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Historia de Holguín

La aldea a la mano (Holguín, Cuba)

18 de marzo de 2019

Las mil y una contradicción sobre el petroglifo de la cueva de Waldo Mesa, (Banes, Holguín, Cuba)



Autores:

Racso Fernández Ortega,

Divaldo A. Gutiérrez Calvache,

Victorio CuéVillate.

(Grupo Cubano de Investigadores del Arte Rupestre, Instituto Cubano de Antropología)


RESUMEN  

Encontrará el lector en el siguiente texto un bosquejo histórico del descubrimiento, descripción y documentación del petroglifo de la Cueva de Río Seco o Waldo Mesa, Banes, Holguín, Cuba; (este acercamiento permite demostrar que durante años esa importante obra del patrimonio rupestre cubano de tiempo aborigen ha sido descrita y documentada a partir de métodos ineficientes, lo que combinado con un tratamiento irreal de su reproducción, ha provocado que hoy no se pueda contar con una descripción gráfica que resista el más mínimo intercambio con el objeto original).
Aquí tratamos de subsanar estos errores y ofrecemos una reconstrucción de la historia y documentación del siempre curioso petroglifo.

ANTECEDENTES HISTÓRICOS Y DOCUMENTALES SOBRE EL PETROGLIFO DE LA CUEVA DE WALDO MESA.
Aproximadamente a fines del año 1938 el joven Santos Mesa, hijo de campesino que trabajaba las tierras del Sr. Alfredo González, encontró una espelunca o cueva y dentro de ella un petroglifo tallado en una estalagmita.
Más tarde el joven descubridor propuso la venta de la figura al Dr. Eduardo García Feria y éste, que era Miembro de la Comisión Nacional de Arqueología y que para entonces poseía la conocida Colección García Feria, una de las más importantes en mineralogía, malacología, entomología y arqueología del interior del país, aceptó comprarla.
De ahí que las primeras referencias publicadas del petroglifo aparecen en las NOTAS de la Colección Arqueológica García Feria, que era una especie de boletín que se publicaba con cierta periodicidad por el reconocido “Museo”. (Así aparecen textos informativos sobre la pieza en el boletín de 1938a: 1 y 2; 1938b: 1; 1938c, 1939: 5 y 1941: 21). Para hacer los escritos acuden a la cueva en repetidas ocasiones y la exploran con detenimiento, seguramente que en la búsqueda de más materiales para la colección y para hacer fotografías, los Sres. Oscar Diez Feria y José A. García Castañeda (amigo e hijo del Dr. García Feria). (Irving Rouse 1942: 86). De esta manera la Cueva de Waldo Mesa, se revelaba como un sitio funerario-ceremonial no sólo por los ídolos[1] que se hallaron en sus salones, sino también por el alto número de restos humanos allí encontrados; además de que se localizó en su interior, un recipiente de madera con restos humanos, que permanece perdido, según la información recopilada por la familia García Feria (Irving Rouse 1942: 87).

