Mario Jorge Muñoz y Joaquín Borges
Triana
Revista Bohemia, 1989.
No
hay otro. «Y tampoco lo habrá», aseguran orgullosos sus compatriotas músicos de
Holguín, ciudad donde Faustino Orama, el mítico Guayabero, ha vivido los 95 años
que cumple este domingo 4 de junio. Nacido en 1911, el «Rey del doble sentido»,
como lo reconocen trovadores y humoristas cubanos, festejará su onomástico
junto a su pueblo y otros importantes músicos del resto del país, que por estos
días viajaron a la Ciudad
de los Parques para compartir con el legendario juglar, a quien está dedicado el
III Festival y Concurso Música con Humor.
Hombre
sencillo, El Guayabero es uno de los artistas más queridos por el público
cubano, de ahí que le fuera conferido el Premio Nacional de Humorismo en el año
2002. Alto, flaco pero nervudo, este negro con figura quijotesca es autor de
sabrosos sones y guarachas, que algunos no creerían salidos de la imaginación
de un músico autodidacta.
Caballero
andante con su guitarra al brazo, llevó su gracia y su música a los más
disímiles puntos de la geografía cubana.
Faustino
Orama sintetiza la imagen viva del «típico jodedor cubano». Sin embargo, son
pocos los que pueden asegurar que lo han visto sonreír en alguno de sus
conciertos.
Apasionado
por las mujeres, a las que aún considera una de sus principales fuentes de
inspiración, el autor de la popular Marieta, y de En Guayabero —que le dio el
apodo—, entre muchos otros temas famosos, comenta que «le gusta hacer que la gente
se divierta», sin comulgar con la chabacanería.
Con
una sordera «de cañón» que lo ha seguido al ritmo del almanaque —pero no le ha
impedido continuar con su canto— y padeciendo «algunos achaques propios de la
vejez», el popular compositor, con más de setenta años dedicados a la música,
confiesa sentirse «bastante bien, guapeando».
Quisiéramos
que nos hablara de su llegada a la música.
¡Oh!,
eso es largo.
Tenemos
tiempo...
¿Seguro?
Empecé a los 15 años, con el Septeto Tropical, de Benigno Mesa, tocando maracas
y haciendo coro. En ese grupo estuve bastante tiempo.
¿Siempre
vivió en Holguín?
Sí,
toda la vida. Nací el día 4 de junio.
¿De
qué año?
¿Qué?...
(Se ríe). El 4 de junio de 1911.
¿Y
cuando comenzó a cantar vivía de la música o tenía algún otro trabajo?
Que
recuerde, son muchos años con el tres y cantando. Pero antes, de muchachito,
fui tipógrafo, trabajé en una imprenta.
¿Siempre
se dedicó al son montuno o hizo también otras cosas?
Son
montuno toda la vida.
¿Por
qué lo prefiere?
Siempre
me dediqué a eso. Me interesó siempre la música típica cubana.
¿Y
por qué las letras más cercanas al choteo, al humorismo cubano?
El
doble sentido lo pone usted. Yo digo una cosa y usted piensa otra. Lo que está
pensando yo no lo puedo decir. Es a usted al que le gusta pensar otra cosa de
lo que yo digo.
¿Se
considera un humorista?
Bueno,
eso dicen ellos. Yo hago lo que siempre he hecho.
¿Sus
temas surgen a partir de vivencias personales o salen de historias que suceden
a otras personas?
Algunas
sí me han pasado; por ahí uno se inspira y sale el numerito. Otras me las
cuentan los amigos, la gente. Después el número llega al público, y si gusta,
entonces está hecho.
¿No
ha tenido problemas por los textos, gente que se haya ofendido, por ejemplo?
Un
día con un guardia rural en un carnaval en la provincia de Santiago de Cuba.
Dijo que yo estaba cantando relajos. Estaba descargando en una tarima cuando
viene abriéndose paso por el público un teniente y me dice que no puedo seguir
cantando relajo. «Relajo, qué relajo», le dije yo. «Eso que está cantando es relajo»,
repitió. Le pedí que subiera a la tarima. Él lo hizo, le di un lapicero y un
papel para que apuntara. Me ordenó que cantara lo mismo que había terminado de
cantar. Le dije: «Bueno». Y canté, mientras apuntaba: «Yo vi allá en Santa
Lucía, bañarse en un arroyo —anote ahí— a una vieja que tenía cuatro pelitos en
el moño».
