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Historia de Holguín

La aldea a la mano (Holguín, Cuba)

11 de julio de 2010

"Así es Gibara", un libro maldecido por los Gibareños


Por: César Hidalgo Torres

Lizue Martínez Rodríguez y Laritza Vega Peña, especialistas de la sala de Fondos Raros y valiosos de la Biblioteca Provincial “Alex Urquiola”, de Holguín escribieron la historia de "Así es Gibara", el célebre y maldecido libro de José A. García Castañeda. (La A seguida de punto significa en este caso Agustín, pero no es preciso conocerlo, se trata y se tratará eternamente de Pepito).

Pepito García Castañeda
"Hoy, queremos relatarles la historia de un hecho similar que sucedió en la provincia holguinera. Poseemos el único ejemplar que escapó del fuego y que se encuentra, para nuestro orgullo, en la Sala de Fondos Raros y Valiosos de la Biblioteca Provincial “Alex Urquiola”: Así es Gibara. Libro publicado en el año 1957. Su autor es el naturalista, historiador, erudito y personalidad destacada de la cultura holguinera, José A. García Castañeda (1902-1982).
"Dicen los ancianos de Gibara que no saben quién le contó a Castañeda todas esas historias, pero que se las sabía todas y que el libro no dice mentiras. Lo cierto es que cuando fue publicado no agradó a los gibareños al punto que el Ayuntamiento declaró al  escritor persona no grata para la ciudad y el libro fue quemado en la plaza del pueblo.
No escapa a las bibliotecarias lo de los "apodos" o seudónimos. Ese fue el asunto que más molestó a los gibareños:

“... lo esencial de Gibara, que todos los llevan y en todos resulta ser un apellido que se hereda con la muerte, bien colocados y que a nadie ofenden...” A continuación tomamos del libro la primera estrofa de un poema, nacido de la inspiración del poeta José Antonio Recio, que ilustra los sobrenombres de algunos de los lugareños:

“Allá en “La Perla del Oriente”
existe un humano todo,
en donde he visto más gente
con singular apodo;
allí encontrará de todo
igual que en una Botica,
a Lucía “La Chancharica”,
al gran mulato “Bembeta”,
a Adolfo “La Cubereta”
Y otros que abajo se explica”.

El único ejemplar de Así es Gibara que se salvó del fuego


En la extensa papelería dejada por el historiador al morir "Aldea Cotidiana" encontró una hoja suelta mecanografiada que seguramente es copia hecha por Pepito. En ella el autor, algún gibareño enfurecido, ataca a los holguineros a los que echa en cara lo "desagradecidos" que son con Gibara y acto seguido ejemplifica con el más maldito de todos los que en Holguín han nacido. 

Gibara: La Villa Blanca/La Perla del Norte.
(España chiquita)

(...) poco agradecen los de Holguín a Gibara. Ni siquiera que los unimos a Gibara por ferrocarril el 31 de mayo de 1885 con el solo objeto de llevarles comida.

Los de Holguín, sin dudarlo, son enemigos nuestros que siempre han tratado de desacreditarnos. Como por ejemplo, recientemente, un seudo-escritor holguinero que tratando de ofender el raudal limpio y profundo del historial de la Villa nos dedica un libelo lleno de falsedades y a veces inmoral, bajo el título "Así es Gibara" que unanimemente nos hizo reaccionar, y reunidas nuestras clases vivas en la noche del 19 de julio de 1957, declaramos a su autor Persona No Grata en nuestra Villa, con solicitud a todos los gibareños que tuviesen en su poder el indicado folleto, lo entregasen al colegio de Maestros Equiparados, al objeto de destruirlos por medio del fuego, lo que hicimos esa misma noche, en nutrida manifestación voluntaria y al grito de "A quemarlo".

Igual una poesía de nuestro mejor poeta la pegamos en la puerta de nuestras casas, en los emplos, en las vidrieras comerciales, y hasta en los prostíbulos de La Loma (para general conocimiento de los visitantes de esos asquerosos lugares y nunca por los vecinos de la Villa).

Leí, Pepe García, "Así es Gibara"
engendro libelezco nauseabundo,
tan indigno de ver la luz del mundo,
como el rústico autor que lo engendra.

Con la fruición que el agua clara
hoza y retoza el animal inmundo,
pateas el raudal limpio y profundo
del historial de mi ciudad preclara.

Tu pluma para sí no la quisiera
la tiñosa más vil. Como de pelos
tienes de ideas limpia la molera.

Deja la Historia, ruín escritorzuelo
y amigo de comer en demasía,
o has un tratado de gastronomía.
Dice este furibundo autor que Pepito escribió el libro: "por verse despreciado en sus requerimientos amorosos por una gentil y cuerda gibareña".

Y concluye recordando, o quizás es una amenaza por si Pepito se atreviera a acercarse a la Villa, que el 18 de enero de 1823 los gibareños también prohibieron al Capitán del partido de Auras, don francisco Hidalgo, que los visitara solo porque este se oponía a la fundación de ese pueblo.

Estatua de Pepito García Castañeda ubicada al lado de una de las ventanas de la que fuera la casa en que vivió


Pepito murió 25 años después de aquellos sucesos. No me costa que alguna vez regresara a Gibara, pero tampoco lo contrario. Lo cierto es que cuando se supo de su muerte un nutrido grupo de gibareños vinieron a Holguín a rendirle postrer tributo, y eso que Pepito continuó burlandose de los gibareños sin compasión de ninguna clase.

Esta es una anécdota que prueba lo anterior. Era Pepito profesor del Instituto de Segunda Enseñanza de Holguín y un día, al entrar al aula, dijo que había llegado un barco griego a la Villa y que las gibareñas se estaban acostando con los mariños... una alumna gibareña, ofendida, se puso en pie y fue a salir del aula, pero Pepito interpuso su enorme humanidad al tiempo que le decía: "Un momento, señorita, quédese y escuche la clase. No tiene que apurarse que los griegos alcanzan para todas".

"Así es Gibara" es considerado por los investigadores como patrimonio bibliográfico de la Provincia de Holguín. El historiador del Centro Provincial de Patrimonio Cultural, Msc. Armando Cuba de la Cruz, afirma que el libro posee un gran valor histórico y sociológico, demuestra una preocupación por cambiar los defectos del gibareño y gracias a la acuciosidad de su autor, nos retrata picarescamente la vida cotidiana de este pueblo holguinero.

Leer "Así es Gibara"


10 de julio de 2010

Así es Gibara (Decimo tercera parte)



No lo asesine, está en su pueblo, Gibara, la Villa en que

Blancas son sus playas;
Estrecho es el Ferrocarril;
Estrechas fueron las murallas
Que formaron su perfil.

En que Pompeyo Díaz, dice:

Desde los tiempos de España
El único en toda Cuba
Para los trenes pasar,
Cavado en dura montaña,
Tiene Gibara su túnel
Que hoy parece bostezar.

Pueblo sin epidemias, donde los médicos no tienen trabajo porque el Médico es Dios.

Pueblo que tiene las playas, puede, decirse, en el mismo portal de su vecindad.

Pueblo donde ricos y pobres se confunden en una sola personalidad.

La novia del Sol, encantado Edén, donde la belleza mora, llevando en cada una de sus mujeres un pedazo de Cielo.

Playón que otorga salud.

Bastión que azota una brisa suave que apaga la calentura a sus blancos arenales.

Pueblo con Alma y con Personalidad.

La Villa que por Tiano Verdecia, es además:

Algo que se pierde en un final...

Algo que es un poco de espuma al Norte.

Algo que se esconde en un halago de paz, sostenida por los vientos, luz y sol.

Algo que duerme al soplo perpetuo de callada quejumbre, de un mar siempre iracundo.

Un bello rincón donde prenden hechos históricos, entre un abanicar de armonías naturales, que se detienen en un parpadeo de tristes lamentos y alegres alardes con un bombardeo de grandes esperanzas.

Un pueblo bien trazado al ritmo de un alto montañoso, donde se destaca imponente al confín lejano, elevada porción que semeja una Silla, cuya silueta marca un punto de orientación en la ruta a seguir al navegante de paso.

Un lugar propio al descanso.

Un sitio ideal para borrar penas, para soñar y empezar de nuevo la vida, mascullando sus ilusiones.

Un recodo para hacer un alto y jugar al amor y gozar de sus antojos.

Un refugio cobijado por un limpio cielo, un sol ardiente, con un abanicar de brisas suaves y frescas.

Su personal es honrado, humano, cultivado, de un espíritu al concierto de mutua cooperación; con el alcance sentimental de no tener distingos sociales ni raciales.

Vivir en Gibara, es vivir libre, es vivir cómodo, es vivir jubilado de Dios. Constituye un privilegio, porque la muerte casi nunca llega y el individuo se ve envejecer.

Todo en ella provoca sueño.

Es un Paraíso, es una gloria su pequeño solar.

Tiene dos ríos; lagunas donde abunda la caza y la pesca; llanuras propias para el cultivo; cuevas con amplios salones; montes altos, cerros, tupidos palmares y minerales de gran valor.

¡ES BELLA! ¡ES SABROSA!

¡ASI ES GIBARA!

HOLGUIN, AÑO DE 1957
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Así es Gibara (Decimo segunda parte)



¿Que hay un órgano que canta? No tiene importancia, y para demostrarlo, cuenta: “Luis, un viejo veterano de la Villa, vivía hace muchos años por Santa Rosalía, y encontrándose en muy malas condiciones económicas, decide dar un baile en su humilde bohío, al que todos concurren, entre ellos yo, deseosos de ayudar a Luis con los treinta centavos que cobraba; el baile fue un éxito, y en el salón, todo repleto de parejas; bailábamos al compás del acordeón tocado por el propio Luis; y a medio del baile llega al salón una pareja de vecinos, destacándose ella por su traje de amplias flores, su cabellera negra, ojos grandes, boca sensual y esbelto cuerpo, los que quedan parados en la puerta del bohío, en espera de poder entrar; Luis, que tocaba lleno de bríos para su edad el acordeón, fija su mirada en ella, y mientras seguía tocando, su subconsciente iba saboreando aquel espectáculo, que se manifestaba en el toque del acordeón, y así iba diciendo:

Y al Sordo de Cayo Sordo, en la bahía de Naranjo, territorio gibareño, famoso por su pesca, que viendo que todos los hacían, adquiere también cordel, anzuelo y carnada, y con ellos, desde su cayo, al oscurecer, tira el cordel, para ver como todo el mar, en dirección a la salida de la Bahía se agita de tal forma que le asusta y hace correr hacia su bohío donde se encierra; y ya de mañana vuelve al mismo sitio para ver en la claridad del día que todo se debía a un enorme tiburón que estaba saliendo de la bahía, cuya cola aún estaba cerca del cayo.

A Juan Ramón, que estando pescando frente a Vita, ve ya amaneciendo una sombra que lentamente se desliza por debajo de su bote, y que era producida por enorme “peje”, de impresionante tamaño; y su promesa, como buen gibareño, de regresar al día siguiente para pescarlo, adquiriendo para ello en Gibara, alambre y una res muerta, todo lo cual lanza al mar frente a Vita, amarrando su extremo en el muelle de Vita, y a más de ello en una enorme ceiba; quedando dormido en espera del regreso del “peje” para encontrarse al despertar en un lugar desconocido para él, lo que se debía a que éste al tragarse la carnada, con su fortaleza había arrancado el muelle, ceiba y tierra, que a modo de isla se veían en la lejanía arrastradas por el “peje”. Y como sufrí al no poder llevarlo a la Villa. Nos dice todo angustiado.

Y a Juan Rondón, que por necesidad abandona la Villa, la busca de trabajo, llegando en su peregrinaje a la provincia de Las Villas, en una de cuyas fincas solicita trabajo, que no le pueden dar, pero sí cama y comida por una temporada al ver sus moradores su lamentable estado físico; viendo pasado varios días, que a la dueña de la casa le daban fuertes ataques, que solo se le pasaban al aplicarle el esposo cierta inyección; una noche sufre de uno de estos ataque, notando con dolor el esposo que no tenía inyecciones en la casa, por lo que corre a la habitación de Rondón, al que pide corra al potrero, tome su caballo que había dejado amarrado debajo de la mata de limón y en la Farmacia del pueblo, a dos kilómetros de distancia, adquiera la salvadora inyección, lo que éste hace, regresando con ella, que aplicada por el esposo salva la vida a la moribunda esposa; vuelta la calma, se dirige Rondón a la tranquera de la finca, para encontrar que el caballo se encontraba tirado en el suelo, ya muerto, al faltarle la cabeza, acción que estimaron obra de un loco; pasan meses, cuando una noche, pide a Rondón el dueño de la finca que a la mañana siguiente vaya por limones a la mata del potrero, que éste lo hace, para encontrar la cabeza del caballo colgando de una rama, dándose cuenta que en aquella noche al tirar de la soga en que éste estaba amarrado, se le había desprendido al caballo la cabeza, y que así había ido al pueblo y regresado a la finca; y eso no era nada, afirma, que de la cabeza ya estaba saliendo un caballito.

