ALDEA COTIDIANA

           En HOLGUIN, Cuba, como en todos los lugares del mundo, ocurren hechos triviales, bellos a fuerza de fugaces                                                          Esta ciudad la construyeron mis padres vísperas de mi nacimiento y quisiéramos que nada se perdiera, que todo lo que fue haciéndose desde nuestros padres a nosotros, permaneciera intacto y puro, porque la ciudad es el escudo que hace que nuestros nombres no se olviden                                                    300 aniversario del pueblo de Holguín en 2020
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CONVERSANDO SOBRE EL ENTRAMADO URBANISTICO DE HOLGUIN

17 de febrero de 2017

Holguín, Cuba: Historia de la arqueología y los arqueológos



Roberto Valcárcel Rojas y José Abreu Cardet
El territorio donde se desarrollan los acontecimientos narrados en este texto comprende la provincia de Holguín, según la división político administrativa cubana de 1976. Situada en la zona norte de la cabeza del gigantesco cocodrilo que parece la Isla de Cuba cuando se le mira en un mapa, es ésta una zona con desarrollo demográfico y cultural bastante peculiares.
Fue a las costas de esta región adonde llegó en octubre de 1492 Cristóbal Colón y que en 1511 el conquistador Francisco Morales se encargó de explorar y dominar. Morales era parte de la expedición que tocó tierra cubana en 1510, dirigida por Diego Velázquez, a quien los Reyes habían comisionado para incorporar la mayor de las Antillas al imperio español.
Aparentemente varias encomiendas se situaron en este territorio, aunque no se fomentó el poblamiento estable de los conquistadores. Posteriormente, muy próximos a la fecha de su llegada, muchos de ellos se fueron al continente tras la riqueza de los imperios inca y azteca.
Entonces la isla de Cuba quedó prácticamente sin población europea, pero aún así comenzó un lento proceso de incremento de los vecinos en la zona: se crearon hatos habitados por algunos españoles y seguramente por un número mayor de aborígenes y es posible que una pequeña cantidad de africanos. En lo administrativo el territorio pertenecía a la jurisdicción de Bayamo, de donde seguramente procedía el mayor número de sus vecinos.
Un lento pero constante aumento de los vecinos permitió la creación de un caserío que alrededor de 1720 estaba bien consolidado y al que se le llamó Holguín por el apellido del fundador del hato donde se creó el poblado. En 1752 se creó el ayuntamiento de San Isidoro de Holguín y se le otorgó el título de ciudad.
Pese a lo rimbombante de sus títulos Holguín no dejaba de ser un pueblo secundario, atrapado en la dinámica de desarrollo y contradicciones de Bayamo y Santiago de Cuba, los dos centros urbanos más importantes del oriente de Cuba.
No obstante los holguineros se fueron imponiendo a los límites que significaba el residir en una de las regiones más atrasadas y olvidadas de la isla. Y como mismo en el siglo XVIII promovieron la separación de Bayamo con la creación del ayuntamiento, en el siglo XIX dieron un salto económico sorprendente, produciéndose el milagro de Holguín. Así fundaron un puerto en la bahía de Gibara, a unos 30 kilómetros de la ciudad y consiguieron que este fuera habilitado en 1822; desde entonces aquel fue el más importante centro de exportación e importación de la jurisdicción y otros territorios inmediatos.
Por ese motivo Gibara atrajo una importante inmigración española que se estableció en la villa y en los campos circundantes. Eran aquellas gentes laboriosas, algunos de ellos poseedores de capital y relaciones con los gobernantes.
A pesar de que en las vecinas jurisdicciones de Bayamo, Jiguaní, Tunas y Manzanillo hubo cierta homogeneidad en el desarrollo de las bases de la nacionalidad, con una fuerte presencia criolla; en el territorio de Holguín ocurrió un fenómeno singular dado por la presencia de un potente núcleo de inmigrantes españoles en continuo incremento durante el siglo XIX. Por otro lado en esta comarca la esclavitud africana no alcanzó las proporciones de otros espacios del oriente como Santiago de Cuba y Guantánamo, por lo que la población de piel negra solamente pudo hacer una contribución  cultural de menos relevancia.
Las guerras independentistas resultaron claves en dicho proceso. La región aportó una gran cantidad de patriotas y estableció su imaginario heroico con la historia de aquellas contiendas. Pero concluidas dichas guerras y viviéndose los primeros años del siglo XX holguinero, parecía que había algo inacabado en el trasfondo de su identidad. Era entonces notable la presencia de inmigrantes españoles que habían sido importantes defensores de la metrópoli, al extremo de que a la zona de Gibara se le llamó la España Chiquita o la Covadonga Cubana. Para los de Holguín no eran agradables aquellos recuerdos en un entorno nacional donde se estimaba que la cubanía se había definido a partir de la lucha contra la metrópoli.
En el siglo XX en la costa norte de oriente se establecieron grandes empresas azucareras y mineras estadounidenses[1] y con ellas llegaron los técnicos y sus funcionarios acompañados con sus familias que si verdad es que no se mezclaron con los naturales de estas tierras, verdad es que influyeron en la cultura de la zona. Igual las dichas empresas trajeron a miles de haitianos y a otros trabajadores de las colonias británicas de las Antillas, especialmente jamaiquinos. Todo esto influyó en la identidad de ciertos espacios de la geografía de la actual provincia.
Fue en este complejo marco cultural y demográfico en que los holguineros construyeron su identidad.
A mediados del siglo XX los holguineros intentaron convertirse en una provincia, separándose de Santiago de Cuba, pero lo consiguieron hasta 1976.
La provincia de Holguín geográficamente ocupa casi todo el norte oriental del Oriente de Cuba. En la parte occidental de ella predomina una visible raíz española y en el resto la identidad de sus vecinos está más cerca de la forma de ser de quienes viven en Santiago de Cuba, Guantánamo y Baracoa.
En la misma medida en la provincia crecía en términos económicos, con vecinos que tienen historias y tradiciones tan disímiles, los “nuevos holguineros” se examinaron a sí mismos de muchas maneras, intentando encontrar lo que los marcaba y definía. Así se encontraron muy diversos elementos pero pocos más sólido que las viejas visiones locales[2] que reconocían la importancia del patrimonio arqueológico indígena como símbolo histórico.
 
De ahí que el homogéneo pasado indígena de la actual y diversa provincia sirvió como elemento cohesionador y llegando a ser hoy mismo la más sólida visión de identidad del territorio. Ninguna otra provincia de Cuba se vanagloria de esa identidad más que esta provincia.
