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La historia de LOS CHINOS que le dieron nombre al famoso agromercado holguinero

22 de noviembre de 2016

Municipalidad Holguinera-1898-1954 (Inmigración de chinos y libaneses a Holguín)



Holguín fue esencialmente de población de piel blanca.


La población del término fue siempre esencialmente blanca, nativa y de ciudadanos. En el año 1898 teníamos en el Término de Holguín 34 506 habitantes y de ellos eran blancos 30 291; eran nativos de la Isla 33 746 y 32 309 eran ciudadanos cubanos;
En el año 1907 de los 50 244 habitantes del Término, solo eran negros 1 649; 4 656 eran mestizos y 36 amarillos, habiendo nacido en la Isla: 42 002 de ellos;
En el año de 1919 de los 91 267 habitantes del Término, solo teníamos 5 971 negros, 7 658 mestizos y 278 amarillos, habiendo nacido en la Isla 84 538 de sus habitantes, debiéndose el aumento en la población negra y mestiza al venir a residir en la Ciudad de Holguín los expulsados del Central Santa Lucía, Ingenio que a pesar de su condición de “cubano”, siempre se ha comportado con sus empleados como “Dueños y Señores de un país conquistado”, y también al éxodo de la población pobre gibareña que nutrió barrios como “El Yarey”  y “La Chomba”, a la entrada de jamaicanos y haitianos que conservan sus propias creencias y costumbres y a su cruzamiento constante con la población blanca;
Todos estos negros y mestizos gozan dentro de la Municipalidad holguinera de los mismos derechos y las mismas oportunidades de superación de que disfrutan los blancos, pudiendo contarse entre ellos a Médicos, Abogados, Dentistas, Farmacéuticos, Educadores, Comerciantes y Empleados, a pesar de que su superación les es más lenta por haber vivido en la Colonia bajo la esclavitud y cuyo atavismo les hace correr tras el toque de una tajona o les hace enloquecer ante una exagerada moda masculina;
Y asimismo a pesar de la división en clases, que hace mantener en la Ciudad distintas instituciones sociales basadas en el color más o menos oscuro de la piel o en la índole del trabajo de sus asociados.
Esa igualdad y esas mismas oportunidades de los negros y mestizos fue la causa de que no tuvieran en cuenta la Hoja Suelta de Emiliano Correa Guillén en que les pedía el voto para los de su clase, bajo la afirmación de ser ellos los que más trabajaban, los que más contribuían al Tesoro de la Nación y los que más Libertadores habían dado a la Patria, y los que menos disfrutaban de sus beneficios, al ser esos acaparados por los blancos.
Los chinos y los libaneses de Holguín


La misma igualdad y confraternidad entre blancos y negros y mestizos también la disfrutan dos grandes e importantes núcleos de población, como lo son el de los chinos y el de los libaneses, casi todos ellos ciudadanos cubanos y con hijos nacidos en el Término con profundos sentimientos patrios.
Los chinos, que en corto numero fueron traídos al Término para las faenas agrícolas, se radicaron en la Ciudad y en ella explotan hortalizas, trenes de lavado de ropa y en especial el comercio, estando todos agrupados socialmente en la Sociedad China de Holguín, y sus menores hijos, hijos además de madres cubanas, se agrupan en La Juventud China de Holguín, habiéndose destacado la Sociedad de Quantay y Compañía con su tienda “la Flor de China”, especializada en sedería y víveres; “Quong Yee Chang”, de Antonio Lau, que es un comercio de víveres; “La Mariposa”, primero de José Wong y luego de Santiago Sam, también especializada en la venta de víveres, como también son tiendas de venta de víveres “La Oriental” de Sio Yon, “La República” de Ignacio Wong, “La Casa Chang”, de Mariano Chang, “Cheng Yuen”, de José Cheng y Mario Yuen, “La Ceiba” de Luís Chieng, “La Baratilla”, de Serafín Chang y “La Flor Cubana” de Juan Hauke, especializada en verduras;
En el ramo de los Hoteles se destacan Rufino Chiang y Compañía con el Hotel “Holguín”, Luís Chiang, con “El Escofet”, Antonio Lima con “El Telégrafo”, que antes había explotado Joaquín Luís;
En el negocio de las posadas se destacan Felipe Chin con “El Nuevo Cantón”, Pedro Luís La O con “El Pasaje”, Manuel Achón con “El Gallo”, Vicente Ching con “Vía Libre”, Julián Chong con “El Plaza” y Julián Cheng con “La Gran China”;
Por su parte Julio Chon nos dio el Café “Capitolio”, Antonio Luís Cafú, “El Parque”, Julián Chiang, “Néctar”, Lorenzo Mok el restaurante “Victoria”, de comida típica china, Julián Chión el taller fotográfico “La Foto”;
Y Luís Felipe Ham es famoso en el Mercado con sus empanadillas, Eduardo J. Luís Torres es Ingeniero, Santiago Sam es un inspirado dibujante y Manuela Lima una firme exponente de la belleza oriental.

