pierna, no renunció por ello a la invitación de la iniciación de ese foro. Dando una muestra de voluntad entera por el servicio bohemio de la música, llegó a Sevilla en donde hasta las propias camisetas que identificaban el evento, exponían su efigie guitarra en ristre. La última conversación que sostuve con Faustino Oramas debió ser en el año 2000. Fui a su casa de Holguín, enrolado en un proyecto de documental, que nunca después supe si había llegado a condición de obra terminada. A pesar de sus condiciones físicas, dificultad para moverse y poca audición, aquel hombre, sin dudas el último de nuestros trovadores itinerantes a la manera de los viejos siglos griegos, mantenía intactos su humor y la hidalguía. Lo que más me impresionó en ese momento fue su respuesta, cuando le pregunté, siendo ya tan añoso, a quienes agradecía en la concreción de su carrera musical. Sin darle curvas a la respuesta me dijo: “Agradezco a Pacho Alonso, que cantó mi música, anunciando mi llegada de Oriente a Occidente de Cuba. Y al músico español Santiago Auserón, que confió en la importancia de hacer sonar mi música en su tierra”.
En el goce de su “buen tumbaito” y al pie del kilómetro cero de la Carretera Central he escrito todas esas líneas que están arriba. Las he ido hilvanando desde las primeras horas del día, a poco de saber que siendo marzo 27 —el día en que se estrenó la primera “Bayamesa” en 1851—; el Guayabero ha muerto en su ciudad. Hombre, da pena no poderlo volverlo a saludar digamos de manera convencional, pero a esa muerte no le tengo ningún miedo. Lo que nos queda en la memoria de su vocación andariega y las pocas y definitorias grabaciones de sus obras, que nadie nos podrá arrebatar, dan perpetua seguridad de su presencia.

Mal pensado de fila

Autor: Amado del Pino
Esta no será una crónica con abundancia de recuerdos personales. Nunca entrevisté al genial Faustino Oramas, ni creo recordar ninguna conversación con el genial trovador. Si me han llegado algunas anécdotas de primera mano es porque uno de los hijos de mi amigo —dramaturgo y holguinero— Carlos Jesús García (Carlín), formó parte de la agrupación musical de El guayabero. Supe por esa sana vía que aunque su edad fuese tan avanzada y el oído pareciera no responderle en la vida cotidiana, había que estar muy atento para seguir el ritmo de sus improvisaciones.
Ahora que ha muerto, que nos quedamos sin el buen chiste que hubiese sido verlo llegar al centenario, despedir al cantor oriental me desata varias certezas y preocupaciones. El guayabero representa la quintaesencia de una tradición riquísima de cultura popular, del ingenio criollo que se opone —sobria pero tenazmente— a la retórica o a las fronteras mentales que, de vez en cuando, asoman la cabeza. El mismo nombre que lo inmortalizó ya se sabe que viene de los celos de un guardia rural, un hombre torpe que amenazaba con usar el poder para reprimir al artista. Sí, porque allá en la finca nombrada El guayabero, la ira tenía que ver con unos celos corrientes, pero sospecho que también con la ceguera del torpe, la saña del pretencioso ante los encantos del arte.
Allí le querían “dar”, cantó para siempre Faustino, pero salió ileso de esa y de otras trampas y lo que le “dio” su público durante décadas fue amor, aplausos, complicidad.
Ahora recuerdo que una amiga —que andará cerrando con donaire su cincuentena— me contaba que en su adolescencia los muy “finos” (la gente “fista”, dirían en mi Tamarindo, “pija”, en España) le aconsejaban que se alejara de aquel hombre vulgar que recorría Cuba con su guitarra. El creador genuino siempre insistió en que sus coplas eran ingenuas, que éramos los oyentes o bailadores los mal pensados que las teñíamos de erotismo o picardía. En mi infancia —arrancando los sesenta— la aclaración nos parecía válida pero totalmente de broma. Es decir, parecía claro que el llamado “doble sentido” funcionaba como una forma de hacer sutil la presencia sexual o transgresora, dada con una gracia que la ponía a salvo de los censores a la vez que abría la verja al regocijo de los cómplices admiradores de la danza de Marieta o de cualquiera de esas deliciosas criaturas y situaciones. El guayabero nos representaba a nosotros los cubanos de a pie: alegres, desenfadados, ardorosos y sí, mal pensados. En este joven siglo —cuando la grosería tiende a convertir en explícito lo que siempre fue dulcemente picaresco— vuelvo a las coplas del inmortal trovador y vengo a entender mejor sus razones. En la obra de El guayabero hay, en efecto, ingenuidad, dulzura, candor. Como mismo agredió a santurrones muchas veces, tal vez hoy funcione como un llamado a la lírica popular, una forma de contrarrestar lo obvio a la hora de comentar un hecho o elevar un elogio cantable al cuerpo de una preciosa negra, que nunca dejará de bailar en nuestros corazones.

