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Un grande de la música cubana agriamente olvidado

La aldea a la mano (Holguín, Cuba)

27 de octubre de 2017

Yury Hernández Gómez


Tenor. (Holguín, 18 de julio de 1978). Ingresó al coro del Teatro Lírico Rodrigo Prats en 1996 y al año siguiente debutó como solista en la zarzuela “Los Gavilanes” de Jacinto Guerrero. En el año 2000 obtuvo el Gran Premio en el Concurso Nacional para jóvenes cantantes líricos Rodrigo Prats.

En el año 2006 fue galardonado en el Festival Primavera de Pyong Yang, Corea y al año siguiente fue finalista en el concurso Belvedere de Viena, Austria. Por sus cualidades vocales e histriónicas sobresale entre los intérpretes de la escena lírica nacional. Ha intervenido en numerosas óperas, zarzuelas y espectáculos de la compañía holguinera y de la Ópera Nacional de Cuba.

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Entrevista con el tenor cubano Yuri Hernández

MSc. Ronel González Sánchez

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A raíz de su interpretación del personaje protagónico de la ópera Tannhäuser de Richard Wagner, estrenada por primera vez en Cuba por artistas de la Isla, el 26 de marzo de 2016 en la Sala García Lorca del Gran Teatro de La Habana, coproducida por la Asociación Internacional Richard Wagner de Múnich, el Instituto Goethe y el Teatro Lírico Nacional de Cuba; la entrega del Premio Alberto Dávalos “por una vida consagrada a las Artes Escénicas”, y de su concierto “Italia per sempre”, realizado el 26 de junio por el 30 aniversario del teatro Comandante Eddy Suñol de la ciudad de Holguín.


Exigente consigo mismo hasta adentrarse en dimensiones próximas a la flagelación, como suelen ser los grandes inconformes, intenso conocedor de la historia del canto lirico, de las técnicas y herramientas que hacen que un artista de esta especialidad pueda o no ser excepcional, dueño de una recalcitrante avidez por la cultura en general, con un alto sentido del honor, la justicia y la amistad que a veces lo muestra como un ser aparentemente impenetrable cuando en realidad  oculta una humanidad hipersensible y vulnerable en extremo, con un penetrante y lúcido sentido del humor, a sus treinta y ocho años, el tenor cubano Yuri Hernández, posee dones impresionantes y una envidiable trayectoria de la que ha dejado constancia en diversos escenarios del mundo.

¿Cómo nació tu interés y tu vocación por el canto lírico? ¿Hubo algún antecedente en tu familia? ¿Cómo es posible que un artista con tus dones creciera en un barrio periférico de una capital provincial cubana?
yuri-hernandez-entrevista-otrolunes43-3Desde niño me gustó la música, fui fanático a la percusión y me encantaba la idea de ser un gran baterista en el futuro. Alentado y guiado por el maestro Raúl Camayd, llegué a hacer las pruebas de aptitud para ingresar a la escuela de arte, las hice y según ellos los miembros del claustro que me escuchó, entre los que se encontraba el gran maestro Lele, excelente músico, profesor y ser humano, me encontró enormes condiciones musicales. Me dijeron que iba a ser llamado y aún estoy esperando que lo hagan. Más tarde, ya convertido en cantante, cuando gané el Gran Premio en el Concurso Nacional Rodrigo Prats para jóvenes cantantes líricos en el año 2000, el mismo maestro Lele, me felicitó y me dijo… “Perdimos un percusionista, pero ganamos un buen cantante”. De todos modos no me frustré totalmente porque a pesar de no haber tenido la academia, llegué a ser el baterista de un grupo musical aficionado en el Instituto Preuniversitario Vocacional de Ciencias Exactas (I.P.V.C.E.) José Martí de Holguín. No tuve antecedente musical en mi familia, aunque a todos en mi casa nos ha encantado la música siempre. Y en cuanto a lo de crecer en un barrio periférico, pues no creo que eso defina la vocación, el entusiasmo o la atracción que pueda sentir uno por algo en la vida. Los dones, los verdaderos dones creo que te los ofrenda Dios, esos son regalos de una fuerza divina superior a nosotros, no los otorga el lugar de nacimiento o el entorno donde uno crece.