Sabrosona,
Coquetona,
La de las floronas,
etc.

que escuchado claramente por el esposo, se dirige hacia Luis, dándole un fuerte golpe sobre su cabeza, que le hace caer al suelo, cayendo con él el acordeón, que al cerrarse en el piso canta lo que Luis en su subconsciente había manifestado verse golpeado y dar con el suelo:

Aaaaaaaay, que me muero!

Y si quieres pasar una noche inolvidable, que Tiano Verdecia, de gran vena humorística, ya cómico, ya trágico, según las circunstancias, te cuente sentado en uno de los bancos del Parque de Las Madres, sus aventuras. Su visita al Parque Zoológico de New York, y su entrada al salón donde exhibía en una gran jaula a una mono “araña”, el más grande, fuerte, fiero y salvaje de los monos araña en cautiverio, que le impresiona y hace correr hacia la entrada, con su aspecto, saltos y gritos, siendo detenido en su carrera y mantenido frente a la jaula por su compañero de visita, también gibareño; pasado el susto, como buenos gibareños no tardan el olvidar el sitio y el mono para hablar de su lejana Villa, sin darse cuenta habían quedado solos, de cuyo letargo son despertados por el propio mono, que les hacía indicaciones de acercarse a la jaula, que le anima al oírle decir: no teman, ¿no me recuerdan? ¡Si yo soy Tite! Era un gibareño disfrazado de mono araña. Cuando estando hospedado en el exclusivo “Word Astoria”, del propio New York, se le ocurrió cantar, como cantó estando bañándose, “La Bella Cubana”, sorprendiéndose oír tocar en la puerta de la habitación al Administrador del Hotel acompañado de un Vigilante de la Policía, para suplicarle no cantase más, que estaba con ello interrumpiendo el tráfico por Times Square; siendo llevado al balcón para que viera al público estacionado en la calle, que al verlo le brindó la más cálida y espontánea de las ovaciones. De su visita a la Meca del Cine, Hollywood, como invitado especial de los dirigentes de la Columbia Pictures; de su llevada a la exhibición privada de su última película y acompañado nada menos que por la esposa de su máximo director, en cuya exhibición, al ver que el protagonista de la película daba muerte a su rival de una certera puñalada, grita y se desmaya, para verse, pasado el momento que estimó de debilidad y bochornoso, felicitado por al alta directiva de la empresa y mencionado por los críticos teatrales, por ser el único en haber notado la veracidad en la escena, en que el protagonista aprovechando el acto había dado muerte cierta a su rival en amores. Cuando saliendo del Puerto de Gibara en dirección a Vita, una fuerte e inesperada tormenta tropical lleva al garente la embarcación por dos largos días, para dejarla frente a unas tierras para ellos desconocidas y que resultaron ser las costas de la Florida; y su sufrimiento al ver que faltos de comida y de agua no podían llegar a ella por no llevar consigo los pasaportes que los autorizaban a desembarcar en territorio de los Estados Unidos. Cuando estando ya en la Bahía de Nipe se les hunde la embarcación, haciéndose cargo del salvamento de la tripulación, ordenando que seis de los náufragos se colocasen a su derecha y seis a su izquierda, dirigiéndose en esa forma hacía la costa, y como los tiburones iban comiendo ya a uno de la derecha, y a otro de la izquierda, hasta llegar a tierra, a la que llega solo, al haber protegido así su cuerpo en esa bahía tan infestada de tiburones, con los cuerpos de sus compañeros.

Así es Gibara (Décimo primera parte)



En la Villa no ocurren defunciones; sus ancianos son centenarios; los vecinos mueren agotados; no se recuerdan epidemias: en su Hospital Civil no hay enfermos; sus médicos descansan; las Farmacias no venden medicamentos; pero a un holguinero se le ocurre poner en la Villa una Agencia Funeraria y allí comienzan las defunciones; por ello todos desfilan por el Templo Católico al objeto de ver si alguna de las Vírgenes es obsequio al templo del funerario; sucedió en Holguín, y pudo haber sucedido en la Villa lo de la Virgen dedicada para que el “negocio” no fracasara.

Fernando es de la Villa y residía en la Capital de la República en mi época de estudiante; y en la Capital tenía su prometida; en la casa en que ésta residía varias de sus compañeras también tenían novios, y por costumbre al sentarse por la noche en el portal al objeto de celebrarse; buscando, como es natural, la semioscuridad, cómplice de la pasión amorosa; todos menos Fernando, que terco como buen gibareño se celebraba con su prometida sentado debajo de la luz eléctrica; sus compañeros rompen el bombillo, al parecer beneficiando a la novia de Fernando; pero notan que éste esa noche, al notar la oscuridad y darse cuenta de la causa, salió por un bombillo eléctrico; y que de allí, todas la noches llegaba a la casa con un bombillo en el bolsillo. Fernando se mantiene en estado de soltería en la Villa.

Publicó Tiano Verdecia un uno de los periódicos de la Villa la enorme cantidad de paniqueques que semanalmente se consumen en Gibara; lo que provoca una larga polémica entre Joaquín y nosotros, quien negaba: ¿que en Gibara se consumen unos ciento veinte mil paniqueques semanalmente? ¡Mentira!; mientras Abraham, como siempre tardío en reflexionar, y que sólo pensaba en el efecto producido por esa enorme cantidad de paniqueques en el consumidor, exclama, ¡por eso los veo a todos tan amarillos! La venta de paniqueques, y de los dulces anunciados con el repiquetear de campanillas, dan nota de alegría a la Villa de Gibara.

Pepito es el hombre más moral de la Villa; como él no se encuentra otro en la Villa, ni en toda la Isla; amante del hogar y de su familia, no toma licor, no fuma ni juega al prohibido, es incapaz de una ofensa; por ello es ejemplo de los padres para con sus hijos; de las esposas para con sus maridos; de las autoridades para con los delincuentes; de los sacerdotes para sus feligreses; pero llega el día fatal y todo por culpa de los holguineros que lo llevan engañado a “Los Marinos” y al “Obrero”; visita fatal para Pepito a pesar de no haber pecado, ni siquiera haber tomado una copita de licor, ya que la noticia corre loma abajo como un rayo. Pepito en la loma? ¡Imposible”, exclaman todos. Pero viene la confirmación, y por ello al visitar la Villa, todos nos dicen: por culpa de ustedes Pepito ha dejado de ser el ejemplo de guía, por culpa de ustedes ya no hay moral en la Villa. ¿Qué se puede esperar de los hombres serios si Pepito nos falló?.

Cabrerita está sentado en uno de los sillones del Unión Club, sillones que para el gibareño representan la continuación de la cama del hogar; rompe de pronto el eterno silencio de la Villa para exclamar: en la mesa de la cocina de mi casa hay un tomate maduro, de un rojo intenso; mi esposa coloca a su lado un plátano verde al que ha quitado la cáscara para colocarlo en la cazuela de agua hirviendo; mira el plátano a su compañero de mesa, el tomate, y al verlo tan colorado, le dice ¿Te has ruborizado al verme desnudo? Ah, si pudieran anotarse estos despertares del enmagueyado gibareño.

Pepito es comerciante en la Villa; activo y simpático, por ello su establecimiento para todos es una mina; pero Pepito siempre está en dificultades económicas. Lo comento con un gibareño, y éste para explicarme la razón de esas dificultades solo me dice: imagínate, que uno de sus bolsillos siempre trata de engañar al otro. Gibara.

Se nos muere el bueno de Fernando y como buen gibareño nos había pedido el ser enterrado en el Cementerio de Gibara, al lado de la tumba de su señora madre; y con su cadáver llegamos a la Villa. No recordándose el lugar en que estaba enterrada la madre, el sepulturero cava una fosa, trabajo que repite al aparecer ésta; terminado el acto piadoso el sepulturero reclama a Armelito cuatro pesos por su trabajo, dos por cada fosa; y al decirle éste que sólo debía cobrar una, ya que la otra le quedaba abierta para el próximo entierro, recordando éste que las defunciones sólo ocurren en Gibara una o dos veces por año, exclama indignado: ¿Y voy a esperar seis meses para cobrar el resto de mi trabajo?

Estoy una mañana en uno de los balnearios de la Villa; observo que a uno de los bañistas, por efecto de la comida ingerida, le ha dado un principio de congestión; con el corre corre que se produce se rompe la tranquilidad perenne de la Villa; en eso veo llegar a la cantina del balneario donde me encuentro recostado, un gibareño todo sofocado por la carrera, que con asustada expresión dice al cantinero: ¿qué ha ocurrido? Nada, le responde éste, a uno de los bañistas que le ha dado una embolia. ¿Y es de Gibara?, vuelve a preguntar, para recibir por respuesta una sanguinaria mirada del cantinero. Sorprendido le pregunto. ¿Por qué no puede ser de Gibara? ¡Imposible!, fue la respuesta, el gibareño no come.

Para ellos su Villa es única; no hay cosas como las de su Villa; por ello al encontrarme en Holguín con Joaquín de la Vara y el doctor Tapia, y al mostrarles lo bonita que era la fachada de una de las casas, me responden ambos al mismo tiempo: más bonita es la de Ordoño. No quieren salir de la Villa, y si lo hacen es obligado; así el amigo Luis al verse obligado a visitar la playa de Guanabo, como despedida dice: mañana estaré de regreso; que vuelve a afirmar al recordarse que la playa de Guanabo es una de las más lindas de Cuba. Y regresó.

Así gozará usted con sus anécdotas y con sus ocurrencias, que explican diciendo que ellos, los gibareños, “llevan el mundo sobre las espaldas”; pero no podrá reírse con los cuentos, los famosos cuentos de Gibara; ni siquiera insinuar incredulidad, lo que les ofendería; no tendrá más remedio que mostrar interés y sorpresa, hasta llegarse el momento en que usted se ofenda al pensar puedan imaginarse que está creyendo en sus cuentos, pero tendrá que hacerlo en silencio; si no puede soportarlos, enmaguéyese como ellos, con lo que gozará y pasará como un gibareño más; es más, no tardará en tratar de imitar al más grande de los cuentistas de la Villa, a Robustinao Verdecia Velázquez, figura predilecta entre los veraneantes, de inagotable y exagerada vena humorística a costa de sus paisanos; a Juan Caballero, menos popular al ser sus oyentes los de su oficio, los pescadores.

Acepte como cierto la existencia de un enorme tiburón llamado “Pancho”, que no sólo respondía por ese nombre, sino que hasta se paraba en la arena de la playa para que los muchachos jugasen con él; en el “Indio”, famoso gallo de la Villa, espíritu del gibareño, que todas las peleas las ganaba por su peculiar manera de atacar; ganador del “El Jerezano”, que le superaba en tamaño y fortaleza, ganador de cientos de peleas, al que vence a pesar de no poderle llegar al cuello por su pequeño tamaño, al poder seguir su táctica, de aprovechar el momento de poder meter la cabeza de su contrario debajo de su ala, que sujeta con todas sus fuerzas, hasta perforarle el pecho con su afilado pico; y conste, que “El Indio” no se retiraba del redondel sin antes haberse colocado sobre el pecho de su rival y haber lanzado su grito de triunfo, el triunfo de Gibara.

Pero podrá usted, aunque sea por breves momentos, silenciarlos si les cuenta el cuento al parecer holguinero de “La Jaiba Bandolera”: “Había una vez una Jaiba gibareña, que lejos de su Villa, en el camino del Alcalá hacía sus fechorías, que le hacen coger fama de valiente y audaz; por sus asaltos a mano armada; transeúntes que pasara por ese camino, sea de día o fuera de noche, se veía asaltado por una jaiba que cubría su rostro con pañuelo negro y portaba en una de sus garras una afilada navaja barbera; cierto día se le ocurre pasar por su feudo un infeliz guajiro, que en el acto se vio asaltado por la Jaiba bandolera, bajo la amenaza de “la cartera o la vida”; trata el guajiro de encontrar el dinero, y sin saberse el por qué, lo cierto es que la Jaiba, al verlo tan asustado le preguntó, y tú, ¿de dónde eres? Soy de Gibara, le contesta éste, que oído por la Jaiba, le hace caer de su garra la navaja barbera y correr hacia la manigua bajo la angustiosa súplica de POR TU MADRE, NO ME COMAS”.