Al Guayabero, esté donde esté, lo mismo en el cielo que en el infierno

Autor: Kaloian Santos Cabreras
Fotos del autor
Ahora mismo, en algún lugar, don Faustino debe estar dándole dolores de cabeza a “la pelona”. Seguro que la muerte, muy señorona ella, debió venerarse ante él cuando vino a buscarlo. Créame usted, que si había alguien que propinaba a cada rato a la “Parca” un… ¡golpe directo al mentón...! ese era Faustino Oramas. Una vez dijo: “Es la filosofía de la vida. Nadie se escapa. Cuando el tren para en tu puerta, no vale que “llévate a mi hermano que está más viejo”, “déjame vestirme” o “a ver si me pelo”… Ahí no hay escapatoria. Viene de golpe y porrazo”. Así de versado era el hombre. Claro, si sigo enunciando a Faustino Oramas de seguro es conocido por pocos; pero si digo “El Guayabero, rey del doble sentido”, es aclamado por muchos. ¿Por qué el rey del doble sentido?
Marieta a mí me pidió
tres pesos con disimulo
Y me dijo que me pagaba
con el tiempo y… sin apuros.
O esta que no es tan famosa.
Dos mujeres el otro día, formaron una gran disputa
Dos mujeres el otro día, formaron una gran disputa
Y una le dijo a la otra, te van a matar por… bruta.
Entonces entre las carcajadas de los presentes El guayabero le decía al público: “los mal pensados son ustedes. Santa palabra”.
Como parece ser tradición en la mayoría de nuestros trovadores, las canciones salidas de sus liras son poco grabadas. A pesar de contar con cierta fama añeja, Faustino no fue la excepción. Grabó muy pocos discos dentro de los que resaltan una recopilación de su obra titulada El Guayabero y El tren de la vida, su última producción. Picando sus 80 es que algunos sellos, sobre todo EGREM, se empeñan en registrarlo en sus catálogos. Así quedó fonográficamente en más de una docena de discos de diferentes artistas. Es quizá el legendario Buena Vista Social Club la producción más importante donde se encuentra un tema suyo, “Ay, candela”, interpretado por Ibrahim Ferrer: “Faustino Oramas y sus compañeros, / necesitan que me apaguen el fuego”. También quedó su obra en antologías, entre las que se destacan El gran tesoro de la música cubana. Vol. IV y V; Grandes voces del son cubano Vol. II; Pacho Alonso y El guayabero, Cuida’o con el perro y un homenaje de artistas orientales pertenecientes al sello Areíto. En nuestro Holguín estaba, vivito y todavía algo coleando la última vez que lo vi. Fue hace unos meses, acababa de cumplir los 96 años con que se fue. Se notaba la carga de casi un siglo, pero mantenía su estampa elegante, presidida siempre por su sombrero de pajilla. Para ser sincero más que verlo y visitarlo fue una intrusión de mi parte en una de sus últimas tardes. Luego supe que su estado de salud declinaba y vinieron los ingresos intermitentes hasta que escuché en Radio Reloj: “el emblemático trovador cubano Faustino Oramas falleció a las 06:30 horas de hoy martes 27 de marzo, luego de más de 30 días ingresado en la Sala de Cuidados Intermedios del Hospital Vladimir Ilich Lenin, de su natal Holguín”.
Otro intruso fue el que me llevó ante el autor de “Como baila Marieta”. Era su vecino Leandro Estupiñán, posiblemente uno de los últimos periodistas que lo entrevistó. Curiosa entrevista esa. El periodista llevó bien estudiado su cuestionario y el entrevistado respondió apenas algunos puntos con oraciones cortas y otras preguntas él lanzó a la desbandada frases incoherentes, pero llenas de humor. Hay un pasaje ya casi famoso sobre Internet.
Mi motivo primero era poder hacerle fotos sin molestarlo mucho. Si se podía, tratar de hablar con él. Porque, vamos, que El guayabero es de esos bardos que de a poco van quedando. La sesión de fotos pasó sin problemas y las palabras se tradujeron en sus sonrisas. Nos mostró su guitarra nueva, pero rayó su vieja caja con cuerdas, esa llena de pegatinas, la que debe tener tantos años como él. “Ya no quiso cantar y si usted le ponía ―así de literal― una guitarra entre las manos, solo lograba del viejo unos pocos acordes. Y que murmurara o, mejor, que cantara dentro de su cerebro la emblemática Marieta”, escribe Leo sobre ese día.
También hizo los acordes inspirados en aquella escapada de un pueblo del oriente cubano llamado Guayabero (hoy con el nombre de Mella). Y todo debido a sus ínfulas de Don Juan. Solo que en esa ocasión se atrevió a conquistar a la mujer del cabo de la guardia rural: Trigueñita del alma no me niegues tu amor, / trigueñita del alma dame tu corazón, / nunca pienses que un día/ pueda yo olvidarte. / ¡En Guayabero, mamá, me quieren dar!/ ¡En Guayabero, mamá, me quieren dar!
Se dice que no fue su única conquista, tampoco fue su única canción ni el único romance con una comprometida. Se dice más, tanto que hasta se han llegado a fabular leyendas en su nombre. Ahora, con su descenso, especulan que eso de los 96 años es solo en carné de identidad, que en la vida real, el viejo trovador pasó de largo por el siglo y ya le había robado tres años al nuevo. Una muerte nunca es bienvenida pero óigame, El guayabero las tenía reclaras con ese refrán popular de “vive la vida que es una sola”. Ya lo avizora otro bardo, lo que más joven: "Como dice El guayabero filósofo popular:/ Oiga, la vida es un pasaje de ida a la eternidad