 
Y como es obvio, la apropiación del elemento patrimonial indígena dio oportunidades excepcionales a la arqueología para legitimarse en el panorama de la investigación científica y social en la provincia, consiguiendo un desarrollo notable.
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Leer la historia de los ídolos aborigenes Taguabo y maicabó (en la fotografía)
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Las primeras noticias sobre exploraciones arqueológicas en Holguín hablan de Miguel Rodríguez Ferrer, quien fue, además, el primero en hacer investigaciones de este tipo en toda Cuba. En la década de 1840 Rodríguez Ferrer visitó áreas cercanas a la bahía de Nipe y a Mayarí y allí colectó hachas de piedra; también exploró lugares cerca de la ciudad de Holguín, aunque principalmente en función de naturalista, dedicandose a observar antiguos trabajos de minería realizados en los tiempos iniciales de la colonia con uso de la fuerza de trabajo indígena.
Pero no fue Rodríguez Ferrer quien hizo el más importante hallazgo de la época; ese se debió al capitán español Lucas Xuajardo en las alturas cercanas a la ciudad de Holguín en 1860. Xuajardo encontró una excepcional hacha indígena de piedra, con representación antropomorfa, que en lo adelante se conocería como el Hacha de Holguín (Rouse, 1942) En la actualidad símbolo de la provincia.
Como dato curioso, la historia de la arqueología holguinera dice que en 1870 el general independentista cubano Domingo Goicuría desembarcó cerca de Gibara acompañado, entre otros varios expedicionarios, con el arqueólogo  Allier, quien pertenecía al cuerpo de Húsares del Ejército francés[3].
Otra significativa pieza de la provincia, hallada en el sitio El Catuco, cerca de Gibara, es un majadero ornamentado que fue reseñado en 1904 en el artículo Prehistoric Culture of Cuba, por el arqueólogo norteamericano J. Walter Fewkes, quien también obtuvo otros objetos provenientes de la bahía de Nipe y de Santiago de Cuba.
M. Harrington
Relevante para esta historia es la visita de Mark Raymond Harrington a la ciudad para, entre otras labores que se reseñaran más adelante, observar la colección García Feria. Luego Harrinton habla de alguna de las piezas de la colección en su reconocida obra “Cuba antes de Colón”, publicada en los Estados Unidos en 1921 y en 1935 en Cuba; incluso en el libro aparece, además, un comentario o pequeño artículo redactado por Eduardo García Feria, el dueño de la mencionada colección titulado “Arqueología de la región de Holguín, Cuba” en el que se ofrece datos arqueológicos e históricos útiles para reseñar la presencia indígena en Holguín y menciona sus excavaciones en El Catuco (Gibara) y en La Güira y La Macagua, lugares estos cercanos a la ciudad de Holguín, así como la presencia de piezas obtenidas en Alcalá y Banes; todas de su colección (Harrington, 1935: t1, 75-77). Probablemente ese es el primer texto sobre arqueología escrito por un holguinero y circulado internacionalmente.
E. García Feria
Eduardo García Feria fue calificado por otro relevante arqueólogo norteamericano, Irving Rouse, como el pionero de la arqueología en el nororiente de Cuba. Nació García Feria en Holguín en 1871 de una antigua familia criolla de ascendencia mambisa. Al finalizar la guerra de 1895 fue del grupo de maestros cubanos que fueron seleccionados por las autoridades de ocupación para pasar un curso en la Universidad de Harvard, en los Estados Unidos. De regreso a Cuba comenzó a trabajar como maestro. En 1902 un aficionado a la arqueología de Puerto Padre, Fernando García Grave de Peralta, fue quien interesó al holguinero en esta disciplina. Desde ese momento García Feria llevó a cabo una sistemática labor de búsqueda de objetos y también se valió de amigos y familiares que recogieron evidencias de la cultura aborigen en diferentes lugares del oriente de Cuba, incrementándose la fama de su afición por todo Holguín. Y tanto fue así que numerosos vecinos de la comarca, especialmente los campesinos, cuando encontraban casualmente algún objeto que consideraban perteneciente a los primeros habitantes de la isla, se lo entregaban.
Tanto por las excavaciones como por las donaciones, su colección se incrementó considerablemente llegando a ser una de las mayores del país.
Pero García Feria no se contentaba con obtener la pieza, sino que las enumeraba, anotaba en una libreta el lugar donde se había obtenido y registraba la caja donde las depositaba; ello significa un aporte significativo que no hicieron todos los coleccionistas privados de su tiempo.
Con el paso del tiempo y cuando tuvo piezas suficientes, García Feria construyó vitrinas y exhibió “sus tesoros” en la sala de su casa en Holguín que se convirtió en un verdadero museo particular, el Museo García Feria. Luego incorporó al museo colecciones de otros tipos de objetos y ganó el reconocimiento de las autoridades, la sociedad holguinera y diversas instituciones de la época.
Antes que arqueólogo García Feria fue un maestro consagrado a la enseñanza, por lo que no dudó un instante en poner la colección al servicio de los estudiantes. Era escena común encontrarse a un grupo de alumnos acompañados por sus profesores visitando su museo privado, e igual recibía visitas llegadas de centros de enseñanza, tanto estatales como particulares, que radicaban en otras provincias y municipios.
Eduardo García Feria falleció en 1941; en ese mismo año está fechada una misiva que llega a su casa del Instituto Indigenista Interamericano, radicado en México, donde le hablan del interés en sus trabajos; también en ese año arriba a Cuba el arqueólogo norteamericano Irving Rouse, quien estudió a fondo los materiales de su colección.
A su muerte un hijo suyo, José Agustín García Castañeda, (Pepito), siguió los pasos de coleccionista e investigador iniciados por el padre. Pepito nació el 22 de septiembre de 1902 en Holguín. Estudió la enseñanza media y se graduó como abogado y notario en la Universidad de La Habana y en Holguín trabajó en esa profesión. Luego comenzó a desempeñar una plaza en el Instituto de Segunda Enseñanza de Holguín, primero como profesor ayudante de laboratorio y luego de profesor de Ciencias Naturales. 
García Castañeda incrementó considerablemente la colección iniciada por su padre aumentando el número de exploraciones arqueológicas. Incluso llegó a visitar locaciones en otras partes del país, entre ellas Pinar del Río. Participó en la Primera Conferencia Internacional de Arqueólogos del Caribe en Honduras y asistió a varios congresos de Historia, entre ellos los celebrados en Cienfuegos y Santiago de Cuba. Asimismo colaboró con los principales arqueólogos cubanos del momento y con investigadores extranjeros que visitaron el país. Publicó artículos en revistas especializadas y cuadernos a nombre del Museo García Feria, donde exponía los resultados de sus investigaciones y otros trabajos de divulgación. Lógicamente, como era en la época, de su bolsillo salía el dinero para hacer ese tipo de publicaciones.
