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8 de diciembre de 2016

Camayd - Alejandro Querejeta



(Alejandro Querejeta, escritor holguinero)

Ya su salud no andaba bien y a todos nos intranquilizaba la presencia de ciertos detalles en su físico que denunciaban de alguna manera que vendría el final. Pero esa mañana estaba feliz, con ese entusiasmo que sabía dar a la realización de sus proyectos. Me mostró un video del concierto que ofreció en el Teatro García Lorca de La Habana y esa interpretación que hizo de “Ol´Man River” que nunca olvidaré. Estábamos en su oficina y, en tanto veíamos el material, Camayd no dejaba de trabajar: escribía un informe, recibía visitas, resolvía problemas de su compañía. Y a todo prestaba atención y no perdía el hilo de nada de lo que lo ocupaba. Y, además, se las arreglaba para que yo sintiera su cálida presencia, su gentileza y, acaso sin darse cuenta, un tanto de timidez al explicar las circunstancias en las que se desenvolvió ese, que probablemente fue su último concierto en La Habana.
Yo no soy de los que inventan fórmulas para disimular la presencia de la muerte; no me gustan las  frases como “desaparición física”, por ejemplo. Mas a Camayd lo tendré vivo en el recuerdo. Aprendí mucho de él cuando compartíamos la dirección de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba en Holguín a lo largo de un año; era él un intelectual, una figura de la cultura cubana muy reconocida y no tenía a mal ser el Vicepresidente de la organización. Aconsejaba, daba muestras de prudencia y paciencia pero, sobre todo, de una enorme capacidad de trabajo. Y de un amor inmenso por la música, por el género lírico, por la cultura. Tal fue su gran lección de vida; por lo menos lo que yo recibí.
Nunca pude decirle que le tenía mucho cariño. Y sé que en algún lugar habremos de encontrarnos y tener esa conversación; yo soy de los que creen en esas cosas. Y pienso que él también.
Luego de su operación y en la oficina de Mario Nieves, entonces director de Tele Cristal, en una mañana de tantas en que hablamos de lo humano y lo divino, en el caso de Camayd de lo humano y lo divino vinculado a su Teatro Lírico, se quejó por primera vez de ciertas molestias. De dolores. Su color había cambiado y yo tenía sombríos presentimientos. Y recordé los ejercicios yoga que mi padre me enseñó para mitigar esas dolencias y no sé como me vi en el suelo mostrándoselos y luego insistiendo para que los hiciera. Raúl me tributó su condescendiente amabilidad, y una atención cariñosa. A las pocas semanas tuvo que ir a La Habana, le ingresaron en un hospital y creo que todo empeoró.
En una oportunidad hablamos de las evaluaciones en el sector artístico y de una en particular que en su opinión y la mía no había sido correcta. Y nos dimos a la tarea de escribir una carta a la Asociación de Música de la Unión de Escritores y Artistas y al Instituto Nacional de la Música manifestándole a ambas instituciones por separado nuestra discrepancia. En un local contiguo se ensayaba una nueva obra y Camayd redactaba en su mesa. De momento se puso en pie con tranquilidad y como si anda salió de la habitación. se incorporó al grupo y cantó justo en el momento en que debía hacerlo. Cuando terminó volvió conmigo a su despacho y continuamos en la redacción de las cartas.
Creo que se fue a reunir con su familia al poco tiempo de aquel día en que lo vi y oí cantar “Ol´Man River”. De alguna manera esa triste melodía preludiaba el desenlace de su enfermedad, por su lentitud, su gravedad y el dolor contenido que en la vigorosa interpretación de Camayd, tocaba hondo en el corazón.