Cuando dijiste que ibas a ser un artista del canto lírico ¿Cómo lo  asumió tu familia?
Justamente mientras cursaba estudios en la Vocacional, estimulado por la instructora de cultura, la profesora Virginia, quien me sorprendió cantando en el local de ensayos del grupo y me dijo…. “Tú tienes que cantar en el próximo festival de la FEEM para que representes a la escuela”, fue que comencé a valorar la posibilidad de ser artista del canto. Cuando lo anuncié en mi casa, luego de un gran estupor porque mi familia conocía mi pánico escénico porque yo jamás había tenido valor para cantarle a nadie, no lo había hecho ni de pequeño en los actos públicos de la escuela, todos me apoyaron porque les gustó mucho la idea de tener un cantante en la familia. Todos me alentaron, especialmente mi padre, Arnulfo Hernández (Chichi), quién fue durante más de veinticinco años el estilista de la compañía Teatro Lírico “Rodrigo Prats”. Él me guió y me llevó con las personas idóneas para que me escucharan y dijeran si realmente tenía condiciones para el canto o no. No quería que lo engañaran ni me engañaran y luego fuese un cantante mediocre perseguido por el comentario mezquino de que el chico cantaba porque su padre trabajaba en el Teatro Lírico. Las primeras personas que me escucharon y de quienes recibí los consejos iniciales fueron el gran barítono Nelson Martínez, la soprano Liliam González, la profesora Ana Arriaza, el maestro Alberto Dávalos, Armando Suárez del Villar, Conchita Casals y la maestra Náyade Proenza, quien luego se convertiría en mi maestra, la única profesora de canto que he tenido en mi vida.

Coméntanos acerca de tu formación académica y profesional desde tus inicios hasta tu ingreso en el Instituto Superior de Arte.
Mi única formación académica la recibí un poco tarde, cuando comencé a estudiar canto en el ISA, hoy Universidad de las Artes. Es allí donde conocí tardíamente la música, quiero decir desde el punto de vista académico, donde me enfrenté por vez primera al estudio de la música en su profundidad y esencia. Estuve seis años recibiendo diversas materias vinculadas a la música, al arte y la cultura en general. Profesionalmente empecé a consolidarme en 1996 al ingresar en las filas del coro del Teatro Lírico, donde permanecí dos años cantando, bailando, actuando y compartiendo la escena con los excelentes artistas consagrados que le dieron tanta gloria a esa compañía y que hoy extraño entrañablemente. Muchos de aquellos seres, sin haber tenido escuela, fueron grandes artistas porque dejaban su vida encima de las tablas. Había mucho corazón en aquella época, se entregaban con todo y por todo a cambio de muy poco o de nada, económicamente hablando. ¡Qué buenos eran, cuánto me influyeron! y cuánto tenemos los demás que honrarlos y recordarlos, porque ellos fueron, quizás sin proponérselo, maestros de todos los que estaban a su lado y los que vinimos después. Al menos en mi caso muchos de ellos fueron mis paradigmas.

En 1995, con solo 17 años, recibiste Gran Premio en el Festival de la Federación Estudiantil de Enseñanza Media (FEEM). ¿Qué significó ese resultado en tu trayectoria y cómo fue a partir de entonces tu mirada hacia el canto lírico?
En ese momento el premio, fue un estímulo, fue un impulso para seguir estudiando, como una especie de aprobación por parte de un jurado especializado que no tenía ningún compromiso conmigo para premiarme y eso fue como si me dieran la confirmación de que podía dedicarme al canto en el futuro. Además recuerdo la reacción entusiasta del público que asistió al festival. A partir de ese momento todo sirvió para que me enfocara definitivamente en el mundo del canto y me convenciera de que yo no quería hacer otra cosa en mi vida que no fuese cantar, lógicamente con la vista puesta en el género lírico, resultado de la gran influencia que recibí desde niño asistiendo a las representaciones del Teatro Lírico de Holguín.

¿Qué representó tu ingreso en la compañía teatral holguinera, con la que participaste en varias puestas en escena?
yuri-hernandez-entrevista-otrolunes43-2 Una alegría y un honor tremendos. Por fin había encontrado el lugar idóneo para poder desarrollarme y, de hecho, así fue. El tiempo que estuve en el coro canté en varias obras y aprendí a combinar el canto con la danza y la actuación. Observaba a los consagrados cómo vertían su caudal de experiencias y me comportaba como una esponja, absorbiendo todo lo bueno que ellos brindaban, admirando las virtudes de los grandes artistas que enaltecían la calidad de ese grupo.

¿Qué papel desempeñaron en tu formación profesional los maestros Náyade Proenza y Raúl Camayd?
Crucial. Desde el inicio fueron dos personas que constituyeron mi fuente de inspiración por su calidad como intérpretes, su ángel, su gran profesionalidad dentro y fuera de un escenario, su carisma, su versatilidad, la capacidad de entregarse y sacrificarse al ciento veinte por ciento por dar al público lo mejor de ellos en cada función. Desde pequeño me dedicaba a imitar a Camayd, a pararme como él, a caminar como él lo hacía sobre las tablas. Era un Dios para mí y la soprano Náyade Proenza fue mi luz y guía esencial desde el inicio de mi trayectoria como alumno suyo. Me enseñó muchas cosas, no solo acerca de la música y el canto sino de la vida y la ética que se debe tener en el mundo artístico. Mi gran maestra, mi ejemplo de seriedad y profesionalismo.