La primera descripción del petroglifo
Esa se le debe al arqueólogo holguinero José A. García Castañeda (Pepito) aparecida en su obra “Exploraciones Arqueológicas en el término Municipal de Banes”[2]de 1939:
“…de ella procede el mayor de los ídolos de la colección García Feria, construido en una estalagmita, y encontrado…, y cuyo ídolo mide 37 pulgadas de longitud y tiene representado el sexo masculino” (García, 1939: 5).
La próxima referencia al petroglifo aparece dos años más tardes y es también publicada por José A. García Castañeda en su artículo “Asientos Tainos localizados en el cacicato de Bani” aparecido en la Revista de Arqueología, en el año 1941; en esta ocasión refiere García Castañeda:
“De Río Seco a la Bahía de Banes se han localizados unos cuantos asientos indios: el de la Loma del Caliche, en Río Seco, finca del señor Alfredo González, y próximo a él, la Cueva de Waldo Mesa, importante por los ídolos y restos humanos encontrados en la misma. [De la Cueva de Waldo Mesa], procede el mayor de los ídolos de la Colección García Feria, construido en una estalagmita, midiendo 37 pulgadas de longitud. Esta cueva, tan importante, es una maldad se haya explorado de la forma que se ha hecho, sin que se haya podido realizar un estudio completo sobre la distribución de los ídolos, objetos y esqueletos” (García, 1941: 21).
En ese artículo de García Castañeda es cuando por primera vez aparece publicada una foto tomada al petroglifo de la Cueva de Waldo Mesa. Esa, en la actualidad adquiere un relieve tremendo, pues, como se verá más adelante, es la única ilustración certera que se ha publicado de este patrimonio del arte rupestre cubano.
En la importante obra “Archaeology in the Maniabón hills, Cuba”[3], aparecida en 1942 y escrita por el arqueólogo norteamericano Irving Rouse, aparece un pormenorizado resumen de los sitios arqueológicos recorridos o conocidos por él durante su visita a Holguín y, refiriéndose al sitio Cueva Waldo Mesa, hace un breve resumen de los objetos en ella encontrados y describe al petroglifo indicando:
“The largest idol is Picture on Pl. 6, g. made of a stalagmite, it is 94 cm. tall and bears the male sexual organs. The eyes, nose, and mouth are represented, as well as the hands, folded over the chest. Theotheridols are notdescribed” (Rouse 1942: 86).
Asimismo en esa obra vuelve a aparecer como ilustración la fotografía del petroglifo publicada por José A. García Castañeda en su artículo de 1941.
Durante toda la época republicana el petroglifo de la Cueva de Waldo Mesa permaneció en la prestigiosa Colección García Feria, y allí fue visto por reconocidos antropólogos nacionales e internacionales, entre ellos los doctores René Herrera Fritot, Carlos García Robiou, Pedro García Valdés, Mark Raymond Harrington y otros, pero ninguno de esos expertos publicó ningún estudio y tampoco algún comentario sobre él.
Con el ascenso al poder del gobierno revolucionario en 1959, la ciencia cubana da un trascendental giro, sobre todo porque comienza a recibir  el apoyo gubernamental. En 1962 se crea la Academia de Ciencias de Cuba y, entonces, el Dr. José A. García Castañeda, que había heredado la colección creada por su padre y que desde varios años antes era un miembro destacado de la Junta Nacional de Arqueología y Etnología, en gesto patriótico dona a esa nueva institución casi todas las piezas que le pertenecían, entre ellas el petroglifo.
Sin embargo, aun así, el petroglifo de la Cueva de Waldo Mesa continúa en el olvido de los estudios arqueológicos y rupestrológicos del país hasta 1975, fecha en que vuelve a aparecer información sobre esa importante pieza en la obra del Dr. Antonio Núñez Jiménez titulada: “Cuba: Dibujos Rupestres”:
“Las referencias petroglíficas [de la cueva de Waldo Mesa] se pueden leer en la obra del arqueólogo norteamericano Irving Rouse, en que describe la cueva y el hallazgo de “varios ídolos y un gran número de huesos humanos.
“Uno de tales ídolos esta hecho en una estalagmita de 0.94 m de altura y que presenta los órganos sexuales masculinos. Los ojos, la nariz y la boca están representados también así como las manos, colocadas sobre el pecho, todo tallado muy toscamente. Actualmente ese ídolo se encuentra en la Academia de Ciencias de Cuba” (Núñez, 1975: 197).
Imagen del petroglifo en la que se le compara con Mácacoel

Y a partir de entonces otro denso silencio envuelve al petroglifo hasta 1992 en que aparece el libro “Mitología aborigen de Cuba. Deidades y Personajes” de José M. Guarch Delmonte y Alejandro Querejeta Barceló. En esa obra no aparece ni referencia no datos sobre el petroglifo, pero sí una imagen donde se le vincula con el númen arahuaco “Mácacoel”. 