Entonces
le pregunté si dudaba de lo que había escrito: «Porque no puede dudar de mí. Si
puso otra cosa es asunto suyo». El público comenzó a chiflar y tuvo que irse.
No
crea, me han pasado algunas boberías como esa: en un carnaval en Gibara querían
lanzarme al mar. Yo canté: «Las mujeres de Gibara son bonitas y forman rollo,
mucho polvo y colorete y no se lavan la cara». Y comenzaron a gritar que me
fuera...
Si
no es por la policía, me tiran al mar.
Aquí,
en Holguín, también tuve mi problemita con una familia donde casi todos eran
tuertos, bobos y el carajo... Había uno, Silvino, que era el más rebelde y todo
lo cogía en serio. Pero Benilde, buen amigo mío que tocaba el tres conmigo y
era tuerto, todo lo tiraba a relajo. Le saqué una cosa que decía más o menos así:
«La familia de Benilde es completa. Marcelino y Benilde son tuertos, Aníbal
tiene pata de palo, Silvino los brazos virao’s, Enrique mañoso, loco; por desgracia
la vieja es lisiá; el viejo tiene dos bigotes que parecen dos pencas de coco;
el caballo... no puede con dos sacos de carbón. Benilde tiene un perro loco que
le faja a la pata de la silla».
Imagínate,
Silvino la cogió con ir adonde yo cantaba y se escondía con una cabilla para
ver si tocaba el número ese. Tuve que perderme unos meses de Holguín, me
estaban velando.
¿Por
qué le dicen El Guayabero?
Porque
saqué el número En Guayabero, que se hizo famoso. Ahí, en el central Mella, que
antes era Miranda, había un pobladito que le decían Guayabero, una colonia de
caña. Antes se usaban los pagos de colonia, que le decían quincena. Y yo cogía
del grupo a tres músicos más y salíamos desde el primero hasta el día 15 recorriendo
centrales, buscando plata. En las cantinas, el dueño nos daba un tanto y
nosotros buscábamos un poco más dinero con los mismos bailadores.
Pero
llegamos a Guayabero y en la cantina había una trigueñita que parece que le
gustaba lo que yo estaba haciendo. Ella nos atendió muy bien, nos dio unos
cuantos tragos. Pero resulta que era mujer de un cabo, y antes un cabo del
Ejército era como un presidente en una colonia de esas. Y un cotilla le dijo
que su mujer no andaba clara, que estaba dándonos licor.
Fue
a donde yo estaba y me dijo que tenía que tomarme un litro con él. Le dije que
estaba equivocado, que nosotros andábamos buscando dinero y que no estábamos
buscando borrachera. Entonces él respondió que si habíamos tomado con su mujer, teníamos que tomar con
él. En eso llegó otro cabo que no era de allí y se lo llevó porque había una
bronca. Pero antes de irse le dijo al cantinero que me diera lo que quisiera.
Cuando
regresó me preguntó si había tomado. Le contesté que un litro. Nosotros
habíamos hecho una combinación con el cantinero para que llenara una botella
con agua y nos lo diera delante de todo el mundo, para que el público creyera
que nos estábamos tomando el licor.
Pero
qué va... Volvió a decirnos que teníamos que tomarnos un litro con él. En eso
el cantinero nos llamó: «Vengan acá, tenía que decirles una cosa que se me
había olvidado. Miren, si pueden irse uno a uno, váyanse, porque este cabo
cuando no tiene a quién darle se pega él mismo». Y así lo hicimos.
Por
el camino fue que vino: «Trigueña del alma no me niegues tu amor, trigueñita
del alma dame tu corazón... en Guayabero, mamá, me quieren dar».
¿Qué
compone primero, la letra o la música?
La
letra me da el pie, a partir de ahí le pongo la música como sea conveniente.
¿Qué
música le gusta escuchar?
Me
gusta toda la música, para mí toda es buena. Pero lo mío es el son.
¿Y
entre los autores?