EL LIBANO

De ZACARIAS CHELALA CAMAYD
 Este importante establecimiento comercial de víveres y licores se encuentra establecido en la Avenida de Frexes No. 120 (bajos), de Holguín y es su propietario el Sr. Zacarías Chelala Camayd, natural de Monte Líbano, donde nació en el año 1897. Está casado en Holguín con la Sra. Zaida de Chelala, con la que tiene una hija de nombre Esther.
Comenzó sus negocios en Holguín en el giro de ropa, pero además tiene experiencia en negocios de ganado y lechería por haber sido propietario de ganado y lecherías.
Su actual negocio lo fundó en el año 1930. Actualmente (1944) cuenta con un capital de $ 20.000.00

La Colonia Libanesa es la más numerosa de la Municipalidad, teniendo entre los primeros en establecerse en Holguín a Miguel y Antonio Jacobo, Pedro Yapur, Juan Camayd y Felipe Chelala, habiendo estos dado con sus esposas libanesas o cubanas, hijos cubanos, agrupados socialmente en la Sociedad Libanesa, en la que se destacan las hijas por la belleza de sus ojos y lo provocativa de sus bocas.
La dedicación favorita de los libaneses o sus hijos es el comercio, y así Salomón Azze nos dio el “Monte Líbano”; Alfredo Fagés, “La Ciudad de París”; Zacarías Curi, “La Flor de Pueblo Nuevo”; Miguel Hatín, “La Giralda”; Felipe Ise, “La Bandera Verde”; Antonio Rogena, “La Democracia”; Antonio Saad, “La Perla”; Miguel Fagales, “La Ópera” y “La Ferretería Fagales”; Felipe Chelala, “La Casa Chelala”; Gerardo Girala, “El Palo Gordo”; Ricardo Camayd Zogbe, “El Sportman”;

Vista exterior del Sportman, publicado por Oriente Contemporáneo, que  considera a estos gradnes almacenes de ropa para caballeros como el centro de las grandes elegancias en Holguín.
