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Las esculturas funerarias del cementerio municipal de Holguín, CUBA

22 de diciembre de 2016

Parque Calixto García. Holguin, la ciudad de las Plazas (Parques después)



El 4 de abril de 1720 los propietarios de hatos y haciendas ganaderas que vivían en el norte de Bayamo fundaron el pueblo de San Isidoro de Holguín. Y como su principal deseo era que el Rey de España diera Título y Tenencia de Gobierno a éste, los abuelos fundares fueron cuidadosos en cumplir las leyes que determinaban la creación de los espacios urbanos: esa es la causa de las calles rectas (rectísimas) de Holguín y sus dos plazas hermosas y amplias (amplísimas).



Quienes conocen esas plazas de las que habla La Aldea pueden decir: sí, el parque Calixto García es grande, probablemente el más grande de todos los que hay en Cuba, pero el otro no lo es tanto. Y es verdad, el actual Parque de Las Flores es pequeño, pero no lo fue siempre. Cuando se creo esa plaza tenía adentro de sí la parroquia y llegaba hasta la actual calle Miró, por lo que la calle principal del pueblo, Libertad, se interrumpía en Aricochea. Entre los años 1818 al 1820 el templo fue restituido por un nuevo edificio, sede desde 1979 de la Catedral de San Isidoro. Desde entonces la iglesia fue corrida hacia atrás para abrirle paso a la calle que se interrumpía y la plaza se disminuyó a la mitad, tal como se ve en el mapa siguiente.







La segunda plaza trazada en Holguín fue la de Armas, destinada a los ejercicios militares y al mercado. Por Ley debía estar separada de la iglesia para que en caso de necesidad pudiera socorrerla, y así fue: los abuelos fundadores pidieron al agrimensor Gregorio Francisco, que fue quien delineó el primer núcleo urbano, que trazara el espacio de la segunda plaza hacia el norte de la parroquial, entre las calles que comenzaron a llamarse San Isidoro, Nuestra Señora del Rosario, San Miguel y San Pedro, (hoy Libertad, Frexes, Maceo y Martí).







Según la misma legislación, tan fielmente cumplida por los fundadores de Holguín, entre ambas plazas debían fabricarse las Casas Reales, Cabildo o Consejo, Aduana y Atarazana, pero los pobres bolsillos de los fundadores no alcanzaron para tanto. Y probablemente para esconder que no se cumplía del todo con las leyes, o porque desde ya éramos los holguineros gente que se desborda, la Plaza de Armas tuvo la capacidad superficial de siete mil quinientos metros. Y como estaba destinada a que en ella se ejercitaran los militares, sobre todo los de a caballo, la plaza debía tener de largo cuando menos tanto y medio de su ancho “porque desta manera  es mejor para las justas de a caballo y cualesquiera otras que se ayan de hazer”[1]. (Sic)



El cumplimiento cabalmente de las disposiciones reales hizo de la de Holguín una plaza tan grande que cuando el Obispo Pedro Agustín Morell de Santa Cruz visitó la ciudad en 1756, dijo que era la de este pueblo “(…) tan capaz, que en toda la Ysla no ay otra que la iguale”.[2] (Sic)







Que las dos primeras plazas del pueblo fueran tan grandes y que ambas estuvieran delimitadas por las calles que actualmente se nombran Maceo y Libertad, antes Calle Mayor o San Isidoro y Calle San Miguel, estableció dos asuntos esenciales para el urbanismo de Holguín. Uno, que esas dos calles delimiten el actual centro histórico urbano de la ciudad[3] y que las otras plazas que se trazaron posteriormente a las dos primeras estuvieran en ese mismo eje y que fueran “tan grandes, que pueden en cada una de ellas formar 2 000 hombres en batalla”[4].



Cumpliendo fielmente las Leyes de Indias, de la Plaza de Armas partían (y continúan partiendo) las cuatro calles principales de la ciudad y los principales caminos que llevan hasta todos los lugares.

Asimismo disponían las leyes españolas que la Plaza de Armas serviría además para que en ella se expendieran los productos de la tierra, o sea, que era esa, también, plaza del mercado, de ahí que a las edificaciones que en ellas comenzaron a  realizarse  se les exigió que estuvieran presididas por portales corredizos (corredores le llamamos los holguineros), para que en ellos se acomodaran y pudieran  resguardarse en tiempos de lluvia “las venteras y venteros”.



En este punto La Aldea quiere hacer dos comentarios.