5 de agosto de 2009

Oscar Albanés Carballo: un nombre injustamente olvidado por la historia de este pueblo de San Isidoro de Holguín

Autoras:
Lic. Dilma González Arbella.
M. Sc. Emma Medina Carballosa.
Departamento de Formación Pedagógica General.
Instituto Superior Pedagógico
“José de la Luz y Caballero”
Holguín, Cuba.


 

La loma de la Cruz es a Holguín lo que la Torre Eiffel a París; lo que la vieja farola del Morro para La Habana.

La construcción de la rotonda, Paseo y Escalinata González Valdés en la Loma de la Cruz, símbolo de la cultura hoguinera, es el fruto de la iniciativa y de los esfuerzos personales realizados por una figura, que resulta casi desconocida para el pueblo de Holguín: el Dr. Oscar Albanés Carballo. ¿Quién fue este hombre, que contó con el respeto y la admiración de la inmensa mayoría del pueblo holguinero durante el período republicano?

El Dr. Oscar Albanés Carballo (1891–1962) nació en el seno de una familia acomodada y de gran reconocimiento social, por la labor cultural que desarrollara en favor del pueblo holguinero. 

Su padre Juan Albanés Peña (1866–1942) y su madre Ascención Carballo Cruz, inculcaron en su hijo desde las edades más tempranas, el amor y el respeto por la familia, la poesía y la historia de su localidad, valores que mantuvo a lo largo de toda su vida y que condicionaron su desempeño profesional y personal. 

Su infancia transcurrió como la de cualquier niño de su clase social, rodeado de comodidades y de agasajos provenientes de su familia y de sus amistades más cercanas. 

Albanés Carballo inició sus primeros estudios en uno de los colegios privados más afamados de Holguín republicano “Los Amigos” y años más tarde ingresa en el Instituto de Segunda Enseñanza de Santiago de Cuba, en el que obtuvo el título de bachiller. Y en 1914 se graduó en la Universidad de La Habana de Doctor en Farmacia y Química. A partir de este momento consagró su vida al desarrollo de la cultura local, dando muestras de amor, dedicación y ansias de prosperidad hacia su ciudad natal. 


De relevante puede catalogarse su labor dentro de la prensa periodística de la ciudad, llegando a ser considerado el “decano” de los periodistas holguineros. A Albanés Carballo se le debe la fundación del primer periódico infantil de la etapa republicana: “El Holguinero”, confeccionado en la imprenta “El Volapuck”, propiedad de Don Antonio Oms, así como su colaboración honorífica en: “El Heraldo de Holguín”, “Eco”, “El correo de Oriente”, “El diario de la Marina” (1925), “Acción y triunfo” (1930) y en la revista “Mil amigos de Holguín” (1945). 

Oscar Albanés Carballo incursionó también en el campo de la política, carrera que inició en 1926, al ser elegido como Concejal del Ayuntamiento, cargo que ocupó durante dieciocho años. Por sustitución reglamentaria fue elegido alcalde y jefe de impuestos y de despacho del ejecutivo municipal. 