Pepito defendió la necesidad de que el coleccionismo tuviera un valor social y sirviera para conservar el patrimonio, pero no con la perspectiva de atesorar objetos, sino para llevarlos a la sociedad: Su fin último debía ser la creación de museos, útiles para preservar la memoria histórica y educar.
Según Rouse (1942:38), Castañeda inició sus trabajos arqueológicos en 1927, explorando el cerro de Yaguajay, en Banes, y el sitio de igual nombre, hoy conocido como El Chorro de Maíta. Descubrió el sitio El Yayal y pagó a un excavador que trabajó en el lugar durante un año, consiguiendo una gran cantidad de materiales que resultaron únicos en la época para caracterizar la cultura del mundo colonial temprano y los procesos seguidos por los indígenas para captar formas y objetos europeos. Un tipo de mayólica temprana, identificada por el arqueólogo norteamericano John Goggin, hoy se conoce con el nombre de Yayal por ser el lugar donde se localizó por primera vez.
Pese a carecer de formación arqueológica profesional y manejar la intervención en los sitios con las técnicas típicas de los coleccionistas del momento, García Castañeda consiguió una visión del universo indígena del nororiente cubano que influyó en el trabajo de diversos especialistas nacionales y extranjeros de la época. Considerando los estándares de trabajo arqueológico vigentes en el país y las implicaciones sociales y científicas de su accionar como coleccionista, a este investigador podría considerársele el primer arqueólogo holguinero o el primer holguinero que realmente intentó ser un arqueólogo. Muchas de sus opiniones  fueron citadas o seguidas en importantes estudios, entre ellos la obra de Irving Rouse,  Archaeology of the Maniabón Hills, Cuba”. Los artículos de Pepito aún son de imprescindible consulta.
García Castañeda fue quien primero habló y demostró que Banes era una zona de gran concentración de sitios arqueológicos relacionados con la vida aborigen, incluso, fue Pepito quien primero dijo que era Banes la localidad clásica del subtaíno[4] cubano, y no Baracoa como entonces se pensaba. Esa tesis fue probada por Irving Rouse (1942:39). También fue el holguinero de los primeros en Cuba en mover sus intereses arqueológicos más allá del universo precolombino y discutir aspectos de las relaciones entre indígenas y europeos conquistadores a partir del análisis de materiales hispanos obtenidos en sitios arqueológicos indígenas. En su artículo de 1949 “La transculturación indo-española en Holguín” revisa la información al respecto e intenta ordenar una explicación de los datos arqueológicos desde la perspectiva histórica. En ese mismo texto, al comprobar que en los sitios El Yayal y El Pesquero, al sur de la ciudad de Holguín, aparecen más objetos hispanos que en los asentamientos de Banes y en el de Barajagua, este último en el actual municipio de Cueto, Pepito concluye que fue así porque en los primeros la relación “indio” y europeo fue más intensa y esa dicha convivencia se dio de forma un tanto más pacífica, por lo que fue posible un proceso de transculturación en el que los europeos aprendieron de los aborígenes todo lo que necesitaron para sobrevivir en la nueva geografía a la que habían llegado y a la vez los aborígenes captaron de sus conquistadores las formas y materiales europeos. Por su parte en los sitios donde descubrió pocos objetos europeos Pepito consideró que así es porque el contacto fue breve por varios motivos, uno de ellos pudo ser, dijo, que las poblaciones aborígenes fueron enviadas a trabajar a otras partes. Y al final García Castañeda concluye que aunque se produjo ese proceso de transculturación no llegó a producirse la transformación del indígena por su completa desaparición física.
En las décadas siguientes Castañeda volvió sobre algunos puntos tratados en su artículo de 1949, sin embargo, de manera gratamente sorpresiva, considera que los aborígenes no desparecieron del todo, sino que se convirtieron en indios[5], y lo prueba con elementos documentales de los siglos XVIII-XX. Lo anterior lo dejo escrito el arqueólogo en un grupo de anotaciones firmadas en 1976 y que se publicaron finalmente en el texto “Indios en Holguín” (Valcárcel Rojas y Pérez, 2014). En esas breves consideraciones Castañeda cuestiona la idea de la desaparición rápida y total del indígena en los primeros 50 años de la colonia, y sienta un precedente para el caso holguinero en lo que respecta a la valoración de la existencia del indio y a la necesidad de lograr una revisión histórica del tema deteniéndose en referencias históricas que demuestran su presencia en la ciudad y en espacios cercanos: entre ellos datos sobre indios residentes en Holguín, su registro en los archivos parroquiales, menciones sobre la participación de estos en acciones de las guerras de independencia y múltiples alusiones a lugares asociados con indios.
García Castañeda también fue un relevante historiador. Sus conocimientos sobre la historia local y las búsquedas en archivo le permitieron publicar dos libros sobre la municipalidad holguinera. Uno sobre el siglo XVIII y el otro sobre la ocupación estadounidense y la república neocolonial. También publicó otras obras de carácter histórico, como una biografía de Narciso López y otra del general Rojas de Cárdenas. Se encargó de promover y dirigir la publicación de un boletín de Historia Municipal en la década de los años cincuenta. Hoy el día del historiador local holguinero se celebra el día de su nacimiento.
Y por si todavía fuera poco, fue este un hombre de espíritu elevado y voluntad que se interesó por diversas formas de la cultura y la ciencia: Incursionó en la zoología y la botánica, realizó algunos aportes significativos al estudio de la flora y la fauna de la comarca holguinera. Efectuó  estudios malacológicos y llegó a reunir una colección de polimitas considerada de las colecciones más ricas de Cuba y posiblemente de América Latina. Finalmente fue un filatelista destacado y un numismático relevante.
En medio de la gran indiferencia por la cultura, en una población donde no existía una biblioteca pública ni un museo, la colección García Feria era algo singular. Su exposición había sido organizada por dos figuras destacadas de la sociedad holguinera: un maestro, entonces rodeado de una alta estima, y un abogado y notario, estos últimos vinculados en el imaginario popular a la política y el poder; recuérdese que no pocos alcaldes y ministros tenían esos oficios. 
Desde inicios del siglo XX la zona de Banes también vio emerger un fuerte movimiento de coleccionismo arqueológico y de exploración y excavación de sitios[6] que tuvo entre sus primeros protagonistas a Manuel Domínguez y Dumois, Ramón Sierra García y Mayo Carrington.