En el año 2000 recibiste el Gran Premio “Raúl Camayd in Memoriam”, el Premio a la Mejor Proyección Escénica en la 7ma edición del Concurso Nacional para Jóvenes Cantantes Líricos Rodrigo Prats y el Premio Venga la esperanza que otorga la A.H.S al mejor artista del año. En ese momento ya eras mucho más que “una joven promesa del canto lírico cubano”. ¿Esos reconocimientos significaron un cambio real en tu itinerario artístico, te mostraron alguna perspectiva de realización personal o solo fueron un instante de éxito en un camino mucho más largo y complejo de lo que pudieras haber esperado?
En el caso específico del resultado en el Concurso Rodrigo Prats lo disfruté profundamente, me conmovió en primer lugar porque el premio lleva el nombre del querido, inolvidable y para mí el Director Eterno del Teatro Lírico: Raúl Camayd. Después porque se cumplió una profecía de mi maestra querida, que siempre me dijo… “Tranquilo, no se desespere, que cuando usted participe en ese concurso será para arrancarle directamente el Gran Premio, sin otros intentos como hicieron otros cantantes”. Y así ocurrió. Participé por primera vez y recibí el más alto galardón. Naturalmente también significó el estímulo y la obligación para seguir puliéndome,  estudiando sin cesar para mejorar los detalles que un cantante siempre tiene que superar en cada período de su carrera, según el momento vocal en que se encuentre.

Mayo del año 2001 te encuentra interpretando ese portento de la música clásica que es “La Novena Sinfonía”, de Beethoven, con motivo del festival Cubadisco, acompañado por la Orquesta Sinfónica Nacional de Cuba, bajo la batuta del maestro Iván del Prado en el Teatro Auditórium Amadeo Roldán de Ciudad de la Habana. ¿Cómo asumiste ese nuevo reto que a la vez fue un significativo privilegio en tu carrera artística? ¿Atrajo los ojos de la crítica especializada hacia tu figura o seguiste siendo “un talentoso joven de provincia capaz de hacer prodigios con su voz”?
Lo asumí con mucha responsabilidad, además de la sorpresa que recibí, porque inicialmente yo no iba a ser el tenor que interpretaría la obra. El tenor que habían escogido dicen que se enfermó, pero yo sé que la razón fundamental para que no estuviera en el proyecto fue la dificultad musical e idiomática de la Novena Sinfonía. Esta obra es muy difícil musicalmente y además posee el obstáculo del idioma alemán que no a todos se les da bien. Al saber que yo había sido elegido, me emocionó y, a la vez, me obligó a estudiar intensamente durante el período de aprendizaje para llegar a La Habana con el nivel requerido, pues no solo se trataba de la Orquesta Sinfónica Nacional de Cuba, estaba la figura de Iván Del Prado que es uno de los más grandes directores de orquestas que ha tenido el país, sino que para colmo de presión y responsabilidad profesional, contábamos con la presencia y la extrema exigencia musical del maestro Jorge Luis Prats, quién junto a Iván veló todo el tiempo porque se sacara el máximo nivel de cada intérprete para honrar como se merece el autor de una obra tan portentosa. Fue una experiencia memorable que me ayudó mucho a seguir creciendo y aprendiendo. La prensa solo hizo una oscura reseña. En el periódico Granma el crítico Pedro de la Hoz solo hizo una especie de crónica de lo sucedido, pero no hubo valoración especializada donde se elogiara o criticara a los que intervenimos. Mi mejor recuerdo fue la reacción impresionante del público como una gran explosión. El Amadeo Roldán reventó en aplausos al final de cada función e hicimos tres. Recuerdo gratamente la presencia en el auditorio de figuras tan relevantes como los maestros Chucho Valdés y Juan Formell.

