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Las esculturas funerarias del cementerio municipal de Holguín, CUBA

10 de noviembre de 2010

Donde las arenas son más diáfanas


Por: Gabriel Pérez
 Cada siete de diciembre en la Catedral de San Isidoro, la iglesia de San José o la Parroquia Nuestra Señora de la Caridad de Vista Alegre, a las seis de la tarde, un sacerdote ruega por el alma de quien fue el enfant más terrible de la historia holguinera, un hombre que se marchó dramáticamente de este mundo, en 1990, suicidándose con una sobredosis de barbitúricos en su solitario apartamento de Manhattan.
Reinaldo Arenas

Oneida, su madre, es una gran lectora, nació en parajes bucólicos que rodean la ciudad. Entre los libros que alcanzo a ver en un stand de la casa sita en calle 10 de Octubre, en la Ciudad de los Parques, se encuentran: Balzac, Víctor Hugo, La Biblia... Ella está cumpliendo años esta tarde gris en que conversa, nostálgica pero lúcida, con la misma diafanidad del primer día. El médico diagnostica que los calambres y su desequilibrio al caminar se deben al Mal de Parkinson. La catarata se está haciendo sentir en sus ojos ávidos de lectura. Y cerca de sus manos, pero lejos de su corazón, hay maletas...
Tanto ha cambiado el panorama dejado por nuestro escritor el 4 de mayo de 1980 que en la ciudad existe, como evidente homenaje al personaje más significativo de la novelística holguinera, un certamen auspiciado por la Asociación Hermanos Saíz bajo el nombre de Concurso Celestino de Cuentos.
 - Hay mareas constantes en la vida, obra y muerte de Reinaldo. Pero el mar de Gibara está de fondo en muchas de sus descripciones de otros mares. Allí tuvo su prístino baño frente al Atlántico, yendo hasta él de manos de la abuela Toña.
Oneyda, madre de Reynaldo Arenas
- Ese día había ido a Gibara con el círculo de abuelos en el que yo estaba en esos tiempos, y cuando llegué a mi casa... no ese día, porque ese día no me lo dijeron, pero al otro día me dijeron que mi hijo había muerto. Y juré que nunca más volvería a Gibara. Yo me había ido para Gibara pensando en él, porque siempre lo recordaba cuando veía los paisajes campesinos. A él le encantaba el campo. Yo venía ese día tan triste. Y era eso, mi hijo estaba muerto.
Recuerdo que estuve gritando tanto por la muerte de mi hijo como nadie es capaz de considerar, porque él luchó y pasó tanto trabajo y nunca fue feliz. Siempre se sintió triste. Solitario. Él iba mucho a Gibara. Y en La Habana, como vivía cerca del mar, siempre estaba en el mar. Se pasaba la vida allí, en el mar.
- Conozco a mucha gente con la inquietud de saber las opiniones albergadas en el alma de una madre, que puede considerarse una gran lectora, sobre un hijo escritor que ha dejado una de las literaturas más polémicas y controvertidas de los últimos tiempos...
- De las cosas que él escribía lo que más me gustaban eran sus cuentos, eran cuentos sanos, de un niño sano. Yo he perdido una revista Unión donde él publicó sus primeros cuentos: La punta del Arcoiris, Con los ojos cerrados, y otros que no recuerdo ahora.
Me gustaban más sus cuentos que las novelas. Las novelas eran más crudas. Más duras. Y los cuentos eran de un muchacho sin esa maldad que adquirió en La Habana. En La Habana había mucha maldad.
Cuando triunfó la Revolución él sintió que aquello era lo más grande que había ocurrido. Que al fin iba a ser lo que él siempre había anhelado. En Holguín todo el mundo lo quería. En La Habana tuvo amistades buenas, pero también muchas amistades malas. Hay gente que le hace sombra al otro y no cesa hasta acabar con él...