Pacho
Alonso, el difunto Pacho, que además echó pa’ lante al Guayabero. En una sola
palabra, el que me hizo el número fue él. Porque adondequiera que iban los
peloteros del team Cuba, ahí estaba Pacho tocando la canción con Los Bocucos.
Después él grabó el número con su orquesta. Hizo famoso el tema, la verdad.
También
me gusta Ibrahím [Ferrer].
Dicen
que mantiene buena amistad con Silvio Rodríguez y Pablo Milanés...
Esos
no son hermanos míos, son mis hijos. Silvio, Pablo y toda esa gente son mis
hijos. Mano a mano, ahí. Los quiero mucho. Y ellos, según me han demostrado, me
tienen buen aprecio. Mira, ahí están los dos. Lee lo que dice ahí (señala a una
de las paredes de la casa donde junto a una de sus caricaturas cuelgan dos
viejos afiches de los trovadores cubanos): «Para Faustino Oramas, maestro de
maestros, de su deudor, Silvio Rodríguez», dice de puño y letra en uno de
ellos.
¿De
los jóvenes?
Ahora
han nacido muchos muchachos buenos. Y es más, tocan cualquier instrumento.
Antes decirle a un muchacho que cogiera un bongó era ofenderlo, decirle que
tocara un tres era ofenderlo. Tenía que ser piano, guitarra, trompeta o algo
que piensan que es lo más importante. Ahora no, ahora cualquier muchacho te toca una tumbadora. Hay muchos y
tocan bueno. Te pones a oírlos y no sabes con cuál quedarte.
¿Recuerda
la primera vez que grabó un disco?
Ahora
te voy a decir... ¿cuándo fue la primera vez, carajo?... Fue en Santiago de
Cuba, por el año 85, por ahí.
¿Le
gusta que otros músicos canten sus canciones?
Como
no, ya lo creo, es negocio. Porque además de que la cantan y la gente la oye,
me cae dinero. Cuando menos te piensas llega un chequecito.
¿Sigue
componiendo?
Alguna
bobería, pero estoy tranquilo ya. Cumplí 59 años (se golpea suavemente con el
puño en la cara. Y sonríe).
¿Cuál
ha sido su mayor felicidad como músico?
Cuando
Pacho me grabó En Guayabero; cuando Ibrahím me grabó Ay Candela y Mañana me voy
pa’ Sibanicú. Como músico eso. Eran grabaciones para mi público, que gustaban.
Eso es una felicidad. Porque la alegría de uno es que el número salga bien,
pero también que lo toquen otros, y otros más lo estén escuchando. Eso es...
En
su vida deben haber muchos buenos momentos...
Para
qué te voy a contar eso. Son tantas las cosas que se unen en mi mente que no
puedo ni empezarlas a decir. Han pasado muchas cosas. Son 59 años que ya tengo.
Déjame tocar madera (vuelve a golpearse en la mejilla).
La Casa de la Trova de la ciudad lleva su
nombre, ¿qué opina de eso?
Mira,
en España han hecho un monumento a mi persona. La gente va, mira, vienen y me
lo dicen. Yo me río de eso. Si es negocio... Ellos ganan dinero porque es una
propaganda. Pero para mí también es propaganda. El Guayabero, el músico, que si
esto, que si lo otro... Y todo el que ve la estatua lo que hace es reírse.
Realmente
se siente bien, porque hay mucha gente que lo quiere y está preocupada por su
salud.
Hace
unos días estuvieron jaraneando sobre mi persona en la Casa de la Trova y dijeron que yo cumplía
101 años, que era uno de los viejos más viejos de aquí. Mira pa’ eso, relajo
conmigo, quién lo iba pensar, se aprovecharon de que no estaba.
Pero
se ve fuerte, ¿volveremos a escucharlo?
Vamos
a ver. La vida está llena de sorpresas. Va y sí, puede que no. Porque desde
arriba te vienen a buscar y no avisan. Ella no entiende. Cuando le haces falta,
te dice ven, y no puedes decirle que no. Porque a esa no se le puede decir que
no. Hay que ir.
¿Cree
que hay Guayabero para rato?
Bueno,
es posible. Ya tengo 59 años, puede que cumpla alguno más. Usted se fijó que
toqué madera.
Madera
fuerte...
Y
de la buena (se vuelve a reír).
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