Abajo: Vidrieras de El Sportman:

 

Jorge Mezerene, “El Brillante” y “La Época”; Jacobo Eljaua, “La Moda Americana”; Necuze e Hijos, “La Popular”; Miguel Necuze, “La Creación”; Camayd y Hermano, “La Francia”: Luís Zellek, “La Sortija”; las Hermanas Abraham, “La Elegante”; Antonio Cristo, “La Casa Cristo”; Alfredo Camayd, “El Submarino”; Elías Ferrás, “La Casa Mistirko”; Luís Mezerene, el bar “Los Dos Corazones”; Gerardo Necuze, la peletería “Miami”; Salvador Abraham, “La Casa Abraham”; Emilio Girala, “La Girala”; Elías Besil, “La Fortuna”; Ramón Camayd, el garaje “Moderno”; Armando Abraham, el servicentro “Abraham”; Elías Azze, Antonio Nazur y Salvador Chelala, una fábrica de zapatos; Antonio Nacif vende Pieles; Jorge Yarruch, comisiones; Jorge Azze fabrica las medias Once-Once; Felipe Nassur y Hermano, la joyería “El Nilo”; Andrés Stefano, la joyería “El Suizo”; Carin Azze, los caramelos “Carín”; Nicolás y José Mezerene comercian en Aguas Claras;
Igual esa comunidad ha dado medicos como José Chelala Aguilera, Crescencio Necuze y Emilio Camayd Zogbe; Dentistas como Antonio Necuze; Farmacéuticos como Sara Azze; Optometristas como Elisa Azze; una Catedrática como Matilde Camayd; mientras que Josefina Camayd es una gran cantante religiosa; José Eljaua un notable filatélico; Fabián Chelala, un sacerdote; José Abraham Jaus Danuit un rico colono; Alfredo Barak un gran agricultor; Marcelino barak un gran lechero; Felipe Saif es el más aristócrata de nuestros billeteros; Miguel Azze el mejor de nuestros relojeros; Las Hermanas Chelala forran botones y hebillas, Juanito Azze es un apasionado gallero; Carmito Azze un conocido jugador; Elías Azze un políglota; Julián Azze Nassur, un presumido viajante de Joyería; luis Azze es un sociable viajante de joyería; Badia Cristo nos surte de “quipe”; Natalio Nazar de pan árabe y de “Khobz”; Felipe Ballaudy es una institución en la zona de Velasco; Nicolás Chelala se dedica a prestar dinero; Elías Chelala es un gran cocinero; Fermín Chelala es un gran locutor y actor en la radio; Antonio Coré es un gran propagandista religioso; no habiendo en Holguín nadie más noble que Carlos Azze Yunes y Felipe Nassur besil; mejor hermano que José Abraham Jaus; Name Necuze es un patriarca; nadie es más sincero que Emilio Camayd, nadie es más elegante en la Ciudad que Eduardo Azze, ni más fino que Jorge Azze Azuf;
Y como es natural, en una colonia tan numerosa los hay choferes, maestros, empleados, jugadores, chulos y una que otra mujer de “mala cabeza”, que es el nombre empleado por Felipe Nassur para diferenciarlas de las cubanas prostitutas.
Entre estos árabes de Holguín también se cuenta con palestinos, los que como Camilo José Osmán que nos dio “El 94” y una gran empleada como Maximina Arias; Majmud Alí Osmán y Abdelgabi Abed nos dio la tienda de ropas “Las Maravillas”; Abed Alí, “El Cairo” y Amed Mujamed Amed dio “El Palacio de Cristal”;
Y los judíos Roberto Namer nos dio “El Tigre”; Israel Jacobo, “El Famoso 35”; León Osaka y Compañía son fabricantes de zapatos; Piasechi Wladawshi, “La República Alemana”; y Lubowiosky, “El Bazar Alemán”.

La colonia árabe en la vida comercial holguinera.
(1902-1950)
Por: ANNARELLA  GRIMAL  SAAD
La inmigración siempre ha sido un tema polémico que se ha manifestado a través de los siglos en todas partes del mundo, expuesta a condiciones externas e internas de índole económico, político, social o religioso en cada región en la que el inmigrante ha echado raíces. Cuba constituye una de estas regiones.
Desde sus mismos orígenes, españoles, africanos, haitianos y muchos otros han arribado a nuestras costas y han aportado algo a la forma de pensar y vivir, al mundo material y espiritual del criollo. Pero no todos han sido registrados de igual manera en la memoria de la Isla. Los árabes, por lo menos los así llamados, han tenido menos suerte.
Siguiendo las líneas del conocimiento historiográfico, nos propusimos desandar el camino, escarbar en el pasado, seguir la huella de aquellos llamados moros o árabes, que dejaron una larga estela de apellidos poco comunes en el castellano, y adentrarnos en una historia casi inaccesible, y en ocasiones poco comprendida, de la presencia árabe en Cuba.