Su posición e influencia política le permitieron promover obras de carácter social al servicio de los holguineros, y ejemplo de ello lo constituyen:
  • La apertura de la primera biblioteca pública, que funcionó en la iglesia de San Isidoro en la que podía consultarse una valiosa colección de libros, entre ellos, su obra “Álbum Gráfico”
  • El 26 de marzo de 1922 fundó junto a otras personalidades de Holguín la Orden de los “Caballeros de San Isidoro” precursora de “Los Caballeros Católicos de Cuba”, con el objetivo de impulsar la cultura del pueblo, poner en práctica la moral cristiana e incentivar las fiestas del Santo Patrón de la ciudad (San Isidoro) y de la Semana Santa.
  • En 1923 organizó en esta ciudad el “Cuerpo de Exploradores” (Boy Scouts), con su banda de música, para estimular la educación, la disciplina y la servicialidad de la juventud, según su opinión.
  • La construcción de la glorieta “Ángel Díaz”, situada en el pintoresco parque “Julio Grave de Peralta”, en la que ofrecían conciertos la Banda Municipal de música y la banda de los “Caballeros de San Isidoro”. Esta glorieta se reconstruyó recientemente, y en reconocimiento a la labor de Albanés, ahora lleva su nombre.
  • La creación de la plazoleta “Padre Fernández” y el cementerio de “Las Biajacas”, en el barrio del Sitio del Guayabal en 1942, por la compra que hizo de estos terrenos al señor Américo Báster.
Muchos son los aportes que esta célebre figura hizo a la cultura del territorio, sin embargo, su mayor logro fue sin lugar a dudas, la reconstrucción del destruido fortín de la Loma de la Cruz que estuvo abandonado por muchos años, así como la realización de la rotonda Paseo y la escalinata de la Loma de la Cruz que se nombra González Valdés (coronel del Ejército Libertador y jefe del distrito militar de Oriente, en el gobierno de Machado). Esta construcción es única en Cuba por su originalidad y encantadora vista desde la que se puede divisar el casco histórico de la ciudad con su Plaza de Armas, su Teatro, La Periquera, la Plaza del Mercado, sus nueve parques (tres de ellos infantiles y dos plazoletas) y los corredores de la agitada vida comercial, con sus calles rectas conformadas por viviendas de mampostería de techos de teja y pocos edificios. 

Esta obra se inició en 1922 y se inauguró el 3 de marzo de 1950 gracias a los donativos públicos y a los recursos que destinaron algunos gobiernos de la ciudad. La escalinata quedó conformada por 458 escalones, que ascienden hasta el lugar donde está situada la cruz en lo alto de la loma. Esta construcción devino en símbolo de la localidad holguinera. 

Oscar Albanés Carballo fue el principal promotor del rescate de una de las tradiciones festivas de carácter cívico – religioso que se efectuaba en el mes de mayo en la ciudad, distinguiendo la cultura local de la del resto del país: “Las Romerías de Mayo”. Estas fiestas causaban gran regocijo popular y se iniciaban con el desfile del pueblo acompañado por la banda de música y la celebración de una misa el lo alto de la loma, al respecto planteaba el Dr. Albanés: “Tenían un carácter familiar. La sociedad y el pueblo eran un solo corazón. El tres de mayo, hacia arriba muchos, cuando había que vencer las escabrosidades del cerro y otros quedaban abajo escuchando la orquesta Avilés y oyendo los danzones que tocaba Juan el ciego”.

El 4 de abril de 1939 Albanés organizó la primera exposición agrícola, comercial, artística y arqueológica de la ciudad con ayuda del padre de la museología en Holguín: Eduardo García Feria. Para la organización de esta exposición se basó en las experiencias que adquirió en sus viajes por Europa, y especialmente, en la exposición Iberoamericana de Sevilla en 1929. 

En esta actividad se mostraron los mejores trabajos artesanales, plásticos y de costura de las escuelas públicas y privadas, así como los productos de las industrias licoreras, pasteurizadoras, de mueblería y centrales azucareros del territorio. 

La exposición tuvo importancia no solo para los holguineros, sino para todo el país; muestra de ello fueron los comentarios que se hacían al respecto a través de medios de prensa de otros territorios, incluyendo la capital de la isla. 

En 1936 Albanés organizó una fiesta cívico – patriótica que trajo a esta ciudad la campana de La Demajagua, acompañada por el Dr. Carlos Manuel de Céspedes y Quesada (hijo del Padre de la Patria). Los holguineros acudieron en masa y como tributo se inclinaban ante la campana y la besaban.