Imagen del petroglifo publicada por Juan J. Guarch y Lourdes Pérez

Dos años después en 1994, Juan J. Guarch Rodríguez y Lourdes Pérez en su obra “Arte Rupestre. Petroglifos Cubanos” aplican a los petroglifos del arte rupestre nacional los conceptos morfológicos propuestos para las pictografías por José M. Guarch (1980) y por tanto, hacen un recuento de los datos fundamentales de los petroglifos descubiertos en Cuba hasta la fecha. Aunque es verdad que ellos no se detienen a emitir opiniones sobre el petroglifo en cuestión, si publican una ilustración con el pie de foto siguiente: “Cueva de Waldo Mesa” (Guarch y Pérez 1994: 25).
Finalmente la última cita al petroglifo que nos ocupa fue dada a conocer en 1999 por Elena Guarch Rodríguez y Juan J. Guarch Rodríguez, en su trabajo “Caracterización de las regiones pictográficas de la provincia de Holguín”, donde los autores plantean textualmente lo siguiente:
[La cueva] está a cuatro kilómetros al SSW de la desembocadura de Río Seco, en el municipio de Banes. Dentro de ella fueron localizados varios enterramientos junto a vasijas de barro, pertenecientes, por sus diseños, a las comunidades de la variante cultural Baní. En su interior, el arqueólogo norteamericano Irving Rouse halló un ídolo de piedra muy tosco tallado en una estalagmita, de 0.94 m de altura. Fue ejecutada mediante la técnica de percusión, posiblemente por golpeo de rocas más duras contra la caliza, tales como gabros, basaltos, dioritas entre otras. Su morfología es limitada, ya que su movimiento es hacia un centro interno, su universo es definido y es, en su conjunto, un diseño antropomorfo de cuerpo entero. Está representado por los motivos: ojos de café, y curva abierta, por lo que forma un diseño compuesto. ” (Guarch y Guarch, 1999: 98).
Terminan los autores remitiéndonos a la siguiente figura, que aparece en su texto.

RECTIFICACIÓN HISTÓRICA, MORFOGRÁFICA Y DOCUMENTAL DEL PETROGLIFO DE LA CUEVA DE WALDO MESA.
La antropología moderna ha demostrado que el registro y la documentación de los espacios en los que aparece arte rupestre constituyen la base fundamental de las investigaciones dirigidas a la comprensión, protección, conservación y estudio del patrimonio rupestrológico de las naciones. Asimismo hoy se considera tan importantes los procesos de documentación que para algunos investigadores los documentos, gráficos y audiovisuales que de estos se deriven deben ser considerados como parte del patrimonio cultural de cada país, (Gutiérrez, 2007: 17), y es así porque esa información es de muy alta importancia para la reconstrucción y comprensión que en el futuro se tenga de la pieza u obra, o dicho de otro modo, esa dicha documentación tiene una importante dimensión social para las actuales y futuras generaciones.
Se entenderá entonces lo perjudicial que resulta para estudiar y entender al petroglifo de la cueva de Waldo Mesa las tantas contradicciones sobre él en que incurre la literatura especializada, llegando a cometer errores relaciones con su origen, descripción y representación.
En este sentido creemos oportuno y necesario subsanar cada una de estas, para influir en que las futuras investigaciones rupestrológicas que emprendan los arqueólogos estudiosos de las comunidades aborígenes de Banes en particular y de Cuba en general, se acerquen a la realidad histórica y morfológica del famoso petroglifo aparecido en la cueva de Waldo Mesa.
Sobre su descubrimiento.
Elena Guarch Rodríguez y Juan Guarch Rodríguez aseguran en sus trabajos que el descubrimiento del petroglifo fue realizado por el arqueólogo norteamericano Irving Rouse (Guarch y Guarch 1999: 98), sin embargo tal criterio es una incorrecta interpretación de la obra donde Rouse se refiere al registro arqueológico de la Cueva de Waldo Mesa (Rouse, 1942: 86). Este autor nos relata el descubrimiento del petroglifo en la referida cueva y la posterior venta que hiciera el joven Santos Mesa, a finales de la década del 30 del siglo pasado al Dr. Eduardo García Feria.
La anterior historia sobre el descubrimiento hecha por Rouse se prueba con la numerosa documentación publicada en las Notas de la Colección García Feria y asimismo en el Acta de la Donación[4] que hizo García Castañeda a la Academia de Ciencias de Cuba. 

La ubicación de la Cueva.


