ALDEA COTIDIANA

           En HOLGUIN, Cuba, como en todos los lugares del mundo, ocurren hechos triviales, bellos a fuerza de fugaces                                                          Esta ciudad la construyeron mis padres vísperas de mi nacimiento y quisiéramos que nada se perdiera, que todo lo que fue haciéndose desde nuestros padres a nosotros, permaneciera intacto y puro, porque la ciudad es el escudo que hace que nuestros nombres no se olviden                                                    300 aniversario del pueblo de Holguín en 2020
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Toda la aldea a la mano

14 de enero de 2017

La iglesia San Fulgencio de Gibara



Antes de la apertura del puerto en la bahía de Gibara, esa comarca pertenecía a la Capitanía pedánea de San Marcos de Auras, encargada aquella de proteger las costas de los ataques y saqueos de  corsarios y piratas y de evitar el comercio que algunos vecinos y autoridades establecían con los dichos lobos del mar. Precisamente los vecinos de Auras, formados en milicias junto a los de Holguín, evitaron en algunas ocasiones los abusos que  cometían esos filibusteros que penetraban tierra adentro por el río Cacoyugüín.
Por reiteradas peticiones de los vecinos de Auras, en el año 1812 se aprobó la creación de una iglesia en ese lugar, pero pocos años después de la autorización y sin que todavía los vecinos de Auras hubieran levantado su iglesia, se construyó la batería que fortificaba la bahía de Gibara y, mientras, el Teniente Gobernador de la Jurisdicción don Paco de Zayas continuó sus influyentes gestiones para obtener el permiso de abrir oficialmente el puerto. Entonces las autoridades eclesiásticas del arzobispado cubano-oriental decidieron quitarle la autorización a Auras y dársela a Gibara, distante a cuatro leguas rumbo a la costa. Así Auras quedó sin la oportunidad de tener iglesia hasta decenas de años después, mientras que en la naciente villa se erigió San Fulgencio de Gibara.
Pezuela en su diccionario, tomo segundo, página 395, asegura que la primera Iglesia que tuvo Gibara se fundó como parroquia en una casa del hato, donde permaneció hasta 1819, que es fecha en que se construyó una de tablas y tejas.
Valdés, en el Apéndice de su Historia de Cuba, página 616, asegura que Gibara fue erigida en parroquia el 22 de Noviembre de 1821.
Datos que existen en el archivo Arzobispal de Santiago de Cuba determinan que en 1820 se edificó una pequeña iglesia de madera y tejas en Gibara dedicada a San Fulgencio.
La primera piedra de su construcción fue colocada el 13 de Septiembre de 1853. El proyecto y ejecución estuvo dirigido por el arquitecto Juan Bautista Pons. En Agosto de 1898, cuando el General independentista Calixto García entró a Gibara, en la iglesia se celebró un acto patriótico acompañado por una misa.
La iglesia que hoy existe, sólida y capaz, la edificó a costa de su herencia la Sra. Doña Victoriana de Ávila, viuda de don José Romero. Dicho templo católico fue bendecido el sábado 11 de Junio de 1853 a las ocho de la mañana. Ofició una misa solemne el reverendo Padre don Tomás Felipe con asistencia del Excelentísimo e Ilustrísimo señor arzobispo Antonio María Claret (posteriormente santificado), quien había llegado a Gibara en santa visita el día anterior.
La Sra. Doña Victoriana de Avila era mujer modesta y falta de instrucción, que no solamente edificó la Iglesia, sino que la dotó de alhajas valiosas, ornamentos,  vasos sagrados y por escritura pública regaló un esclavo para su limpieza. Además era ella quien costeaba la Luz del Santísimo.
Por la importancia de tan piadosa dama, insertamos el siguiente escrito de la historiadora Mireya Durán y María la periodista Julia Guerra que vio la luz en el periódico ¡Ahora!, de Holguín en 24 de Abril de 2008:

Ha de echarse a volar la imaginación si es que queremos figurarnos cómo era doña Victoriana de Ávila y González de Rivera, la Benefactora de Holguín y Gibara, pues no quedó ningún retrato que nos de a conocer su físico, debido a que en su época ni en Holguín ni en Gibara vivió pintor alguno, y el primer fotógrafo que llegó a estos lares fue Mister Charles Fox, en 1860, cuando ya ella era una anciana.
Descendía la doña de dos de las familias de más arraigo en Holguín. Tanto su padre, don Diego Ramón de Ávila y González Noratte, Regidor y Alcalde Mayor de la ciudad, como su madre, doña Catalina González de Rivera y de la Cruz, estaban entroncados con el conquistador García Holguín.
La familia de Ávila no tenía fortuna sino gracias y algunas tierras, y la González de Rivera poseía instrucción y propiedades. En ese ambiente nació Victoriana el 22 de marzo de 1774, como primogénita del matrimonio que tuvo, además, otras siete hembras y un varón.
Doña Victoriana casó en 24 de enero de 1798 con el canario José Romero Medina. Ella no llevó dote al matrimonio; él aportó cinco mil pesos oro.
Los recién casados se instalaron en una casa de su propiedad, construida de tejas y mampostería, situada frente a la Plaza de Armas, en la calle San Isidoro (hoy Libertad), y cuyos colgadizos daban a la calle San Diego (hoy Miró). (Luego tienda La Casa Azul).
Don José Romero Medina fue electo Alcalde Ordinario del Ayuntamiento de Holguín en los años 1808, 1812 y 1814, y, entre este tiempo, en 1810 fue Mayordomo de Fábrica de la Parroquial Mayor. Invirtió un gran capital en Punta de Yarey y fue uno de los más entusiastas fundadores de la villa de San Fulgencio de Gibara donde era dueño de uno de los muelles por donde se hacía la carga y descarga de toda la mercancía que se exportaba e importaba desde y para la zona de Holguín. Asimismo fue el primer Juez pedáneo que tuvo Gibara y, entre 1820 y 1823, atendió con gran responsabilidad las necesidades y quejas de la población en el circuito de la bahía y las vegas establecidas entre los ríos Gibara y Cacoyugüin.
En esas faenas siempre le acompañó su esposa, quien, como no tenía hijos, se dedicaba, además, a hacer obras de caridad y de beneficio para la población.
Ayudar a la Iglesia era algo que le venía de herencia, pues su bisabuelo, don Juan González de Rivera, construyó la ermita de Managuaco en 1692, la cual, más tarde fue trasladada por su bisabuela doña María de las Nieves Leyte y Rodríguez, a Las Guazumas. (Esa es la actual Catedral San Isidoro de Holguín). Además, su abuelo, don Diego de Ávila y de la Torre fue quien ornamentó la iglesia San Isidoro en fecha anterior al nacimiento de Victoriana.
En Gibara, aparte de ayudar económicamente a todos los necesitados, ella contribuyó a la construcción y ornamentación de la iglesia San Fulgencio; donó un criado para su cuidado y aseo y costeaba los gastos de su alumbrado.
En 1824, doña Victoriana y don José Romero hicieron un testamento común, donde declararon tener no solo las casas de viviendas de Holguín y Gibara sino también una hacienda de Arroyo Blanco con las casas, corrales, frutos y demás anexos, y en ella animales, todo a cargo de don Salvador de Ávila; una vega en la boca de los ríos Gibara y Yabazón, con sus casas de labranzas, y treinta esclavos, entre varones y hembras, grandes y chicos, un cafetal con 20 000 matas de café, bestias caballares y mulares y ganado mayor y menor..
No era doña Victoriana mujer que se quedara encerrada en casa a pesar de que no tenía mucha instrucción, pero sabía leer y escribir. Desde que en 1825 se crea la Junta de Vacunas, la que presidía su hermano José Rosalía; doña Victoriana le brinda todo su apoyo y trabaja para que la labor fuera efectiva entre la población. Luego, cuando en 1830 se establece en Holguín la Sociedad Económica Amigos del País, está junto a su esposo en el grupo “Sapiens”, proponiendo que en Holguín se instale una imprenta de palanqueta para editar un periódico igual al Diario de Santiago de Cuba.
Y viendo que la ciudad de Holguín no tenía un hospital civil, se dio a la tarea de gestionar su construcción. Para ello donó el terreno y, luego, un palio y un guión; el primero bordado en oro, con un valor de dos mil novecientos ocho pesos y treinta y cuatro céntimos; el segundo valuado en cinco mil pesos y diecisiete céntimos. Ambos fueron rifados en billetes por toda la Isla y la suma total recaudada se entregó para que se empleara en la edificación del hospital. Pero quiso la causalidad que nadie sacara los números premiados, entonces doña Victoriana decidió donar las prendas a la Iglesia de Gibara; sin embargo el sacerdote propietario consideró que eran aquellas unas alhajas muy valiosas que solamente eran dignas de una reina. Victoriana decidió regalarlas a la soberana de España y las embarcó, pero el navío que las llevaba zozobró yendo a parar las ricas piezas al fondo del océano.
Para que se ocupara de la construcción del Hospital de Holguín, el Ayuntamiento eligió en 6 de diciembre de 1835 a don José Rosalía de Ávila, quien en ese momento era Regidor y Alcalde Mayor. Este nombramiento lo aprobó la Real Audiencia de Puerto Príncipe. Don José Rosalía tuvo una destacada participación tanto en la obra de construcción como de acondicionamiento y sostenimiento.
Poco antes de terminarse el hospital, en 1846, muere don José Romero y doña Victoriana, en un gesto de amor le concede la libertad a los esclavos que les eran más cercanos a él: Carmen, de 44 años; María de los Ángeles, de 40; Juana, de 30; Manuel Trinidad, de 10; Josefa, de 8; Celestina, de 6, Juan Bautista, de 5, y Manuel, de 2.

