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Historia de Holguín

La aldea a la mano (Holguín, Cuba)

6 de octubre de 2017

Los primeros trovadores holguineros que pasaron a la posteridad

Por: Zenovio Hernández Pavón y Ana Luisa Tamayo

Al iniciarse los años de la década de 1930 la canción trovadoresca, indudablemente la más arraigada entre las capas humildes del pueblo cubano, no sólo tenía la rivalidad de la canción lírica sino también de la avalancha que sobre la Isla caía de ritmos extranjeros de América y Europa: el tango, jazz, pasodobles, cuplés… y asimismo la fuerza avasalladora del son saturaba la vida musical, preferentemente a través de la radio que lo expandía a los cuatro vientos. 

LA GENERACIÓN INTERMEDIA DE TROVADORES 

Es en esos años cuando irrumpe una nueva generación de trovadores a la que se le conoce como la intermedia entre los viejos y los de la Nueva trova.  Entre ellos hubo figuras tan emblemáticas como Miguel Matamoros, Ñico Saquito, Lorenzo Hierrezuelo y María Teresa Vera.  Con ellos, dijeron las musicólogas Victoria Eli Rodríguez y Zoila Gómez “la frontera entre trovador y sonero no quedaba bien delimitada”[1].


Intérprete: Conjunto Casino:  

Es a partir de ese periodo que la obra de los trovadores holguineros, afincados en su región natal o establecidos en Santiago, La Habana u otros lugares, inicia una etapa de particular brillo y esplendor de la mano de Faustino Oramas: “El Guayabero”, Ángel Alberto Caissés: “El Cojo Caissés”, Guillermo RodríguezFiffe, Guillermo Sánchez, Octavio Sánchez: Cotán, Mérido Gutiérrez, entre otros compositores y guitarristas.

 

A excepción de Rodríguez Fiffe que muy pequeño se estableció en Santiago y en 1936 fue a La Habana, donde popularizó sus canciones y guarachas, entre ellas la antológica titulada “Bilongo o La negra Tomasa”, este selecto grupo de trovadores fundaron en Holguín tríos, conjuntos u otras agrupaciones que se hicieron muy populares a partir de descargas, serenatas, espectáculos  teatrales, bailes y sobretodo  a través de la radio.

En 1930 llega la radio a Holguín cuando en 1ro de septiembre sale al aire la CMKF “La Voz del Norte de Oriente”, primera emisora de la ciudad, y en 1936 sale una segunda radioemisora, la CMKO de Manuel Angulo. Ambas les brindaron espacios a los trovadores más destacados que fueron a sus estudios conformando tríos, conjuntos, orquestas. Se estrenan y se hacen populares piezas como la guaracha “La media naranja” del Cojo Caissés; los boleros “Así es Bayamo” y “Amor lejano”; la guajira-son “Los cuatro paisajes” y el afro “Bongó de Santa Bárbara” de Guillermo Sánchez. 

Guillermo impartió clases y lecciones de guitarra a un grupo de jóvenes interesados en el legado trovadoresco, entre ellos Mérido Gutiérrez quien se destacó años después en la fundación de tríos y en la composición de boleros y canciones como “No, corazón”, “La copa de cristal” y “Mona Lisa”; de esa vendió su derecho de autor en tiempos en que era un emigrante en Nueva York. Posteriormente, bajo la firma de Livington y Evans se convirtió en un hit universal.

 

Y así igual la labor de Guillermo Sánchez fue meritoria por mantener vivos los códigos de la trova tradicional, nucleando a su alrededor a varios músicos en ese empeño. Muestra es su producción, que, aunque escasa, no se aparta de los patrones trovadorescos más primigenios, como puede percibirse en  “Holguín y su comarca”, (guajira-son) y “Saludando a la trova”, (bolero-son). Estas obras, aún escuchadas en las voces de su hija Adolfinita, Oneida Parra y en grabaciones de Barbarito Diez,  son fácilmente asequibles por sus convencionales melodías, acompañamiento armónico funcional, sin rebuscamientos ni efectismos, y textos coherentes. 

Cotán por su parte, uno de los más portentosos guitarristas de la trova cubana, luego de transitar por tríos y conjuntos, abandonó la región y se fue a La Habana donde conquistó reconocimiento por su labor de acompañante e integrando junto a su hermano Mayito el grupo “Los Trovadores Cubanos”, que dirigía Adriano Rodríguez. 

FAUSTINO ORAMA, EL GUAYABERO 

Sin menospreciar a los anteriores, es el de Faustino el nombre imprescindible de la trova holguinera. Como otros muchos trova-soneros por su labor en agrupaciones bailables, El Guayabero es uno de los más grandes y singulares exponentes de la trova intermedia siendo llamado por algunos “el último juglar de la tradición cubana”

Y en efecto, en muchos pueblos de la Isla todavía se le recuerda con su tres en un parque, un café u otro sitio descargando su repertorio de sones desbordantes de gracia y humor criollo.

La creación de Faustino encierra una dicotomía visible, pues, aunque su música pudiera inscribirse en la creación folclórica, en tanto está arraigada en las viejas tradiciones, es al mismo tiempo una música que puede calificarse como  popular, ya que no es anónima, (mientras que la folclórica si); y gusta a un vasto grupo de personas, a diferencia de la folclórica que sólo se escucha en determinados sectores sociales.

Pero a pesar de lo anterior, su creación puede considerarse folclórica, pues sus textos, por ejemplo, se relacionan con danzas bailables del siglo XlX cubano como la sirivinga, el cotunto, la rumbita, la dancita, el nengón, y el chivo capó, entre otras denominaciones de acuerdo al lugar de la Isla donde se cultivaran. Las mismas, poseen letras con doble sentido, otras son auténticamente picarescas o de un desparpajo manifiesto, por eso a Faustino se le conoce como “El rey del doble sentido”.

Y además de lo dicho, la forma original que tenía Faustino de interpretar su música, lo sitúa como trovador, en tanto está presente el inseparable binomio hombre-guitarra, (en su caso el tres), que interpreta sus propias creaciones; y por otro puede considerársele hacedor de un son primigenio de coplas (generalmente cuartetas) y estribillo, con melodías reiterativas, de frases cortas, sin grandes saltos o dificultades; y el uso de una  armonía básica, sustentada en los grados fundamentales de cualquier tonalidad. Por lo anterior se le puede insertar dentro de los primeros soneros holguineros de esa etapa, y aún en nuestros días porque su son es escuchado, bailado y recreado por varios intérpretes y bailadores.






[1] Victoria Eli Rodríguez y Zoila Gómez, “Haciendo música cubana”, pág 108

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