En 1927 comenzó sus exploraciones en la zona de Samá y Yaguajay, José Antonio Riverón: su hallazgo de un amplio grupo de entierros y algunos ídolos de piedra en la cueva de El Jobo, recibió amplia publicidad nacional entre 1933 y 1940. En 1938 excavó en el sitio Aguas Gordas junto al ingeniero alemán Ernesto Segeth, quien ya había realizado excavaciones y colectas en el sitio El Yayal en 1935; los materiales recolectados fueron depositados en el museo Montané.
En los años veinte se incorporó a labores arqueológicas el que sería el más reconocido de los coleccionistas y aficionados de Banes, Orencio Miguel Alonso.
La colección arqueológica de Orencio Miguel forma parte del Museo Indocubano Baní, en Banes, Cuba
Orencio Miguel organizó en 1933 la tropa de exploradores locales (Boy Scouts) y con ellos se dedicó a crear colecciones arqueológicas. La suya particular creció con mucho material obtenido en el sitio Potrero de El Mango. 

En 1941 el grupo ya había visitado alrededor de 60 sitios indígenas y unas 200 cuevas en las entonces municipalidades de Banes, Antilla, Mayarí y Gibara. Sus actividades continuaron durante la década de los cincuenta.
Nello Baisi-Facci, funcionario de la United Fruit Company, y su esposa Dulce, también iniciaron excavaciones en Potrero de El Mango en 1930; estas se extendieron varios años más y obtuvieron una gran  cantidad de materiales que una parte vendieron a la Universidad de La Habana. También excavaron otros sitios cercanos a Banes y en 1936 facilitaron la visita del arqueólogo cubano Carlos García Robiou, de la mencionada Universidad.
García Robiou ya había trabajado en El Yayal, próximo a la ciudad de Holguín y revisado la colección García Feria. En Banes excavó junto a los Baisi-Facci en Potrero de El Mango y Cuadro de los Indios. En 1941 trabajó junto a Irving Rouse en la excavación del sitio Aguas Gordas, y logró adquirir de diversos coleccionistas una gran cantidad de objetos para los fondos del museo Montané.
Irving Rouse
Con este intenso movimiento de coleccionistas y excavadores aficionados, que lamentablemente lo hacían de forma indiscriminada la mayor parte de las veces para encontrar piezas que vendían a los coleccionistas privados, fue con el que se encontró el conocido Irving Rouse cuando visita en 1941 el norte de las actuales provincias de Holguín y Las Tunas y la zona de Maniabón. Su trabajo de exploración, excavación y revisión de colecciones, resultó el estudio más completo hecho hasta ese momento. Sin dudas que ese impactó la investigación en Cuba y toda la labor desarrollada por los aficionados y coleccionistas locales, particularmente los de Holguín, Banes y Antilla.
Farallones de Seboruco, en Mayarí

En 1939 Antonio Núñez Jiménez encontró grandes artefactos de piedra tallada en la cueva de Seboruco, en Mayarí, que resultaban atípicos para los contextos indígenas cubanos. Seguramente que por ese motivo es que en la siguiente década regresa y además de ampliar sus estudios en Seboruco explora otras zonas del mismo municipio y también en Cueto.
Milton Pino
En los primeros años de la década del cincuenta en la ciudad de Holguín se creó un grupo de aficionados a la arqueología que en 1960 evoluciona y se convierte en la Asociación de Jóvenes Arqueólogos Aficionados[7]. El grupo, que fue un elemento nuevo en el panorama tradicionalmente dominado por la colección García Feria y esencialmente por la persona de Pepito García Castañeda, lo integraron jóvenes de pocos recursos y modestos horizontes culturales que asumieron con gran seriedad el proyecto y lo formalizaron todo lo que les fue posible. Su presidente era Milton Pino, quien vivía en Pueblo Nuevo, uno de los barrios populares de la ciudad. En su casa se depositaban los objetos colectados en distintos sitios de Holguín, Gibara y Banes.
Ese grupo y su “nuevo museo” eran una especie de contrapartida popular a la sólida residencia de José García Castañeda, situada en la parte colonial de la ciudad. Según datos del Archivo personal de Alberto Corona García, entre 1957 y 1965  formaron parte del grupo:  Milton Pino Rodríguez, Ramón Fernández Sarmiento, Alberto Salvador Corona García, Miguel  Céspedes Sánchez, Arturo Pérez  Cuenca (fallecido), Pedro Pérez Hernández (fallecido), Austrialberto Garcés Gómez, Luis Rodríguez  (fallecido), José González Santos  (fallecido), Vinicio  Ferrás Moreno, Luís Silva Martínez  (fallecido), Eduardo Solana Osorio (taxidermista), Fernando Solana Osorio, Silvio Alemán Marrero (fallecido), Marcos Antonio Pino Rodríguez (fallecido), Marcelo Pino Rodríguez, Reinaldo Ávila Oropesa, Mario Lojo Díaz  (fallecido), Carlos Gómez Sera, Amaury Lyra Sera (fallecido),  Hiram Pérez Concepción*, Carlos Silva Martínez  (fallecido) 
(* Miembros al final de existencia de la organización).

Ningún miembro del grupo tenía formación como arqueólogo, aunque años después Milton Pino pasaría a trabajar a la Academia de Ciencias de Cuba, en La Habana, y se convertiría en un destacado investigador y en pionero de los estudios arqueozoológicos en el país. Todos representaban un sentimiento cívico que se ampliaba entre los sectores populares y que incluía la búsqueda de superación educativa, y el interés por el conocimiento del pasado y la naturaleza.
Es en este periodo (años finales de la década de 1940 y años posteriores) cuando se consolida la figura de Orencio Miguel Alonso como coleccionista de renombre nacional: Hijo de emigrados españoles, nació en Banes, el 7 de mayo de 1911. Su padre era joyero y en la tienda de la familia Orencio guardaba y exponía la colección arqueológica que formó durante años. Publicó los artículos  “Fases constructivas del hacha petaloide” en la Revista Contribuciones del grupo Guama. No. 9 y 10. La Habana, 1947;  “Descubrimento y excavación de un montículo funeral en El Porvenir”. Revista de Arqueología y Etnología (8-9):175-194, en 1949, y en 1951: ”El primer ídolo de oro precolombino encontrado en Cuba” en la Revista de Arqueología y Etnología (13-14):158 - 165.