El hospital San Juan de Dios, construido en Holguín por doña Victoriana de Ávila es hoy el Hogar de Ancianos Jesús Menéndez
Antigua Plaza del Hospital, conocida popularmente como Plaza Victoria, luego convertida en la Plaza templo José Martí, en Holguín
Aún se conserva el hermoso portón neoclásico que daba entrada al Hospital
La placa colocada en el portón de entrada es lo único que recuerda a la benefactora de Holguín y Gibara.
Dice la placa: A LA MEMORIA DE LA SRA. DOÑA VICTORIANA DE AVILA QUE DONÓ A ESTE ESTABLECIMIENTO EN 2 DE AGOSTO DE 1855 UN PALIO Y GUION CUYO PRODUCTO LIQUIDÓ EN RIFA. HA ASCENDIDO A 5 420 PESOS Y 43 CENTAVOS


El Hospital San Juan de Dios abrió sus puertas el 19 de mayo de 1849 con doce camas disponibles para los enfermos sin recursos, blancos pobres, pardos libres, negros esclavos, asiáticos, locos y prostitutas.
A doña Victoriana, dicen, no le asustaban ni la enfermedad ni la pobreza, por lo que solía visitar a los enfermos y menesterosos, tendiéndoles sus manos generosas y abriendo amor y su guarda monedas.
No descansó nunca. Llevaba los negocios heredados de su esposo, se ocupaba de la atención al resto de su familia y dedicaba gran parte de su tiempo a las obras de caridad y a la iglesia.
En 1853, solicitó al Arzobispo Antonio María Claret, que la declarara patrona de la Iglesia de San Fulgencio de Gibara, pero siendo el rey patrono de todas las iglesias de la Isla no se le pudo conceder el patronato. En 1858, hizo igual petición al Licenciado Dionisio González, sin que se conozca la respuesta del Arzobispado.
Doña Victoriana falleció el 13 de enero de 1864, a los 90 años de edad. Dejó sus riquezas a sus hermanas Juana y Leona, quienes nunca se habían casado. En su testamento final dispuso que de su capital se destinaran dos mil escudos a favor de tres festividades religiosas: San Fulgencio, la Virgen de la Caridad y la Virgen de las Mercedes.
La plazoleta que daba entrada al hospital civil San Juan de Dios fue denominada por los holguineros parque Victoriana de Ávila, en recuerdo a sus desvelos por esta obra y el cariño hacia la población más humilde, por su preocupación por el desarrollo, la salubridad y el bienestar de los pobladores, y por su generosidad.
Luego fue bautizada con otro nombre.
Así, hoy no existe nada que la recuerde en Holguín o en Gibara, aunque están en pie edificaciones que ella contribuyó a construir. Sobre la Benefactora solo quedan notas dispersas en publicaciones locales, a pesar de que la historia de la ciudad de Holguín y de la Villa de Gibara no pueden prescindir de sus aportes.

 