Y si respira, a toda prisa cuéntale la historia, al parecer también holguinera, del “EL DEVOTO GIBAREÑO QUE AL CIELO FUE”; “Fallece en la Villa un piadoso, sencillo y a la vez apasionado católico gibareño, que como es lógico, al Cielo fue, ya que como buen católico había cumplido en este infierno, nombrado Tierra, con todos y cada uno de los rituales exigidos por esa piadosa y acaparadora religión de Cristo, a cuyos Templos solo debían ir los ricos, según Rafael, en señal de agradecimiento; hace el alma del piadoso gibareño su entrada en el Cielo escoltado por la “Comisión de Tres”, de esos tres que no encontrarían para guiarlos al Cielo, ni Tejedor, ni Melquiades, ni yo, según la opinión autorizada del krisnamurtiano Pompeyo; ya en el Cielo es recibido y guiado por el propio San Pedro, mostrándole todo lo bueno que le espera en el Paraíso por haber sido tan buen católico; pero llega la hora, y que tenía que llegar, en que el buen católico fallecido suplica tímidamente a San Pedro le señale el lugar destinado en el Cielo para calmar esos deseos imperiosos que comenzando por hacernos sufrir, terminamos con tanto placer; y éste, en vista de la categoría del recién llegado, al servicio de los ricos es llevado, que rechaza éste por su humildad al ver tanto oro en su confección; se le lleva al servicio de los pudientes, todo de plata, que también rechaza; hasta que San Pedro al verse defraudado con su alma tan mezquina, le indica el lugar destinado para los suyos, un simple agujero en una nube, al que encantado se dirige el buen católico, y del cual se separa bruscamente al ver en la lejanía, bajo de él, un pueblo; San Pedro al ver su pudor, mirando por el agujero y viendo el pueblo, encogiéndose de hombros le dice al piadoso católico: no te remorderá la conciencias, hazlo, que es la Villa de Gibara.

Y así ya puede escuchar a Juan Caballero contándole su célebre cuento “A la orilla de un palmar”: “Estaba pescando a las alturas de Potrerillo, y bastante próximo al litoral; en el silencio de la noche, escucho procedente de la costa un canto, “A la orilla del palmar”, sólo ese verso al que no doy importancia, pero sí al seguir escuchándolo y siempre en la misma forma, a intervalos más o menos largo; sólo un loco puede hacerlo, me digo; y para ver al loco en la costa espero el día; llegado éste no observo a nadie en la solitaria costa, pero sigo escuchando el interrumpido canto, que me hace dirigir a ella; ya en la costa por más que buscaba no podía ver al cantante, y al seguir escuchando el “A la orilla de un palmar”, me hace suponer es cosa de espíritus burlones y presa de pánico trato de correr hacia mi bote; en mi carrera escucho el canto próximo a mí, que me lleva a mirar a mi alrededor, para descubrir el misterio: en la costa había arrojado el mar un pedazo de disco, el de la canción “A la orilla de un Palmar”, que el viento había colocado en una mata de tuna, una de cuyas espinas, movidas por el viento rozaba el disco en la parte en que éste tenía impresa la frase “A la orilla de un palmar”.

A Tiano Verdecia contarle que Víctor, dependiente de una de las casas de comercio de la Villa, al sufrir un fuerte dolor en el bajo vientre, fallece; que no teniendo familiares en la Villa, es velado su cadáver en uno de los pequeños cuartos de la bodega en que trabajaba; siendo éste muy querido en el barrio, todos se dan cita esa noche en el velorio; velando transcurren las horas, y ya de madrugada se le ocurre a uno de los velantes encender un tabaco en uno de los candelabros, que a modo de centinela, alumbraban el cadáver, para ver con espanto que el cuerpo de Víctor, se iba sentando lentamente en la caja con sus ojos sumamente abiertos; preso de gran pánico, corre hacia la calle gritando: el muerto está sentado en la caja, que oído por los concurrentes los hace salir atropelladamente hacia la calle, y con desmayos y gritos histéricos de las mujeres; llega el día sin que ninguno tenga el valor de entrar en la tienda y menos en el cuarto en que el cadáver de Víctor es velado, hasta que todos recuerdan al guapo de la Villa, y por el guapo van; lleno de valor llega el guapo de Gibara, ante la admiración de todos entra en la tienda y al cuarto mortuorio, donde aún permanece Víctor sentado en la caja con los ojos sumamente abiertos, al que dice: Víctor, ¿estás vivo? Voy por un médico, acuéstate mientras tanto en la caja, tratando de ayudarlo para ver con espanto que no solo no le contestaba, sino que teniendo la frialdad de los muertos de nuevo se incorporaba hasta quedar sentado; lleno de pánico corre hacia la calle, hasta hacer su llegada las autoridades, las que descubren el misterio; que Víctor había sido amortajado con el cinturón puesto, que al presionar su vientre, le había hecho sentar dentro de la caja. Cortado el cinturón, fue enterrado, dejando en la Villa el recuerdo de Víctor y el corre-corre lleno de espanto, de los velantes.

Su “se comió al león”: según él, hace su llegada a la Villa de Gibara un Circo, el que como de costumbre, es instalado en el Parque de Colón, lugar al que todos los vecinos se dan cita y más al correrse la voz de que éste traía, dentro de una segura jaula de hierro, un fiero león africano; los muchachos, siempre muchachos, pasada la impresión que les produce la llegada del Circo y la presencia del fiero león, transforman lo que les queda de parque, en un campo de jugar pelota, con la fatalidad de que la pelota al rodar se les cae dentro de la jaula del león, entre sus fuertes patas, de donde tratan de sacarla con un madero, acción que enfurece al león, que rompiendo el madero se lanza contra los fuertes barrotes de la jaula tratando de seguirlos, acción ésta que provoca el pánico entre los concurrentes al parque, y que uno de los muchachos, en su nerviosismo, tome el pasador de la jaula, que al quedar abierta pone en libertad al león. ¡Se soltó el león! ¡Se soltó el león!, gritan todos, no tardando en quedar desiertas las calles de la Villa; sale en persecución del león las fuerzas del ejército, a los que se unen valerosos voluntarios, los que no encuentran el león, y sí el informe de que éste había tomado el camino de Cupeycillo, cuyos moradores no tardan en ser concentrados en la Villa; notándose la falta de uno de los vecinos del barrio de Cupeycillo, todos lo dan por muerto por el león, y para confirmarlo hasta su casa van los valerosos miembros del ejército, para encontrarlo sentado en la puerta del bohío, al parecer ignorante de la tragedia en que todos vivían por culpa del león escapado; le ordenan refugiarse en la Villa, que éste acepta todo asustado, y más al conocer la historia del feroz león, cuya existencia ignoraba, ofreciéndoles antes un poco de carne curada, boniato y leche, que todos aceptan y con gusto saborean; ya al salir del bohío es preguntado por qué no lleva con él el resto de la carne curada, apareciéndose ante todos con la carne y con la cabeza del león. Del león que había sido muerto por él desconociendo su fiereza y de cuya carne todos habían comido.

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Así es Gibara (Décima parte)



Llego a la Villa y necesito los servicios de Angelito; y no estando Angelito en la piquera, llamo a un limpiabotas, el que me dice, a pesar de ser de la Villa, que ignora el domicilio de Angelito; Buere que oye la conversación, le dice: sigue derecho toda la calle hasta llegar a la loma, toma la segunda cuadra y en ella vive Angelito, y para animarlo le doy veinte centavos; el limpiabotas me mira y mira los veinte centavos, y devolviéndome la moneda me dice: nunca he andado por ese barrio. ¿Cómo, muchacho, eres de la Villa y nunca has llegado a esa calle? Le digo sorprendido; No he tenido necesidad de ello; y se retira. Por todo ello no me sorprende que a Cabrera se le cayese al suelo una moneda de diez centavos, la que ve correr calle abajo, pero que incapaz de irse tras ella y menos de agacharse, le dice a un transeúnte: Mira, allí va una moneda de diez centavos, y sigue caminando.

Nos encanta el ir a Gibara, y todos los domingos lo hacemos Pompeyo, Abraham, Tejedor, Elías, Melquiades y yo; todos los domingos vamos a la Villa, tanto en verano como en invierno, y siempre nuestra primera visita es para Lola y la segunda para Joaquín. Abraham lo explica: a Casa de Lola a tomar café “recalentao”; a Casa de Joaquín, a que nos muestre su sanatorio de animales deformes; siempre nuestra primera visita lo es para Lola y la segunda es para Joaquín; y así debe hacerlo usted también, si no, no habrá ido a Gibara.

Pepito tiene setenta años; es casado y tiene hijos y nietos; y es uno de los contados vecinos de la Villa que se da el lujo de tener querida; todos en la Villa lo saben y que éste solo la visita cuando el cuerpo se lo pide; y que en ese día si la puerta está cerrada, todos quedan enterados de su visita, al escucharse fuertes golpes sobre la madera de la puerta y su angustiada voz de ¡Apresúrate, Celedonia!.

Es la Villa el pueblo de los apodos, herencia de cientos de canarios que en su Villa se avecindaron en el siglo pasado. Constituyendo el apodo la esencia de la Villa, el obligatorio y hereditario apellido; entre ellos nos encontramos a “Bicicleta”, eje de humorísticos episodios gibareños; que cae el terminal bicicleta en el sorteo, todos aprovechan para gritarle ¿Lo cogiste, Bicicleta?; que va por una de las desiertas calles de la Villa, y sin poder evitarlo, suena lo que siempre suena a pesar de nuestros deseos de que no suene, oigo que le gritan: ¿Te ponchaste? Gibara.

Rafael vive en Holguín, y en su casa tiene una sirvienta de la Villa; dicha criada tiene su novio en Gibara y por ello Rafael todos los domingos tiene que enviarla a ver a su novio; por ello, Rafael que es gibareño, puede decirme: En la Villa todas las cosas ocurren al revés.

En la Villa hay un prestigioso vecino que por su miopía usa espejuelos; al dormir por la noche lo hace con los espejuelos puestos. Nos explica el motivo: y si sueño, ¿cómo distingo las caras? Gibareño.

El Verano es esperado por todos los holguineros; y en el verano cientos de holguineros visitamos la Villa de Gibara al objeto de bañarnos en sus playas; nuestra llegada a la Villa siempre es por la tarde, después de nuestro almuerzo en Holguín; por ello Joaquín, al ver que no dejamos dinero, exclama: ¡almuerzan en Holguín; hacen sus necesidades en la Villa!

Corrales es español y está establecido en la Villa, recordándonos su presencia al típico bodeguero español y a la amplia y ventilada bodega española; llegó un domingo a su tienda y notó, no sin sorpresa, al ser la Villa tan amiga de sus tradiciones, que están fumigando la trastienda; ¿y eso, Corrales? le pregunto. No tardó en contestarme: a los cuarenta años de residir en la Villa me he cansado de que las cucarachas me hagan cosquillas.

Nota Pancho X que uno de los bodegueros de la Villa está arrojando al mar la latería descompuesta; seleccionando dos latas de sardinas portuguesas que limpia con esmero; colocadas en sus amplios bolsillos se dirige a la misma bodega de donde estas proceden a cuyo dueño dice: voy de pesquería, dame dos latas de sardinas portuguesas, pan y queso, que le es despachado; y que le retira el indignado bodeguero al decirle éste, a mi regreso te pagaré su importe. Haciéndose el ofendido se retira, pero lleva en su bolsillo las dos latas de sardinas despachadas, que en un descuido del bodeguero había sustituido por las que éste había arrojado al mar.

Estoy en una de los balnearios de la Villa, y a él veo llegar una joven, a la que todos saludan y todos quieren que en su mesa se siente; nadie más popular que ella; así se lo informo a mi compañero gibareño, que la mira y me dice: ¡PICA EN TODAS LAS CARNA!

Se celebran los carnavales holguineros, y a ellos concurre toda Gibara; y siendo Lola de la Villa, me la topo ya tarde en la noche, invitándola a comer un bocadito de lechón, que es aceptado; para ella prepara el fritero su primera frita, que entrega a Lola, la que volviéndose a los portales, grita: ¡Fulana, toma! Y le entrega la frita; es preparada otra, y se repite la misma historia, por dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete y ocho veces, en que no pudiendo más, le grito, ¿pero Lola, has traído una comparsa de Gibara? Dos semanas sin poder visitar la Villa; Lola se incomodó.

