ALDEA COTIDIANA

           En HOLGUIN, Cuba, como en todos los lugares del mundo, ocurren hechos triviales, bellos a fuerza de fugaces                                                          Esta ciudad la construyeron mis padres vísperas de mi nacimiento y quisiéramos que nada se perdiera, que todo lo que fue haciéndose desde nuestros padres a nosotros, permaneciera intacto y puro, porque la ciudad es el escudo que hace que nuestros nombres no se olviden                                                    300 aniversario del pueblo de Holguín en 2020
gadgets para blogger

Toda la aldea a la mano

HÉCTOR LAVOE INTERPRETA AL HOLGUINERISIMO GUAYABERO

7 de diciembre de 2016

Raúl Camayd - Zoyla Salomón (Viuda de Gonzalo Roig)


Zoyla Salomón (Viuda de Gonzalo Roig)


Cada vez que Raúl iba a La Habana llegaba a ver “al Viejo”, como él le decía a Gonzalo. Gonzalo le preguntaba: “¿Vino a cantar?” Y él: “Sí, Maestro, mire… Y si tenía algún problema de trabajo se lo decía, pero siempre en segundo término. Los dos hacían una liga tremenda porque eran muy conversadores; se morían de risa haciéndose cuentos verdes; Raúl siempre le traía a Gonzalo el último cuento que andaba por el ambiente. A Gonzalo le encantaba que él fuera a verlo porque además e estimarlo como el gran artista que era, lo quería mucho como ser humano. Siempre me decía “ese muchacho sí vale, Zoyla, es un caballero, muy respetuoso para ser tan joven, y es fantástica la labor que ha hecho en Holguín”.
Yo pienso que Gonzalo siempre lo tenía presente. Y por eso me conmoví tanto cuando en el homenaje “Roig In Memoriam”, en 1990, Camayd inició la actividad. En ese homenaje me sentí muy halagada como esposa de Roig, como libanesa que soy, igual que Raúl, y como cubana.
Tuve la suerte de ver a Raúl como quince días antes de su muerte, en la Unión Arabe de Cuba, pues él, como se sabe, es de origen libanés. Y lo vi tan pálido, con dificultades para sentarse y me impresionó mucho; lo acompañaba su cuñada Consuelo Esteva, a quien conozco también desde hace años. Ella y yo nos cruzamos una mirada y las dos teníamos los ojos aguados. Consuelo me contó que él acababa de llegar de los Estados Unidos donde le habían hecho un chequeo riguroso y yo decía: “¡Ay Dios mío, que se cure!”. Almorzamos juntos aquel día, y fue la última vez que lo vi.