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HÉCTOR LAVOE INTERPRETA AL HOLGUINERISIMO GUAYABERO

29 de abril de 2012

La banense hija de misioneros cuáqueros, María Luisa Bautista: la mujer que salvó el mayor tesoro literario cubano del siglo XX




(Con datos tomados del poeta holguinero Alberto Lauro)

En La Habana se llamaba María Luisa Bautista, para las familias holguineras era simplemente “Cachita”. Su madre, María Treviño, fue una misionera cuáquera mexicana que llegó a Cuba con diecinueve años por el puerto de Gibara, el 14 de noviembre de 1900. Allí fundó el Colegio “Los Amigos”. Cuando en 1902 Estrada Palma arriba a la isla desde su destierro, ya investido como Presidente de la naciente República de Cuba, desembarca por la bahía de Gibara –por ese mismo lugar había salido al exilio-, y la joven maestra religiosa, junto a la población de la localidad, con su coro de niños, lo recibe. Un año después fundó el mismo colegio en Banes. 

María Treviño se casó con don Elpidio Bautista y tuvieron tres hijos: Joaquín, Andrea y Cachita. 

María Luisa Bautista Treviño junto a su esposo Lezama Lima. La foto fue hecha en la sala de su casa en la década de 1970



Al cabo de los años la hija de la misionera, ahora profesora de Literatura y amiga de Eloísa Lezama Lima. A petición de la madre del más notable escritor cubano del siglo XX, José Lezama Lima, Eloísa se casó con él. (La boda se efectuó en en la Iglesia del Espíritu Santo, en La habana, el 5 de diciembre en 1964).

La primera Iglesia Los Amigos de Banes
Iglesia Los Amigos de Banes reformada
Colegio Los Amigos, Banes
Logo colegio Los Amigos, Banes
Colegio Los Amigos, Banes
Internado Colegio Los Amigos, Banes


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Fragmento tomado de: Mujeres en la vida de Lezama
De: Yamilé Limonta Júztiz

A la muerte de Rosa en 1964, una mujer ayudará a Lezama a rehacer su vida. Su nombre: María Luisa Bautista Treviño, profesora de Literatura, quien era amiga de Eloísa, hermana del poeta, y visitaba frecuentemente a la familia. Juntas habían estudiado la carrera de Filosofía y Letras.

La formalización del matrimonio con el escritor se realizó el 5 de diciembre de ese mismo año en la notaría de Octavio Smith. Posteriormente el casamiento fue consagrado en una sencilla ceremonia oficiada por el padre Ángel Gaztelu en la iglesia del Espíritu Santo, ante la presencia de Alejo Carpentier, Agustin Pí, Mario Parajón, Cintio Vitier y Fina García Marruz, madrina de la boda, entre otros.

María Luisa se convierte en apoyo imprescindible para Lezama. Con diligencia atiende las visitas que recibe el poeta. Gusta de ofrecer té o café en finísimas tazas de porcelana. Reynaldo González la describe como mujer “aquiescente y serena, preocupada, reservada, un poco guarda de cuerpo".

A instancias de María Luisa, Lezama retomó la escritura de Paradiso. No se debe soslayar su labor junto al poeta: ella mecanografiaba los manuscritos y hacía tres copias de cada texto, las cuales guardaba en una carpeta. Perseveró, además, en organizar la biblioteca del esposo, pues los miles de libros que la componían estaban diseminados por toda la casa. En esta ingente tarea la ayudaría Roberto Pérez León, quien había comenzado la titánica tarea pero no pudo concluirla, debido al fallecimiento de María Luisa, el 20 de febrero de 1981.

La mujer que fuera de extraordinario sostén para el escritor, mantuvo un interesante intercambio epistolar con la célebre filósofa española María Zambrano, quien había conocido a Lezama en la cena de bienvenida que la intelectualidad cubana le ofreciera al pasar por La Habana en octubre de 1936, con destino a Santiago de Chile, junto a su esposo, el diplomático Alfonso Rodríguez Aldave.

En la distancia siente la filósofa española una profunda nostalgia de aquellos encuentros en casa del músico Julián Orbón, de los paseos por la ciudad, del paisaje…

Y al enterarse de la muerte de Lezama, le escribe el 19 de septiembre de 1976 a María Luisa, de quien ya tenía referencias: “No tema que vaya a aventurarme en ofrecerle palabras de consuelo, las necesitaría también yo”,y acto seguido le brinda su sincera amistad: “Quisiera que me considerase Ud. amiga suya. Él en todas sus cartas se refería a Ud. y a menudo hablaba en plural. Y aun con mayor precisión le diría: siéntame en el campo de lahermandad. Disponga pues, de mí para todo aquello en que pueda servirla».

El 14 de octubre, María Luisa le responde desde su casa de Trocadero 162: “Cómo no considerarla mi amiga, si fue Ud. tan entrañablemente amiga de él y una de las grandes —y pocas— alegrías que tuvo en los últimos años, eran sus maravillosas cartas tan admirables y esperadas. Por las mañanas, cuando yo venía a la sala y veía que el cartero las había echado por debajo de la puerta, iba corriendo con ella asu cama y a veces lo despertaba para darle la buena nueva, pues sabía que ese era para él un día de fiesta.¡Que Dios la bendiga por todo esto !”.