La Cueva de Waldo Mesa o Cueva de Río Seco como también se le conoce por los naturales de la localidad, se localiza en el municipio de Banes, exactamente en el poblado de Vista Alegre, al suroeste de la Loma de Caliche[5], y al sursuroeste de la desembocadura del Río Seco en el poblado del mismo nombre, ello a nueve kilómetros al nornordeste del Pueblo de Banes en la actual provincia de Holguín, (su localización exacta se puede encontrar entre los 71º 40´52” y los 21º 03´19” al norte de la región oriental de Cuba. MAPA
La dicha cueva es parte del complejo cultural agroceramista que ocupo el territorio de Banes en épocas precolombinas que abarcan desde el siglo X hasta la ocupación española en los primeros años del siglo XVI. La misma puede ser considerada una cueva ceremonial funeraria (Valcárcel, 2002: 138).   
La morfología o forma del petroglifo
Es en ese apartado donde, quizás, incurren en mayores errores y desaciertos quienes han tratado de describir el petroglifo.
La reproducción de varias imágenes que muy poco o nada tienen que ver con la morfología o forma de la pieza ha sido una constante desde que García Castañeda, (1941) y Rouse, (1942), publicaron la primera y al parecer, única fotografía. Todas las otras imágenes solamente son desafortunadas ilustraciones o dibujos del petroglifo. En este grupo lamentable se encuentran las reproducciones propuestas y publicadas por Núñez Jiménez (1975: 303), Guarch y Querejeta (1992: 16), Guarch. y Lourdes Pérez (1994: 25) y Elena y Juan Guarch (1999: 100).
Para mejor hacernos entender en la imagen siguiente se observa una comparación secuencial y cronológica de las ilustraciones que se han publicado desde el descubrimiento del petroglifo hasta la fecha.

Todas las imagines publicadas hasta hoy del Petroglifo de la Cueva de Waldo Mesa, Banes, Holguín, Cuba. (A) García (1941) y Rouse (1942); (B)Núñez (1975); (C) Guarch y Querejeta (1992); (D) Guarch y Pérez (1994); (E) Guarch, y Guarch (1999).

Obviamente que haremos algunos comentarios sobre estas ilustraciones que justifiquen las opiniones antes expuestas por estos autores, pero antes nos parece imprescindible ofrecer al lector imágenes actuales del petroglifo de la Cueva de Waldo Mesa.

Foto y dibujo actual del Petroglifo de la Cueva de Waldo Mesa, Banes, Holguín, Cuba. (A)Vista lateral derecha, (B) Vista frontal, (C) Vista lateral izquierda, (D) Dibujo en vista lateral derecha y (E) Dibujo en vista frontal.

Ahora, con urgencia, queremos dejar constancia de que no está en nuestra voluntad, desacreditar el trabajo de los investigadores que nos precedieron, sino, todo lo contrario; el propósito de estas notas es que sirvan para reflexionar sobre la imperiosa necesidad de establecer un sistema único de registro y documentación de las piezas de arte rupestre y asimismo corregir algunos errores en los que hemos venido incurriendo. Por tal razón y gracias a la posibilidad de haber entrado en contacto con la pieza original que, como hemos indicado con anterioridad, se conserva en los fondos del Instituto Cubano de Antropología, publicamos en La Aldea una segunda fotografía[6] después de casi 80 años de que el petroglifo fuera encontrado.
Y ya, listos para comenzar a escribir nuestras reflexiones, dicho sea que la nitidez de la primera y única fotografía publicada por García Castañeda no permitía una reproducción exacta de la pieza, (eso debió ser la causa por la que tantos buenos expertos hayan incurrido en los errores que en el siguiente párrafo comenzamos a detallar).
En primer lugar nótese como en tres de los cuatro dibujos que sucedieron la obra de Rouse, (1942), los ojos de la figura han sido dibujados como “granos de café”, que era un motivo recurrente de la plástica aborigen de las Antillas pero muy alejado de la realidad del petroglifo. La confusión en ese sentido llega al límite cuando los investigadores Elena Guarch y Juan Guarch consideran que éste es uno de sus rasgos característicos: “Está representado por los motivos: ojos de café y curva abierta, por lo que forma un diseño compuesto” (Guarch y Guarch, 1999: 98).
Contradictoriamente son estos autores los únicos que publican una ilustración del petroglifo donde los ojos no aparecen como “granos de café”. 