No existe obra que vertebre el conocimiento sobre esta multitud anónima que llegó a la Isla sin los rudimentos del idioma, pero llenos de esperanzas en esta tierra, donde echaron anclas después de un viaje desde la cuenca del Mediterráneo. Vientos de opresión y despotismo empujaron a estos árabes de la Gran Siria o el Levante a través del Atlántico, en las postrimerías del siglo XIX, cuando la caducidad del tiránico imperio que los doblegaba no brindó a los levantinos los beneficios que la revolución tecnológica trajo para otros países del orbe.
Así, después de un viaje largo y no exento de complicaciones, quebrado el arraigo a la tierra que los había visto nacer, llegan los árabes a Cuba. Pero, ¿cuáles árabes y por qué Cuba? Egipcios, turcos y hebreos arribaron a nuestras bahías, aunque en grupos muy reducidos, mientras que palestinos, sirios y, sobre todo, libaneses conformaron un grupo evidentemente mayoritario que pronto proliferaría, mediante la llamada inmigración en cadena, que se desarrolló fundamentalmente durante las tres primeras décadas del siglo XX.
Muchas fueron las razones que tentaron al inmigrante de la Media Luna Fértil a probar suerte en territorio cubano. El siglo XX trajo para Cuba cambios radicales en todo sentido: había dejado de ser colonia de España para convertirse en neocolonia de Estado Unidos. Por una parte, las inversiones directas de capital financiero extranjero –fundamentalmente norteamericano–, y por otra, la crisis económico-demográfica, a causa de la Guerra de la Independencia y la Reconcentración llevado a cabo por Valeriano Weyler, dejaban a la Isla a merced de una inminente necesidad de mano de obra, que serviría de pretexto para desarrollar una política migratoria que impulsara y promoviera la inmigración, tanto contratada como espontánea. Tal fue su alcance, que los más importantes órganos de prensa de entonces, como El Diario de la Marina, hacían eco de es esta problemática:
“(...) es indispensable que se atienda este problema de la inmigración que es de vital importancia, que afecta muchos intereses y del cual dependen las riquezas y el bienestar general”(1).
En el caso de la inmigración árabe, se calcula que, durante el primer tercio de siglo llegaron a las costas cubanas alrededor de “33 919, que representaban el 24,3%, del total de inmigrantes, de los cuales el 71,5% eran solteros”(2) . Estos inmigrantes se asentaron en diferentes puntos del país, como las actuales provincias de La Habana, Ciego de Ávila, Santiago de Cuba y Holguín.
La ciudad de San Isidoro de Holguín era una población mediterránea del norte oriental de la Isla, cuya área es una llanura ubicada entre dos ríos, límites fijados desde 1752, que fueron saliendo paulatinamente de su antigua demarcación, aunque no fue hasta después de 1920 en que se extendieron los límites de la ciudad.
Con la llegada de la República en 1902, el proceso de inversiones que se venía operando en la Isla, se hizo extensivo a nuestro término municipal y comienza para Holguín un proceso de restauración económica que se materializó en importantes grupos monopolistas con intereses enraizados en diferentes regiones, como “la United Fruti Co., Mayabe Nursey Co., West Indian Fruit Co., Buenaventura Fruit Co.”(3) , por sólo citar algunos.
Todo esto revolucionó otras esferas de la economía, como el transporte y las comunicaciones. A través de la reorganización administrativa, comenzó la explotación de los recursos naturales y medios de subsistencia durante los primeros años del siglo XX; a pesar de ser insuficiente para desarrollar la actividad comercial, esta comenzaba lentamente a dar sus primeros pasos, gracias en gran medida al elemento foráneo, en especial a aquellos que trajeron consigo desde la Media Luna Fértil, allende el Atlántico, las centenarias habilidades para el comercio que, desde los fenicios, habían dotado y caracterizado siempre a los árabes.