La primera piedra se colocó el 13 de Septiembre de 1850, siendo padrinos de la ceremonia religiosa el peninsular don Alvaro Prieto y su señora esposa, doña Caridad Cardet, hija de Holguín.
Dirigió la obra el arquitecto catalán don Juan Pons y por encargo especial de doña Victoriana de Ávila, la inspeccionaba el comerciante don José Curbelo.
Consta el templo de un rectángulo en planta de 18 metros de frente por 33.44 de fondo. El grueso de sus paredes es de 24 centímetros.
La arquitectura del templo es del estilo torcazo. Fue reparada en 1867 a causa de haberse caído la cúpula que era de madera y yeso.
El interior se divide en tres naves, la central, donde se halla el coro, mide 8 metros y 36 centímetros de ancho y 5 metros y 02 centímetros los laterales.
  • La imagen de San Fulgencio y dos pilas de agua bendita fue traída a Gibara desde Cataluña a expensas de don Martín Gurri.
  • La de San José desde Barcelona a expensas de don José Sampera.
  • La imagen de Nuestra Señora del Rosario fue donada por doña Magdalena Leal de Longoria.
  • El Jesús del Santo Entierro fue adquirido por suscripción popular.
  • Las imágenes de La Dolorosa y la de San Juan Evangelista fueron donadas por el párroco don Antonio Santiesteban.
  • La campana mayor fue donada por el reverendo Padre José Cardona y la campana pequeña la donó don Graciano Daguerre.
  • El reloj que se colocó en una de sus torres fue adquirido por suscripción popular.

Nave central de la Iglesia San Fulgencio, Gibara. El presbiterio tiene un falso techo interrumpido por la cúpula; esta a su vez es rematada por una linterna.
Cúpula de la Iglesia San Fulgencio, Gibara
En las cuatro esquinas, al fresco, aparecen imágenes de los evangelistas
Retablo mayor de San Fulgencio de Gibara
Altar lateral de San Fulgencio de Gibara
Parroquia San Fulgencio de Gibara, interior, detalles
Coro de San Fulgencio de Gibara (hecho de maderas torneadas)

Los cadáveres de don José Romero y su esposa, doña Victoriana de Ávila, reposan en una modesta tumba en el Cementerio de la villa de Gibara.
Otro dato en relación con la citada iglesia que debe tenerse en cuenta: la Sra. Doña Magdalena Barreda, viuda de Leal, consignó en su testamento 3 000.00 pesos oro para una capilla. Según parece dicha cantidad fue empleada en la compra de ciertos objetos para el adorno interior del templo.
A juicio de la mayoría de quienes la conocen, la iglesia de Gibara es suntuosa y superior en cuanto a alhajas y arquitectura si se le compara con otras de pueblos pequeños de la Isla.



El hermosisimo "teatrito" colonial de Gibara



El crecimiento de la población y el tener Gibara una situación económica favorable posibilitó a sus vecinos la construcción de un teatro con capacidad y comodidades en el que pudieran hacer representaciones las compañías de gran cartel.
Fue la Directiva de la Sociedad “Casino Español” la que acometió la construcción en un solar que generosamente donó don Ramón Rodríguez Manzaneda, tal como da fe el Notario Público don Carlos José de Aguilera y Serrano en la escritura de 27 de diciembre de 1887.
Pero por las dimensiones de la obra no era suficiente con un solar, por lo que la Sociedad “Casino Español” compró el colindante a doña Amalia Fernández Leyva, viuda de Justiz, en la cantidad de seiscientos pesos oro español, según consta en la escritura de 2 de Noviembre de 1888 del mismo notario. Por ese mismo texto se sabe que el acuerdo fue que de inmediato le entregaran a la vendedora cuatrocientos pesos oro y que los otros doscientos lo entregaran cuando el hijo de ella, Arturo, llegara a la mayoría de edad.

 