Los brazos o extremidades superiores, que en la figura se encuentran a  ambos lados, extendiéndose hacia su parte frontal, dando la impresión de que se apoyan en el pecho de la figura, han sido olímpicamente ignorados en todas las reproducciones antes citadas, y algo similar sucede con los genitales masculinos, bien representados en la pieza original y de muy difícil interpretación en los dibujos que sucedieron a la foto de García Castañeda e Irving Rouse.
Para no agotar al lector y dejarlos establecer su propio análisis solo agregaremos que tales omisiones y errores privaban al petroglifo de la Cueva de Waldo Mesa de las conclusiones a las que se podría llegar de su morfología o forma corporal y sexual, limitándolo a una simple representación facial antropomorfa.

El origen de la roca en que fue tallado el petroglifo de la cueva de Waldo Mesa.
El desarrollo que hoy en día ha alcanzado la arqueología espacial permite determinar si un objeto aparece en un espacio sacro o profano y ello es sumamente importante para entender la conducta social de los pueblos que se relacionan con el descubrimiento. Así los expertos leen la pieza tomando en cuenta su ubicación, orientación y sustrato  material en el que está fabricada. Pero poco es lo que se podrá decir al respecto del petroglifo estudiado, lo que es sumamente lamentable.
Cuando en 1938 aparece la primera publicación con información sobre el petroglifo de la Cueva de Waldo Mesa, su autor asegura que el mismo fue elaborado sobre una estalagmita, (García, 1938), y tres años después el propio García Castañeda reafirma su opinión en un nuevo artículo al referir que dicho petroglifo esta “construido en una estalagmita” (García, 1941). Esa opinión la reafirma el arqueólogo norteamericano Irving Rouse en 1942 al decir: “made of a stalagmite” (Rouse, 1942).
Pero 33 años después y aún cuando hace la descripción del petroglifo empleando casi textualmente la traducción de la obra de Rouse, el Dr. Antonio Núñez Jiménez introduce por primera vez una opinión divergente al decir refiriéndose al mismo que fue “hecho en una estalactita” (Núñez, 1975). Sin embargo, en 1999, Elena Guarch y Juan Guarch vuelven a asegurar que la figura fue tallada en una estalagmita (Guarch y Guarch, 1999).
Esas contradicciones y sus implicaciones desde el puno de vista interpretativo y funcional, así como nuestra observación directa sobre la obra original, nos estimularon a dar pasos que nos permitieran acercarnos a la definición correcta del sustrato de realización que fue escogido por el autor aborigen para la elaboración de este petroglifo.
Con este fin, se determinó hacer fotografías y microfotografías del petroglifo de alta resolución (19200 dpi) a diferentes secciones interiores (transversales y longitudinales). Esas fueron posible porque en no pocos años de olvido y abandono la pieza actual tiene roturas y fracturas. Luego las dichas imágenes se corrieron en el programa procesador de imágenes astrofísicas CCDOPS de Maxim DL en su versión 4.0, obteniéndose, primero, una imagen STLXCM (color directo) que luego fue convertida en una microimagen STLXM (monocromática); este procedimiento permitió la identificación de un paleoconducto de circulación central (canalículo central), donde se puede definir la disposición radial de los cristales hacia el centro del espeleothema.
Imágenes de alta resolución procesadas por CCDOPS de Maxim DL 4.0. (Izquierda) Imagen STLXCM (color directo); (Derecha) Microimagen STLXM (monocromática) donde se puede observar el canalículo central que identifica el espeleothema como una estalactita.