Indudable que en Orencio Miguel hay un interés de superación en su trabajo que incluye el mejoramiento en la labor de excavación y registro y la participación en foros de investigación histórica y arqueológica. En 1950, ya como miembro titular de la Junta Nacional de Arqueología y Etnología, es uno de los delegados cubanos a la reunión de la Sociedad de Antropología de la Florida, ocasión en la que realiza una exposición de piezas selectas de su colección, en el museo de la Universidad de la Florida, en Gainesville. En ese año asiste al Noveno Congreso Nacional de Historia, en Cárdenas, como coautor de una ponencia junto al arqueólogo Oswaldo Morales Patiño, y durante la visita a Banes de asistentes a este evento sirve de anfitrión; entre los visitantes estaban los destacados arqueólogos Herber Krieger, Hale Smith, José A. Cruxent y John Goggin. Durante dicha visita, que fue apoyada por la United Fruit Sugar Company, se realizaron excavaciones en varios sitios de la localidad (Morales Patiño, 1951).
Entre 1953 y 1954 el profesor de la Universidad de Oriente y jefe de la Sección de Investigaciones Arqueológicas de aquel centro, Felipe Martínez Arango, dirigió excavaciones en el sitio Loma de los Mates, en Báguano. En los trabajos, que además fueron apoyado por el grupo de aficionados de la localidad, participó el reconocido historiador del arte y profesor de la misma Universidad, Francisco Prats Puig. En décadas posteriores Martínez Arango exploró otros sitios de la provincia.
El primero de enero de 1959 triunfó la Revolución Cubana, entonces el escritor Alejo Carpentier describió a los barbudos de Fidel en estos términos: “Miro y vuelvo a mirar a estos hombres de la Sierra y me parecen como gente de otra raza. Acaso una raza nueva capaz de hacer algo nuevo”. Entre lo mucho nuevo que hicieron fue dar un inusitado impulso a la educación y la cultura; en 1961 se realizó una campaña de alfabetización y simultáneamente en apartados rincones del país se desarrollaron senderos culturales hasta entonces solamente a manos de las élites que vivían, especialmente, en la capital: Museos, teatros, escuelas de ballet, de música, orquestas sinfónicas, etc., fueron surgiendo acá y allá con un singular ritmo guerrillero.
La Asociación de Jóvenes Arqueólogos de Holguín fue incluida en aquel vertiginoso movimiento cultural. Alrededor de 1962 sus integrantes asumieron la creación de un museo con el apoyo del Gobierno local. Surge así el primer museo estatal que tuvo la ciudad, el Guamá, inaugurado en la noche del 22 de julio de 1964 en el edificio que había ocupado un comercio de muebles situado en la esquina de las calles Libertad y Aguilera[8].
Hiram Pérez Concepción
En 1966 surgió en Holguín una nueva organización de aficionados a la arqueología, el Grupo Científico de Holguín García Feria, que acabó incorporándose a los antes integrantes de la Asociación de Jóvenes Arqueólogos. La nueva agrupación, además de sus intereses por la arqueología sumaba otros como la botánica, la zoología, la historia e incluso incursionaron empíricamente en la sociología. El grupo había sido organizado por iniciativa de un profesor de Historia de la enseñanza secundaria, Hiram Pérez Concepción. 
En la década de los sesenta y los setenta los arqueólogos de la Academia de Ciencias (ACC) en La Habana realizaron numerosos trabajos en el territorio de la actual provincia holguinera[9].
En los años siguientes el grupo García Feria participó en las exploraciones y excavaciones realizadas por la recién creada Academia de Ciencias de Cuba con un estricto control y una cuidadosa metodología por Ernesto Tabío, José Manuel Guarch Delmonte, Rodolfo Payarés, Milton Pino y Nilecta Castellanos, en Aguas Gordas, La Campana, El Porvenir, Esterito y otros sitios que aportaron varias de las mejores colecciones científicas existentes sobre Banes y un amplio caudal de información. Asimismo el Grupo  García Feria exploró los alrededores de la bahía de Naranjo y la zona de Mulas, Punta Lucrecia y Gibara[10]. Elementos de estos estudios, incluyendo datos de cronología conseguidos a partir de fechados radiocarbónicos, fueron incorporados por E. Tabío y E. Rey (1985) a su obra Prehistoria de Cuba”, un texto que basó gran parte de los capítulos dedicados al cultural subtaíno a la información proveniente del área de Banes. 

 
En 1965 se concretó el que era otro gran sueño local; Orencio Miguel Alonso donó su famosa colección y con ella se creó una singular institución, el Museo Indocubano Baní. El Museo, del que Orencio fue su primer director, logró un reconocimiento institucional que el mismo García Castañeda no consiguió nunca a partir de su trabajo arqueológico. Desde entonces Banes fue sede de múltiples eventos arqueológicos de carácter nacional y recibió a visitantes y arqueólogos de todo el país. Desde entonces el lugar es conocido como la Capital Arqueológica de Cuba, pero en verdad nunca lo fue más que en aquellos años y en la próxima década.
Entre 1964 y 1965 se excavó el sitio Barajagua e igualmente se investigaron Mejías y Arroyo del Palo en Mayarí que aportaron el descubrimiento de un nuevo fenómeno cultural en la vida aborigen cubana, restos de cerámica en contextos de base arcaica. Al encontrarse cerámica en contextos arcaicos o de pescadores recolectores (también conocidos como ciboneyes) se pensó que estos podían tener algunas formas agrícolas incipientes, por ello se comenzó a hablar de una protoagricultura.
En estudios recientes se ha visto que la producción de cerámica era un fenómeno más común de lo que se creía entre las comunidades no asociadas a los grupos de base aruaca, (estos últimos también conocidos como taínos o agricultores ceramistas). Se ha comprobado, además, que en grupos muy tempranos, que aún no tenían cerámica, lograron cultivos simples. Fue el grupo de aficionados a la arqueología del poblado de Mayarí, dirigido por José Viciedo, el que informó de la existencia de los peculiares materiales que dieron origen a esa investigación.
Asimismo en la misma fecha se retomó el estudio de los hallazgos de Núñez Jiménez en la Cueva de Seboruco, de Mayarí, abriéndose otro capítulo pionero, el tema de grupos tempranos relacionados con artefactos de piedra tallada. En la década de los sesenta y en setenta se realizaron trabajos de exploración y excavación bajo la dirección de José M. Guarch Delmonte, E. Tabío, Rodolfo Payarés, y Osvaldo Teurbe Tolón, con el apoyo de los arqueólogos polacos Janusz Kozlowski y J. Trzeciakowski. El resultado final fue que los restos encontrados provenían de los humanos más antiguos de Cuba, con unos 6 000 años antes de hoy.