- Reinaldo, durante sus cuarenta y siete años vivió en ciudades que van desde Holguín, La Habana, Miami, hasta Nueva York... en ninguna se sintió completamente a gusto. Es archiconocida su definición de Holguín como "una inmensa tumba, con sus casas bajas simulando panteones castigados al sol..." ¿Usted se marcha de nuestra ciudad?
- Es necesario. Holguín es una ciudad muy bonita, pero con mucho abandono. Nosotros hemos sido muy holguineros, todos los hermanos. A Reinaldo le gustaba Holguín también. Lo que pasa es que en La Habana vio más oportunidades. Yo viví en los Estados Unidos pero regresé y ya siempre me quedé aquí en Holguín. Juré que ya había pasado bastante trabajo en mi vida y que mi hijo no iba a pasar lo que yo sufrí... Porque lo más triste que hay es la ignorancia. Me duele que me sacrifiqué y nunca fue feliz. Él fue pobre, pero nunca con miseria. Y no fue feliz.
Uno tiene que ser en cada momento lo que en cada momento sea necesario, como dijo Martí, y es verdad. Yo siento muchísimo irme, pero mi hermana Onelia se va y yo siempre he vivido cerca de ella. Ella se va, su hijo es periodista y vive en La Habana, y yo no sé qué sería de mí si me quedara sola sin ella.
Mi hijo nunca quiso que yo me fuera a vivir para La Habana. Él decía: "Quédate en Holguín siempre, que Holguín es muy tranquilo". Pero la vida va cambiando de acuerdo a las circunstancias, y hay que asumirla.
- Después que Reinaldo dejó la Isla, partiendo en 1980 por el puerto de El Mariel, ¿volvió a encontrarse con él fuera de Cuba?
- La primera vez que fui, lo vi de lo mejor. Estaba contento. Trabajaba bien. Me ayudó a comprar algunas cosas para la familia. Me dijo que tenían buena acogida sus libros, sus conferencias...
Después, la última vez que fui lo hallé muy mal. Yo le dije: "Tú estás enfermo, Reinaldo". Y él me dijo que no, que estaba bien, que eran ideas que yo me hacía... Hasta última hora, me lo negó.
Cuando él estaba en La Habana y lo visitaba, yo regresaba para Holguín llorando en la guagua. Veía a mi hijo tan triste, era terrible cómo yo sufría al verlo así, solitario, apartado de todo el mundo. No quería tener amistades. Estaba tan amargado, con tan mal carácter. Los últimos días de mi hijo deben haber sido de mucho sufrimiento, como casi toda su obra.
- En el libro Termina el desfile hay un cuento: La madre y el hijo, en el que un personaje dice: "Deberías leer menos. O no leer nada. Eso hace daño..." ¿Cuáles son los recuerdos que mejor conserva del niño escritor-lector?
- Lo recuerdo escribiendo en los árboles, escribiendo en papeles de regalo, en cualquier papel que caía a su alcance. No sé qué cosas escribía, pero era una obsesión que lo hacía diferente. Yo siempre supe que él iba a ser diferente de todos. A él le gustaba tanto leer. Él comía con un libro en la mano. Al lado de la comida, un libro. Su vida era leer, leer, leer.
Yo no he podido leer todas sus cosas. Hay cosas muy fuertes. Las empiezo a leer y paso unas cuantas páginas para seguir leyendo. Me gusta lo que dice de sus viajes, sus amistades. Pero después tiene cosas tan pesadas, tan terribles, habla mal de la familia, cosas que no son ciertas. Esas son cosas negativas. Sin embargo, tiene muchas cosas bonitas, de sus amistades, sus viajes por los Estados Unidos. Él dice que llegó allí huyendo del comunismo y se encontró con un pueblo sin alma.
- Refiriéndose a la primera novela de Reinaldo, el poeta Eliseo Diego dijo que se trataba de un hallazgo prodigioso… antes de convertirse en el personaje mítico de nuestra literatura, ¿quién fue Celestino?