Albertín recibe de la Madre Patria un gallo jerezano, un valioso y verídico gallo de Jeréz de la Frontera, al que nombra “Coronel”; apasionado gallero y educado en España, pasa los días contemplando a su gallo, cada vez más enamorado de él; cierto día llega a su casa de la Villa un gallero holguinero, que al ver el gallo, le ofrece por él quinientos pesos a Albertín, ofrecimiento que le hace brotar lágrimas de dolor, ante tal atrevimiento; lágrimas que brotan con más intensidad al escuchar en su oído la voz de Tiano; con doscientos pesos vas ganando. Su gallo era jerezano y tan bien educado, según él, que hacía sus necesidades dentro de la vasija de metal.

Estoy en el portal de mi casa en Holguín, más o menos a las once de la mañana, en el pleno agosto; a la distancia veo un señor todo vestido de azul oscuro, sombrero de palo y un paraguas a modo de bastón; estará loco, me pregunto. Venía a verme y al presentarse me entero que procedía de la Villa y traía su traje de paseo. ¡Lástima que la carretera haya hecho perder ese típico sabor gibareño!

Tiano visita la Ciudad de Nueva York; la visita para que no le hagan cuentos, ya que prefiere no salir de su Villa; visita New York con su traje de salida: paño oscuro, sombrero del mismo material y un paraguas a modo de bastón; y tiene la suerte de llegar en el invierno; se levanta temprano en la mañana, y para hacer hora en espera de Joaquín, se estaciona en la puerta del Hotel, contemplando la calle, que por su brillo le asemejan grandes espejos y a los contados transeúntes de esa hora; que al verlos pasar frente al Hotel caminando con un pie sobre la acera y el otro por la calle, le hace reflexionar que en las proximidades hay un hospital; trata de salir y cae el suelo, conociendo entonces que para caminar en esa mañana invernal por las calles neoyorquinas había que cojear, transformándose en un cojo más; con la dificultad de no poder recrearse contemplando las fachadas de los enormes edificios, que por tratarlo de hacer vino con él toda la fila de cojos al suelo. Visita una de las grandes tiendas, tratando en todo momento de pasar desapercibido, confundido con un nativo de la Ciudad; en dicha tienda nota una escalera que el piso superior sube, la que toma sin darse cuenta que esta era de esterillas, que al notarlo le hace retroceder con espanto, cayendo al suelo y con él los que detrás subían. Aceleró su regreso a la Villa; menos complicaciones, más tranquilidad.

Pancho X tiene en su poder una moneda de oro de a cinco pesos, pero ésta era falsa; platino con un baño de oro; se dirige a una de las tiendas de la Villa, y haciéndola rodar por el mostrador al objeto de que todos la vieran, pide y toma dos o tres tragos; al pagar dice en voz alta: toma, cóbrate de estos cuatro pesos, oro; el bodeguero que nota que la moneda es de a cinco pesos y que éste está tomado, la toma y le da el cambio como si fuera en realidad de cinco pesos; llega la tarde, y el balance, dándose cuenta entonces el bodeguero que la moneda era falsa, siendo acusado de ello Pancho X. Viene el correspondiente juicio, y en él es acusado Pancho X por el bodeguero de haberle dado una moneda de a cinco pesos falsa, acusación que éste niega, siendo absuelto al demostrar con testigos que la suya lo había sido de a cuatro pesos, y que por cuatro pesos había recibido el vuelto.

Estoy en casa de Corrales dándome unos tragos con varios amigos gibareños; para que se cobre el importe de una de las tomas, le entrego un billete de a cinco pesos, que al verlo Alonso, le dice a Corrales, devuélvaselo: ese trago es mío. Corrales le mira y mira mis cinco pesos, y no pudiendo soportar la tentación con ellos se dirige a la contadora, diciéndole a Alonso: este dinero me está mirando; el tuyo está en veremos.

Alberto Velázquez es en la Villa el máximo defensor de la “Cooperativa Textil de Gibara”, y por defenderla sufre de prisiones; en una de ellas es llevado ante el Juez que lo envía al Hospital de Holguín en observación, ¿por qué? A su entrada había dicho: Yo no soy de este mundo; usted no tiene la facultad para juzgarme; por él tienen en la Villa una famosa “Doctrina Judicial Teocrática”. Como también tiene a Táramo pasando los días demostrando por medio de números la razón de todo lo existente.

Visitamos la Villa y notamos sus calles desiertas; los establecimientos faltos de clientes; la mar sin pescadores; por ello nos preguntamos, como todo el que la visita se pregunta: ¿de qué vivirán? En la Administración de Correos nos dan la respuesta: por ella se reciben todos los meses cientos de giros postales, contribución del gibareño ausente a sus familiares.

Todo es tranquilidad en la Villa; ella es rota al verse uno de los pequeños botes de pescadores correr vertiginosamente por la bahía, y más tarde salir mar a fuera, como si una fuerza poderosa lo arrastrase; gritan unos: se lo lleva un enorme tiburón; otros, quedó enganchado a un submarino; unos lloran; otros, los más, le miran con orgullo desaparecer en la lejanía; son gibareños y el pescador es de la Villa; ya regresará algún día remolcando un enorme animal capturado era la cierto, al siguiente día “Chicho” hace su llegada triunfal remolcando un enorme tiburón. Cosas corrientes en la Villa, y sucedió muchos años antes de que Ernesto Hemingway escribiera su célebre novela.

Después de largos años de espera, hacen su llegada de nuevo al Puerto de Gibara, los barcos de carga; y con ello la alegría y la esperanza de un pueblo dormido por falta de actividad; hace su llegada el primer barco, pero cosas de Gibara, es tan grande que no puede entrar en la bahía, y menos atracar al muelle, corriéndose la voz de que éste seguiría con su carga para el Puerto de Nuevitas; todos se desesperan, más que los estibadores el vendedor de bacalaos fritos, cuyos lamentos se escuchan por toda la Villa y sus súplicas a la Virgen de la Caridad del Cobre por un milagro, el milagro de que pudiese el barco atracar al muelle; su interés, el haber fiado los bacalaos fritos. Vino el milagro, el barco atracó al muelle, los estibadores cobraron y el vendedor cobró lo fiado. Son cosas de Gibara.

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Así es Gibara (Novena parte)



Así es Gibara, esta es Gibara.


Y te reirás con sus anécdotas, las anécdotas de Gibara, la esencia de Gibara, como ella, espontáneas y graciosas; y de ellas podrás decir como digo yo: ¡Así es Gibara! ¡Estoy en Gibara!


Necesitaba Bermúdez, uno de sus prestigiosos vecinos, un carretón de arena, envía por ella al camino de Caletones, a dos kilómetros de la Villa; y por ella va un carretonero, su ayudante y el carretón, y ambos provistos de sendas palas; llegando al lugar llenan entre ambos el carretón de arena, pero como son gibareños y están en su territorio, terminado el trabajo se sientan debajo de una mata de uva caleta, no tardando en quedarse dormidos; transcurren las horas, y ya tarde en la tarde despierta uno que llamando al otro, toman el camino de Gibara con sus palas al hombro, haciendo su entrada por el lugar que eran esperados por Bermúdez, que sorprendido al ver que regresan sin la carreta, les pregunta, ¿y la carreta de arena? ¿La Arena? Dicen sorprendidos, para salir corriendo hacia el camino de Caletones. SE HABIAN OLVIDADO DE LA CARRETA DE ARENA!


Se aproximan las fiestas de San Fulgencio, Patrón de la Vila, durante la cual todos los vecinos rivalizan en el vestir y en su alegría. Se aproxima la fiesta del Patrón, y una de las vecinas ve con angustia que su esposo no regresa de la Habana y pasan los días, y ante el temor de que sus hijas no puedan lucir, como se merecían, sus ocultos encantos, decide ponerle un telegrama; telegrama que redacta: SAN FULGENCIO ARRIBA, NIÑAS DESNUDAS, DIME QUE HAGO. No tardando en llegar su respuesta, digna de la ágil mente de un gibareño: BAJALO A PALOS.


Había un vecino al que todos temían, consideraban y respetaban como “Patera de Camajuaní”, nombre que él mismo se había inventado, bajo los efectos del alcohol; cierto día en que el alcohol en vez de alegría, le produce tristeza y desaliento, procura encontrar remedio a sus males en el contenido de un fracaso de tinta rápida, siendo llevado al Hospital Civil bajo los cada vez más fuertes gritos que de su garganta brotaban, de que ese era el último zarpazo de “La Pantera de Camajuaní”. Al colocarlo sobre la mesa de operaciones, cae de su bolsillo un realito, su única fortuna, el que al chocar con las frías lozas del piso, va dejando su característico TIN TIN, que oído por el moribundo, le da fuerzas para levantar la cabeza, y pasando la mirada por los presentes les dice: ¡CUIDADO CON AGACHARSE!; ¡Y QUE ES AMERICANO!


Es la Villa saludable por naturaleza, siendo en ella raro el fallecimiento de uno de sus vecinos; acontecimiento que solo ocurre una o dos veces al año, por agotamiento, y produce un desbordamiento popular hacia la casa mortuoria. Por ello en la Villa de Gibara no hay Tren Funerario, y todos van a Holguín en busca del servicio, por el pueblo más cercano, y como es natural, previa la medida del difunto, trabajo que siempre hace el poseedor de la cinta métrica. Necesitando Joaquín el saber la medida de un ejemplar zoológico y no teniendo cinta métrica, envía por ella a casa de Macho, pero cual no sería mi sorpresa al ver llegar un joven todo sudoroso y sofocado por la carrera con la cinta métrica en la mano y más al preguntarle a Joaquín ¿QUIEN SE MURIO?


Palacio es empleado del Correo de la Villa, y como buen gibareño, en su hogar no falta la jaula con el negrito o la mariposa; pero Palacio ha prosperado y tiene cría de canarios y en la Villa todos lo saben; que una de las canarias anida, se corre la voz, y más cuando a la canaria se le traba uno de sus huevos, y que esto tiene a la pobre canaria en trance de muerte. Todos corren a casa de Palacio. ¡Palacio debes darle masaje! Opina uno; y la pobre canaria soporta el masaje. No; debes con una aguja tratar de romper el cascarón del huevo, y la canaria lo soporta. No, debes engrasarle el ano, opina otro; y la pobre canaria no protesta de la embarrazón; pero viene el sabio y grita, denme una navajita nueva, lo que hay que hacerle es una cesárea, y eso si que no lo soporta la pobre canaria, que al recibir el corte, fallece en las manos de su operador. Viendo éste la cara de Palacio, le dice con la seriedad del caso LA OPERACION FUE UN EXITO, LO QUE PASO ES QUE LA PACIENTE NO PUDO SOPORTARLA. Gibara.


Estoy en la noche del 19 de Marzo de este año en el Bar Melódico Bacardí, que en Victoria de las Tunas tiene el gibareño Agustín Ferrás. Estoy cenando y observo un tunero que pide un café y paga con un billete de a peso; pasa el tiempo y no le entregan el vuelto, hasta que éste dando un manotazo sobre el mostrador, grita ¡QUE PASA CON MI VUELTO! Le contestan: TIENES QUE ESPERAR QUE VENGA DEL SERVICIO LA CONTADORA. ¿Cómo la contadora?, pregunta el asombrado cliente. Sí, es que Ferrás como buen gibareño, desconfía y lleva el dinero en uno de sus bolsillos.


Gibara es la Villa de los apodos, y en ella había un pescador al que decían “El Oso”. Ya anciano, y al objeto de que no saliera a la calle, deciden los familiares obsequiarlo con un radio, que colocan sobre la mesa de la sala; con la solemnidad del caso, le indican la forma de usarlo, y éste lo sincroniza, dando la casualidad que en ese instante se escucha el anuncio de PON EL OSO A TRABAJAR. Fue el fin del radio. Cómo iban a decirle en su misma cara que trabajara?


Una dama de la Villa, es llevada a juicio; y Juan Martínez Tabares es uno de los testigos. Comienza la anécdota al llamarle a declarar. JUAN TABARES, grita el Alguacil, Y MARTINEZ, le responde rectificando, QUE NO SOY HIJO DE MATOJO. Ya en presencia del Presidente de la Sala, éste le pregunta ¿Conoce Ud. a qué se dedica? Vuelven a preguntarle; y éste, mirando a la procesada, contesta: ME IMAGINO QUE DEBE SER CONSIGNATARIA DE BUQUES. ¿Cómo consignataria de buques? Exclama el sorprendido Presidente. Sí, señor, porque observo que cada vez que llega un buque a Gibara, TODA LA TRIPULACION DESFILA POR SU CASA. Era de la Villa.


