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La aldea a la mano (Holguín, Cuba)

7 de diciembre de 2016

Camayd - María Luisa Clark



Soprano. Primera figura del Teatro Lírico Rodrigo Prats.

Raúl con María Luisa Clark en “La Viuda Alegre”



Yo estudiaba en la secundaria, tendría 14 ó 15 años, cuando tuve la suerte de conocer a Raúl Camayd. Tey Aguilera, que estaba en el Teatro Lírico desde que Raúl lo fundó, me oyó cantar en una misa (yo cantaba en el coro de la Iglesia San Isidoro), y va y le habla a Raúl de mi. Y él, sin más ni más se aparece en mi casa, me acuerdo que lo acompañaba Sergio Ochoa. Raúl me miró un poco incrédulo, yo era una niña y muy delgada, y por fin se decidió a probarme la voz en el Teatro.

Después que me oyó decía: ¿Cómo esta niña con esa figurita va a cantar así? Y Martín Arrans, que estaba allí, en un gozo tremendo, le decía: “Esa es solista, Raúl, ésa esa solista”.

Pero mi padre, que él mismo se decía “ratón de camerino”, porque era un apasionado al teatro, no me dejó entrar al Lírico… es que él era así de cascarrabia y Raúl se reía mucho de esa contradicción. Años después me casé y finalmente pde entrar al Teatro, pero las dificultades para mi eran las giras. Yo no participaba en las giras porque quería estar en la casa con mi esposo, que claro, ejercía su presión para que no fuera. Pero Raúl, lógicamente, aspiraba a que yo fuera en las giras y parece que pensó que la única solución era que Pavón, mi esposo, trabajara en el Lírico. Y cuando a Raúl se le metía una cosa en la cabeza siempre la lograba y por eso en todas partes hablaba maravillas de mi esposo: “que Pavón es buena gente… que es gente valiosa… que es esto y lo otro”. Pero mi esposo trabajaba en Educación y no le convenía el traslado y Raúl no lograba convencerlo, hasta que un día viene a casa y trae un telegrama que había recibido des la dirección provincial de Cultura, que en aquel momento radicaba en Santiago de Cuba, donde le ofrecían al Lírico una plaza para un curso sobre diseño de luces en Alemania. “Si Pavón estaba de acuerdo podía trasladarse al Lírico y recibir la beca de estudios en el extranjero”, dijo. Aquello nos extrañó un poco, me pero mi esposo se entusiasmó, dejó su trabajo y pasó al Teatro. El curso jamás llegó y cada vez que nos acordábamos queríamos matar a Raúl, pero es que él era como un muchacho, siempre haciendo maldades.

Con mi esposo participando en ellas, yo pude participar en las giras.

Me acuerdo que cuando estábamos en esos hoteles de por ahí, Raúl, imitando la voz de una mujer, llamaba a los compañeros por teléfono y hacía citas amorosas, diciéndole que “ella” iba a ir vestida de tal forma. Y entonces le avisaba a los demás de la broma, y todo el mundo iba a vigilar al que caía en la trampa, riéndose de cómo esperaba…

Pero eso sí, Raúl tenía una capacidad de trabajo increíble y una inteligencia genial. Nunca he conocido a otra persona igual. Para él no había problema sin solución.

Yo nunca creí que era una gran cantante, bueno a veces ni creía que fuera cantante y por eso Raúl siempre andaba detrás de mi diciéndome: “María Luisa si malo es creerse mejor de lo que uno es, peor es subestimarse”, pero es que ese siempre ha sido mi carácter…

Él se preocupaba por todo el mundo, no solo por mí. Y les decía las cosas que les tuviera que decir, pero siempre muy respetuoso, claro, porque él era muy respetuoso. Te lo digo yo que durante años hicimos giras y estuvimos solos en muchísimos lugares y siempre se comportó como lo que era: un caballero elegante y respetuoso.

Cierto es que él era un galán, que tenía una suerte loca con las mujeres, pero eso de que para entrar al Lírico había que acostarse con él es un comentario falso y mal intencionado, una calumnia. Y te lo digo yo que conozco cada una de las interioridades del Teatro Lírico. Raúl no tenía necesidad de eso. Te repito que tenía una suerte tremenda con las mujeres por su carácter, porque siempre tenía una expresión bonita, porque era generoso y hacía buenos regalos. Pero los hacía para darse el gusto de hacerlos, nunca con segunda intensiones. Y por otra parte te digo que era una persona amantísima de su casa, quería y respetaba mucho a su familia.

Yo recuerdo sus últimos días en el Hospital Hermanos Ameijeiras; hablamos tanto y de tantas cosas, incluyendo cuestiones personales. Por esos días Raúl se había acercado nuevamente a la religión católica de la que había estado separado, a pesar de que se había formado en esa fe desde niño. Por aquellos días usaba un crucifijo y yo, con satisfacción, percibía en él un reencuentro con Dios.

Estaba muy enfermo, pero sin nada de pesimismo. Ni hablaba ni esperaba la muerte. De lo que hablaba siempre era del futuro en el que tenía una gran seguridad.

Entre nosotros existió una gran afinidad. Y ahora que no lo tenemos es que una se percata de la falta que nos hace, de lo que tanto que él significaba para nosotros. Era un guía en todo, incluso, hasta en el repertorio personal. Cuando nos oía ensayando si lo consideraba venía y te decía: “Ese número no te ayuda”, y él mismo te buscaba otras obras y hasta te las copiaba; yo tengo mucha música copiada por él. Esas piezas las guardo como una reliquia.

Hablar de él me pone triste y muy nerviosa. Ni se como pude hacer el primer concierto después de su muerte. Ese día canté un dúo con Nelson Martínez, alumno suyo y también barítono. En el escenario yo cerraba sus ojos y volvía a escuchar su voz de oro, su timbre bello, su buen gusto interpretativo. Yo cerraba mis ojos y allí estaba él, a mi lado, cantando como siempre.

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