El Teatro colonial de Gibara. Historia.
En el año 1878 en la calle San Mamerto, en la parte Sur, donde antes radicó una Valla de Gallos, construyó don Felipe Munilla un edificio espacioso de planta baja que alquiló a una Sociedad de Recreo nombrada “Circulo Familiar”. Esa dicha Sociedad adecuó el edificio para Teatro donde un grupo aficionado ofreció funciones dramáticas y además se daban bailes públicos.
En dicho Teatro se presentaron compañías de renombre a su paso por Gibara, entre ellas de la Zarzuela de los Señores Puga y Goenaga, que fue la primera que visitó el pueblo.
En el año 1884 se fundó la Sociedad de Instrucción y Recreo “Círculo Popular” que en el edificio acondicionado para Teatro construyó un pequeño escenario donde se daban funciones para los socios. Pero el dicho y único Teatro de Gibara resultó muy pequeño, por lo que en 1888 la Sociedad Casino Español, luego Unión Club, dio en construir otro más espacioso, que es el que ha llegado hasta nuestros días, aunque en ruinas desde hace decenas de años.
Los doce mil pesos oro español que costó el Teatro los sufragó el Casino Español de Gibara. Las lunetas, telones y sillas antes habían sido del Teatro Cervantes de La Habana; casualmente este teatro capitalino se iba a disolver como empresa y vendieron a buen precio sus propiedades. Estaba en La Habana en viaje de negocio el comerciante gibareño don Javier Longoria quien de su bolsillo compró lo que le vendieron y luego su compra la cedió en lo mismo que le había costado al nuevo teatro de la Villa.
La carpintería fue obra de los maestros ebanistas de Gibara, hermanos Pifferrer bajo la inspección de don José Almanza. Don Jesús Fernández Alonso, pintor y decorador aficionado hizo gratuitamente un hermoso florón en el cielo raso.
Juan José Martínez Casado
Concluido en 1890 el teatro fue inaugurado el 13 de octubre con once funciones seguidas que ofreció la Compañía de Zarzuelas del Sr. Palau a las que asistieron infinidad de familias holguineras que se trasladaron a Gibara a disfrutar las presentaciones. Más tarde se actuaron, entre tantas que es imposible mencionarlas a todas, la compañía de zarzuelas de don José María Varona y la del reputado tenor don José Navarro, los notables violinistas Brindis de Salas y Albertini, los pianistas Miguel de Cervantes y Gómez González, y la más recordada de todas las Compañías que vinieron a Gibara, la  dramática de doña Luisa Martínez Casado. Ella personalmente gustó tanto de Gibara que se residenció en la villa durante una larga temporada; incluso, en la casa que está frente al Teatro vino al mundo su hijo, el actor famosos del cine mexicano Juan José Martínez Casado.
Al paso de los años el Colonial de Gibara quedó pequeño para la población, sin embargo tiene algo que lo adorna: su pasado esplendoroso e incluso un mitolocal que asegura en allí bailó la mismísima Isadora Duncan.

Interiores del teatro abandonado de Gibara:




Cultura en Gibara
Por: Robustiano Verdecia (Redactado en 1953)
Gibara, en épocas pasadas vivió el arte en muy grande escala. Era tal disfrute parte de su vida, de su temperamento emotivo, de su sensibilidad emocional y de su aislamiento.
Así a su Teatro iban y volvían compañías de gran cartel que eran dadas a trabajar varias noches seguidas ante un público selecto desde antes de su llegada abonado por temporadas. Y además del talento de los artistas, el Teatro tenía condiciones magnificas y un decorado valioso.
En la “Era” pasada que hoy rememoramos en esta crónica, cada piso del Teatro tenía su público. El lunetaje solamente lo ocupaban los ricos y los profesionales, que asistían a las funciones elegantemente vestidos siguiendo la más rígida etiqueta: las damas, por ejemplo, eran dadas a lucir sus joyas valiosas y sus costosos vestidos. Los que se sentaban en el segundo piso eran parte de la clase que integraba el personal bien retribuido del comercio y las industrias. Y el piso tercero era para la masa del pueblo.
En su conjunto el público que asistía al teatro era entendido, educado e ilustrado, por lo que sabía hacer el elogio que los artistas merecían y también la crítica severa.
La mayoría de los vecinos conocía de música porque era parte de su educación.
Una vez que terminaban su contrato, las Compañías regresaban a la capital sin intentar siquiera irse con su arte a otra parte, en primera porque las condiciones del transporte le impedían trasladarse a otros pueblos y además porque el precio de sus presentaciones solo era posible en lugares prósperos como Gibara, donde, indiscutiblemente había mucho dinero.
La ciudad de Holguín, aunque siempre fue un centro de operaciones en gran escala, entonces no tenía suficiente personalidad en el mundo artístico por lo que las compañías y artistas que llegaban a Gibara la pasaban por alto (aunque igualmente era causa el costo alto de los medios de transporte). Así a muchos pudientes de aquella ciudad si es que querían disfrutar de los grandes espectáculos o la actuación de un artista de renombre no les quedaba otra opción que visitar Gibara. En días de presentaciones se les veía en grupos familiares usando la hospitalidad de las familias gibareñas durante todos los días en que las compañías estaban en la Villa, y otros, los acaudalados, se trasladaban a Gibara en horas de la tarde en un carro del Ferrocarril que se llamaba “Cigüeña” a un costo de cincuenta pesos por viaje.
Lo mismo más o menos es lo que hacen hoy en día los gibareños cuando quieren ver una buena película o la actuación de algún artista famoso que nada más se presentan en Holguín, a donde llegan por ferrocarril, con la diferencia que ahora el transporte es fácil y el costo asciende a cincuenta centavos la ida y lo mismo el regreso.
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El avance tecnológico de los tiempos que corren mató la costumbre itinerante de las compañías, e igual las opiniones especulativas que solamente consideran exitosa las salas enormes repletas de gente mirando las iluminadas pantallas donde se proyectas esas mareantes imágenes en Tecnicolor, cambiaron las costumbres de entretenerse.
Los teatros perdieron su preeminencia y hoy, la mayoría, solamente son un viejo recuerdo adonde la aristocracia iba a coquetear. En el caso de nuestro gibareño teatro, avejentado, soporta como puede y puede poco, su decadente poderío. Pero lo reconozcan o no, innegablemente fue ese un gran teatro, casi el mejor de la costa norte de la Isla.