Juan “Anapiache” era Alguacil del Juzgado de la Villa; y en cumplimiento de órdenes superiores, trata de citar a un vecino; llega a la casa y al tocar el la puerta de la calle, sale una niña que al verlo, grita: MAMA, ES UN NEGRO. Negro no, señora, responde éste con la solemnidad y el orgullo ofendido de un gibareño, ES LA JUSTICIA.


Eduardo era el Administrador de la Aduana de la Villa y en la mañana del día de Noche Buena es esperado por “Chipita”, al objeto de tirarle un picotazo. Lalo lo corta, preguntándole: ¿Supongo tengas para esta noche un buen puerquito? Que va, Lalo, no lo tengo. Bueno, ¿Será un Guanajito?, vuelve a preguntarle. Ni eso, Lalo, le dice “Chipita”. Bueno, ¿pero por lo menos tendrás tu gallinita? Y éste todo adolorido aprovecha para decirle: ESTA ES LA HORA EN QUE NO HE CONSEGUIDO DINERO PARA LLEVAR ALGO A MIS HIJOS. Lalo se lleva la mano al bolsillo, acción que llena de alegría a “Chipita”, pero cuál no sería su asombro al ver que éste lo que saca es el reloj de bolsillo, y que mirando la hora le dice: ¡PUES APRESURATE O NO ENCONTRARAS NADA! Gibara.


Hay en el Vivac de la Villa, dos detenidos; uno de ellos acusado del robo de un reloj; el otro, de una vaca. En la madrugada se escucha al de la vaca que dice al del reloj, FULANO, ¿QUE HORA TIENES? Respondióle éste, en la oscuridad, no puedo ver la hora, pero supongo sea LA HORA DE ORDEÑAR LA VACA.


Nadie más popular en la Villa que Pancho X, y por ello de Pancho X, se cuentan en la Villa cientos de anécdotas; cierto día Pancho X se encuentra con un vendedor de pollos, cuyos pollos adquiere, no sin antes discutir el precio; cerrado el trato, toma los pollos y le dice al confiado pollero: SIGUEME, el que le sigue hasta llegar a una de las barberías de la Villa, la de Justo, con el cual conversa, y éste, dirigiéndose al pollero le dice: SIENTESE, QUE ENSEGUIDA LO ARREGLO. Pancho X sigue con los pollos para su casa, pero antes le dice al pollero PRESTAME TU CHAQUETA, no quiero llegar en esta facha a casa. Llegado el turno, el barbero pretende arreglarle el pelo al pollero, descubriéndose la trama y pasando Pancho X al Vivac. Llega el día del juicio; el pollero acusa a Pancho X niega, y recalca que sólo un loco puede acusarlo de haberse llevado los pollos, y para afirmarlo, le dice al Juez: ¡MILAGRO QUE NO DICE QUE ESTA CHAQUETA QUE TRAIGO PUESTA ES TAMBIEN SUYA! Sí, es mía, contesta el pollero. Absuelto, dice el Juez, mirando con lástima al pollero.


Monguito va a la Capital de la República a la boda de uno de sus hijos; y de la Habana regresa cargado de paquetes; regalos y encargos, a todos dice. Llega a Holguín y desmonta los paquetes del ómnibus; llega a la Villa, y los reparte, PERO CUAL NO SERIA LA SORPRESA DE TODOS AL PODER VER QUE NINGUNO DE LOS PAQUETES ERAN DE LOS DE MONGUITO. Gibareño.


Albertín es cliente de Lola; él sabe, como todos lo saben, que Lola es la mejor cocinera de la Villa; sumamente duro, según la opinión unánime de convecinos y que ha repercutido en el exterior, éste siempre utiliza un mismo sistema para comer: LOLITA, ¿QUE TIENES DE BUENO HOY? Pregunta. Y tomando la lista la repasa mentalmente, y en alta voz repite: ¡POTAJE! ¡POTAJE! Veinte centavos. Mira, Lolita, como no tengo apetito, solo dame diez kilos; ¡ARROZ BLANCO! ¡ARROZ BLANCO! diez centavos; Mira, Lolita, como es para echarle un poquito al potaje, solo sírveme cinco kilos. ¡PLATANOS MADUROS! ¡PLATANOS MADUROS! 10 centavos; mira, Lolita, solo para probarlos, dame cinco kilos. ¿Raro Albertín? No, es gibareño.


Albertín come en Casa de Lola, y para no perder la costumbre, come recortado; pasa por la calle un amigo, que al verle, entra a saludarle, y Albertín, sumamente atento, le invita a acompañarle, que a tanta insistencia, es aceptado. Lolita, servicio. Puesto el servicio sobre la mesa, ve con asombro que Albertín de su propia comida sirve la mitad a su invitado. Este se justifica: ERA DEMASIADO PARA MI.


Está de moda “Patoto”, y en torno a “Patoto”, nacen en la Villa décimas y anécdotas; ya los perros de la Villa no necesitan recostarse a la pared para ladrar, me informan, PATATO LES MATO EL HAMBRE; que un vecino lleva a la casa unas lascas de jamón que coloca sobre la mesa del comedor, tomando una de ellas y la come, su sorprendido hijo le dice PAPA, ¿COMIENDO CARNE CRUDA? No hijo, responde éste, es jamón, y a darle las gracias a “Patoto”, que por él lo probamos; que en la Villa ya todos comen arroz con jamón, ello se debe a “Patoto”; y de ello no se salva ni el señor Juez, el que impone veinte pesos de multa al acusado. ¡VEINTE PESOS! Le pregunta éste angustiado. No te quejes, es la respuesta. ¡NI PATOTO TE LO HACE MAS BARATO!


Angelito en una de sus habituales borracheras, llega a acostarse en la acera de la casa de Arturo Campos, y como es natural, le cierran la puerta de la calle; ello ofende a Angelito, como también ofendería a los borrachos de todo el mundo, y éste, para vengarse, se orina en la acera y en ella hace sus necesidades, para escándalo de todos, que lo hace terminar en el Vivac. Llega el día del Juicio, y conocido el caso, el Juez sentencia: treinta días, por embriaguez; treinta días por falta a la moral; treinta días, por el escándalo... interrumpe Angelito, el que con lastimera voz le dice: ¡QUE INJUSTICIA, SOLO FALTA QUE HAGAS DE MI CASCO ASTILLAS!.


Joaquín es tenido por el más responsable vecino de la Villa; por ello, Manolo al tener que embarcar a su anciana madre y a sus dos pequeños sobrinos hacia la Habana, sólo piensa en Joaquín, sólo Joaquín podría hacerle ese favor; y así Joaquín, los lleva a Holguín, y de Holguín a Cacocúm, dejándolos sentados en el tren habanero, y para que no pasen trabajo hasta su llegada a la Capital, donde son esperados por Manolo, les envía su equipaje por Exprés, les compra dulces, frutas y refrescos; satisfecho, regresa a la Villa, pero cual no sería su angustia al encontrar en uno de sus bolsillos, los pasajes del ferrocarril. ¿Falto de memoria? No, gibareño.


Albertín invita a los galleros de Holguín, y les dice, sin ustedes no quedarían bien las fiestas; vengan, el almuerzo corre por cuenta mía. Así van los galleros de Holguín a las Fiestas de Gibara, y llegada la hora del almuerzo, recuerdan a Albertín su ofrecimiento. Con ellos se dirige al comedor de la Valla, los sienta en una de las mesas y dice a Pepe, el cocinero de la Valla: DALE A CADA UNO DE MIS AMIGOS UN BACALAO FRITO DENTRO DE UN PAN. YO INVITO.


Pancho X se encuentra en una de las cantinas de la Villa, y para no perder la costumbre, dase un trago; llega una niña portando un peso macho al objeto de cambiarlo, que tomado por Pancho X le hace una cruz en uno de sus cantos; pasa el tiempo, y de pronto se oye la voz de Pancho X, ¿QUE PASA CON MI VUELTO? ¿Tu vuelto? Dice el cantinero, si tú no has entregado nada; se forma el escándalo e interviene la policía; uno acusa, el otro niega, hasta el momento que Pancho X haciendo memoria, dice: SI HASTA RECUERDO QUE MI PESO TENIA UNA CRUZ EN UNO DE SUS CANTOS. En la contadora estaba el peso con la cruz. Recibió el vuelto en buen arreglo.


Albertín se siente enfermo y deseoso de tomar una sopita, por ello va a la Casa de Lola, ¿tienes sopa?, pregunta: y buena, le responde ella, y para demostrárselo, levanta la tapa de un enorme bullón. Albertín que mira tanto líquido, se estremece, y saliendo de la cocina dice a la sorprendida Lola: NO SE NADAR.


Albertín tiene deseos de tomarse un buen potaje, y por él va a Casa de Lola, Lolita, ¿tienes potaje? Y de habichuelas blancas, le responde ésta, destapando su enorme bullón. Albertín que sólo ve líquido, y no las habichuelas, se encoge de hombros y dice: OTRO DIA LO TOMARE, NO SE BUCEAR Y POR LO QUE VEO, HAY QUE TIRARSE A FONDO.


Pepito y su hermana van a la Capital de la Provincia, y como son gibareños, vienen a Holguín en el Carrito de Beola, y en Holguín toman el tren para Santiago; sentados en el tren, y cada uno con su correspondiente ticket en la mano, dice la hermana: Pepito, ¿qué hacemos con los tickets? Botarlos, fue su respuesta, ¿no los pagamos ya? Y ambos los arrojaron por la ventanilla del tren; llega el conductor, y no tienen más remedio que abonar de nuevo el pasaje. Cosas de Gibara.


Cabrerita está sentado en uno de los bancos del Parque García en un día nublado, parque que se encuentra desprovisto de árboles, al haberlos estimado uno de sus alcaldes “criadero de vagos su sombra”, y optó por mandarlos a cortar; empieza a llover y todos corren hacia los portales, menos Cabrerita, que estoicamente, recibe todo el aguacero; terminado éste, se levanta y se dirige a su hogar, no sin antes decir: ¿No tenía que bañarme? Pues ya me bañé. Ahora voy a casa a cambiarme de ropa. ¿Loco? No, gibareño.


Abraham es holguinero, y como buen holguinero, le encanta visitar la Villa; le gusta ir a la Villa y sobre todo a Casa de Lola, a la que se le aparece portando un pargo de 2 libras que después de mucho regatear, adquirió en la esquina. Lolita, le dice, toma este parguito; de su cabeza desearía tomar un platico de sopa; de su masa, unas minutas rebosadas y un poquito de arroz; sabes cómo me gusta el arroz con pescado; y si sobra algo, me haces a la tarde unas croquetas. ¡Con razón Lola dice que no comprende a los holguineros.


Cabrerita es el mejor relojero de la Villa, y con disgusto tiene que venir a Holguín en busca de trabajo, con disgusto, ya que para él el trabajo es el peor de los inventos, tan malo que hay que pagar para hacerlo. Ejerce su técnica en la Joyería “El Nilo”, y como buen gibareño, duerme la siesta, en una de cuyas siestas llega el dueño de la joyería, Felipe, que con espanto se encuentra que todo el local está lleno de humo, que produce una de las cajas de cartón tiradas en el patio que ha cogido fuego; corre al pozo y logra apagar el fuego; pasado el susto, se dirige al cuarto en que Cabrerita duerme su siesta, al que dice: ¿Y no veías el humo? ¿No sabías que había fuego en la casa? Sí, lo había notado, pero pensé que tenías todo esto asegurado. ¡Allí murió Felipe!


Cabrerita duerme la siesta en su casa en la Villa, siendo despertado por su angustiada madre, que le grita: corre a casa de tu hermana, que su casa cogido fuego. ¡Fuego!, grita éste, ¿y ella, y sus hijos? Todos están ya aquí, responde la madre. Ah, ¿se salvaron? dice éste tranquilamente retornó a dormir su siesta.


Cabrerita camina por una de las calles de la Villa y en ella tropieza con un violento gibareño, cosa rara, pero éste lo estaba, y por ello, insulta a Cabrerita, que todo apacible, como buen gibareño, sigue su camino sin hacer caso a sus insultos. Eres un cobarde, le grito, yo le hubiera roto la boca. Cabrerita me mira, y me dice: YO PAGO CONTRIBUCIONES PARA QUE LAS AUTORIDADES VELEN POR MI.