yuri-hernandez-entrevista-otrolunes43-1En el año 2004, con 26 años, asumiste por primera vez la producción de una ópera completa, debutando en el rol de Rodolfo en “La Bohème” de Puccini, invitado por el Teatro Lírico Nacional de Cuba y, a partir de ese momento, trabajaste en trascendentales obras como  “La Traviata”, la opereta “Die Fledermaus”, la ópera “Lucia di Lammermoor”… ¿Consideras que tu permanente incursión operística de estos años te ayudó a madurar como tenor? ¿Te encontraste definitivamente o solo fue una cota más que debías afrontar y sobrepasar?
Principalmente cantar “La Bohéme” en una producción completa, con todo lo que conlleva una puesta en escena de una ópera, eso fue algo mágico para mí, algo que siempre soñé, a pesar de que tuve los nervios casi siempre crispados. Debutar con el Rodolfo fue una gloria y un motivo de alegría y orgullo, además por encima de todo significó muchísimo desde el punto de vista personal y emocional porque mi ídolo, el grandioso e irrepetible tenor Luciano Pavarotti también debutó con esa ópera y con la misma edad, pero un 29 de Abril de 1961 en Regio Emilia, Italia. Es decir, esas coincidencias quizás tontas y casuales para otros, para mí fueron una bendición y así con esa pasión, ese amor, ese profundo respeto, asumí el durísimo reto de abordar un título tan difícil como ese para cualquier tenor. Y, sin lugar a dudas, cada obra que afronté en ese tiempo fue y sigue siendo hasta el día de hoy un reto, una nueva meta que cumplir, obstáculos nuevos que vencer, dudas que aclarar, en fin, nada de haber alcanzado un status o de creerme en una condición definitiva. Me ha costado mucho trabajo, desvelo, constancia y también momentos de tristezas y depresiones la misión de poder cantar con el mayor nivel de profesionalidad posible. Lograr cantar con rigor, buena técnica y desenfado sigue siendo una tarea que me hace pensar mucho, auto flagelarme duramente, a veces hasta el punto de cuestionar si todo lo que he hecho hasta ahora en mi carrera ha valido la pena, si ha tenido realmente la verdadera calidad, el verdadero brillo que he soñado, y he llegado a preguntarme si mi manera de cantar posee al menos mínimamente una cercanía al encanto, al nivel que yo recibo y disfruto de las mejores interpretaciones de los grandes cantantes del mundo que me acompañan siempre, que simbólicamente conviven conmigo, porque acudo a ellos constantemente buscando respuestas a las interrogantes que todavía persisten en mi cabeza. Espero algún día poder alcanzar la serenidad y la tranquilidad suficientes para abandonar el látigo que me castiga y que me impide a veces hasta disfrutar de las cosas que hago.

Pese a tu juventud posees una vasta trayectoria profesional. A la hora de asumir un proyecto ¿hay alguna obra que te haya resultado más fácil que otra?
Sinceramente, refiriéndome específicamente al campo operístico, creo que jamás he cantado una ópera fácil, quizás hayan títulos que me quedan más ajustados que otros, vocalmente hablando. Eso depende mucho de la dificultad de la obra, de la tessitura del rol, de la duración de la ópera, de las complejidades que encuentro en cada compositor, del estilo que me toque interpretar. Para mí cada ópera, cada zarzuela, una operetta, cualquier obra del teatro musical donde tenga que desarrollar un personaje que es dramatúrgica, psicológica, actoral y vocalmente difícil, constituye una gran misión, un tremendo reto y exige de mí toda la entrega, el rigor y el compromiso para poder lograr comunicar sentimientos y llegarle al público de la manera más verosímil posible, del modo más natural, sin que este se dé cuenta cuánto tecnicismo uno emplea, o cuánto tiempo de preparación hay detrás de todo eso para llevar a buen término la confección de un personaje y hacerlo mío, meterme en su piel dando el máximo a través de la música y usando la voz como medio expresivo. Al final, cuando estoy en el escenario disfrutando de un papel, dejándome llevar por las emociones y las pasiones que vive el personaje que estoy haciendo, cuando quizás siento que estoy dominando las dificultades ya sean escénicas como vocales, entonces a lo mejor puedo pensar ¡Caramba! ¡Qué cómodo me siento, que fácil me está saliendo todo! Pero indudablemente cada obra, cada rol, cada compositor muestra sus exigencias en la partitura y mi deber como intérprete es luchar contra esos retos, estudiar, sacrificarme, dar lo mejor de mí y sobre todo, y esto lo considero muy importante: ser siempre humilde ante la grandeza de cualquier partitura y de la creación musical, porque la única diosa, la diva más importante, la protagonista absoluta siempre será la Música, y a ella debo servir con sumo rigor y profunda humildad.