Por el pasaron importantes artistas como los bufos de Gonzáles Hernández, la compañía de Luisa Martines Casado, el violinista Brindis de Salas, el pianista y compositor Ignacio Cervantes, el violinista Díaz Albertini.


Fuente de terracota ubicada a la entrada del teatro colonial de Gibara. Inicialmente la escultura estuvo colocada en el vice-consulado de España, residencia de don Javier González Longoria.


Gibara es más que caracola y cine: Isadora Duncan.

Por: Rosa Mirian Elizalde

Teatro Colonial de Gibara

Mi recuerdo tiene más de diez años y en él Gibara no es una ciudad sino una mujer. Nunca se ha podido comprobar, pero algo cierto debe tener la historia que sitúa a Isadora Duncan bailando desnuda en el antiguo Casino Español de ese pueblo acodado al mar, donde también actuaron Brindis de Salas, Ignacio Cervantes y Bola de Nieve.

No encontré entonces otros rastros de la bailarina que los de la memoria popular. Me dijeron que Isadora había llegado al puerto de esa villa del norte oriental de la Isla, en una escala involuntaria durante su viaje a Buenos Aires. Alguien señaló la playita donde un siglo antes la goleta tuvo una avería y sus tripulantes desembarcaron al amanecer. Me mostraron el trillo por los arrecifes que debió llevarlos al encuentro de una ciudad silenciosa y húmeda, como surgida del fondo del Atlántico. Vi una plaza barrida por el viento e iluminada por fantasmas de faroles. Seguramente era invierno cuando todo ocurrió, aseguraron unos pescadores, porque esa época es propensa a los accidentes, cuando las olas rompen contra los farallones, con tal fuerza, que la espuma del mar cubre la ciudad y produce una niebla blanca. Gibara aparece entonces, toda ella, como si fuera una construcción extrañísima en la bahía, debajo de un velo blanco.

Para convencerme de que Isadora había estado allí, una mujer se descalzó los zapatos, hizo el ademán de liberarse del corsé e improvisó sobre el tablado del antiguo Casino unos pasos que se inspiraban en la belleza del movimiento natural, como habría hecho la bailarina californiana.

Isadora Duncan

Ni la Duncan ni su goleta aparecieron en los periódicos de la época, ni en los registros del museo local, ni en los textos que le dedicaron minuciosos investigadores, Alejo Carpentier entre ellos. Y, sin embargo, no me importó en lo absoluto.

Había descubierto a Gibara, donde Isadora es solo uno de sus mitos y quizás no el más inquietante, porque caminando por sus calles cualquiera te cuenta que por allí pasaron las naves de Cristóbal Colón -Río de Mares, llamó a la bahía-, que esta era ciudad amurallada para evitar la codicia de los piratas y contrabandistas, y que fue puerto obligado de los barcos que viajaban a América del Sur en época de esplendor colonial. Sin contar un amor desdichado que tiene tantas versiones como gibareños habitan la Isla de Cuba, y una única certeza: la copa de mármol italiano en el cementerio local, labrada con breves palabras, “Recuerdo de mi Ygnacia/ Mayo 23 de 1872/ Adolfo”.


Pero los recuerdos de la Villa Blanca no llegan en paracaídas a estas cuartillas. Los trajo la noticia de que regresará a Gibara, en abril, el Festival del Cine Pobre. Este año -dice la nota que da cuenta de los preparativos- habrá récord de participación en el número de películas en concurso y en las muestras fuera de competencia. Y lo que más me entusiasmó fue esta “aclaración de malentendidos”, que hizo Humberto Solás, el presidente del Festival:

“Cine pobre no quiere decir cine carente de ideas o de calidad artística, sino que se refiere a un cine de restringida economía que se ejecuta tanto en los países de menos desarrollo o periféricos, y en el cine independiente o alternativo de los países ricos” O lo que es lo mismo, cine de lujo en un set más suntuoso todavía.