Cabrerita fue músico; ello no es raro, ya que en la Villa abundan los músicos; Cabrerita en ese ministerio no había fiesta bailable en que no actuara, y en todas ellas observaba que mientras él tocaba, los demás bailaban y se reían. Vino el pensamiento gibareño: ¿Y no sería mejor que yo baile y otro toque? Así perdió la Villa el buen músico que era Cabrerita.


Necesitando la Colonia Española de la Villa un Médico decide entre los de la Villa, tomar uno; encontrándose entre las solicitudes, la de Albertín con más derechos que nadie, ya que hizo su carrera en la Madre Patria y descendía de don Javier Longoria; pero la plaza no se la dan a Albertín; es más, no tiene uno solo de los votos de los seleccionadores. Albertín, al saberlo, se encoge de hombros, piensa en España se han aficionados a la pelota, y dice: ¡ME HAN PEGADO LOS NUEVE CEROS!


Pepín Beola era millonario, millonario de la Villa, y sin embargo, nadie había más servicial, más honrado ni más humanitario que él; sólo tenía un defecto; su fealdad. Visita un día la Ciudad de Holguín, y al pasar por una de sus calles, oye a una joven decir: ¡JESUS, PERO QUE FEO ES; SI PARECE UN MONO! Responde cortésmente: ¡MONO, PERO CON CADENA DE ORO!


Estamos con Neyra en Casa de Corrales; con Neyra, que nacido en Cárdenas, es gibareño hasta la médula. Recae la conversación sobre Armando Leyva, y que éste, en uno de sus escritos había pedido ser enterrado en la cima de la Silla de Gibara; por ello Melquiades dice a Neyra: mira que ustedes los gibareños son; ¿cómo no han traído el cadáver de Armando Leyva? Por una razón muy sencilla, le responde Neyra, porque no dejó dicho en qué banco está depositado el dinero para ese traslado.


Pepito es joven y buen tipo; vive en la Villa, su pueblo natal y es fiel a su esposa. Melquiades comparándolo con él, le dice: con tu cara tendría yo diez mujeres en la Villa. DIOS NO ME CONCEDIO CUOTA DE EXPORTACION, fue la respuesta.


Don Manuel da Silva era uno de los prestigiosos vecinos de la Villa, y en época en que ésta era una gran plaza comercial; estando sentado en el portal de su casa, se acerca un amigo, y le dice: Don Manuel, vengo a presentarle a Plascensia, la nueva Vista de Aduana. Don Manuel le mira fijamente, y recordando sufría más que ninguno otro los efectos de esa Vista de Aduana, exclama: ¿Conque usted es el señor que nos afeita sin jabón?


Estamos en la Villa y es la época de subir y bajar el telón; por ello SUBE EL TELON, y contemplamos una Villa a la que todos reconocemos por ser Gibara. Baja el telón SUBE EL TELON, y contemplamos un perro sumamente flaco recostado a la pared; no había duda, era uno de los perros de la Villa. Baja el telón. SUBE EL TELON, y contemplamos un perro gordo y saludable y a su fondo una Villa ¿Adivinaron? No hay lugar a dudas. La película se nombraba EL GIBAREÑO AUSENTE.


Rafael va de pesquería, para eso es gibareño, aunque vive en Holguín; y a la pesquería se hace acompañar por su amigo Fernando, que es holguinero, pero se siente gibareño al poder ir todos los años a veranear a la Villa; saldrán de pesquería a las tres de la madrugada y no regresarán hasta pasada las tres de la tarde; por ello tienen que llevar algo que comer; así Rafael se aparece en el barco portando un cartucho con diez kilos de naranjas, y Fernando diez kilos de guineos. Eran gibareños y eran holguineros y ambos eran hermanos.


Albertín todos los días llega a Casa de Lola acompañado de su perro; y en Casa de Lola, todos los días comía bistec, el que acostumbraba enseñar a su perro al mismo tiempo que le decía: mira, perrito, que bistec más lindo hace Lolita. Pero llega el día fatal, y ese día, al enseñarle el bistec, éste cae al suelo donde es comido por el perro. ¿Pidió Albertín otro bistec? Nada de eso, encogiéndose de hombros salió del Restaurante diciendo: HOY NO TENGO APETITO.


Rafael a pesar de su dinero tiene fama de duro; dicen que sus ideas son comunistas, pero para despistar es prestamista; siendo de la Villa vive en Holguín por su profesión. Cierto día estoy en una de las Cafeterías y a ella llega un borracho, que confundiéndome con Rafael me abraza y me halaga, siendo invitado por mí a una taza de café; llega la hora de pagar, y al tratar de hacerlo, me dice Melquiades al oído, no lo hagas, déjame pagar a mí, ¡SE DARIA CUENTA QUE NO ERES RAFEL AL VERTE PAGAR!


Albertín es gallero, es de la Villa y en ella a todos les encantan las peleas de gallos. Está de suerte y gana tres peleas seguidas; con orgullo nos dice: hoy gané tres peleas; sudé como si me hubiera caído un aguacero arriba; grité tanto, que tuve que darme unos toque en la garganta; no sé cuando me fumé el contenido de dos cajetillas de cigarros; pero gané tres peleas seguidas y me gané dos duros, cincuenta céntimos.


Don Benjamín es concuño de Álvaro Iglesia, hombre adinerado, casado, como él, con una gibareña, y como él, tiene un hijo, al que nombran Tuto; desde muy niño se aficionó a los gallos, tan pequeño era, que don Benjamín, tenía que acompañarle a la Valla de Gallos, sentando a su hijo en las gradas, mientras que él, al no interesarle los gallos, le esperaba conversando en los pasillos; peleaban un día “El Isleño” y “El Jerezano”, famosos gallos de la Villa, y Tuto, en plena emoción de la pelea, grita: ¡Cincuenta centavos al Isleño! ¡Cincuenta centavos al Isleño!, que oído por su padre, le hace correr al redondel, llevándose las manos a la cabeza y bajo el lastimero grito de ¡Por tu madre, Tuto, no pierdas la cabeza, que el dinero cuesta mucho hacerlo!; y mirando a la concurrencia, añade: ¡este chico es muy fogoso! Son cosas de la Villa.


Corrales es un antiguo comerciante de la Villa, siendo y sintiéndose un gibareño más; teniendo la trastienda llena de toneles vacíos, productos de largos años de labor, toma la decisión de arrojarlos al mar, y para ello contrata los servicios de una goleta; vienen por los toneles, y cuando ya se han ido, nota Corrales la desaparición de un tonel lleno, que le hace correr hacia el muelle gritando a los de la goleta ¡UNA VA LLENA! ¡UNA VA LLENA!; viendo con espanto que los enmagüeyados pescadores del muelle, corren hacia la Villa, y los de la goleta se impulsaban hacía la costa; pronto se supo la causa: todos habían creído escuchar: ¡UNA BALLENA! ¡UNA BALLENA!, y no era para menos; por eso no nos sorprendió, cuando nos informaron que un vecino de apellidos Herrera había ido a la Capital en busca de salud, regresando a la Villa con cuarenta libras menos de peso; por la noche, va al Teatro, y para entretenerse mientras comienza la función, deletrea los anuncios del telón, vio que uno de ellos decía VINO DESGRASADO HERRERA y montó terrible cólera al creer que se había colocado en son de burla la delgadez con que había regresado de La Habana. Así es Gibara.


Abertín visita a Holguín y a “La Casa Almeida” va por un pollito de raza, cuyo importe abona, cincuenta centavos. Ya de él, le dice a uno de los Almeidas, pero tienes que dejármelo aquí, soy de Gibara y no voy a andar con el pollito a cuesta hasta la tarde; y así, deja el pollito en “La Casa de Almeida”; pasa ese día, una semana, un mes, hasta que un día, llega por fin Albertín reclamando su pollito, ¿su pollito? No; por el tiempo transcurrido, pretende se le entregue una gallina.


Pepito ya es todo un Doctor en Medicina, y como es de la Villa, a la Villa regresa y en ella instala su Consulta; ve pasar los días sin la llegada de un paciente, cosa natural en una Villa tan saludable; y como era gibareño, tenía dos caminos a tomar: o coger un cordel y sentarse en el muelle a pescar, o hacerlo en los sillones del “Unión Club”; y en el “Unión Club” se instala y se dedica a dormir despierto; transcurre el tiempo, hasta el día en que de los sillones del “Unión Club”, es despertado para llevarlo al hogar de un enfermo, su primer paciente, al que observa revolcándose en el lecho, presa de fuertes dolores; todo lo cual impresiona a Pepito, que olvidándose de su condición de Médico, grita a los familiares del paciente, ¿Y USTEDES QUE HACEN AHI MIRANDOLE?; ¡COBRAN POR UN MEDICO!


Y ya que mencionamos el “Unión Club”; Pepito sale del “Unión Club”, la sociedad de los pudientes y él lo es, y a las nueve de la noche por ser la hora de dormir en la Villa; siguiendo la costumbre, a su casa se dirige por el medio de la calle, y al estar frente a ella, estirando los pies, trata de encontrar en la oscuridad, la acera, pero en esa noche se le ha ocurrido a un caballo recostarse a la acera, cosa rara, ya que en la Villa lo natural hubiera sido que un chivo fuese el protagonista; pero en esa noche lo era un caballo, y Pepito tratando de encontrar la acera, toca con el pie el vientre del caballo, que al sentirse aprisionado se estremece; Pepito que siente que bajo su pie se mueve algo, trata de afincarlo y el caballo de incorporarse, con el resultado de que aquél cae sobre el caballo, y que el cuadrúpedo asustado, corra, llevando prendido de su cuello a Pepito, a cuyos gritos de espanto llegan los vecinos; pasado el susto, se estremecen los concurrentes al oír exclamar a Pepito ¿HUBO MUCHAS DESGRACIAS? Estaba creído que todo era consecuencia de un terremoto.


Albertín viene a residir a la Villa de sus mayores, acompañado de su perro y de su soltería; acompañado del fiel compañero son sus primeras visitas para los Hoteles y Restaurantes, y en ellos mirando a su perro, le iba diciendo: mira, perrito, esta es “La Casa de Lola”, en ningún lugar de la Villa se come mejor. Mira, perrito, éste es Pepe y éste es su Hotel “Camagüey”, no hay mejor arroz a la marinera en la Villa, y recrearás la vista, tiene dos hijas encantadoras. Mira, perrito, este es Asdrúbal Corella, y este es el Hotel “Plaza”, no hay comida más variada que la suya; mira, perrito, este es el buen amigo Buere, este es el amigo Lotti y este es su Hotel “Residencial”, lugar escogido... Pasan los días, y en uno de ellos, un amigo viendo, el estado lastimero del perro, dice a Albertín: dale de comer a tu perro, mira lo flaco que está. No me lo explico, le responde éste, si le he indicado los lugares en que mejor se come en la Villa. Todos pudieron darse cuenta que si el perro de Albertín estaba flaco, lo era por las carreras que todos los días tenía que dar recorriendo los hoteles y restaurantes de la Villa.


No hay en la Villa bocaditos como los de Macho: tan famosos como las “alpargatas” de Viú; y ello llega a oídos de Albertín. Machito, me han dicho que tú sabes unos cobaditos deliciosos, ¿podrías decirme qué le echas y qué cobras por ellos? Responde Macho, les echo pepino, queso, pierna y jamón, y cobro por ellos veinte centavos. Está bien, prepárame uno, pero al ver que éste va a colocar una lasca de pepino, le dice: ¡Pepino! ¡Pepino! No, suprímelo, que me da acidez; va Macho a colocar el queso, y vuelve Albertín: ¡Queso! ¡Queso! No, suprímelo, me indigesta; que va a colocar la lasca de pierna: ¡Pierna! ¡Pierna! No, nunca me ha caído bien por lo que el bocadito queda sólo formado de lascas de jamón. Se lo come Albertín y a la hora de pagarlo, dice con toda solemnidad a Macho: Machito, como yo tenía derecho al pepino, al queso y a la pierna, y los has suprimido, AQUI TIENES UN NICKEL. Cosas de Gibara.


Albertín tiene un amigo en La Habana, y Albertín visita la Capital de la República; en la Habana saluda a su amigo, que hace que Albertín se hospede en su casa del Vedado, y teniendo éste que ausentarse de la Habana, le entrega la llave de su “Cadillac”, regresa el amigo a la Habana y encontrando el “Cadillac” en el garaje y que Albertín anda en ómnibus por la Habana, ofendido al verle le dice: ¿No te dejé la llave de la máquina? Sí, aquí la tengo. Y entonces, ¿por qué no lo utilizaste? Se le terminó la gasolina, fue la respuesta de Albertín.


