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Toda la aldea a la mano

HÉCTOR LAVOE INTERPRETA AL HOLGUINERISIMO GUAYABERO

14 de febrero de 2010

Paco Mir: La poesía y los días

Francisco (Paco) Mir Mulet. Banes, Oriente 1953- Isla de la Juventud 1998.

Fue instructor de Literatura, asesor Literario del grupo Teatro Guiñol de la Isla de la Juventud. Presidió la Comisión Permanente de Estudios Martianos.
Obtuvo mención en el género poesía en los concursos David (1976,1979) y el 13 de marzo (1978).

Es autor de los libros.
Proyecto de olvido y esperanza (1981)
Las hojas clínicas (1985)
Pianista en el restauran (1990)
Sinfonía fantástica (1993)
La antología Teatro de los días (1998)
Un pájaro verde y solo (1999)


Libros inéditos
El olvido es un rezago burgués
Animalitos, me aman en sus labios
La resolución de Juaquinito


Banes
Eres la voz acuciante de Francisco Mir gritando:
"¡ No quiero las flores negras !".
René Dayre Abella Hernández





Por Julio Pino Miyar

Este es el ensayo que debí escribir en vida de Francisco Mir, el que él sin dudas debió haber leído, comentado y tal vez disfrutado. Hoy me acompaña la superstición de pensar que los amigos muertos devienen en fantasmas tutelares; en duendes que habitan el lado oscuro y silencioso de las alcobas, que releen por encima de nuestros hombros las escrituras gastando irreverentes la tinta de las plumas.

Cuando me visita una ausencia como esta prefiero sumergirme en la meditación de lo que acaso fue su escritura: la transcripción continua, aunque breve, que hiciera de sus cuitas una sensibilidad asediada; un cuerpo maltratado desde su juventud por la enfermedad y las prolongadas estancias en los hospitales.

Hoy no me cabe dudar sobre la pulsión eminentemente lírica que preestableció los mejores aciertos del poeta que sin dudas fue Francisco Mir. Ensoñaciones diurnas en las que él era próvido, sobre las que construyó al unísono lenguaje y fábula; árbol y pájaro metafóricos; entorno cotidiano, mañanero, de una sensibilidad como la suya eminentemente campesina; la anecdótica reminiscencia familiar nacida en medio de los acordes, a ratos impulsivos, de una perenne y levantisca vocación de poetizar.

Mir era un poeta preocupado por la luz, obsesionado por la idea de una próxima muerte, puesto a sufrir por las limitaciones que progresivamente la enfermedad imponía a su cuerpo. Desde ese ejercicio trino: enfermedad, muerte y luz, esparció su vocación lírica, esperando ingenuamente que la realidad se le develara como se devela el significado de las cosas que duermen en espera que el poeta desate sobre ellas su expresión más vital, su invitación a nupcias.

La luz para Mir no fungía, como se infiere en la doctrina estética del griego Platón, como el vehículo que permite configurar cognoscitivamente al objeto poetizado para entenderlo en su plástica unicidad. La luz, devenía en cambio, para nuestro poeta, en pura focalización escénica, bajo la cual lograba la exteriorización dramática de su discurso poemático. Luz que cobraba en él un efecto teatralizador sobre el que debía ejecutar la pieza de su vida; de su enfermedad y de su muerte. Siendo, por tanto, su propia vida la esencia imperiosamente buscada, verbal y angustiosamente trasmitida. Recuerdo en Mir, aunque esto pueda suponer para el lector una simple e infundada digresión, que su rostro sanguíneo, su piel lechosa, tenía una forma muy especial de reflejar la luz. Pero, sobre todo, y era eso lo más desconcertante para mí: Francisco Mir temía a la luz. La temía porque afectaba su frágil retina, su piel sensitiva y descubría su propia naturaleza sometida a los hábitos de silencio más dolorosos, que nos remitía a una configuración poemática lograda siempre a medias, acaso inmerecida; sensualmente susurrante, tartamudeante. No es casual que Francisco admirara al poeta francés de las Iluminaciones, Arthur Rimbaud, como a ningún otro poeta. Y como él, en la brevedad de sus versos, padecía de esa “mudez que habla”, que germina desde lo profundo del alto ventisquero de paredes de canto en el que habitan, sumergidos en el fango, el sufrimiento y la vida.


Hay un poema de Mir que tiene la extraña virtud de hacerme volver sobre él en determinados períodos de mi existencia. Es entre todos uno de los que más prefiero, no sólo porque sea uno de los más bellos, sino por ser además el que nos cuenta de sus particulares nupcias con la poesía, mientras escenifica, por centésima vez, su despedida sobre un retablo previamente iluminado:





“Cuando yo muera
—perdona que no dé fechas como hacen los maestros—
tu rostro no se apartará del mío.