A su llegada a Cuba, estos inmigrantes, casi en su totalidad, se dedicaron a la venta de mercancías, de los más variados tipos, en la zona rural. Lo mismo pasó con los árabes llegados a la ciudad de Holguín. Indagar en la memoria de sus descendientes nos permitió transportarnos a aquellos primeros años de su estancia en la Ciudad de los Parques donde se iniciaban en esta actividad comercial, y conversan con Antonio Saad Saker, María y Modesto Zellek, Felipe Saif, Emilio Nacif y Eduardo Azze, que comenzaban a destacarse en el negocio de las ventas ambulantes. Al repecto, Elías Azze, hijo de este último, nos contaba:
“Mi padre vino en 1912, con 20 años de edad, soltero. Se dedicó al comercio, o sea, a vender en los campos. Tenía tres caballos, dos de carga y uno de monta y los cargaba de mercancía: era vendedor ambulante de la zona rural, vendía desde ropa hecha, colorete, polvo facial, telas, prendas, muchas prendas de oro principalmente, era muy conocedor del oro. Mi padre fiaba por zafra, los campesinos les compraban sus mercancías y entonces iban pagándole cuando cobraban, al terminar la zafra’’. (4)
En la mayoría de los casos, los clientes de estos vendedores ambulantes o al detalle eran campesinos que se dedicaban a labores agrícolas cañeras, pero debido lo precario de su situación económica, no siempre podían pagar al contado o de inmediato, por lo que muchos vendían sus mercancías a plazo o las cobraban cuando los campesinos recibían el dinero de la zafra. Estas mercancías procedían de los almacenes y establecimientos comerciales de la ciudad, donde las adquirían por precios muy baratos que alteraban en la zona rural.
Tal afirmación pudo ser demostrada mediante las entrevistas realizadas a los descendientes de aquellos inmigrantes que se dedicaban a este tipo de actividad comercial. Eva Zellek, hija de Modesto Zellek, nos decía:
“Mi papá compraba las mercancías a Jorge A. Mezerene en El Brillante (hoy La Época), pero las vendía más caras en los montes’’. (5)
En la mayoría de los casos, esta actividad comercial constituyó una opción de carácter transitorio para los inmigrantes árabes, como una forma de subsistencia inicial durante algunos años. Esto les permitiría, a través de la paulatina acumulación de capital, invertir en otros negocios más jugosos, que les agenciaran mayores ganancias, como fue la compra de establecimientos comerciales de ventas al por menor.
Esto se materializó, durante los primeros años de siglo, en los negocios de Gaspar Elías, Emilio Camayd y José M. Saad, en un esfuerzo por insertarse en la vida económica holguinera, a través del trabajo honrado y la actividad comercial, en la que fueron convirtiéndose en verdaderos protagonistas, como corroboran testimonios y datos extraídos de los Libros de Comerciantes y de Sociedades del Registro Mercantil, que revelan la escasez y modestia de los establecimientos comerciales de propietarios árabes durante el período.
Tal es el caso de Marcelino Camayd Chelala, quien en 1915 solicita su inscripción de comerciante, y había contraído una deuda dos años antes con la Sociedad Estefan y Pecile, referente a lo cual queda asentado en su hoja de inscripción de su establecimiento lo siguiente:
“Debo y pagaré a los señores Estefan y Pecile o a su orden, la cantidad de $ 97.20, plata española, importe de mercancías que me vendieron (...), y me comprometo a pagarles a razón de $ 10.00 mensuales, a contar desde esta fecha, (...). Holguín, 26 de noviembre de 1913. Marcelino Chelala’’.(6)
Estos comerciantes, como todos en Cuba, se regían por el Código de Comercio Español del 22 de agosto de 1885, que sufrió cambios a través de la Orden Militar número 400 del 23 de septiembre de 1900 dictada durante el primer gobierno interventor. Mediante la misma, se introdujeron importantísimas reformas en las materias comerciales y mercantiles, válidas para todo el período. Posteriormente, las disposiciones de esta orden fueron modificadas por el Decreto número 1056, del 31 de octubre de 1908, insertado como apéndice al Código de Comercio en la edición de 1917. Además de las modificaciones al Código, por la Orden 400 de 1900 y el Decreto #1056 de 1908, existieron otras disposiciones que se sucedieron en lo adelante con este mismo fin. Estas no alteraron el espíritu del Código, y fueron naciendo en la medida en que iba creciendo y desarrollándose en Cuba la actividad comercial, todos respaldados por un Reglamento Mercantil, cuyos artículos ratificaban, en cuestiones semejantes, a los de la orden ya mencionada.