Muchos artistas ensayan y estudian diariamente ¿Eres tú uno  de ellos? ¿Cómo es tu preparación?
Soy muy estudioso por naturaleza. Desde niño lograba aprender bien las materias que recibimos en la enseñanza ordinaria, siempre tuve buenos resultados en la escuela y en cuanto al canto he seguido aplicando mi método y mi disciplina en el estudio, lógicamente con mucho más placer, pues no es igual estudiar durante horas matemáticas, geografía, física, química, etc. que la música o el canto. Aunque no debo faltar a mi sinceridad, no cumplo religiosamente con el sistema diario de vocalizaciones que un cantante debe cumplimentar, se debe ejercitar la voz todos los días, pero yo no hago eso. Ahora bien, sí canto un poquito fragmentos de cualquier cosa a diario. En la casa, en la sala, en la cocina y, por supuesto, en el baño que es el mejor teatro de ópera del mundo pues posee la mejor acústica y eso a los cantantes nos encanta. Una buena acústica protege y hace feliz a cualquier cantante. Además de eso me aplico mucho y le tengo una gran fe a estudiar intelectualmente, mirando una partitura, pensando cómo se debería cantar tal o cual pasaje, analizando mentalmente las obras y, lo mejor de todo, algo que sí se sabe aprovechar bien resulta infalible, y es ver y escuchar a los mejores cantantes del mundo sin importar la época a que pertenezcan. Y fíjate bien como digo y hago énfasis en esto: “Ver y Escuchar”, no mirar y oír que es lo que hacen muchos y por eso no captan nada. No pueden robarles las señas a los grandes intérpretes que vemos en las grabaciones, no se dan cuenta de cómo emplean el aparato vocal porque su mirada es superficial, su lectura es epidérmica, solo lo ven como entretenimiento. Se quedan en los meros criterios ¡Que buena voz tiene, qué bien canta, qué agudos! Y no logran analizar y agarrar los trucos, la técnica que usa cada uno de estos artistas que no por gusto se han ganado un lugar cimero en el panorama lírico internacional y han dejado su impronta. Pero lo que sí no tiene discusión es que para cantar hay que cantar, si cantas todos los días mejor serás, pero claro si cantas bien o tratas de hacerlo. También cantando mal todos los días, es decir haciendo cosas incorrectas desde el punto de vista técnico, te puedes arruinar la voz. Todo en exceso va en contra de la salud vocal. Por supuesto que hay que estudiar, se debe asumir un hábito, un sistema, pero cada uno tiene su método. Tengo la experiencia con mi inolvidable y amada maestra Náyade Proenza de recibir clases de canto sin siquiera abrir la boca. Yo lo he vivido, y salvando las distancias, también el gran divo español José Carreras en su libro autobiográfico Cantando desde el alma asegura que experimentó eso mismo con su maestro Francisco Puig. No emitir ni siquiera una escala y pasarse todo el tiempo hablando, pensando, reflexionando, intercambiando criterios, viendo y escuchando varios cantantes, y luego comentar sus respectivos modos de cantar, en fin, estudiando profundamente, con sentido analítico, todo lo que implica poder cantar bien y, sobre todo, llegar a la excelencia suprema que para mí son sin dudas: la expresividad y la comunicación.

¿Es el artista del canto lírico un simple intérprete de obras ya asentadas en la tradición o es un creador?

Acompañado por el maestro Frank Fernández, gloria de la música cubana.
Acompañado por el maestro Frank Fernández, y la soprano DuLce María Rodríguez.
Es cierto que la mayoría de las óperas más bellas y populares están escritas ya hace más de uno o dos siglos. Igual sucede con las piezas capitales del repertorio sinfónico o pianístico. Pero es justamente ahí dónde radica la grandeza, el enigma y la magia de obras como esas. Cada nuevo intérprete, cada nuevo director de orquesta, cada nuevo director de escena estudia, analiza, propone, enriquece su interpretación, descubre cosas nuevas y, a la hora de llevarlas a escena, hace una relectura, una recreación de esas maravillas que nos han legado los genios que no vuelven a nacer. Creo que lo hermoso, lo interesante, el desafío mayor de un cantante lírico es poder desentrañar una vez más los misterios y toda la genialidad que tienen obras escritas hace muchos años para recrearlas, aportarles con astucia, inteligencia y buen gusto un matiz nuevo para reactualizarlas. Siempre nos encontramos sorpresas y nuevas luces aún en las obras que hemos cantado decenas de veces. Cada día es una conquista para los cantantes porque la obra está ahí a nuestra disposición y siempre va a estar. Más aun, con la tecnología se puede copiar una partitura un millón de veces, se puede imprimir mil veces, se pasa de cantante a cantante, de músico a músico, de generación a generación, fluye el tiempo y la obra sigue ahí. Ahora, lo bello y difícil es saber sacarle a esa hojita blanca llena de puntitos negros la belleza, el valor estético que tiene, hacerle justicia al compositor; lograr darle vida a esas notas como decía el inmenso Karajan y, si se puede, si al final se logran aportar cosas que engrandezcan esa obra, pues entonces hemos ganado la batalla, resulta un hallazgo, estamos en presencia de un artista, no solamente de un cantante. Hay cantantes y hay intérpretes. Hay detalles que, desgraciadamente, no están en la partitura, ni te los puede enseñar ningún conservatorio del mundo. Con esos detalles se nace, son dones del cielo, ribetes de oro que engalanan la vestidura de ciertos cantantes que marcan la diferencia, que hacen de su interpretación casi una recomposición de la pieza que han abordado y que seguro hasta el mismísimo compositor estaría orgulloso de volver a oír su creación con la visión renovadora de esos artistas que enaltecen sus valores y garantizan la eternidad de su obra.

