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La aldea a la mano (Holguín, Cuba)

21 de enero de 2015

El último combate del General



El último y quizás el mas desgarrador de los combates del Mayor General y Lugarteniente General del Ejército Libertador Cubano, Calixto García Iñiguez, no lo sostuvo en los campos cubanos contra las columnas españolas o en el frío Washington contra los anexionistas del norte. La última prueba de la entrega del viejo mambí a su patria fue el solitario enfrentamiento a sus sentimientos de padre durante todos los días y todos los minutos que van desde el cese de las hostilidades y seguramente que hasta el instante final de su vida, acaecida poco después.

Isabel vivía en Nueva York con sus tres hijos más pequeños y con dos nietos huérfanos de padre y madre, sosteniéndose con una modesta pensión de 140 pesos que le entregaba la República cubana. Y para colmo de penurias, la enfermedad de su hija “tullida”, Merceditas, se

Agravaba, sobre todo en los últimos meses de 1898 cuando hizo crisis el terrible mal que la niña padecía.

Con el fin de la guerra en Cuba en agosto de 1898 la esperanza de Isabel de reunirse con el esposo se hizo una realidad. Muchos cubanos que tenían su familia en los Estados Unidos fueron a verlas cuando se firmó la paz. Isabel, que no había comprendido la nueva batalla que tendrían que liberar los cubanos para evitar la anexión a los Estados Unidos, reclamaba la presencia del esposo junto al lecho de la hija moribunda, quien por su delicado estado era imposible trasladarla a Cuba.

El día 25 de octubre de 1898 le escribió Isabel a su esposo: “Hace falta que veas a tu pobre hija antes de ir a ningún lugar. Ella anhela verte y se pone triste cuando oye decir que no podías venir y hasta dice `Papá ya no hace caso de mi, ni quiere verme” Pero Calixto es tan necesario en Cuba que no va donde la hija, y otra carta de Isabel llega al campamento, esta dirigida a su hijo Justo: “Mercedes siempre enfermita y extremadamente delicada, es un cadáver. Solo tiene  ojos muy grandes y amor intensísimo por sus hermanos y su padre a quienes desea ver a su lado”. A esa tampoco responde el General, que, atado como estaba a Cuba, no podía alejarse en aquellos momentos difíciles en que un enemigo más despreciable que el colonialismo español amenazaba con destruir la revolución.

Calixto solamente se trasladó a Estados Unidos cuando recibió una misión de la asambleade representante, pero aún así nada más pudo estar cinco días al lado de la enfermita, que residía en New York, y se fue a Washington a cumplir la misión que le habían encomendado.

El día 11 de diciembre Calixto, enfermó de pulmonía y falleció en un hotel de la capital estadounidense. Isabel, que atendía a Merceditas, no pudo estar junto a él.

Pocos días después el General Carlos García Vélez, que había viajado a los Estados Unidos para entenderse con los trámites de trasladar el cadáver su padre a Cuba, junto a su madre, vio fallecer a Mercedita. En su libro de memorias, absurdamente aún inédito, que se conserva en la Casa Natal de Calixto, escribió Carlos: “Agonizante estaba [la niña] cuando llegué al pie de su lecho, pero tuvo aliento para sonreírse y besarme preguntándome como era que papá no había venido también, la conforté asegurándole que pronto estaría con él, pocos minutos después expiró sin apenas un movimiento convulsivo”. 

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