A partir de 1920 comienza a desarrollarse el proceso de inmigración en cadena, que constituye la expresión más evidente de este tipo de migración. Impulsados por las catastróficas consecuencias que para los países del Levante trajo la Primera Guerra Mundial, y muy a pesar de los efectos del crack bancario en Cuba y del giro en la política migratoria ya no tan favorable para el elemento foráneo en general, estos inmigrantes tuvieron el respaldo de sus familiares, establecidos años atrás en la ciudad de Holguín y quienes les brindaron apoyo económico, proporcionaron trabajo a los recién llegados y facilitaron un rápido desenvolvimiento en el comercio minorista, particularmente. Simón Saad constituye una prueba fidedigna de ello:
“Yo vine a Cuba en 1926 porque mi tío Jacobo Eljaua me mandó a buscar. Él era dueño de ‘La Moda Americana’ y tenía muy buena posición económica. Al llegar a Holguín me puso a trabajar con él y unos años más tarde me hice su socio”.(7)
En el caso específico de la ciudad de Holguín ocurre algo similar: los árabes que echaron raíces en esta región nororiental venían con pretensiones de desempeñarse en la actividad comercial, como la mayoría de sus coterráneos de los que tenían referencias. Por otra parte, el comercio constituía, para estos años, una actividad tentadora, dada su escasa evolución en Holguín y las prometedoras posibilidades de desarrollo en las comunicaciones y el transporte holguineros, a partir de la década del veinte. Fue entonces cuando comenzaron a emerger, en el entorno citadino, numerosos establecimientos de propietarios árabes, entre ellos los libaneses de manera especial.
Los comerciantes que se destacaron entre 1921 y 1938 abrieron sus establecimientos en el centro de la ciudad, básicamente, y la mayoría se dedicaba a la venta de ropa hecha, tejidos y prendas, en tiendas mixtas, baratillos, bisuterías y quincallas. Aunque otros prefirieron zonas más alejadas, como Pueblo Nuevo, por constituir entonces un puente con la zona rural, cuya población por lo general no tenía acceso a la variedad de productos o mercancías.
Los capitales para la apertura de su negocio no sólo reflejan el poder adquisitivo de sus propietarios, que aumenta significativamente durante este período. Los giros de quincalla, ropa hecha, tejidos, tiendas mixtas, talleres de zapatería y tiendas de tabaco eran los establecimientos comerciales en que las inversiones ascendían a un monto mayor, entre 800 y 6000 pesos. Muchos de ellos hicieron su capital sobre la base de las ventas ambulantes.
Sin embargo, estos no eran los únicos giros comerciales a los que se dedicaban los árabes. Algunos inmigrantes se dedicaron a las bodegas, que no requerían de grandes inversiones, ya que las mismas oscilaban entre 100 y 200 pesos, salvo el caso de Elías Ize Curí, comerciante inscrito en 1934 y cuyo establecimiento abrió con un capital de 800 pesos, porque incluía una quincalla. También existieron cantinas como las de Zacarías A. Curí Rafael, que con capital de mil pesos abrió en 1924 en Pueblo Nuevo.(8)
Con el incremento en los establecimientos comerciales de propietarios árabes, aumentaron las posibilidades para los coterráneos, quienes se emplean como dependientes.
Los escasos establecimientos inscriptos entre 1930 y 1933 y las entrevistas a descendientes muestran que la crisis de 1929 a 1933 se hizo sentir en algunos comercios de propietarios árabes. Al respecto Miguel Besil refería:
“Mi padre, Elías Besil, tenía una tienda mixta, en la calle Aguilera esquina a Libertad. Vendía de todo, ropa, medias, zapatos, prendas(...). El establecimiento se extendía poco más de media cuadra, y era un comercio muy próspero. Pero cuando sobrevino la crisis en 1933 lo perdió todo y quedó totalmente arruinado”. (9)
Los establecimientos comerciales de propietarios árabes tenían nombres que identificaban la procedencia del dueño como “El Líbano”, “El Nilo”, “El Libanés” y “La Giralda”, de Miguel Hatim Estéfano.
