Memorias de José Juan Arrom, Profesor Emérito de la Universidad de Yale y Doctor Honoris Causa de la Universidad de La Habana. Académico, etnólogo, hispanista, historiador y divulgador
de la cultura cubana. En su obra se mezcla lo erudito y lo popular en
un cubanísimo estilo.

Mi padre estaba
interesado en que yo estudiara el bachillerato, pero no quería que me fuera muy
lejos, así que me mandaron a los Colegios Internacionales del Cristo, que
estaba cerca de la ciudad de Santiago. Al principio, mi abuelo no quería que yo
me fuera porque era una escuela protestante. Él era muy católico, y ¿cómo iba
yo a educarme en un colegio protestante? Que mejor sería que me educara en La
Habana, en el Colegio de Belén, que era de los jesuitas. Pero ese colegio
quedaba en el otro extremo de la isla. En cambio, desde Mayarí era fácil ir al
Cristo. En fin, por la cercanía, y porque así costaba menos, fui al Cristo, que
era muy conocido en todo Oriente.


Mis compañeros
de cuarto fueron precisamente Manuel Pedro Castro y Pepín Baró, hijo del
ingeniero jefe de la planta eléctrica de Mayarí, y que era “del color”, como se
decía en aquella época. Entonces había un mulato, un hijo de un terrateniente y
un hijo de un comerciante. Y a veces el padre de Manuel Pedro venía a visitarlo
y nos llevaba a Santiago y nos invitaba a un suculento almuerzo en un buen
hotel llamado El Imperial. Pero después se fue Castro y ocupó su lugar
Salustiano Leiva, que luego llegó a ser médico. La cuarta parte de la
habitación siempre estaba vacía para que tuviéramos nuestros baúles.
En El Cristo
aprendí mucho. Recuerdo que la profesora de Literatura era Manuela Fernández,
no solamente cubana sino bayamesa. ¡El colmo del patriotismo!. Y era muy
inteligente. Teníamos que estudiar la historia de la literatura española por el
libro de Juan J. remos y Rubio, con pequeños parrafitos dedicados a Cervantes o
a Lope de Vega, y lo único que teníamos que aprender era lo que decía el
parrafito. Pero Manuela nos buscaba textos cubanos y nos hacía leerlos y comentarlos
en clase. Y así aprendimos de veras a apreciar la literatura. Había un curso
inicial de Retórica y poética en que nos enseñaban los distintos tipos de
versos y las distintas maneras de escribir poesía. Y entre ésas teníamos que
recitar una composición de cuatro versos de rima consonante, toda la misma
rima, imitando a Rubén Darío. La estrofa comenzaba, “Mariposa, mariposa, / que
vuelas de rosa en rosa. / Dime mariposa,” y por ahí seguía. Y a mí se me olvidó
el cuarto verso y, en el apuro por decir algo que terminara en “osa”, lo
terminé: “Mariposa, mariposa, / que vuelas de rosa en rosa. / Dime mariposa, /
¿estás tuberculosa?”. La clase se rió y Manuela Fernández me dijo: “Arrom, lo
felicito por su rápida improvisación, pero así no es el poema.” Entonces, como
castigo, tuve que escribir media docena de veces la estrofa original completa.
Pero la que se me quedó en la memoria todos estos años fue mi frase
disparatada.
La pasábamos
bien en ese colegio, aunque a veces los muchachos podían ser crueles. No se por
qué a mi me decían El Reyezuelo. Yo me ponía muy incómodo con eso. Es que los
muchachos en Cuba son muy amigos de ponerse apodos. Después, cuando me
empezaron a salir los bozos, me pusieron Bigotico y también me ponía furioso. Y
así todos tenían sus apodos. Un alumno, que cuando llegó al colegio era muy
jovencito y estaba nervioso, a la hora de almorzar dijo: “Yo quiero más
sopita”. Pensando que estaba en su casa, usaba el diminutivo. Entonces le
pusimos Sopita, y él se indignaba cuando le decían Sopita. Algunas veces los
apodos eran bastantes desagradables. Uno de los muchachos tenía un hermano
feísimo que venía a verlo, y al muchachito le pusieron Feto en Pomo. Y de
verdad parecía un feto en pomo, aunque yo nunca se lo dije porque era muy
insultante. Y claro que el apodo del director, El Toro, nunca se lo dijimos a
la cara, porque siempre éramos muy respetuosos con los maestros.
El colegio
estaba en las estribaciones de la Sierra Maestra. Un clima delicioso, días
soleados, y al haber mayor altura –porque desde Santiago se iba subiendo y
subiendo-, pues había bastante fresco. Cerca de allí lo que había eran
cafetales, porque el cafeto necesitaba un clima más bien frío. Así que cuando
salíamos del Cristo en excursiones los fines de semana, íbamos subiendo hasta
Songo, ya muy en alto, que estaba poblado de negros que trabajaban en las
fincas cafetaleras. Hacíamos las excursiones a pie. Éramos los llamados Boy Scouts, nombre que después se cambió
por el de Exploradores. Allí en Songo comprábamos lo que íbamos a comer al otro
día, y seguíamos subiendo hasta el próximo pueblo, que se llamaba La Maya.
Después comenzaban los cafetales, bien en lo alto. Cuando llegábamos a los
secaderos de café, abríamos nuestra mochila donde siempre llevábamos una
frazada gruesa que poníamos en el suelo y allí dormíamos. Una sola noche. Pero
en realidad no dormíamos, nos pasábamos la noche cantando y riendo, y
tirándonos a un arroyito cercano. ¡Juventud, divino tesoro!.
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