Primero, que aún cuando las mismísimas Leyes de Indias convenían que las Plazas de Armas  sirvieran también como lugar para el comercio, las ciudades de cierto desarrollo urbano, pasado el primer momento fundacional, destinaban al mercado su propio espacio en las llamadas Plazas del Mercado. Pero Holguín no estuvo entre las ciudades cubanas que mostraron desarrollo urbano, sino todo lo contrario, por lo que aquí no hubo Plaza del Mercado hasta finales de la década del 40 del siglo XIX.



Y segundo: La portalería corrida donde debían realizarse las ventas era escasa porque escasas eran las construcciones alrededor de la plaza, por tanto eran las calles que rodeaban la plaza donde se acomodaban “las benteras y benteros”[5] (Sic) Eso, obviamente, provocaba que el abastecimiento “falle en la primavera pr q’ no es posible q′ en los pocos portales q’ hay puedan acomodarse los bendedores y de aquí resulta un perjuicio de no poca consideración á los leales vecinos…”[6] (Sic).  



Por lo anteriormente tratado, conviene que en este punto echemos una ojeada a las construcciones de los vecinos alrededor de la Plaza de Armas.



Como puede verse en el primer plano de Holguín, fechado en 1737, La Plaza de Armas se urbanizó después que la de San Isidoro o de la Parroquial.



También por disposición de las leyes españolas, en los alrededores de la plaza de armas se levantó la que probablemente fue la primera edificación que allí hubo; esa fue la Tienda de Ordenanzas, destinada a la venta de carne. Esa, que sencillamente era un bohío con cubierta de guano sobre horcones, y, quizás con las paredes de embarrado, como lo eran todas las primeras viviendas de Holguín, estaba en la intersección de las calles Rosario y San Miguel, (actuales Frexes y Maceo, donde radica ahora la Casa de la Música de la EGREM).



La tal carnicería estaba regulada por las Ordenanzas de Cáceres[7], las que responsabilizaban al Cabildo de su manejo y normaban que uno de los regidores por rueda (turno) “visite la carnicería, la pescadería y haga las posturas del vino y otros mantenimientos y requerir los pesos y lo demás”[8]. Lógicamente el cumplimiento de estas dichas ordenanzas estaba en dependencia del desarrollo económico-social del territorio, y en  Holguín este fue limitado.



De todas formas el Cabildo tuvo interés de mejorar las condiciones de vida de vecinos, al extremo que los mismísimos Tenientes Gobernadores costearon con dinero de su bolsillo las necesidades de la población.



Lo anterior se prueba con la letra de la Moción presentada en 1839 por el Síndico Procurador, Licenciado Rafael Ignacio Curbelo, en la que dice del mal estado de la Plaza de Armas, llamada entonces de Isabel II, que, dice, “no posee la prestancia  e higiene que corresponde con el estado de civilización y de hermosura á q’ marcha agigantadamente Holguín, lo que hace que este gobierno exija que hagamos algo para que la Ciudad se nivele á los otros Pueblos de esta siempre fiel Ysla”[9] (Sic)



Hasta ese año uno de los problemas que más le afectaba a dicha plaza, que era ya corazón de la vida citadina, era el de mantener en ella al mercado, eso a pesar de que los tratantes pagaban medio real de impuesto para que la limpiaran todos los sábados en la noche.













[1] Pedro Álvarez y Gasca. “La Plaza de Santo Domingo de México. Siglo XVI”. Departamentos de Monumentos Coloniales. Instituto Nacional de Antropología e Historia,  México, 1971, p. 8.

[2] Morell de Santa Cruz, Pedro Agustín: “La Visita Eclesiástica”. Selección e introducción de César García del Pino. Editorial Ciencias Sociales. La Habana, 1988, p.87.

[3] El terreno que delinean ambas calles no fue escogido como el centro de Holguín por capricho sino por ser el más alto y pintoresco de toda el área que rodean los dos ríos que fueron los límites naturales del pueblo naciente.

[4] Portuondo Zúñiga, Olga. “El Departamento Oriental en documentos”. Tomo II (1800-1868) Editorial Oriente, Santiago de Cuba, 2012.

[5] ACPM H-39 Exp. F 3 vt.

[6] Ídem

[7] Dictadas por el Oidor de la Audiencia de Santo Domingo Alonso de Cáceres, Visitador y Juez de Residencia de la Isla, aplicadas a todo el país, (1574).

[8] Ídem


[9] ACPM Exp. H-39 F 3 vt