ALDEA COTIDIANA

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CONVERSANDO SOBRE EL ENTRAMADO URBANISTICO DE HOLGUIN

7 de diciembre de 2016

Camayd - Juan Espinosa



(Juan Espinosa. Pianista acompañante).

Yo creo que el único que ha sacado del paso a Raúl Camayd soy yo. En aquella ocasión, año 1973, hacíamos una gira internacional por lo que era la Unión Soviética y otros países de Asia, participaban, además, Iris Burguet, María Remolá, Ramón Calzadilla, Esteban Taylor, Manuel Dúchense Cuzán, Rafael Somavilla, la orquesta Aragón y Elena Bourque.

Esta foto se hizo durante esa gira. De izquierda a derecha: Ramón Calzadilla, Raúl, Taylor a su lado, Juan Espinosa de espalda y María Remolá.

Raúl fue como cantante, pero en Moscú, por que Raúl no solo tenía hábito de dirigir, sino que poseía las facultades para hacerlo, fue unánimemente seleccionado como Jefe de la Delegación y los rusos, por cosas de la declinación del idioma, le decían “Camayda”, “Tabarich Camayda pa´aquí y Tabarich Camayda pa´allá” y eso que a mi me resultaba lo más cómico del mundo, a Raúl no le hacía ninguna gracia.
Después salimos de la Unión Soviética hacia los países del lejano oriente: Mongolia, Corea y Viet-Nam. Esos pueblos, por sus tradiciones, conceden mucha importancia a las personas que ostentan algún cargo y tienen la tendencia a separarlos del grupo y otorgarle una serie de prerrogativas al “camarada jefe” y cualquier tipo de orientación solo se la dicen al Jefe, o sea, a Raúl. Le separaban una suite en los hoteles, una mesa para él solo en los restaurantes, pero “nuestro camarada jefe” se las arreglaba para no separarse del grupo: compartía la misma mesa y mantenía el mismo status que el resto de la delegación. 

Raúl y Juan Espinosa al piano

Nunca se me olvida que estábamos viendo un espectáculo en Mongolia y allá el caballo es un animal casi sagrado. Por eso casi todas las canciones se llamaban: “La suerte del caballo”, “El amor del caballo”, “La tristeza del caballo” y Raúl muerto de risa me decía: “Tú vas a salir relinchando de aquí”.

Pero yo chivándolo con los de la “Camayda”. Un día estábamos almorzando y en medio del restaurante siglo con la chivadera. Raúl se puso cabrón y me dijo hasta del mal que iba a morir. Menos mal que allí, con la excepción de nosotros los cubanos, nadie más sabía hablar idioma español.