(…) Cuando yo muera
perdona que por primera vez no te acompañe:
estaré muy lejos mirándote detenida –siempre mirándote detenida—

Cuando yo muera
han de ser azules mis vestiduras
el color que escogimos de las aguas y los cielos.

Cuando yo muera, tu rostro no se apartará del mío”.


El poeta nació en el extremo oriente de la isla de Cuba, en el pueblito de Banes, en su primera juventud emigró con su familia a la Isla de la Juventud, canjeando un entorno típicamente campesino por otro más proletario, un poco menos rural y vivió alternativamente en La Habana…

Cito estas referencias porque creo que hay una historicidad de la poesía. Un fundamento sociohistórico del quehacer literario y la personalidad psicológica de los poetas. Francisco Mir fue, de algún modo, parte de esa generación campesina que fuera trasladada del campo a la ciudad, separado tempranamente de su familia y de su entorno rural para ir a nutrir las filas del proyecto socioeconómico de la nación. No es casual que haya sido integrante de esa generación de escritores que convirtieron el paisaje campesino en sustancia metafórica de sus creaciones literarias, al tener que revivir la infancia y la adolescencia desde la nostalgia por el paisaje perdido; hijo privilegiado de la reminiscencia, del culto que el pensamiento originario realiza, desde siempre, sobre la expresión lírica y el entorno bucólico.

En Cuba lo que de cierta forma conserva los retazos de una composición bucólica, es el núcleo sobreviviente de la familia económicamente aparcera, que se reparte desde el amanecer sus labores, el cuidado de los animales y divide el tiempo anual en la roturación de la tierra, la siembra y la cosecha. Recuerdo nítidamente que en la primera conversación que tuve con Mir me citó varias veces a Serguei Esenin, el poeta soviético de la tierra. A estas alturas me parece lógico que la reacción lírica, que habitó nuestros predios nacionales de los años 70’ del pasado siglo, frente a la llamada poesía conversacional, fuera sustentada por poetas de origen u orientación campesina. Poesía que tiene para mí su mejor fundamento en la tradición romántica nacional y en la literatura bucólica universal.

No creo que tampoco sea casual que el paradigma cultural del amor biológico sea Dafnis y Cloe, el gran texto pastoril de la Grecia antigua. Dafnis y Cloe son dos adolescentes que se aman, porque sobre ellos late el silente despertar de la necesidad sexual, de la pura pulsión física, que tiene su natural concomitancia con la llegada de la estación de la cópula entre los animales y el crecimiento vegetativo que llena el aire primaveral de esporas. Ese es, sin dudas, el contexto privilegiado del poeta, del creador de origen campesino. Novelas como El rey en el jardín de Senel Paz y Celestino antes del alba de Reinaldo Arenas, se convierten de hecho en obligados referentes del nacimiento simultáneo, en el adolescente del campo, de la sexualidad y la poesía. En mi opinión ambos son textos de aprendizaje como lo son Damian de Hermann Hesse y Retrato del artista adolescente de James Joyce. Novelas cubanas que narran alegóricamente las razones internas del proceso de creación y establecen un paralelo entre la germinación, la flor, la espora y el hombre; el poeta y la sexualidad humana indiferenciada. Obviamente son textos que carecen del fundamento teológico-cultural de las obras europeas antes citadas, porque su nacimiento es ajeno a una tradición occidental que hizo del pecado original, el pilar de la cosmovisión filosófica y literaria. Francisco Mir pudo haber sido el poeta de esa generación situada antes del pecado original. No lo fue. Él, como otros importantes creadores de su generación, se nutrió de las fuentes paradisíacas de la campiña cubana, dejándonos, a partir de eso, un testimonio fragmentario. Sin embargo, sería bueno releer su primer poemario que juzgo su mejor escritura. Quisiera invitar al lector a que medite sobre esta prosa poética que conforma a “Proyecto de olvido y esperanza”:

“Laguna no sabe que los caracoles duermen en la orilla por su vestido ligero (…) Laguna escoge las horas en que los patos salvajes se echan a volar y los perros calman su sed con minúsculas señales de agua, en un vuelo desprendido de sus faldas. Laguna y los peces que, en un único beso, hacen amanecer burbujas doradas en la manigua: guayacanes, biajacas, madres de agua. Laguna y yo nos amamos desde antaño (…) del detalle escondo la herida, padrenuestros y campanillas estallaban a las seis de la mañana, el niño Jesús por un pan se fajaba conmigo, harina, migajas, piedras en las manos y semana santa. Laguna entiende mi tristeza, sus sirenas estrellan la noche, les entrego el laúd que dio origen a la familia: tatarabuelo mambí (…) Laguna empieza en mi pecho, sigue la sabana hasta el nacimiento de la luz en los líquidos y desnuda, a lo lejos, el corazón de la sierra”.