Recibe Albertín la visita de su amigo de La Habana; sólo por un día, le dice el amigo; llega la hora del almuerzo y la hora de abonar su importe, y Albertín por ser Albertín, disimula y se queda en el servicio hasta que el amigo abona la cuenta; conocido ya, regresa éste al comedor, pidiendo la nota, dándose por ofendido; siendo calmado al hacerse el compromiso de que la comida sería abonada por él. Llega la noche, y Albertín lleva a su amigo a visitar a familiares y sociedades, hasta que el reloj anuncia las nueve de la noche, en que el amigo, no pudiendo soportar más su deseo de comer, le dice: Albertín, ¡que me estoy muriendo de dolor de estómago! ¿Dolor de estómago? Pues a la cama y un poquitín de bicarbonato, le responde Albertín, y a la cama se lo lleva. Así es Albertín, y así son las cosas de la Villa.


Pepe Granda en su juventud presumió de pelotero, de un gran pelotero; uno de los mejores de la Villa, la Villa que tan buenos peloteros ha dado. Presume de buen pelotero, y al formarse una novena de pelota cuenta con él, será el Cátcher y su debut lo será con la novena del Central “Santa Lucía”. Llega el día del desafío, y Pepe Granda se presenta al terreno luciendo un formidable traje de cátcher, encargado a la Habana, siendo la sensación de todos; y con esa coraza protectora se coloca detrás del home y se prepara a recibir la primer pelota de su pitcher; tira éste y cae al suelo Pepe Granda. ¡Congestión cerebral!, exclaman todos, al no poder imaginarse que con tanta protección la pelota fuera a lastimarlo; pues sí le dio y ello fue el final de su carrera beisbolera; la pelota le dio en el único lugar del cuerpo que no estaba protegido: en la garganta.


Bueres tiene en la Villa un Café, y en éste Café se ha mantenido por más de veinte años, como siempre, esperanzado en que la próxima temporada veraniega sería prosperidad para la Villa; y en esa espera han transcurrido más de veinte años. Lo visita su amigo Perodín, y al preguntarle ¿qué tal, Buere? Le responde: Nada, amigo Perodín, PASANDO POR ZOMBIE. ¿Cómo por zombi? Si, VEINTE AÑOS VIVIENDO EN LA VILLA SIN VIVIR; y ya en el colmo de los lamentos termina diciéndole: SI CUBA FUERA UNA MUJER DESNUDA, Y GIBARA LAS NALGAS, YA SABRAS DONDE SE ME OCURRIO PONER MI CAFE.


Celio Téllez es gibareño y vive en Holguín; en nuestra ciudad viven cientos de gibareños. Celio va a Caletones a pescar, por ser Caletones a más de una gran playa, un magnífico pesquero, a su llegada pregunta a uno de los pescadores si tiene sardina. No, le responde, éste, pero puedo cogerte algunas, apareciendo al poco rato con un cesto de sardinas de ley. Celio las mira y selecciona solo cinco, diciéndole al pescador, SON PARA CARNA. No lo mataron por ocurrir entre gibareños.


Cabrerita duerme en “El Nilo”, en cuya joyería trabaja, y su lecho es una hamaca; cierta madrugada se rompe uno de los cordeles de la hamaca y ésta con Cabrerita vienen al suelo; llega el día y con ello Felipe, que se cree dueño de dicho establecimiento, y se encuentra a Cabrerita dormido en el pavimento; y no pudiendo contenerse, le grita; mira que eres haragán, ¿porqué no armaste de nuevo la hamaca? ¿Y EL TIEMPO QUE PIERDO DE DORMIR?, fue la respuesta.


Cabrerita es poco amoroso, considera el amor como el amigo Fox, un trabajo; y desprenderse de él, siguiendo a su otro amigo Pompeyo, una liberación; pero Cabrerita en ese día claudica, y en compañía de una agraciada jovencita me lo encuentro. Al preguntarle más tarde, Cabrerita, ¿Qué tal es? Deliciosa, me responde, ¡Y SOBRE TODO SE DESNUDA” Naciendo de ahí la falsa creencia de que en la Villa esas mujeres no se desnudan. Por ello Felipe al visitar al República Mexicana y darse cuenta que en Veracruz no se desnudaban, como tampoco lo hacían en Carmen, exclamó, ¿PERO USTEDES SON DE GIBARA?


Fermín es policía en la Villa y es gibareño; en una Villa tan tranquila y honrada, poco tiene que actuar, pero en esos contados casos el amigo Fermín es la sensación por sus informes; sucede así, cuando “Curingo” es acusado del robo de un par de zapatos y llevado a Juicio, en que éste pronuncia su original informe: “Señor Juez, he podido comprobar de manera cierta y clara que “Curingo” es un vulgar delincuente” haciendo uso de sus facultades artísticas para llevar a vías de hecho el delito de que se le acusa, y que ahora pretende pasar ante esta Sala como una víctima de la ferocidad policíaca”. Es llamado el primer testigo, que al verlo Fermín, se vuelve hacia el Juez y dice: “Ave de la misma pluma”.


El gibareño es por naturaleza amante de su hogar; prefiriendo el permanecer soltero antes que tener una querida, y le repugna si es de estado casado; como siempre, hay una excepción, y esa excepción lo fue Pepito, que siendo casado, toma querida. Tuvo la fatalidad que en una mañana, querida y esposa se encontrasen en una de las calles de la Villa, con el correspondiente escándalo. Llevados a Juicio viene el informe de Fermín. ¿Qué pasó, Fermín?, pregunta el Juez. Nada, señor Juez, responde Fermín, ¡QUE AL AMIGO LO COGIERON FUERA DE BASE EN UNA DE SUS TANTAS CORRERIAS DON JUANESCAS.


Viene a residir a la Villa un guajiro, y en ella instala una bodeguita; vienen mejores tiempos, cosa que aprovecha el guajirito; ya no se conforma con su esposa y con el cariño de sus hijos, y toma querida; hasta llegar el día en que es acusado por su esposa de no dar alimentos a sus pequeños hijos; viene el Juicio y el informe de Fermín; “Nada, señor Juez, que el imberbe guajirito que era Martín, al encontrarse más despierto, fue en pos de nuevas aventuras amorosas, abandonando para ello a su esposa y a sus tres pequeños hijos”.


Cabrerita es gibareño y trabaja en Holguín; como buen gibareño, viene los lunes por la mañana y se va los viernes por la tarde; en Holguín se ahoga; para vivir le hace falta el aire de su Villa, la brisa de su mar; viene y se va en el Carrito de Beola, ya que le tiene pánico a la carretera. Ya en Holguín se levanta a las ocho de la mañana, ¿para qué antes?, según él, si el mejor de los inventos lo fue la cama. Levantado ya, va a Casa de Sotelo por una naranja; de allí al Mercado en pos de un guineo; y del Mercado a casa de su coterráneo Velázquez a tomar la taza de café. Tres lugares distintos y los tres equidistantes del “El Nilo”, donde trabaja, ¿para qué apurarse si tenemos que morir? Es su comentario.


Juan “El Burro” era zapatero en la Villa y frente a su establecimiento dos vecinos producen una fuerte bronca, de todo lo cual es verídico testigo, y por ello es llamado a declarar ante el Juez el día de la celebración del juicio; ya a la presencia del Juez, con toda la celebración del juicio; ya a la presencia del Juez, con toda la solemnidad del caso, es preguntado: ¿JURA USTED DECIR LA VERDAD? Veremos, contesta Juan “El Burro” el Juez no se da por enterado y repite su pregunta, a la que Juan “El Burro” responde: ESO, SI ME CONVIENE; sigue el juicio, y es preguntado: ¿Qué sabe usted de los hechos? Nada, señor Juez. ¿Cómo nada, si ocurrieron en su presencia? Dice ya en tono airado el señor Juez; escuchándose en el silencio de la sala el DALE QUE DALE y CHIVA QUE CHIVA de Juan “El Burro”. Lo dieron por imposible; era de la Villa.


Albertín tiene su patio de gallinas de raza; no es raro, al ser un apasionado gallero; su patio de gallinas finas está al cuidado de un amigo, el que un día dice a Albertín: Albertín, procura conseguirte en Holguín un veneno para los ratones que están acabando con las crías; no tardó en aparecerse Albertín portando dos pequeños gaticos, que entrega al sorprendido amigo, y más al decirle: ponlos en un cajón en el patio de las gallinas, se pasarán el día y la noche maullando, que hará saber a los ratones que hay gatos en la casa, y éstos se irán para otro patio.


A Rafael le encantan las uvas, y estas uvas las compra en Casa de Sotelo; siempre adquiere una libra de uvas, cuyo precio no discute, créanlo o no, pero sí, que éstas sean las más pequeñas del mercado. Gibareño, afirman todos; pero él me ha explicado su razón: si las compro grandes, se acaban enseguida; y si las compro pequeñas tardan más en comerse y si hay invitados, con dos o tres veces que estiren la mano, les da pena el seguir comiéndolas. Así es Rafael y así son las cosas de Rafael.


Rafael es gibareño por haber nacido por “Santa Lucía”, pero hace años, muchos años, que reside en Holguín, conservando siempre su amor a Gibara, el que no pierde ningún gibareño, por larga que sea su ausencia de la Villa ni el deseo de volver a ella; por ello Rafael tiene casa en la Villa y a ella va todas las semanas; es el día de su Santo, y como buen amigo de Rafael, voy a su casa a felicitarlo: “No sabes cuánto te agradezco tu visita”, me dice “y más que te recuerdes que hoy es el día de mi santo”; lamentándose de no tener nada que brindarme, ya que sí no tomas licor, y no queriendo que me vaya sin tomar algo a su salud, se mete las manos en el bolsillo y saca un nickel, que me entrega, y me dice: tómate en la esquina una Coca Cola a mi salud”. Casos de los gibareños.


Cabrerita como en Casa de Lola; en dicha casa es raro el día en que se encuentre pescado, no por falta de dinero, sino por no pedirlo el cliente; pero en ese día hay pescado, y ese día, y como siempre ocurre cuando hay pescado, Cabrerita acostumbra a decir a Lola: guárdame un poco de pescado para la tarde. ¿La razón? Su condición de gibareño, que le hace pensar que ese pescado puede estar malo, y si espera a la tarde, otros huéspedes lo han comido y se han envenenado; si no se han envenenado es señal de que el pescado estaba bueno y entonces puede comérselo en santa paz.


Marcelino tiene deseos de comer pescado, lo que no es raro estando en la Villa; lo que es raro es encontrar pescado en Gibara el día en que uno lo quiere comer; él sabe que Marcelino Falcón, en el Hotel “Plaza” siempre tiene pescado en existencia, y al “Plaza” se dirige: Maximino, ¿regálame un pescado?, y éste que es su amigo, le dice, tómalo del refrigerador, y del refrigerador toma Marcelino un pescado; más tarde uno de los clientes se interesa por un pargo grande, y por él va Falcón al refrigerador, encontrando con sorpresa que éste faltaba, y al recordarse de Marcelino, le acusa de haberse robado ese pargo; llega el día del Juicio, y este niega la acusación, siendo absuelto. Maximino, no te pedí me regalaras un pescado? Sí, es cierto. ¿No me dijiste, tómalo del refrigerador? También es cierto. Y dirigiéndose al Juez, si a usted lo mandan a coger un pescado del refrigerador, ¿cogería el más chiquito?.


Rafael me adeuda cuarenta pesos; y un día, al verlo por la calle, le pregunto, ¿crees que eres mi puerquito (o alcancía)? Muy serio me responde. Pepito, si yo te hubiera pagado los cuarenta, ¿tendrías hoy esos cuarenta pesos? Ni pensarlo, le respondí, ya los hubiera gastado. ¡Pues tienes cuarenta pesos?, me dice siguiendo su camino.


Don Antonio vive en Holguín y tiene a su servicio un chofer de la Villa; no funciona bien la olla de presión, y la señora de don Antonio le dice al chofer, tómala, llévala a arreglar; y éste, como buen gibareño, a la Villa la lleva a arreglar; y en la Villa la deja en su casa y de ella se olvida hasta el día en que la señora de don Antonio reclama su olla de presión; corre éste a Gibara y al no encontrar la olla, la reclama a su madre, enterándose que ésta se la había cambiado por plátanos a un guajiro; logra enterarse la finca en que éste trabaja y recupera la olla de presión. Son cosas normales en la Villa de Gibara.