Fue hombre versátil fue el Dr. Oscar Albanés Carballo, quien se desempeñó en disímiles esferas de la vida social. Desde la presidencia del Liceo de Holguín (1918) hasta su protagonismo político, este holguinero singular suscitó la crítica de intelectuales de esta etapa. No obstante, se debe reconocer, que mantuvo siempre una posición honesta. Sobre este asunto escribió: “No manché la honestidad de mi padre en nada. Él fue honrado y yo quise ajustarme estrictamente a esa conducta. Nada me llevé en las chaquetas del saco en los dieciocho años consecutivos de permanencia en la casa consistorial, ni un centavo, ni un solar, ni una finca”.

Su versatilidad se manifestó también en la destacada participación de Albanés en el deporte: campeonato de ajedrez en 1915, competencia de regata de remos (1915), carrera maratónica hasta Aguas Claras (1912). Y asimismo practicó la esgrima y fue el primer campeón de boxeo amateur que tuvo el Club Atlético de Holguín. 

Merecedor de varios reconocimientos, entre ellos cabe destacar el otorgado por su meritorio trabajo en el campo farmacéutico, por el que fue condecorado con la medalla al mérito en 1947, después de 30 años de servicio en esta rama. 

Un sitio de honor le corresponde en la historia holguinera al Dr. Oscar Albanés Carballo, quien supo poner su talento y su pluma en beneficio de su pueblo natal. Político, periodista, poeta, orador de palabra fluida y dicción impecable con un gracejo cubano que encantaba a todos los que le escuchaban. 

Esta personalidad a pesar de sus limitaciones políticas, como hombre de su tiempo y de la clase social a la que perteneció, dedicó su vida al pueblo que lo vio nacer y al que dirigió las siguientes palabras: “Holguín te beso, porque con esa demostración de cariño, creo besar a mi madre. Holguín admitiré un abrazo, como si fuera tan puro como los que diera muchas veces a mi padre”




4 de agosto de 2009

Un fakir en Holguín

Lic. Lizue Martínez Rodríguez
Esp. Sala de Fondos Raros y Valiosos
Colaboradora: :
Oleinis Desdín González
Estudiante de Téc.Medio en BCI
La cultura, la educación, la política, y las costumbres de toda nación siempre están presentes en sus publicaciones más actualizadas, los periódicos. La prensa escrita ha sido crucial en difundir el crecimiento de la cultura, la educación y la conciencia social y laboral de todo pueblo. En sus páginas podemos encontrar diferentes posturas públicas, artículos literarios, consejos a sus lectores, tiras cómicas, chistes y curiosidades que son el reflejo vivo de nuestras tradiciones.
Tal es el caso del periódico Norte que se publicaba en el territorio de Holguín entre los años 1952 y 1960 aproximadamente. Como resultado de búsquedas realizadas recientemente se encontró el siguiente suceso curioso dentro de la vida de los holguineros que fue calificado, en esta publicación seriada, como sensacional.
En el mes de noviembre de 1952, la ciudad de Holguín fue visitada por un singular personaje que sorprendió a sus pobladores con sus inusuales habilidades. Este visitante fue el Fakir* Urbano, un célebre ayunador brasileño que causó asombro en otros lugares de Cuba y el mundo entero.
Ante los curiosos espectadores y los miembros de las Fuerzas Armadas, la radio y la prensa, el Fakir Urbano se impuso en una urna de cristal con los labios completamente cosidos, en el Parque Calixto García donde todos los holguineros tendrían la oportunidad de verlo, a cualquier hora del día o de la noche. Y en esas condiciones se mantuvo sin comer o tomar ningún tipo de líquido por espacio de un mes. Durante todo el ayuno el periódico Norte realizó el seguimiento de tan singular demostración.
Luego de concluido el periodo de abstinencia, apareció en el Norte del 25 de noviembre en la página 6 la siguiente noticia:
“El gran Fakir Urbano acaba de terminar un ayuno de 30 días completos ganándose las simpatías de toda nuestra sociedad. Se habrá de despedir de nuestro público con un acto sensacional que habrá de verificarse en el Club Atlético en la noche del 17 de enero de 1953. Urbano habrá de enterrarse vivo permaneciendo por 3 horas bajo tierra.”
Además de la hazaña del Fakir, se organizó para esa noche un torneo deportivo que se desarrollaría luego del enterramiento para entretener al público durante las tres horas de espera y ansiedad. En este punto el lector seguro se pregunta si realmente enterraron a Urbano y si sobrevivió a semejante prueba. Pues no existen respuestas a estas interrogantes ya que el Norte no publicó el desenlace de tan pintoresco suceso.
Bibliografía:
Periódico Norte del 21 de noviembre de 1952, p'7.
Periódico Norte del 25 de noviembre de 1952, p'6
* Debido a que en los artículos del periódico la palabra de origen árabe faquir aparece con K, se decidió respetar la escritura original de la fuente.

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