ALDEA COTIDIANA

           En HOLGUIN, Cuba, como en todos los lugares del mundo, ocurren hechos triviales, bellos a fuerza de fugaces                                                          Esta ciudad la construyeron mis padres vísperas de mi nacimiento y quisiéramos que nada se perdiera, que todo lo que fue haciéndose desde nuestros padres a nosotros, permaneciera intacto y puro, porque la ciudad es el escudo que hace que nuestros nombres no se olviden                                                    300 aniversario del pueblo de Holguín en 2020
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Toda la aldea a la mano

HÉCTOR LAVOE INTERPRETA AL HOLGUINERISIMO GUAYABERO

16 de diciembre de 2016

La leyenda del "Charco del Muerto" del río Jigüe, en Holguín, Cuba



La siguiente imagen muestra el camino que había que seguir para llevar a los difuntos hasta el cementerio municipal de Holguín, y eso que la fotografía es de 1930: pues entonces se podrá imaginar cómo era en el siglo XIX, que es el tiempo en que ocurrió la historia que narramos. 
 
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A mitad del siglo XIX no había funerarias en Holguín, los velorios se hacían en las casas que en vida habían vivido los muertos. Entonces el pueblo era chiquito, delimitado por los dos ríos conocidos: El Jigüe y el Marañón, pero ya estaba construido el Cementerio Municipal, el mismo que todavía sigue en uso al final de la calle Luz y Caballero. Por tanto, y ya se deben haber percatado los que conocen la ciudad, el cementerio estaba en las afueras de la ciudad… Para llegar a él, yendo por la que desde 1902 se llama calle Luz y Caballero, había que cruzar el río Jigüe.
Hoy el Jigüe agoniza, pero en 1850 era un río macho de gran cauce y con algunos farallones. Por eso en los meses de mayo a octubre, que era cuando más llovía, era casi imposible cruzarlo, sobre todo cuando estaba crecido. Y cruzarlo llevando cargas pesadas o de difícil manejo era una temeridad.
Por eso es que muchas veces los cadáveres tuvieron que quedar sin entierro hasta que bajaran las aguas del Jigüe y, a veces, las crecidas demoraban dos o tres días. Por esa novedad es por lo que en 1851, preocupado seriamente el Cabildo, aceptó una Moción del Caballero Regidor, don José Santos Durán, en la que pedía la construcción de un puente sobre el río.
Uno de los párrafos de la petición del Regidor al Cabildo pidiendo el puente, dice: “con frecuencia hemos visto que los cadáveres no han podido ser sepultados por la creciente del río Jigüe y han tenido que permanecer muchas horas próximo a la Necrópolis, en estado de descomposición. Casos como estos son en contra de la salud pública y de necesaria reparación”.
El 16 de julio de 1851 quedó aprobada la Moción y en octubre de 1853 ya estaba al servicio público el puente que no es el mismo que hoy cruzamos los holguineros actuales, porque aquel primero era de madera y el segundo, que es el que sigue en pie, es de concreto, aunque, ahora el Jigue ha disminuido tanto su caudal que ya el dicho puente no hace tanta falta.
Pues bien, amables lectores, la historia que intentamos narrar desde el principio de este post ocurrió antes de que hicieran el primer puente sobre el Jigüe y se titula “El charco del muerto”.
Murió en Holguín en 1850 un tal Marcos Martínez y lo llevaron en andas a enterrar un atardecer en que el Jigüe estaba crecido. Los cuatro hombres que cargaban el ataúd ya estaban a mitad del río cuando uno de ellos puso el pie sobre una piedra movediza y ocurrió lo que es inevitable, perdió el equilibrio, cayó y tras él el ataúd que, al chocar con una piedra, se rompió. El cuerpo del difunto, fuera de la caja, fue arrastrado por la corriente unas cuantas varas más allá, donde había un charco. Allí los dolientes tuvieron que pescar al difunto.
Desde entonces se designó a aquel lugar con el nombre de “Charco del Muerto” y no faltó quien, en noches oscuras, ha creído ver al difunto Marcos Martínez que surge de las aguas con la cara descompuesta, los cabellos crispados y los ojos inyectados de sangre como si maldijeran a los que, por un descuido, dejaron caer el féretro en que iban depositados sus restos.
Hoy ni los infelices guajacones que no sabe la Aldea cómo consiguen sobrevivir en las putrefactas aguas del Jigüe, saben cuál era el Charco donde cayó el muerto.