Creo que estamos en presencia de una inusual teogonía campesina. Un texto integrador de los más variados accidentes que constituyen el paisaje cubano. Un paisaje que, en su expresión, quiere cifrarlo todo, reflejado sobre la superficie pulida de la pequeña laguna serrana; seres que la habitan en lo profundo, credos y ave marías; familia y antepasados; laúd francés. Este poemario de Mir, me atrevo a afirmarlo, trae consigo mucho del imaginero medieval, del bestiario creado por los poetas ingenuos, que hace las veces, bajo el horizonte ilimitado de nuestras serranías, duplicado en el reflejo verborante de la laguna y sus patos que vuelan hacia el cielo; de catauro compilador. Tiene a favor suyo la expresión matutina de una gran poesía en gestación que desata, desde su centro, los remolinos oscuros del estuario. No sé cómo la habría catalogado un poeta e investigador como Samuel Feijóo experto en catálogos imposibles y en franquezas campesinas. Feijóo fue nuestro gran poeta naïf. Mientras que Francisco se adelantó a explorar un camino, que de continuarse bien hubiera podido nutrirse de las más copiosas floraciones naturales; la libido del bosque tropical llevada y traída por las abejas entre la muchedumbre de árboles en flor. No sé tampoco si estaríamos entonces frente a una nueva surrealidad tropical que la expresión lírica ha reencontrado en los accidentes propios de la sabana.

Hoy tengo el convencimiento de que Mir intentó con sus visiones y su talento afiebrado, regalarnos un plano poético general, constituido por las relaciones realistas más diversas, que pasa, sin solución de continuidad, de esencialmente descriptivo a expresamente connotativo, metafórico, alegórico. Entregándonos de paso una propuesta de sobrerrealidad que rebasa con creces la mirada visual para incorporar, como parte estrechamente vinculada al paisaje, la sensualidad de su visión, la memoria afectiva y también secular de su existencia. Y del mismo modo que la laguna serrana deviene, en el poema citado, en el epicentro de una cosmovisión que se vuelve sorprendentemente integradora, paridora de mayores e inesperadas relaciones, el poeta, en su expresión, nos muestra con su lenguaje el lado más luminoso de la sensibilidad y la experiencia personal.

Pero la gran controversia que labró la dicotomía cultural por la que anduvieron importantes poetas de la civilización de Occidente, no visita siempre necesariamente los predios de nuestra poesía nacional. Es decir, en Cuba no existe de manera obligada una historicidad cultural que se desarrolle bajo el signo de la contradicción entre lo pagano y lo cristiano; entre una inteligencia puramente sensual de la naturaleza y la naturaleza de una revelación poética eminentemente conceptual, ideal. No es común, por ejemplo, entre nuestros poetas, el repudio ético como respuesta a la energía natural que nos impregna en la campiña de deseos y tentaciones, que es la forma esencial de manifestarse entre nosotros la naturaleza y la propia sensibilidad.

Uno de nuestros más grandes poetas del siglo XIX, José Martí, entendió la religión como una forma pura de sensibilidad. A despecho de la gran tradición romántica que trae en su haber una separación abisal entre las sensaciones, la idea, el concepto, la razón y la realidad sensible. No es que quiera decir con esto que sobre nuestra Isla gravite un paganismo fundamental, que impida la intelección moral que quiera catalogar de mórbido cualquier modo de existencia estrictamente natural del poeta y su poesía. Lo que quiero decir, es que en la campiña cubana las imágenes del deseo se vuelven puras, aun aquellas que fueran originalmente estigmatizadas, condenadas por una secular moralidad imperativa. Y al señalar estas cosas pongo de ejemplo lo que fue o lo que pudo ser la poesía de Francisco Mir. Obviamente, lo mórbido sí nos visita, aunque es más propio del paisaje citadino, del encuentro de la conciencia poética con otras formas de expresión cultural más cosmopolitas y quizás, por eso, menos originarias.

Mir quiso hacer del tema del sufrimiento la fuente de legitimidad de su existencia y el núcleo generador de toda su poesía. Las hojas clínicas, su segundo poemario, está construido de modo intencional sobre esa razón. Mas, las relaciones entre el arte y la vida no están del todo claras, un hilo muy fino pero firme separa a la realidad de la creación; a la experiencia íntima del poeta de lo objetivamente dado. Encontrar en la vida el preciado fundamento de lo que se siente y se escribe, sería como encontrar la clave de sol de la existencia y la poesía. La legitimidad ansiada, perseguida, añorada, justamente allí donde lo que pensamos de nosotros, o escribimos, es lo que somos como un acto tenazmente volitivo de nuestra conciencia, sólo pudiera ser realidad para el poeta dotado de la más alta misión…

