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20 de julio de 2018

El embrujo hecho en Los Portales por Taita Julián y los otros negros brujos que lo acompañaban



Por: César Hidalgo Torres
Toda su vida vivieron en el Cerro de Los Portales siete hechiceros cimarrones. La gente iba hasta un punto cercano, sin que pudieran cruzar más allá, tratando de conseguir que los brujos les curaran sus enfermedades y ellos lo hacían porque conocían todos los palos del monte con los que se podían sanar hasta las más extrañas malencias.

Los hechiceros hablaban tan mal el castellano que apenas se les entendía, y como los vecinos no sabían las lenguas africanas, fueron bautizando a los siete. Antes hablamos la causa por la que bautizaron María Siete Sayas a la única mujer que en verdad se llamaba Amaluke Takalule; y cómo Tanka Jururu fue Taita Roque. Ahora corresponde hablar de Taita Julián y la causa por la que se conociuó con este nombre.

Taita Julián

Taita Julián fue el nombre con que se conoció a otro de los negros. Él y María Siete Sayas fueron los dos más conocidos. Era este negro un congo muy robusto pero de estatura pequeña, que mejor que todo el mundo, fue cazador de venados y un buscador de jutías en todos los palos que crecían en las lomas.
Un día en que Taita Julián andaba en sus andanzas por las lomas, sediento, vio la casa de un campesino criollo. Era la casa muy grande, con paredes de tablas de palmas y techo de yarey. Ahí el Taita hizo uno de sus grandes milagros.

Para pedir agua, Taita Julián se acercó a la cocina de la casa, exactamente en el momento en que la señora iba entrando con un haz de leña… La mujer, que estaba sola porque sus tres  hijos varones y el esposo estaban labrando en su conuco, se asustó mucho cuando vio al negro casi desnudo y que brillaba por el sudor.

El Taita Julián se apresuró en decirle por señas a la asustada que él nada más quería agua.

Sin que se le quitara el susto, la mujer entró a la cocina y le trajo al negro un jarro con el agua. Taita Julián bebió mientras sus ojos recorrían toda la cocina: había un fogón de leña revestido con ceniza y cocoa y un burén de fabricar casabe, pero nada de eso fue lo que llamó la atención del negro sino una jaula de madera donde tenían encerrada a una niña demente que no había cumplido más de 25 años.

Al parecer habían tenido a la loca encerrada allí desde siempre, por lo que en verdad parecía un bicho malo, desnuda como estaba, sucia del fango que se había formado con el polvo del piso y su orine. Era un olor francamente desagradable el que salía de la jaula.

Taita Julián hizo señas a la mujer preguntándole por qué estaba la muchacha encerrada. “Porque está loca”, respondió la mujer haciendo una mímica. Y el Taita, otra vez por señas, preguntó si se podía acercar a la jaula. Sí, dijo la mujer, moviendo la cabeza de arriba a abajo.

Antes de continuar es menester que describamos la jaula: era del tamaño de un cuarto pequeño, hecha con maderas rústicas. Con sogas estaban amarrados los palos y tenía una abertura por debajo, para pasar los alimentos.

Se acercóTaita Julián a la jaula. La muchacha se sentó en un rincón cubriéndose con sus brazos el cuerpo desnudo y mientras tanto comenzó a llorar muy bajito.

La actitud de la demente llamó la atención de la señora de la casa, que era la madre de la muchacha. Es que la prisionera se volvía una fiera cuando alguien se le acercaba aunque fuera para darle los alimentos y lanzaba pegotes de fango hecho de polvo, orine, excrementos…Por eso la sorpresa de la madre: ¿cómo era que la muchacha se había quedado tan tranquila, llorando tan bajito que parecía que estaba murmurando palabras muy tistes?

Porque la comunicación de Taita Julián con la madre de la demente era difícil, porque ninguno hablaba la misma lengua que el otro, el negro no pidió más permiso: se sentó en el suelo y empezó a hablar y cantar en una lengua extraña, la mirada fija en el suelo.La muchacha se levantó del rincón en el que estaba y se fue acercando a los palos de la jaula, llorando bajito siempre. El negro introdujo sus manos entre los palos de la jaula y empezó a acariciarle la cabeza a la muchacha, que tenían un pelo tan largo que le llegaba por debajo de las nalgas, y sucísimo, empegotado de fango y churre.

Al sentir las caricias de Taita Julián la muchacha se puso de rodillas y sin protestar y siempre llorando, dejó que el negro hiciera.

Al rato la joven dejó de llorar. Entonces el Taita fue hasta el fogón y de allí tomó un cuchillo y un machete y los puso a la candela, y mientras tanto hablaba y cantaba en la misma lengua extraña.

Cuando cuchillo y el machete estuvieron al rojo vivo, Taita Julián los cogió en sus manos y picó cada una de las sogas que sujetaban los palos de la jaula. La muchacha quedó completamente libre. Pero aconteció que en ese mismo momento llegaron a la casa los hermanos y el padre de la muchacha, porque alguien les había avisado que en su casa había un negro casi desnudo.

Los tres hombres sacaron sus machetes, pero la señora de la casa se les interpuso a la vez que les hacía señas de que hicieran silencio. Padre y hermanos de la loca quedaron paralizados al verla arrodillada, tapándose los senos con las manos.

Taita, sin darse por enterado de la llegada de los hombres de la casa, seguía su trabajo. Su piel brillándole como bronce recién fundido por el sudor que le corría a chorros…

Cogió el negro un balde, lo llenó de agua y lo puso a la candela; después salió al patio y buscó varios gajos de matas… y mientras hacia lo que le estamos narrando, no dejó de cantar y hablar.Puso los gajos en el balde que tenía a la candela y allí lo dejó todo, esperando que hirviera. Y mientras tanto cogió el negro una astilla encendida y la pasó por los pies y las manos de la niña… muy pronto se sintió el olor a piel quemada, pero para sorpresa de los hermanos y padres de la loca, ella, en lugar de gritar de dolor, comenzó a cantar y hablar en la misma lengua extraña del Taita.

Enterados, varios vecinos acudieron a la casa. Nadie podía creer lo que veían: la muchacha bailaba y cantaba, siempre repitiendo en lengua desconocida lo que Taita Julián le enseñaba.

Terminado el baile, el negro hizo señas a la madre para que bañara a la niña con el agua y los gajos que estaban en el fogón.Cuando la madre terminó la niña ya se había curado.

En agradecimiento por lo que hizo con su hija, la madre de la muchacha bautizó al negro como Taita Julián, en honor a la muchacha, que se llamaba Julia.


Los otros negros que vivieron en el cerro de Los Portales se conocían entre los vecinos con los nombres de Taita Mundo, Gregorio Carambo, Taita Francisco y Juan Klemao.

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