Esos eran comunidades pequeñas de alta movilidad, poseedores de artefactos de piedra tallada, sobre todo grandes puntas, y asimismo usados para raspar y cortar. También se descubrieron los talleres para la elaboración de herramientas de piedra, ubicados en lugares próximos a las zonas de Seboruco y Melones.
A esos primeros habitantes de la Isla, Ernesto Tabío los incluyó en la fase temprana de la etapa preagroalfarera (1984). Igualmente han sido denominados protoarcaicos, cazadores-recolectores, pretribales tempranos y paleolíticos. Información sobre la historia de las investigaciones en Seboruco, Melones  y Levisa puede hallarse en Izquierdo et al. (2014). Actualmente se reconoce su ubicación en casi toda la Isla[11].
La Asociación de Jóvenes Arqueólogos también hizo su contribución en los anteriormente narrados trabajos al descubrir en 1961 pictografías en la cueva de Seboruco, así como diversos materiales y restos humanos (Pino, 1991); por su parte el Grupo García Feria apoyó en 1973 las labores hechas en Levisa, lugar este muy próximo a Seboruco.
Por otro lado el Grupo Científico de Holguín García Feria incluyó entre ellos y consideró su más cercano maestro a García Castañeda, eso a pesar del difícil carácter del arqueólogo y aún más cuando a ojos de muchos era un enemigo de la Revolución y en cierta forma había razones para considerarlo así. En uno de los momentos más exuberantes de la ola ideológica revolucionaria, finales de la década del sesenta y principios de los setenta, García Castañeda tenía un concepto deplorable de la sociedad comunista que se trataba de construir en Cuba y nunca dudó en expresarlo públicamente.
Si nos atenemos a los criterios que hacía públicos cada vez que tenía la oportunidad, Pepito era un hombre con pensamiento de derecha. No obstante, por su práctica el viejo arqueólogo se acercaba en mucho a lo que en la época se llamaba “el hombre nuevo”, esto es, un ser humano desinteresado que trabajaba por conciencia y estaba dispuesto a entregarlo todo a la sociedad. Él apoyó con pasión a cuantas obras se emprendían para mejorar la cultura: donó su colección malacológica y de diversos animales disecados al Museo de Ciencias Naturales de Holguín; legó al museo provincial su biblioteca personal y su valiosa colección de monedas, de sellos; a pesar de que en ella había invertido una suma significativa de su dinero y de tiempo.
Y trabajó como técnico del museo, ganando 231 pesos mensuales, lo que para un hombre como él era una suma mediocre. Por eso quienes lo conocieron insisten en calificarlo como un caso sui generis de lo que en la época se consideraba en Cuba un individuo de doble moral, o sea, alguien que hablaba como un comunista y actuaba como un oportunista. Pepito siempre habló como un enemigo del sistema y en la práctica actuó como un comunista convencido.
Otra cosa igualmente extraña en Pepito fue que sostuvo una relación estrecha con los Jóvenes Arqueólogos (todos empíricos y aprendices), y una distancia infranqueable con los arqueólogos de la Academia de Ciencias de Cuba.
En los años sesenta, pero principalmente en los años posteriores, conocidos hoy como el quinquenio gris, un grupo de intelectuales destacados fueron separados de instituciones culturales por considerarse como individuos de derecha. Sin embargo Pepito nunca fue molestado y mucho menos apartado de su puesto.
J.M. Guarch Delmonte
El equipo dirigido por J.M.Guarch Delmontehace excavaciones en Chorro de Maíta
En 1976 el Dr. José Manuel Guarch Delmonte dejó La Habana y junto a su familia se radicó definitivamente en Holguín. A partir del siguiente año dirigió un grupo de trabajo que pertenecía a la Academia de Ciencias de Cuba que rapidamente creció y ya en la década de 1980 era un importante departamento de investigación.
De esa forma varios que luego fueron altos profesionales de la arqueología fueron formados por Guarch o por reconocidos arqueólogos cubanos en cursos organizados por él. Así la arqueología holguinera se institucionalizó y logró ocupar un papel relevante en el panorama cubano.
En un principio Guarch inició un amplio programa de investigaciones que se centró en Banes y que incluyó el territorio que se extiende entre aquel pueblo y Bariay. Cuando el departamento estuvo consolidado sus trabajos llegaron a otras zonas de la provincia de Holguín y a otras áreas de Cuba. Luego, cuando se realizaron trabajos de organización de la arqueología nacional, el grupo creado por Guarch se nombró Departamento Centro Oriental de Arqueología.
El departamento creó eventos nacionales y cursos de posgrado que se efectuaron en la provincia; apoyó la creación de museos y un amplio programa de elaboración de réplicas arqueológicas. Desde entonces una institución arqueológica radicada fuera de La Habana, además de explorar sitios arqueológicos, también generó valoraciones propias para explicar determinados aspectos del universo precolombino de Cuba.
Fue desde Holguín que Guarch propuso su hipótesis sobre las variantes culturales del universo aborigen, tan criticadas pero útiles para entender la fuerza de las expresiones locales de las comunidades indígenas en Cuba, e igual, desde Holguín experimentó un sistema de recogida de datos que después fue importante para diseñar el Censo Arqueológico Nacional.
Por su parte otros arqueólogos bajo su mando, César Rodríguez con la colaboración de Milton Pino, concibieron un nuevo método para el registro y análisis de datos arqueozoológicos.
Y para que fuera más útil su empeño, el departamento sostuvo un esfuerzo continuo para mantener publicaciones científicas, y luchó por darle impacto social a su obra.
Entre 1986 y 1988 el Departamento Centro Oriental de Arqueología logró el que es su más importante descubrimiento, el cementerio del sitio El Chorro de Maíta, en Banes. Se trata de un espacio único en la isla que inicialmente se asumió como un símbolo del mundo indígena y sus prácticas funerarias.
Para tan magno trabajo fue importante el apoyo del entonces primer secretario del Partido Comunista de Cuba (PCC) en la provincia de Holguín, Miguel Cano Blanco. Nacido en Banes había sido miembro de un grupo de exploradores, y todavía antes, cuando era prácticamente un niño, Cano tuvo la oportunidad de apreciar el interesante mundo de la investigación histórica, “y como explorador participé en caminatas y recorridos por las cuevas, entre otras la que se conoce como Cueva de las Cuatrocientas; además, mi padre fungió varios años como el presidente de los exploradores”[12]

En los siguientes enlaces puede escuchar una conversación con Caridad Rodríguez, viuda del Dr. Guarch Delmonte

  
Y para mejor el miembro del Buró del Partido Comunista que atendía la esfera ideológica, Hiram Pérez, en cierta forma continuaba siendo un eterno aficionado a la arqueología y la dirección provincial de Patrimonio Cultural estaba en manos de otra integrante de los Jóvenes Arqueólogos, Georgelina Miranda, por lo que estaba claro que ese tipo de investigaciones tenía un vital apoyo en las más importantes instancias políticas y gubernamentales.