A pesar de que casi todos los inmigrantes árabes lograron prosperidad en los negocios, sólo en muy pocos casos alcanzaron las más altas esferas del comercio mayorista, como Necuze e hijos, y La Popular, que actualmente es el Café Cantante, “dotada de grandes almacenes de las variadas mercancías que llegó a surtir establecimientos comerciales de la zona oriental e incluso de las provincias centrales, como Las Villas, para la década del cincuenta”.(10)
También se destacó la tienda “Sportman”, establecimiento de tejidos y sombrerías, ropa hecha, especializado en artículos masculinos en Frexes # 42, pertenecientes a la sociedad Camayd y Milá, que abrió con un capital de 4 mil pesos en la década del ‘30 y estaba considerado como el centro de la elegancia en Holguín. Esta sociedad también era propietaria del establecimiento de tienda de sport y quincalla Casa San Román, que comenzó con un capital de 5 mil pesos y estaba ubicada en Libertad # 129. Al disolverse esta sociedad mercantil, el 20 de octubre de 1953, el señor Ricardo Camayd queda como único dueño del Sportman, y el otro socio, José A. Milá, pasa a ser propietario de la Casa San Román. Para este año, el primer establecimiento estaba valorado en 13 mil 497, 45 pesos, mientras que el segundo en 9 mil 98,98 pesos 11 . Muchos de los comerciantes de esta plaza hacían su propia publicidad. El “Sportman” tenía la suya:
“Todo lo que un caballero necesita para su presencia personal lo hay en nuestra casa y al precio insospechado por usted. En cualquiera de nuestros departamentos encontrará la reunión del esfuerzo de todas las industrias del mundo”. (12)
Otro de los establecimientos que se destacó por su prestigio en la ciudad fue el de Zacarías Chelala Camayd, natural de Monte Líbano, que llegó a ser un importante establecimiento de víveres y licores ubicado en Avenida Frexes # 120, bajos.
“Zacarías se estableció por primera vez en Holguín en el giro de ropas; tenía experiencia en negocio de ganados y lecherías, y era propietario de varias cabezas de ganado en fincas a piso a partido para la cría de mejoras. Fundó su actual negocio en el año 1930, con un capital de 2 000 pesos”.(13)
Otro establecimiento de gran importancia fundado en la década del ‘20 fue “La Moda Americana”, de Jacobo Eljaua, procedente de Monte Líbano; estaba ubicada en libertad # 105. Inicialmente lo abrió en sociedad con Pablo E. Najul y se dedicaba al giro de tienda mixta. Fue valorado en 43 mil 92,45 pesos, en 1929, cuando Jacobo Eljaua queda como único propietario de dicho establecimiento al disolverse la mencionada sociedad.(14)
A este período histórico corresponde también la inscripción en 1923 de “El Arbolito”, en Frexes # 36 y cuyo propietario era Jorge A. Mezerene y abrió con un capital de 3 mil pesos en el giro de quincalla. Este centro comercial fue fortaleciéndose progresivamente y en 1930 el señor Mezerene se asocia con el señor Zacarías A. Curí Rafael (cuñado de su esposa) y aumenta y diversifica las ofertas. Cambia el nombre del establecimiento por el de La Época y se dedica a tejidos, sederías y quincallas, con un capital de 8 mil 105 pesos.
En 1949 se disuelve esta sociedad y Mezerene queda como único dueño del establecimiento, que en 1952 estaba valorado ya en 80 mil pesos(15).
Aunque la mayoría de los árabes radicados en Holguín se dedicaban al comercio, también existieron otros que alcanzaron solidez económica en otras ramas; tal es el caso de Ramón Camayd, propietario de los garajes “El Moderno” y “Los Ángeles”, en “Maceo” # 78. Contaban con talleres de mecánica carpintería, pintura, plantas de engrase y Storages. Estos garajes “constituyen los establecimientos de su género más importantes de la localidad, comúnmente conocidos con el nombre de Camayd”(16).