Más que admiración, sabemos de tu devoción por la obra y la personalidad de Luciano Pavarotti. ¿Quisieras ver algo del maestro italiano en tu proyección escénica o en tus dotes?
Cuando yo tenía alrededor de 13 0 14 años mi querida maestra Náyade me llevó a la casa un cassette de Luciano Pavarotti. Se trataba de su disco Mamma y aquel casetico lleno de canciones italianas me embrujó completamente, me hechizó profundamente, cambió mi vida. Recuerdo que traía dentro un librito con el texto de las canciones. Por ese librito mi maestra me enseñó las primeras lecciones del idioma italiano. Tanto las explicaciones de mi maestra, como la bellísima música me flecharon eternamente con la voz, la vida y la obra de ese monumento, de esa leyenda inmensa que es Pavarotti. A partir de ese día me dediqué a buscar todo lo que tuviera que ver con el ídolo de Módena. Me fanaticé, literalmente, quería tenerlo todo de él: grabaciones, videos, revistas, fotos, documentales, libros; de hecho, me he gastado miles y miles de pesos para lograr tener la colección que tengo y eso me ha hecho feliz; es un vicio, ciertamente, pero un vicio que no corroe, que no te daña la vida ni la salud, un vicio que es un bálsamo, eso sí, porque la voz de Pavarotti es una caricia adorable al oído de cualquier persona sensible y romántica. Yo necesitaría cien entrevistas para volcar en ellas toda la pasión, la veneración, el respeto, el amor que siento por Luciano Pavarotti y te juro que cuando murió lo sentí mucho más hondo que algunos seres queridos que he perdido a lo largo de la vida. A distancia lo amé y lo amaré siempre. Estuve cerca de su casa en Pesaro, y como no pude conocerlo porque la miserable muerte lo arrancó de la vida, sueño con la posibilidad de visitar su tumba, arrodillarme ante él y agradecerle con toda mi alma lo mucho que me dio, el océano de conocimientos que me regaló sin jamás saber ni remotamente quién diablos era Yuri Hernández.
Naturalmente que me encantaría ver en mí algunas de las tantas virtudes que tenía el maestro y que he pasado la vida entera admirándolas, sobre todo su facilidad alucinante para cantar, la línea de canto, el carisma irrepetible y esa fascinante y poderosa capacidad de comunicación que tenía para ganarse al público. La gente lo adoraba apenas asomaba la nariz en el escenario, fue un Dios del canto. Y lo que más me gustaría lograr es ser una buena persona, un grandísimo y súper generoso ser humano. Un hombre que tuvo de todo y que nunca dejó de pensar en los necesitados, en los desfavorecidos del mundo, especialmente en los niños. Fue querido, admirado y respetado por sus colegas y también fue un hijo extraordinariamente bueno. ¿Qué más decir? … Amo a Pavarotti, siempre estará conmigo, su imagen enorme preside la sala de mi hogar, sus fotos iluminan mi habitación, su rostro noble y sonriente está en mi billetera, en mi computadora, en mi celular, en el armario, y el sitio más poderoso e inamovible donde lo he puesto para siempre es en mi corazón. Creo profundamente, no me importa lo que opinen los demás, me da igual si piensan que estoy loco, pero estoy convencido de que mi ídolo, el adorable Big Luciano, cada día canta mejor.

Eres un ser humano y un artista privilegiado que con 38 años y extraordinarias condiciones vocales, has obtenido numerosos premios, has participado en eventos, conciertos, giras concursos, etc. en Lima, Caracas, Pyongyang, Moscú, Viena, México, Albania, Italia y Colombia. Sin embargo te proyectas constantemente como un inconforme y como alguien que duda de su descomunal talento.
Realmente no sé por qué soy así, quizás sea cuestión de autoestima, de inseguridad. Siempre me he caracterizado por tener una gran capacidad de admirar a todo aquel que lo merece, de eso sí me vanaglorio y ojalá nunca pierda esa virtud, pero también he caído en el abismo de admirar mucho a una persona y no valorarme yo, no darme cuenta, no admitir que tengo valores en mi personalidad que pueden despertar también la admiración de alguien hacia mí. Tal vez sea yo mismo el culpable, por haberme puesto la varilla tan alta, por haberme alimentado y enriquecido del máximo nivel, del más alto rigor que se puede alcanzar en el canto a través del mundo mágico de las grabaciones que han llenado mi vida, mi espíritu, que me han enseñado tanto y que quizás haya en ese punto una razón fundamental para creer que cualquier cosa que haga por muy buena que me pueda quedar, cuando llego a la casa y veo a mis monstruos sagrados, me digo: “Tranquilo, no hay nada qué hacer, solo tienes que seguir, aunque todavía te falta un mundo”. Por eso también he podido mantener siempre los pies en la tierra, ni el aplauso ni los premios me han mareado, no he perdido el sentido del rigor, de la humildad como intérprete, la sed de seguir aprendiendo, aunque algunos creen y dicen que me creo cosas, que soy arrogante, que soy difícil, que me creo un divo! Claro, tampoco pretendo ni puedo controlar el pensamiento de los demás, ni soñar con la unanimidad de criterios a favor mío, siempre he pensado que no soy un billete de quinientos euros para gustarle a todo el mundo. ¡Que sigan pensando lo que quieran hasta que un día me conozcan en profundidad y entonces sepan realmente quién soy!