Las características micromorfológicas y cristalográficas definen que el petroglifo fue tallado en una estalactita y no en una estalagmita, porque en estas últimas la disposición de los cristales es en forma copular. Por otra parte las estalagmitas son el tipo de formación secundaria en que su proceso de crecimiento litogenético se realiza hacia arriba por deposición del carbonato de calcio lo que generalmente provoca que la sección ancha de la misma quede en la porción inferior, pegada al suelo. Así que si la imagen que nos ocupa hubiera sido esculpida en una de ellas (estalagmita) entonces debió ser hecha en forma investida, o sea, la cabeza hacia el suelo, que es donde las estalagmitas tienen su parte más gruesa. (No obstante esa proporción no es absoluta; en la geomorfología endocársica también existen estalagmitas invertidas de morfología cónica robusta, conocidas en la literatura como estalagmitas pagoditas; pero estas no son casi nunca de superficie tan lisa como la que hospeda al petroglifo de la Cueva de Waldo Mesa, sino que están formadas por series de sucesivos anillos cuyo relieve [rugosidad] se aprecia muy bien en las capas externas de la formación).
En resumen, tanto la morfología exterior como el análisis automatizado de microfotografías monocromáticas nos permiten afirmar que este petroglifo se realizó sobre una estalactita climática. 
De lo anteriormente discutido se puede resumir que en el artículo de García Castañeda de 1938 el autor dijo, sin prueba ninguna, que el petroglifo fue realizado en una estalagmita, y que ese error se mantuvo en todas las referencias posteriores con la sola excepción de Núñez Jiménez que en el pie del dibujo que apareció en su obra “Cuba. Dibujos Rupestres” (Núñez, 1975), dice que fue en una estalactita, pero aun así ese autor no deja claro los elementos que a su juicio lo hicieron sostener esta opinión. Los autores de estas notas consideramos que fue por la indudable experiencia que tenía después 35 años de fructífera labor en la espeleología científica.

La morfometría o dimensiones del petroglifo.
Sobre las dimensiones morfométricas del petroglifo de la Cueva de Waldo Mesa poco se ha escrito o publicado. El primero que en ese sentido da datos fue García Castañeda en 1938 y 1941, asegurando que la figura tenía una altura de 37 pulgadas; con posterioridad Irvin Rouse (1942), afirma que la altura del petroglifo es de 0,94 m[7], criterio que reafirman los investigadores que les continuaron, Antonio Núñez Jiménez (1975) y Elena Guarch y Juan J. Guarch, (1999).
Ante esta situación, en la que solo se ha hecho referencia a la altura del petroglifo en cuestión, consideramos oportuno brindar al lector algunos datos suplementarios que le permitirán tener una mejor visión y conocimiento de las dimensiones de la importantísima obra del arte rupestre cubano. 

Puntos y dimensiones morfométricas del Petroglifo de la Cueva de Waldo Mesa, Banes, Holguín, Cuba.

Nótese que todos los autores anteriores coinciden en una altura del orden de los 0,94 m., sin embargo las mediciones actuales del petroglifo son de 0.87 m., (pero muy probablemente esa diferencia está relacionada con la pérdida de fragmentos de su porción superior izquierda, y parte del extremo inferior, las que de forma combinada han reducido el tamaño y volumen de la pieza).  

EN DEFENSA DE LA PROTECCION Y CONSERVACION DEL PETROGLIFO DE LA CUEVA DE WALDO MESA
El anterior subtitulo deja claro que es preciso salir en defensa de una de las piezas más singulares y espectaculares del arte aborigen cubano.
La acción más agresiva que ha sufrido esta pieza fue, sin dudarlo, su desprendimiento de la estructura cavernaria y el traslado desde Banes a la ciudad de Holguín.
Luego, como ya ha quedado explicado, en 1962 el Dr. José A. García Castañeda decidió donarla junto a la colección fundada por su padre, a la recién creada Academia de Ciencias de Cuba.
Su escabrosa historia también está ligada a los avatares que debió sufrir, primero al ser trasladada a La Habana, y su exhibición en el patio interior del Departamento de Antropología de la Academia de Ciencias de Cuba en su sede de Prado y Trocadero, en La Habana.
Años más tarde fue trasladado a la bóveda del Capitolio Nacional donde radicó el Departamento de Arqueología del Instituto de Ciencias Sociales y en este lugar permaneció hasta  la década de 1980 cuando se creó el Centro de Antropología. En el año 2004 vuelve a producirse una mudanza cuando el Centro y su colección se instala en la Habana Vieja.
Con seguridad en una de estas tantas “mudanzas” sin la debida protección durante su manipulación, el petroglifo sufrió la fractura que en la actualidad tiene el petroglifo en su parte superior izquierda.