Esta combinación y la capacidad creativa de Guarch permitieron la construcción de un singular museo de sitio, inaugurado en 1990, que mostraba parte del cementerio encontrado en el Chorro de Maíta y que, asimismo, reflejaba el prestigio que la investigación arqueológica alcanzó en la provincia.
Un momento significativo fue la proclamación por Decreto del Poder Popular en la provincia del Hacha de Holguín como símbolo del territorio y como reconocimiento es entregada a las personas con relevantes aportes a la sociedad. Posteriormente se eligió el Baibrama, otra imagen indígena, para entregar una réplica a los que ganaban el Premio de la Ciudad en la creación cultural, literaria y la investigación histórica.
En este período se reactiva el movimiento de arqueólogos aficionados y aparecen o renuevan los grupos existentes en estrecho vínculo con grupos dedicados a la espeleología que también cooperan en la investigación arqueológica. Destacada fue en la década de los ochenta el trabajo de los grupos Felipe Poey de Gibara y Araai de Báguano. Este último, fundado el 1ro de Agosto de 1984 con una membresía inicial de una veintena de espeleoarqueólogos, creció considerablemente en los años sucesivos. Con la colaboración de otros aficionados de la provincia y lugareños, Araai realizó búsquedas arqueológicas por toda la zona montañosa de Báguano, logrando identificar algunos asentamientos aborígenes, entre los que se destacan el redescubrimiento del sitio de Alcalá, y donó abundante material para la conformación de la sala de arqueología aborigen del museo local; también sus integrantes participaron en las excavaciones del Departamento Centro Oriental de Arqueología en El Chorro de Maíta y en el mencionado sitio de Alcalá.
A la vez se realizan en Mayarí investigaciones conjuntas entre especialistas de la Academia de Ciencias de Cuba, el Departamento Centro Oriental de Arqueología y diversos grupos de aficionados, destacando entre ellas los trabajos dirigidos por Jorge Febles en Levisa y Melones, Holguín, Banes, Báguano, Gibara y otras localidades.
En los años noventa la crisis que generó la caída del campo socialista constriñó la investigación arqueológica, pero aún  en esas  circunstancias el Departamento Centro Oriental de Arqueología desarrolló labores importantes como la creación del Censo Arqueológico de la provincia de Holguín, el Atlas Arqueológico Nacional de Cuba, y ejecutó proyectos territoriales dirigidos al estudio de las comunidades protoagrícolas y del contacto indo-hispánico en la provincia de Holguín.
Entre los años 2000 y 2015 se realizaron 12 proyectos territoriales de investigación y el departamento se involucró en varios proyectos nacionales o internacionales, ahora como parte del Ministerio de Ciencias, Tecnología y Medio Ambiente (CITMA).
El nuevo milenio trajo más autonomía de trabajo, pero también menos visualidad para el Departamento que, finalmente en 1999, fue incorporado a un centro de investigación del CITMA: el Centro de Investigaciones y Servicios Ambientales de Holguín (CISAT); disminuyendo la cantidad de investigadores y sufriendo grandes recortes en los recursos. Ello obligó a ofrecer servicios científico-técnicos y a la búsqueda desesperada de la colaboración académica internacional como vía de acceso a información científica, oportunidades de superación profesional y fondos.
Los siguientes son los proyectos territoriales desarrollados en dicho periodo por el Departamento Centro Oriental de Arqueología: Potencialidades arqueológicas del oeste del municipio Mayarí (2000 – 2002);
Yaguajay. Cultura, Muerte y Sociedad (2001–2003);
Banes precolombino. Catálogo de objetos ceremoniales y de adorno corporal  (2001–2003);
Arqueología y participación comunitaria en las localidades Cayo Bariay-Fray Benito–Jagüeyes (2001–2003);
Estudio arqueológico del sitio Pedrera II, Puerto Padre, Las Tunas (2001–2003);
Manejo integral de cavernas de la provincia de Holguín (2004–2006);
El Chorro de Maíta. Registro del espacio arqueológico (2005–2007);  Ordenamiento de los recursos arqueológicos del Parque Cristóbal Colón (2005–2007);
Estudio del contacto hispano aborigen en El Chorro de Maíta (2008-2011);
Estudio del patrimonio arqueológico del sitio Los Buchillones, Ciego de Ávila (2013-2015);
Cultura material en entornos de interacción indohispana (2013-2015);
Patrimonio arqueológico ex situ del municipio Gibara (2013-2015).
Antes, en 1993 Guarch se había jubilado pero siguió incorporando la arqueología, el patrimonio arqueológico y los conocimientos sobre el mundo indígena a la vida cultural de la provincia y a los proyectos turísticos que fueron tomando cada vez más fuerza en el territorio. La Casa de Iberoamérica, que dirigió entre 1993 y 1994, y los eventos culturales que se promovieron a partir de entonces, como la Fiesta de la Cultura Iberoamericana y las Romerías de Mayo, manejan elementos del simbolismo indígena y un particular sentido de respeto por el pasado; que así haya sido se debe, en mucho, a las influencias de Guarch y al trabajo que en esta dirección mantuvo (y mantiene) el Departamento Centro Oriental de Arqueología y diversos actores culturales y académicos de la provincia. La Aldea Aborigen de Chorro de Maíta y el Parque Monumento Nacional Bahía de Bariay son otros ejemplos de productos culturales que llevan lo indígena y la arqueología al turismo.
En la última década la ciudad y diversos espacios coloniales están siendo revisitados desde la arqueología, a partir de la colaboración entre el Departamento Centro Oriental de Arqueología y la Oficina de Monumentos del Centro Provincial de Patrimonio Cultural, planteándose con más fuerza la necesidad de incorporar la arqueología al proceso de recuperación y conservación del patrimonio urbano. Una nueva mirada y un fuerte vínculo de los arqueólogos con los historiadores, representados en particular por Ángela Peña, Hiram Pérez y José Novoa, ha redimensionado el tratamiento de la presencia del indio en Holguín, el reconocimiento de aspectos tempranos de la formación de la ciudad, y el estudio del mundo colonial temprano en la provincia de Holguín.
Y así es, sobre todo, por la inspiración ofrecida por las nuevas investigaciones del Departamento Centro Oriental de Arqueología en El Chorro de Maíta, en lo referido al análisis de la aparición del indio, y su protagonismo en el mundo colonial.