- Reinaldo se inspiraba en los nombres de la familia. Cuando a él le publican Celestino antes del alba, yo estaba en Holguín. Celestino fue un tío. El tío más querido en la familia, el hombre más honesto del mundo. El tío que más lo quiso a él... Celestino murió en la calle Cervantes, aquí en Holguín, después de un infarto al miocardio… Un día, mi hermana pasó un telegrama desde La Habana diciéndonos que a Reinaldo le habían dado la Mención de honor por su novela.
A él lo ayudó mucho Camila Henríquez Ureña. Yo tenía en casa un libro escrito por ella donde hablaba muy bien de Reinaldo. También Lezama Lima. Pero cuando él odiaba, odiaba de una manera terrible. Eliseo habló bien de él. Pero él se amargó tanto que también habló mal de Eliseo Diego. Eliseo dijo que una vez él fue a Rusia por un amigo que lo invitó y cuando regresó, Reinaldo le reprochó su viaje a Rusia.
También Delfín Prats. Delfín es un gran poeta, lo que pasa es que es medio loco. Es una buena persona. Es noble, sencillo como no hay otro. Lo que pasa es que él ha vivido siempre muy solo, en mucho abandono. Mi hijo y él tenían muy buena amistad, con sus problemas, como es natural. Delfín es muy bueno, pero ya te digo, es algo loco.
- ¿Qué suerte ha corrido la madre de un escritor cuya vida y obra han sido llevadas, incluso, hasta Hollywood? ¿Qué significan para Oneida Fuentes Rodríguez, las palabras: derecho de autor?
- Nada he recibido ni por su película ni por los libros. Lo que más desearía es volver a ver a mi hijo, te lo he dicho varias veces que sueño con reencontrarme con él. De España, de Francia y de los Estados Unidos hay gente maravillosa que me escribe y me da aliento. Margarita y Jorge Camacho, por ejemplo. Ya murió Roberto Valero en Washington. Alberto Lauro también se comunica conmigo desde Madrid. Y Luis Marcelino, un poeta de aquí que vive en Miami. Pero los derechos de mi hijo yo no sé en qué han parado. Yo creo que todo está detenido.
-Before night falls es el título en inglés de la película basada en la autobiografía Antes que anochezca…
- La autobiografía la hizo él. La película no. Unos dicen que la hallan bonita y otros dicen que no tiene nada que ver con mi hijo... Pero eso es como todo. Cada cual sacará su propio partido. Antes de la película, cuando él estaba lejos de la muerte, ya era así. Tal vez la película hubiera tenido más suerte si la hubieran hecho aquí, quienes lo conocieron en su dolor más grande, sus días en la cárcel, y ese desasosiego por todo que lo mantenía tan ansioso, siempre luchando, buscándose problemas.
Oneida está preocupada. Si las cenizas se pierden, se perdería la última huella del cuerpo de su hijo en Manhattan... Lázaro, amigo de confianza en la "aventura" de 1980 se ha comprometido en salvarlas.
- Él fue cremado como pidió en su testamento. No he sabido nada más. Sólo que sus cenizas están guardadas en Nueva York. Yo hubiera querido traerlas para Holguín, guardarlas aquí, pero no me lo permiten... y eso me causa una gran preocupación. No sé si de verdad las tienen guardadas. Lázaro, su amigo, no me contesta. Yo le he escrito varias cartas pero nunca me ha contestado. Él debe tener las cenizas, pero quién sabe. No es cuestión de caprichos. Creo que al menos sus cenizas tengo derecho de reclamar. Yo creo que pensándolo bien ya lo he perdido casi todo.
- ¿Cómo desea despedirse de los lectores de su hijo sabiendo que, sin dudas, son muchos en esta ciudad y más allá de sus colinas?
- Deseándoles mucha felicidad. Y, que aunque sea algo tarde, les agradezco que hayan reconocido la obra de Reinaldo aquí. Y que se quede en la memoria de los holguineros, sobre todo, su obra y todo lo que se quedó inconcluso. Todo lo que él quiso hacer y que ya el tiempo no le alcanzó. Les agradezco que lo admitan y les deseo muchas felicidades.
Tomado de El Caimán Barbudo