Asimismo, incompresiblemente, durante más de 30 años esta excepcional pieza no fue exhibida al público y tampoco tuvo las medidas de protección y conservación que una reliquia así merece. Prueba irrefutable de la anterior afirmación es que hasta hace tan solo unos meses, el petroglifo estaba “situado”, o más bien “olvidado”, en una de las esquinas del patio central interior del edificio de sede del Instituto Cubano de Antropología, como se ve en la siguiente imagen. 

Situación en la que se encontraba el petroglifo de la Cueva de Waldo Mesa, Banes, Holguín, Cuba, en el patio central del Instituto Cubano de Antropología.

Tal era la indolencia que el petroglifo recibía constantemente la lluvia, el sereno, el polvo, los cambios de temperatura, la humedad, la salinidad, los aerosoles ambientales, los escombros de la modificaciones constructivas, el dióxido de carbono del escape automotor y cuanta acción agresiva procediera de la intemperie; en resumen, se encontraba bajo condiciones ajenas a su entorno natural, las que parecen a simple vista no haber causado daños perceptibles hasta el momento, pero que, agentes agresivos progresivos, cuando se haga visible el deterioro ya habrá llegado a un grado posiblemente irreversible. Esa fue la razón por la que los miembros del Grupo Cubano de Investigadores de Arte Rupestre (GCIAR), que laboran en dicha institución, lo trasladaron para la Sala de Arqueología Aborigen “José Manuel Guarch Delmonte” que se ubica en el segundo piso del edificio, y es ahí donde actualmente se conserva.

Situación actual del petroglifo en la Sala de  Arqueología Aborigen “José Manuel Guarch Delmonte” del Instituto Cubano de Antropología.


El que sería un justo retorno del petroglifo a la zona de Banes, en Holguín
Consideramos que sería una decisión histórica a tomarse en el futuro reciente, que la dirección del Instituto Cubano de Antropología y las instituciones culturales, patrimoniales y gubernamentales del Municipio de Banes, en la provincia de Holguín, llegaran a un acuerdo para proceder a donar el petroglifo de la Cueva de Waldo Mesa al Museo Indoarqueológico Baní, institución esa que atesora gran parte del patrimonio arqueológico de esa zona. Si así se acordara los habitantes de Banes recuperarían el derecho incuestionable que tienen de contar en su territorio con una obra aborigen de tanta significación, que es propiedad colectiva de la nación, pero ante todo de esa región, pues fueron los antiguos habitantes de allí quienes lo concibieron, ejecutaron, invocaron y admiraron.



[1]A finales de la década del 30, cuando es descubierta la cueva, se tenía por norma denominar a todas las figuras aborígenes, lo mismo si eran antropomorfas como si lo eran zoomorfas, como ídolos. Es por ello que en repetidas ocasiones, en los artículos publicados por el Museo García Feria, se utiliza este término, (y nunca hacen referencia a algún petroglifo). En este sentido ha resultado muy difícil poder determinar si en la mencionada espelunca existió algún otro petroglifo que haya sido descubierto, pues nunca se habla de él ni se adjunta foto alguna.

[2] En la obra 1942 del arqueólogo norteamericano Irving Rouse, por error, se le cambia el título a la publicación de la Colección G. Feria del año 1939. Ese, realmente es “Exploraciones Arqueológicas en el término Municipal de Banes”.

[3]Rouse, Irving (1942): “Archaeology in the Maniabón hills, Cuba”. Yale UniversityPublication in Anthropology No. 26, New Haven.

[4] Archivo Nacional de Cuba, “Fondo Donativo y Remisiones”, Archivo René Herrera Fritot, Caja 754, Legajo 14. 

[5]En esa misma pequeña elevación se ubica el sitio arqueológico del mismo nombre (Caliche). Las  evidencias han demostrado que la población que allí residió pertenecía a la Formación Económica Social de Productores Tribales.

[6]La fotografía que publicó el arqueólogo norteamericano Irving Rousefue una reproducción de la imagen del artículo de García Castañeda de 1941.


[7]Esta medida es muy similar a la anterior si se acepta que una pulgada es aproximadamente 0.254 m. lo que equivaldría a que 37 pulgadas son igual a 0.9398 m.


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