¿Cómo ves el futuro del canto lírico en la provincia de Holguín? ¿Te sientes optimista al respecto?
El futuro quisiera que fuera mil veces mejor y más productivo que el duro, apático e incierto presente que estamos viviendo. Quisiera que desapareciera, que muriera la merma cualitativa, creativa, y hasta humana que está sufriendo el género lírico en Cuba ahora mismo, para no hablarte de la situación económica que siempre ha sido nuestra fiel compañera. Mira que llevo años oyendo el mismo discurso complaciente y justificador  que “No hay recursos, no hay dinero, no se puede hacer tal o cual cosa”. Me encantaría que no nos escudáramos más detrás de esa frase que ha mutilado el deseo, las proyecciones de los artistas, la creatividad, que ha fomentado solo el facilismo y la comodidad, el conformismo y el estatismo en la superación individual y colectiva de un grupo. Eso sólo trae como consecuencia la ausencia de la magia  que tiene per sé el mundo maravilloso del canto lírico. Hay que reinventarse, renovarse, estudiar, aprender y llevar a escena un repertorio nuevo. Hay mucha, pero muchísima música genial compuesta para el infinito espectro de la ópera, la zarzuela, la canción de concierto, hay extensas posibilidades para no estancarse, de huir de la rutina de cantar siempre lo mismo. En mi opinión esas costumbres no solo van en detrimento del artista sino también del público, porque se pierde la posibilidad de conocer música nueva, temas maravillosos. Hay que buscar soluciones, no podemos vivir de lo hecho, de lo que fue exitoso y aplaudido en otras épocas, con el concurso de grandes artistas de otras generaciones. No podemos vivir del nombre y el prestigio ganado en el pasado lejano o reciente. Es contraproducente descansar sobre lo hecho. Se corre el riesgo de retroceder, de estancarse o simplemente de mantener una programación, pero en inevitable decadencia. Miremos hacia adelante y no olvidemos que si todavía hoy la gente recuerda cuando se fundó el Teatro Lírico en Cuba, tampoco olvidarán cuándo y por qué desapareció.

yuri-hernandez-entrevista-otrolunes43-5¿Qué significa Tannhäuser en tu trayectoria profesional?
Una victoria inesperada, un rol que jamás soñé cantar, al principio cuando me hicieron la propuesta, dentro de mí solo estaba el impulso de decir que no. Honestamente nunca pensé que yo pudiera incursionar con éxito en un rol tan largo, difícil y dramático como lo es Tannhäuser. Me ayudó mucho a mantener un ritmo de estudio, me ayudó a perfeccionar el idioma alemán, es una ópera importantísima del repertorio internacional que tengo el placer y el honor de incorporar a mi currículo. Y, lo mejor de todo, obtuve la aprobación primero del público que acudió a las funciones y luego de los especialistas que trabajaron conmigo más los alemanes miembros de la Wagner Verband que me felicitaron por mi desempeño en el escenario. Me alegró mucho pues personas que sí están habituados a hacer este repertorio, lo conocen y han visto decenas de producciones de este título en diferentes lugares del mundo. Hoy siento un orgullo supremo al decir que yo canté el famoso y monumental Tannhäuser de Richard Wagner.

¿Qué opinión te merece el tema de la ópera en Cuba? 
Es complicado responder eso. Cuba siempre fue territorio privilegiado en cuanto a presencia de compañías de óperas que venían de otras partes del mundo a presentarse aquí. Antes de 1959 visitaron este país decenas y decenas de estrellas del canto lírico mundial gracias a la compañía Pro Arte Musical de La Habana. Incluso por el puerto de Gibara en Holguín entraban compañías de ópera y el público cubano  disfrutaba de los mejores intérpretes. Después de la revolución tengo entendido que incluso el Comandante Camilo Cienfuegos era un fiel y entusiasta seguidor del canto lírico y fue él quien apoyó con fuerza la idea de que en Cuba se fomentara el gusto por este arte y su desarrollo. Ha habido tiempos memorables, temporadas fantásticas que son inolvidables, grandes nombres que enaltecieron la historia lírica de Cuba. A veces cuando me cuentan las cosas lindas de esa época, tengo la sensación de que todo tiempo pasado fue mejor. Antes la presencia de los cantantes líricos en los medios era mayor que ahora, algunos intérpretes llegaron a ser tan famosos como un cantante de salsa, boleros, o de cualquier manifestación de la música popular. No salían de la televisión, lograban grabar discos con la Empresa de Grabaciones EGREM tanto de obras completas como de sus recitales, acompañados de las mejores orquestas y bajo la dirección de los más connotados directores. Hoy todo es más duro, salvo raras y honrosas excepciones, algún que otro programa de la TV que invita de vez en cuando a cantantes líricos, que naturalmente siempre son los habaneros los que reciben la atención de la TV nacional, no pasa nada con los artistas y las orquestas del resto del archipiélago. Los capitalinos no son siempre los que mejor cantan, pero qué le vamos a hacer. Ellos tienen los contactos, las relaciones y, como se dice popularmente, “Están en La Habana”. Salvo esos casos mencionados anteriormente, un cantante lírico en Cuba es un desamparado de promoción, de popularidad y de economía obviamente. Los cantantes líricos en Cuba no ganan dinero, se sacrifican, se entregan, se enfrentan a una carrera que es cruelmente difícil, casi siempre en la mayoría de los casos por un amor gigantesco, porque aman la ópera, porque sienten una pasión genuina por ese género y no por el dinero que puedan obtener. En Cuba un cantante puede ser muy bueno, incluso el mejor, que puede llegar a la vejez siendo un perfecto desconocido para la mayoría del público nacional. Pasa desapercibido totalmente para todos los mortales, excepto para el minúsculo grupo de personas que van al teatro, que gustan del género y persiguen esa música donde se haga, con mayor o menor cantidad de recursos. Quizás también afecte el tema de nuestra idiosincrasia. Cuba esencialmente es un país cultor del Son, el Bolero, la Salsa, el Cha cha chá, el Mambo, el Feeling  y otras corrientes musicales, pero la ópera no es de nosotros, a pesar de que ha sobrevivido con cierta buena salud más de cincuenta años de existencia y tradición de arte lírico en nuestra isla. Para concluir tu pregunta, mi criterio es que hoy por hoy el arte lírico en Cuba no está viviendo su mejor momento, no goza de muy buena salud, aunque sí es cierto que hay jóvenes con buenas voces y mucho talento, pero eso no basta. Si el entorno y la estrategia para desarrollarse no son los adecuados, cualquiera puede morir en el intento.