Ramón Camayd puede considerarse uno de los iniciadores en nuestro término de esta nueva industria, con depósitos de gasolina y autocentros, uno de ellos ubicado en la Carretera Central, y ya para la década del ’50 contaba con otro en el reparto Santiesteban, que abrió con un capital de 68 mil pesos. Contaba con un punto de autos, camiones y accesorios, además de un taller de reparaciones de autos y camiones valorado en 20 mil pesos(17). Camayd también poseía establecimientos de venta de gasolina en diferentes puntos de la ciudad.
Todos estos datos extraídos del Registro Mercantil destacan la evolución económica e incremento del poder adquisitivo de los inmigrantes libaneses, los que más se destacan en este período. Pudimos encontrar otros comercios de propietarios palestinos, pero datan de los años ‘50 y en números muy reducidos. En cuanto a los sirios, hasta el momento sólo encontramos a Pedro Magmud como propietario de la tienda mixta “Las Maravillas”, ubicada también en el centro de la ciudad. Además de los ya mencionados podemos citar a:
“La Ópera” y la “Ferretería Fagales”, “La ciudad de París”, de Alfredo Fagés, el Bar “Dos Corazones”, de Luis Mezerene, La Peletería “Miami”, de Gerardo Necuze; y Armando Abraham, propietario del Servicentro “Abraham”, destinado a la venta de gasolina. También se destacan zapateros como Salvador Chelala, relojeros como Miguel Azze, joyeros como Felipe Nazur y Andrés Estéfano. Así como Jorge Azze fabricante de las medias Once-Once, que gozaron de gran prestigio y demanda popular”.(18).
La inmigración árabe ejerció una influencia muy importante en la vida comercial de la ciudad de Holguín, fundamentalmente a partir de 1921, y siguió desarrollándose hasta la década del ‘50.
Desde el mismo instante de su arribo, el inmigrante levantino comienza a hacerse partícipe de la vida y la cultura holguineras: rompieron las barreras del idioma y asimilaron el castellano como instrumento de comunicación, iniciándose en Holguín un proceso de integración cultural árabe, que más tarde se enriquecería con la fusión entre familias de ambas etnias, mediante el matrimonio. Este proceso se hizo más evidente a través de la vida económica, donde el inmigrante de la Media Luna Fértil esgrimió la actividad comercial como mejor medio de subsistencia.
Vendedores ambulantes, viajantes de comercio, dependientes y propietarios de establecimientos comerciales, gozaron de estabilidad económica, gracias a la actividad comercial y más tarde ejercieron gran influencia en su desarrollo, al nutrir lo más céntrico del entorno citadino de numerosos establecimientos, colmados de las más variadas mercancías, en favor de una diversificada demanda popular.
Los árabes formaron una de las más emprendedoras y prósperas colonias de inmigrantes en la ciudad de Holguín, respaldados por una educación estricta que transmitían de generación en generación y una disciplina férrea que trajeron consigo allende el Atlántico.
Notas:
1. Revista Universidad de La Habana, mayo- agosto 1971. P. 51.
2. Revista El árabe. Número 40. octubre 1977. P. 10
3. José García Castañeda. La Municipalidad holguinera. P. 99
4. Entrevista Elías Azze.
5. Entrevista Eva Zeller.
6. Archivo Histórico Provincial de Holguín. Libro de comerciantes. Folio 30. tomo 10. p. 34
7. Entrevista Simón Saad.
8. Libro de comerciantes. Folio 180. T. 130.
9. Entrevista a Miguel Besil.
10 Libro de establecimientos. Folio 169. T.20
11 Oriente contemporáneo.
12. ídem.
13. Libro de establecimientos. Folio 16. T. 18
14. Libro de comerciantes. Folio 189. T. 29. P. 192
15. Libro de establecimientos. Folio 198. T.18. P. 201
16. Oriente contemporáneo.
17. Libro de establecimientos. Folio 69. T. 6. P. 70
18. José García Castañeda. La Municipalidad holguinera. P. 142. T. 2