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8 de diciembre de 2016

Camayd - Raúl Rabert



(Raúl Rabert. Primer director artistico del Lírico)

“Vengo a verte para que tu hagas la dirección artística de Los gavilanes” Primero lo miré de arriba abajo y después me quedé así… yo había dirigido teatro dramático como aficionado, pero no tenía ninguna experiencia en el teatro musical. “No”, le dije categóricamente, “no me atrevo y no conozco el género”. Entonces él me llevó para la casa de su madre Argelia, a oír discos. Y al otro vuelve Camayd: “Oye, dale, que Argelia te está esperando para almorzar”
En esos días oímos millones de discos de zarzuela, operetas, óperas; nunca se me olvida que Camayd iba traduciendo las obras del italiano y las tarareaba. Y así me fue embullando, porque él contagiaba a la gente con su entusiasmo y bueno, lo hicimos.

Sergio Ochoa (21 Noviembre de 1997)

Me acuerdo que a la vez que ensayábamos me decía “ve pensando en el vestuario, que lo vamos a diseñar también”: ¡Cosas así del carajo!!!! Hicimos el diseño y el vestuario con la ayuda de Zenayda Cardet que es una institución, y de Sergio Ochoa. La escenografía la hizo Argelio Cobiellas, el pintor, una gran “ferma” pesadísima que Raúl y yo cargamos desde la casa de Cobiellas hasta el Teatro Infante.

Los gavilanes

Hacíamos teatro y a la vez todos trabajábamos en otras cosas. Yo era dependiente de una tienda de ropas, “El 20 de Mayo”. Eran muchas las dificultades que teníamos que sortear, pero el era mayor el amor por lo que estábamos haciendo.

Raúl Camayd en La salida de Juan, de "Los Gavilanes"
 
Yo lo conocía desde muchacho y también a Yoyita Herce; ellos ya tenían un nombre. Estábamos acostumbrados a oírlos cantar en las veladas de las escuelas. Pero mi primer intercambio con Raúl fue en una emisora de radio de Holguín que precisamente se llamaba Radio Holguín. Raúl trabajaba con nosotros como actor en algunas de las obras que ponía el Cuadro de Comedias de la emisora, en el que también estaban González Valero, Yolanda Guillot, Vilma Pérez… Como actor hizo varias cosas, porque él era así, metía la cuchareta en todo, pero era muy inteligente y capaz.
Una vez, en el Lírico, estábamos montando “Molinos de viento”  y él me dice que hiciera el trabajo con Juan José Ricardo, otro barítono, porque él no iba a actuar en aquella obra. Pero poco antes del estreno se embulla y viene a ensayar. La parte musical se la sabía a la perfección, pero en las letras y los diálogos se equivocaba mucho y yo me pongo cabrón y le pregunto: “¿Usted se sabe el diálogo o no se lo sabe?” y me responde: “No me lo sé hoy, pero mañana me lo voy a saber”. Y así fue, al otro día se sabía los textos de arriba abajo, como si llevara un mes ensayando.
La última vez que lo vi estaba presidiendo una reunión en el Teatro Lírico, en Holguín. Era una reunión importante, con mucha gente y yo llego y me quedo afuera, esperando. Entonces Martín Arranz va y le dice: “Moro, ¿tú sabes quién está ahí? Tu tocayo Rabert”. Raúl paró la reunión ahí mismo y salió a abrazarme. Yo, francamente, lo encontré muy bien y poco después me entero de su recaída hasta que un día oigo por la radio la noticia de su muerte. Pero cuando por la radio y la televisión dan esas noticias uno no se entera de lo más importante, yo creí que había muerto en Holguín y no, fue en La Habana y su cadáver estuvo tendido a unas pocas cuadras de mi casa, en la funeraria de Calzada y K, y yo no fui a acompañarlo.