Estamos en pleno carnaval, y Vicente decide disfrazarse; y como esto ocurre en 1956, lo hace de mujer, ya que los hombres en esta era atómica se disfrazan de mujer y las mujeres de hombres; se disfraza Vicente femenilmente, y tan bien representa su papel, que no tarda en encontrar un galán que con él baila, como y toma, hasta el extremo de que éste creyéndolo mujer, se enamora locamente de él; ya tarde en la noche, y bajo los efectos del alcohol y de su pasión, el galán le toma por la mano y le dice al oído: vamos para la costa. Allí fueron los apuros de Vicente, cuyos pelos se le pusieron de punta; y no era para menos, ya que su galán era un fornido pescador; logra escaparse, y hasta se escondido bajo la cama; así fueron los apuros de Vicente en estos carnavales gibareños.


A Rafael le encanta jugar al pocker, se entretiene en ese juego y no peligra su fortuna, al ser los pases de a diez kilos; para jugar al póker se turnan de casa los jugadores; y a Rafael le encanta que su casa sea la seleccionada para ese juego; no tiene que salir a la calle y además, gana un extra, vendiendo bocaditos y coca-cola. Así es Rafael, y éste es de la Villa.


Pancho X es heredero de una de las casas de la Villa por fallecimiento de sus padres, pero él es desprendido, y así, al reunirse con los demás herederos, renuncia sus derechos sobre la casa; pero como no tiene más hogar que ése, sólo pide el derecho a dormir en una hamaca colgada en la sala, que es aceptado, ya que suponen solo utilizaría ese derecho al llegar tarde en la noche, pero sucede, que cuando hay visita a éste se le antoja armar su hamaca; que cuando sus hermanas abren la puerta de la calle para sentarse en el portal, a éste le entra sueño; teniendo siempre que darle dinero para que no lo hiciese; por ello Pancho X siendo desprendido, al heredar esa renta, heredó más que sus hermanos en la citada casa.


Silvera es de la Villa; pero como tantos y tantos gibareños en pos de trabajo, ha tenido que abandonar la Villa; selecciona Nicaro, y en Nicaro no le dejan entrar, logrando colarse y ser expulsado; repite su acción y de nuevo es descubierto y expulsado, hasta quedar enterado por un amigo que es descubierto al no portar el lugar visible la chapa de identificación; no tarda en colarse de nuevo, pero esta vez, portando también una chapa, confeccionada en cartón, con un letrero que decía: Chapa pedida. Así logró Silvera su entrada en Nicaro.


Es de madrugada y don Manuel da Silva se encuentra sentado en el muelle de su chalet, como buen gibareño, contemplando la luna a esas altas horas de la noche, placer que no cuesta dinero y que solo sabe disfrutar el gibareño; estando sentado en el muelle ve acercarse un bote con un solitario remero, cosa que no le sorprende, pero sí que éste, en correcto alemán, le diga: tengo hambre. Don Manuel da Silva que conoce a la perfección el alemán, puede responderle a ese solitario navegante, que no era otro que Paul Muller: bájese usted. ¿Cómo, exclama el navegante, estoy en Alemania? No, está usted en Gibara, Cuba, responde don Manuel. Así son las cosas de Gibara; que esa madrugada llegara Paul Muller, y que en el muelle estuviese un conocedor del idioma alemán.


En pos de placer, si es que nosotros los viejos podemos disfrutar de ese placer, visitamos “Los Marinos”, y “El Obrero”; ambiente agradable en todas partes del mundo y hasta para nosotros los viejos. En una de las paredes leemos: “Se agradece seriedad”. Estábamos en la Villa. Y ya que mencionamos “Los Marinos”, se celebra en su local una fiesta bailable, ¿motivo? La llegada de un barco de carga; y los de “El Obrero”, envidiando la dicha de su vecino, por las ventanas arrojan al piso un poco de pica- pica que hace correr loma abajo a los divertidos tripulantes del barco mercante; por ello los vecinos de la Villa en el silencio de la noche, sólo escuchan el indignado grito de ¡SABOTAJE! ¡SABOTAJE! Cosas de la Villa.


Y ya que hablamos de placer, Alejandro y sus amigos están de pesquería y en esa faena llegan a las alturas de la Bahía de Puerto Padre; y estando en esas proximidades no tardan en visitar el pueblo y en el pueblo el lugar, ese lugar que en todas partes del mundo, se han creado para la diversión de los hombres casados o solteros de edad madura, transcurriendo las horas tomando y bailando y dando a conocer a todos que eran de la Villa, por sus exclamaciones de que nadie baila mejor que los gibareños; que nadie era más divertido que los gibareños; ni nadie gastaba más fácil el dinero que un gibareño, al retirarse del lugar se entera, no con sorpresa, la dueña de la casa, que ninguno de ellos había disfrutado de los encantos de su compañera. Pasan meses hasta la llegada de otro grupo de divertidos mortales a la misma casa, que hacen enterar a todos, por sus mismas exclamaciones, que eran de la Villa, no tardando en llegar el instante en que cada uno de ellos toma mujer, momento que aprovecha la ama de la casa para decirles: SI SON DE LA VILLA, NO VOTEN EL DINERO.


Cabrerita es un buen gibareño, y por eso no se baña en el mar; todos lo hacen en el baño de sus casas; no logramos convencerle de que se bañara en el mar ni de que visitar los balnearios, recreo de la vista, en ese contacto visual permitido por la moral; como vamos a convencerle si él sabe que del baño de su casa puede caerse y romperse una pierna, qué no sería del mar, cuya profundidad desconoce y en el que habitan tantos “pejes” malos? Tampoco logramos que atraviese la bahía en bote. Y si se hunde, ¿de qué me sujeto? Nos dice. Gibara.


Pepito trabaja en una tienda de víveres de la Villa; su trabajo no le ha permitido dedicarse al amor a pesar de su juventud y no mal tipo; llega un día, el día fatal, en que su estado emocional no le permitió disfrutar del amor; de ese momento falta nació un nuevo apodo en la Villa: ARRUGAO.


Se celebra en la Villa, por primera vez en su historia, el “Día del gibareño ausente”; para ello los primeros en celebrarlo, y por todos imitado; invitan a visitar la Villa a todos los ausentes con otorgamiento de medallas, que obtiene José Ávila, cariñosamente conocido por “Chepé”, que a los cuarenta y tres años de ausencia, se le ocurre regresar, procedente de Nueva York, lugar en que por su laboriosidad ha logrado acumular una pequeña fortuna; su llegada causa sensación en la Villa, desfilando por su casa todo Gibara, para todos los cuales tenía “Chepé” una frase de cariño, un regalo y un beso; tratar de conocer a “Chepé” significaba ser besado por “Chepé”; naciendo de ello la frase de ¿Ya te besó “Chepé”?


Se celebra el primer día del Gibareño ausente y constituye un éxito, al estar todos los gibareños ausentes deseosos de visitar su pueblo natal; de regresar a la Villa, de ser enterrados en su Cementerio local; por todo ello, conociendo los organizadores que muchos de los visitantes tratarían de quedarse en ella, y que de estos lo serían los más castigados propuso el rubio Tapia la celebración de una verbena pasado ese día, cuyos fondos serían destinados al envío de esos gibareños rezagados a sus hogares; y ya que hablamos del rubio Tapia, idea del él fue que se otorgase la Medalla no al “Gibareño ausente”, sino al “Gibareño quedado”; ya que el primero se fue en pos de bienestar; y el segundo se quedó en la Villa soportando su agonía y sus tristezas. Ese sí que era el verdadero gibareño, 1 Hijo de Gibara, muere en su puesto.


Estamos sentados en el vestíbulo del Hotel “Camagüey” y nos acompaña Joaquín, el más gibareño de los gibareños; y al Hotel llegan a molestarnos con sus lastimeros gritos varios niños mendigos, plaga menor que en nuestro Holguín ha llegado al máximo, y en el que sólo piden dinero, no así los de la Villa, que sólo piden comida; al llegar Joaquín los mira, y como buen gibareño y siendo nosotros holguineros, nos dice: hasta eso se lo debemos a ustedes los holguineros. Por poco nos convence de que esos niños eran de Holguín y no de la Villa. Cosas de Gibara.


San Fulgencio es el Patrón de la Villa, por eso San Fulgencio es celebrado una vez al año; se enteran los gibareños que el Estado permite los juegos honestos, antes prohibidos, a cambio de la formación de un Patronato y que una mínima parte de lo recaudado sea para un fin benéfico, y surgen los Patronatos y se celebran en la Villa esos juegos antes considerados prohibidos, amparado en su Santo que nunca protesta y beneficia; entre ellos el creado por Ramonín, con la diferencia de que él quiere ser Patrón y beneficiario; y para que todo pueda ser ganancia, instala el salón de juego bajo la carpa de un circo. Eso solo puede usted verlo en la Villa.


El 30 de Abril de 1492, a las doce del día, escuchan horrorizados los vecinos de la tranquila Villa de Gibara, fuertes cañonazos procedentes del mar; un submarino alemán estaba atacando, hasta hundirlo, al vapor de carga “El Federal” brindando a todos gratuitamente un interesante episodio de la última guerra mundial. Todo ocurre en la Villa de Gibara.


El rubio Tapia es una figura popular en la Villa; fuera de ella se siente ahogado, no es el rubio Tapia. Por ello su amigo Ferrás al llevarlo a Santiago de Cuba no responde como siempre responden los gibareños en casos similares; como tampoco responde en la Ciudad de Holguín, lamentándose en uno y otro caso, de no estar en su Villa; pero llegan a la Villa, y el terco de Ferrás le obliga a quedar bien y hasta le trae a Santa, que tampoco le hace responder; ¿cómo puedo responder, le dice indignado, si no es gibareña, ni estoy en mi cama? Cosas de los de la Villa.


Manolo Aguilera Barciela es gibareño y residente en Santiago de Cuba, por ser distinguido profesor de la Normal y de la Universidad de Oriente; a él debo la siguiente anécdota: estaba sentado en el portal de mi casa, en Cuavitas, cuando veo llegar por la puerta del jardín, dos niños descalzos y mal vestidos, pero alegres y saludables, pidiendo limosna; llamo a mi señora, que también es de la Villa, viendo con sorpresa que éste conversa amistosamente con los dos niños y con sus padres; intrigado me acerco al grupo, diciéndome mi señora, ¿no los recuerdas? Son de Gibara. Pero ¿qué hacen ustedes por Santiago de Cuba, tan lejos de la Villa? Les pregunto. Venimos de la zona de Guantánamo, de recolectar café, y vamos de regreso para la Villa, me responde el esposo; todos los años lo hacemos. Sorprendido con su respuesta le pregunto ¿Y ustedes cuándo llegan a la Villa? De aquí a uno o dos meses, no tenemos apuro. Indiscutiblemente eran gibareños.


Un pretexto cualquiera, y al igual que en toda la Isla, hay autorizados juegos en la Villa; ella es parte de Cuba, y de su cuna han salido famosos jugadores y destacados banqueros; se juega en la Villa y a ella viene invitado un conocido banquero de Victoria de la Tunas, que privo el pago de los derechos, coloca su mesa de juego; comienza el desfile llegando a su mesa un señor que pide fichas sin abonar su importe, por lo que a su oído le dice Ramonín: puedes dárselas, es el doctor... él luego paga; se acerca a su mesa otro jugador, que también pide fichas sin abonar su importe, escuchando de nuevo a su oído la voz de Ramonín: puedes dárselas, es el prestigioso vecino..., él más tarde te paga; llega un tercer jugador y vuelve de nuevo a escuchar a Ramonín... El banquero da por liquidada su banca, y al retirarse del salón me dice: me voy encantado de haber perdido sólo noventa pesos; es la primera vez en mi larga historia de jugador, que llego a un pueblo en que se juega “fiao”.


Félix es la palabra de Dios en la Villa; Félix es un hombre de palabra; la palabra de Félix es la Ley; eran sus ideas comunistas antes de que esa palabra se conociera en nuestra Isla; para él no habían diferencias entre un blanco y un negro, entre un rico y un pobre; era el ser humano más fraternal; pero Félix se hace de panadería y tiene operarios; y con ello Félix cambia; ya no era el Félix de antes, era el reverso de la medalla; era solo amigo de los pudientes y un explotador; por ello en la Villa de Gibara ya no creen en juramentos ni en hombres de palabra; y sacan a colocación cuando es el caso: si Félix falló, todo el mundo falla; si Félix falló, falla Dios.

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