Dr. en Ciencias Arqueológicas Roberto Valcárcel
En un acto de revitalización el Depratamento de Arqueología, con la colaboración de varias instituciones internacionales como la Universidad de Alabama, la Universidad de Leiden y University College London, retomó los estudios en el lugar y sin olvidar lo logrado en las investigaciones iniciales dirigidas por Guarch Delmonte, ofrecen una lectura completamente renovadora de este sitio a partir de nuevas perspectivas metodológicas y recursos arqueométricos. Por ejemplo, se descubrió que el cementerio del sitio no era de carácter precolombino sino un espacio sincrético de base cristiana, uno de los más tempranos reconocidos en América, donde se inhumó población indígena cubana y no cubana, y también un africano y al menos dos mestizos. Esto cambia radicalmente la interpretación de la locación que ahora entendemos como el primer pueblo de indios encomendados identificado con métodos arqueológicos en Las Antillas y también se refuta la idea de destrucción inmediata de la sociedad indígena y se precisa que el lugar estuvo insertado durante el siglo XVI en dinámicas de resistencia, integración y transculturación, descubriéndose y documentándose por primera vez la aparición de nuevos componentes étnicos, como los “indios” y mestizos (Valcárcel Rojas 2012).
La investigación revoluciona los métodos y enfoques de la arqueología cubana y caribeña e impulsa su visibilidad internacional, alcanzando en 2013 uno de los premios nacionales de la Academia de Ciencias de Cuba y reafirma a Holguín y al Departamento Centro Oriental de Arqueología en un actor relevante de la arqueología cubana.
Hace varias décadas los holguineros más madrugadores se acostumbraron día a día antes de que el amanecer se hiciera dueño de la ciudad, a ver la figura de Pepito, aquel anciano que desde su amplia casona avanzaba hacia el vetusto edificio del Museo Provincial La Periquera, caminando con dificultad, lentamente. Entonces el viejo maestro estaba definitivamente enfermo y él lo sabía. Pero administradores y responsables de personal del Museo Provincial, donde laboraba, no sabían qué hacer con sus vacaciones que nunca  disfrutó, con los domingos jamás descansados. Esa persistencia creativa que Pepito encarnó marca el espíritu que mueve la investigación arqueológica en Holguín. Un espíritu que incorpora desde modestos aficionados hasta renombrados académicos, esfuerzos de coleccionistas y estudios que involucran a generaciones y familias, hallazgos revolucionarios que cambiaron la visión del mundo precolombino cubano, proyectos investigativos y museológicos pioneros, construcciones culturales que modelan la imagen y la identidad de la provincia. Esa es la esencia del rostro local que Holguín ofrece a la arqueología cubana.


[1] En la costa norte de Oriente fueron construidas las plantas  de níquel de Moa y Nicaro, los centrales azucareros de Preston, Boston, Chaparra y Delicias.
[2] Aunque es un tema poco investigado hay evidencias de que persistían y persisten diversos elementos de base indígena en la cultura del territorio. Esto pudo estar relacionado también con la memoria de la presencia de descendientes de indios hasta bien entrado el siglo XIX en distintas partes del territorio. Para informarse sobre el asunto ver Valcárcel Rojas y Pérez (2014).
[3] Véase el artículo “Mambises franceses” de René González Barrios en el periódico Granma, no. 32, 8 de febrero de 2016, p.3.
[4] Por mucho tiempo se usó el término taíno para designar a las comunidades indígenas que poblaban  la mayor  parte de Cuba y las Antillas Mayores a la llegada de Colón. A partir del trabajo de Irving Rouse se empieza a reconocer que las que se hallaban en Cuba, Jamaica y Las Bahamas tenían una expresión cultural de menor desarrollo que las existentes en La Española y Puerto Rico, y con ciertas diferencias culturales. A ellas el notable estudioso las llamó subtaíno, porque  todas se asociaban al tronco etnolingüístico aruaco, de Suramérica. Se ha aceptado, sin embargo, que los grupos de la zona Maisí-Baracoa  sí estarían relacionados con la expresión de alto desarrollo de La Española y Puerto Rico. Clasificaciones posteriores hechas en Cuba  incorporaron tanto a taínos como a subtaínos dentro del término agroalfareros o agricultores ceramistas. Se estima que arribaron a Cuba hacia el siglo VII d.C., provenientes de la isla de La Española (actuales Haití y R. Dominicana).
[5] Indio, término que se refiere a los descendientes de indígenas que viven en el entorno colonial. Para informarse sobre la denominación consultar a Valcárcel Rojas (2015).
[6] En el texto Archaeology of the Maniabón Hills, Cuba, se puede encontrar una reseña de las investigaciones arqueológicas en el norte de Holguín y Las Tunas, que aquí sintetizamos, así como datos de las principales colecciones de esa área existentes hacia 1941.
[7] El 1 de febrero de 1960 se constituye oficialmente como un club juvenil de exploraciones teniendo por nombre Jóvenes Arqueólogos Aficionados, se aprueban los estatutos y el reglamento.  Según estos dichos estatutos era una sociedad de arqueología, espeleología y exploración en general. La organización interna quedó integrada por una junta de gobierno compuesta por un presidente, un director organizador, un tesorero, un secretario de actas, un instructor de exploraciones y cinco vocales. La junta sería elegida cada dos años en votaciones, menos el cargo de director organizador que sería nominado cada cuatro años.
[8] Información al respecto puede hallarse en el periódico Ahora, de fecha 3 de agosto de 1964, número 177, Año II.
[9] Una valoración sobre el tema para el caso de Banes aparece en Valcárcel Rojas (2002b).
[10] Fruto de las investigaciones en el sitio El Macío del Jobal es el artículo de González et al. (1980).
[11] Se trata de comunidades pequeñas, de alta movilidad, con artefactos de piedra tallada en los que destacan grandes puntas, raederas, tajadores, etc. Sus talleres para la elaboración de herramientas de piedra están próximos a los lugares donde obtenían estos materiales, en las zonas de Seboruco y Melones. En la clasificación de Tabío (1984) serian incluidas en la fase temprana de la etapa preagroalfarera. También han sido denominados protoarcaicos, cazadores-recolectores, pretribales tempranos y paleolíticos. Información sobre la historia de las investigaciones en Seboruco, Melones  y Levisa puede hallarse en Izquierdo et al. (2014). Actualmente se reconoce su ubicación en casi toda la Isla.
[12] Testimonio de Miguel Cano Blanco a José Abreu Cardet, 29 de febrero de 2016.