En mi opinión, Mir se percató de que el poeta podía, como parte del proyecto de su imaginación, reorganizar el paisaje cubano y anudar un nuevo sistema de referencias entre su experiencia personal y la realidad misma, alterando para eso las usuales perspectivas, el orden de importancia y significado de los accidentes de la geografía. Muchas veces la poesía ha operado así, como gnoseología. De esta manera José María Heredia fue, en la poesía cubana del siglo XIX, el gran descubridor del mar. Martí opuso, por su parte, la sagrada brevedad del “arroyo manso”, como sitio de recogimiento espiritual y de máxima intimidad del espíritu universal, ante la amorfa infinitud indiferenciada del océano que nos rodea y nos limita. Mir en Las hojas clínicas, confinado en su cama de enfermo, percibe su enfermedad como un retiro involuntario de la naturaleza. Los gorriones que vuelan por los amplios espacios del blanco pabellón aparecen, ante sus ojos perennemente asombrados, como una visitación del númen poético que aletea sus alas frente a él.

Dejé de ver a Mir a mediados de 1986, meses después yo partiría al extranjero. En el año 2000 me enteré que hacía sólo unos meses había muerto. Rememorando nuestro último encuentro, el poeta pernoctó en una de las habitaciones disponibles en el departamento que entonces yo tenía en la calle de San Juan Bautista, aledaño a un pequeño, abandonado y derruido cementerio. Francisco se mostró profundamente impresionable, le afectaba la soledad del lugar y no quiso hacerse eco de mis bromas sobre posibles fantasmas y aparecidos… Hoy para mí, evocar estos hechos es como extraer del baúl de los recuerdos a una persona muy especial que dejó marcada huella entre mis afectos. No creo que sea tan importante valorar hasta qué punto Mir encarnó o no con su dolor personal la más verdadera legitimidad que pide encarnar la poesía; porque hay algo en el juicio moral, el moralista sólo atento a nuestros grandes descuidos existenciales, que hiede a fontana abandonada. Una de esas noches transcurridas el poeta nos leyó a un grupo de amigos la versión completa, original y manuscrita, de su poemario Pianista en el restaurant. Fue una excelente velada. Al terminar Francisco estaba exhausto, se había pasado toda la tarde arreglando mi departamento ante la inminente visita, mientras yo le miraba escéptico y sin moverme un ápice.

Un libro, un poema no es en esencia más que unas hojas de papel que contienen un mensaje, quizá una alegórica explicación. Se vuelve extraordinariamente complicado exponer esto en su completa literalidad ante quienes nos leen, pero es así. Porque la literatura en primera instancia (no en la última) no es más que una escritura.

Mir estuvo siempre muy preocupado por el destino de su poesía, así lo demostró, una vez más, aquella noche. La enfermedad padecida tiende a que apreciemos mejor la finitud de la vida y es muy difícil entonces apartarnos de su dimensión dramática. Es algo que el común de los mortales, atareados por el vivir cotidiano, no pueden, o no quieren entender. En el fondo porque les asusta demasiado. Hay, por supuesto, un amaneramiento conformista y pequeño burgués en todo eso que solamente el artista puede hacer denotar, buscando otras formas de reglamentación de la existencia, otra tabla de valores vividos siempre en el límite. No es nada fácil, debo recalcar, llegar a tener en el medio de la vida esta certeza.

Muy pocas cosas son perdurables. De la enfermedad que deviene en parte constituyente de lo que somos, deviene además un modo de expresar lo que somos para intentar explicarnos. Francisco Mir, sumergido en el polvo de sus días, hizo de su escritura una pasión. Creo que es lo más esencial que sobre él puedo decir. En vida de él disfruté como pude y cuanto pude de su amistad y hoy casi no me conmuevo al decir esto. No sé si será el peso de los años lo que nos hace ser mucho menos dramáticos. Aunque al término de los días nos quede, de un modo sobrio o meramente especulativo, la energía tajante de estos versos de Mir:

“A quién le tocara mañana envolverse de blanco,
atados la cabeza y los pies.
A quién le tocara mañana
dejar la palabra en las gavetas de un archivo
y tomar camino definitivo a la tierra.”

Necesito seguir creyendo con él que ese camino definitivo, al que alude como final de su periplo vital, corresponde más a una constante de su espíritu, que al anonadamiento fundamental que el poema, a todas luces, parece sugerir. Y es que la última línea se desliza inesperadamente hacia una distinta acepción enmarcada dentro de la orbita total de su poesía. La de un insobornable regreso al origen para retomar allí, sin preámbulos, las imágenes de siempre; aquellas que nunca debieron de haber partido. Las imágenes que narran, entre nosotros, el convite a la tierra, las últimas nupcias del poeta visceral, inserto definitivamente en el paisaje: la laguna, la yagruma, la tojosa, la campiña estelar…