En tu bien intensa y significativa labor has trabajado con varios directores de orquesta alemanes, y en tu repertorio además de canciones francesas, españolas, italianas, napolitanas, cubanas, de Teatro Musical Americano, etc. has abordado también el lied alemán.  ¿Qué esperas de un país culturalmente tan potente como es Alemania? ¿Te sientes maduro para asumir esa nueva etapa vital y profesional?
Ya viví una experiencia parecida a la que pienso asumir dentro de poco. Estuve cantando durante dos años en Austria que es otra plaza durísima y prestigiosísima en el mundo de la ópera. Allí, gracias a Dios, me fue muy bien y el público y la crítica me acogieron generosamente. A Alemania voy con el mismo entusiasmo, quizás un poquito más seguro, más maduro que antes, tanto mi voz como mi mente han cambiado, pero en el fondo siento el mismo compromiso y la misma presión porque ese país siempre ha sido una máquina poderosa y aplastante en muchos ámbitos de la vida, y en la música no se queda atrás. Alemania es un Iceberg Cultural, una nación con un pedigrís que intimida, que tiene historia, tradición, fuerza, recursos, talento puro, una pléyade de artistas enormes que hay que respetar. Sólo deseo ser aceptado por ellos, y si logro concretar algunas presentaciones, me gustaría mucho que su gente me reciba bien, que les guste lo que hago, y si no, pues adelante, en otro sitio me acogerán, me aplaudirán y me estimularán para continuar en esta carrera tan bella, pero a la vez tan ardua, a la cual ya hace 20 años decidí ofrendar mi existencia.

¿No te parece lamentable tener que marchar a Europa en busca de realización profesional y familiar?
Más que lamentable me resulta horrible y muy triste tener que salir de la patria, de la tierra, del barrio en busca de realización profesional y, sobre todo, de subsistencia. La mejoría, la supervivencia económica que no encuentras aquí, por mucho talento que tengas y por mucho que dediques horas, días, meses, años a tratar de superarte en lo que sabes o puedes hacer, sin ver el fruto de tu empeño al final del camino, al término de la existencia. Sueño con el fabuloso día en que todas las personas, todos los profesionales talentosos de mi bendita y preciosa Cuba no tengan que marcharse a otros sitios, no tengan que separarse de sus familias, desesperados en busca de una vida mejor, donde su talento y su profesión sean lo suficientemente bien remunerados, que les permita disfrutar la vida y poder soñar con obtener cualquier cosa, que simplemente con trabajo y sacrificio se puede lograr sin mayores obstáculos ni frustraciones. Amo mi país, mi carrera, pero tengo carencias. Soy joven, tengo sueños y quiero darle una vida mejor a mis padres, al menos intentar reciprocar un ápice toda la dicha y los placeres que he disfrutado, mayormente gracias a ellos. Quiero ser yo ahora quien les dé lo mejor que pueda, lo que yo sea capaz de ganarme. Ellos hace tiempo merecen deponer las armas, descansar y no seguirse desangrando por mí y por los demás miembros de la familia. Es hora de honrarlos y de retribuirles al menos mínimamente con algo de lo mucho que nos han entregado. Por ellos y por mí, como la frase típica y al final lamentable de los cubanos al límite, voy “a luchar”. Honestamente, voy a intentarlo todo para labrarme un mejor camino. Confío en Dios y en el talento que Él puso en mis manos.


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