María Luisa se entregó por entero a ordenar los manuscritos inéditos del esposo. A ella se debe el cotejo de los originales de Oppiano Licario y Fragmentos a su imán, publicados en 1977. Un ejemplar de cada título lo envió a la filósofa y al poeta gallego José Angel Valente, amigo de María  Zambrano y de Lezama.

Por la autora de La Cuba secreta conoce María  Luisa del homenaje que se le hace al escritor en Europa conla edición de sus textos, labor en la que colaboró Zambrano, que persistía en dar a conocer la obra poética del creador de Paradiso. También es informada María Luisa sobre la posible publicación del epistolario de Lezama con Valente y la intelectual malagueña, proyecto que no llegó a concretarse en un libro. No obstante, varias cartas fueron dadas a conocer en publicaciones periódicas de carácter literario. Por correo estas mujeres intercambiaron fotografías, libros… En misiva del 28 de noviembre de 1977, a petición de la Zambrano, María Luisa adjunta los salmos preferidos del poeta (23 y 91), que en la noche leían juntos. Un disco que comprende una lectura de poesía en la voz de Lezama es enviado también. Distanciadas geográficamente, ellas llegan a hermanarse a través de la relación epistolar, cada vez más necesaria. En una ocasión, cambia el tratamiento de Zambrano hacia María Luisa, notándose cómo la relación se hace mucho más cercana, aunque por fuerza de la costumbre, en mensajes posteriores, vuelva a adoptar un modo más respetuoso: “Me está saliendo el llamarte de tú en las conversaciones que mentalmente mantengo contigo desde hace algún tiempo, al no poder escribirte, te hablo. Con Lezama durante algún tiempo nos hablamos de tú y luego volvimos al usted. Ello tiene su causa recóndita muy sutil y no hay que analizar”. A lo que María Luisa responde con una pregunta: “Me encanta que me llame de tú, ¿por qué había de ser de otro modo?”.

Ya sea desde Francia o Ginebra, siempre una muestra de cariño llegó a la cubana, a pesar de la irregularidad del correo; y ésta lo agradece: “Ud. no es capaz de imaginarse cómo las cartas de Ud. me alivian, querida María; siento como si Ud. tuviera un don, una gracia, un conocimiento de lo invisible que a la mayor parte de los demás mortales no nos fue dado y yo creo que Lezama también lo tenía”.

Por su parte, Zambrano reconoce continuar unida en la amistad con el poeta gracias a la esposa: “Con la simplicidad propia de las criaturas predestinadas, ha sido su ala y su columna; su claridad, su certeza. Y por Ud. nuestra amistad sigue siendo real (…)”

En la carta del 8 de septiembre de 1979 asoma el lado pícaro de María Luisa Bautista: “le digo también a Valente que había una caja de bombones que no tenía el nombre de la persona a quien iba dirigida y por las dudas yo di cuenta de ella. Si cometí un pecado, perdóneme, pero la tentación pudo más y estaban exquisitos”. María Zambrano contesta a los pocos días con tono maternal y guiño risueño: “La cajita de bombones que según dice a Valente llegó sin destinatario era para usted María Luisa, de mí. La carta se separó de la cajita.Cómo me gusta que le gustaran los bomboncitos”.

El diálogo epistolar entre estas mujeres representó un alivio espiritual para ambas. Las cartas delatan verdadero regocijo por tener la oportunidad de escribir y relatar sus vivencias. Reflejan a dos personas abatidas por la soledad y el dolor debido a la pérdida de sus seres queridos; en ese panorama de desconsuelo logran reconfortarse mutuamente valiéndose de la palabra más oportuna.

María Luisa Bautista nunca se adaptó a la ausencia de Lezama. Sus cartas hablan del vacío y la desesperación. María Zambrano, por su parte, también se resistió  a  creer  en  la  partida  de  su  apreciado  amigo.  

Legitimando la permanencia de Lezama durante años en Trocadero 162, la placa de bronce que actualmente muestra la fachada de esa vivienda fue regalada por los amigos del poeta a María Luisa, quien tuvo la intención de conservar dicho lugar. En carta dirigida a Zambrano, ella refiere: “Tengo días muy malos, aunque no disfruto de ningún ocio. Ahora estoy tratando de arreglarle la casa y ver si se puede reconstruir como él la tenía, sobre todo sus libros y cuadros que tanto él amó, a semejanza de lo que hacen en Europa con la casa de los escritores y poetas”.

De  cierto modo se avizora la idea, que le fuera comunicada al escritor, sobre la posibilidad futura de crear un museo que perpetuara su presencia en la citada casa. Algunos años más tendrían que transcurrir para que este anhelo fuera cumplido. Sobre el asunto, Lezama ya había expresado su agrado: “esta sala y esta penumbra fueron las cobijas de mis páginas. ¿Tendrá algún valor museable desde ya esta casa de Trocadero 162? Si se cumple que lo sea, yo habré tenido el privilegio de escribir  en mi propia casa y en el museo que me legarán la nación y los compatriotas. Es como vivir en una catedral del futuro (…)”.