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HÉCTOR LAVOE INTERPRETA AL HOLGUINERISIMO GUAYABERO

13 de enero de 2015

La autobiografía de Calixto García (Valoraciones)



Autores: José Abreu Cardet, Olga Portuondo Zúñiga, Volker Mollin


Lo que hemos definido como “La Autobiografía” es un documento que podríamos enmarcarlo en la papelería producida por el mundo de las formalidades burocráticas de la Republica de Cuba en Armas. Sin embargo tal definición nos parece estrafalaria y hasta ofensiva.

(…)

La historiografía cubana, en un sentido muy positivista, que hemos heredado hasta el presente, ha conformado una especie de paraíso político adonde se le ha dado entrada por la puerta ancha a un grupo de patriotas que se les considera esenciales para conformar los mitos nacionales, dando por sentado que lo afirmado por ellos es verídico absolutamente, y todo lo otro que se salga del tan dicho paraíso político-historiográfico, se pone en duda. Por lo demás todo lo que se diga en contra de españoles y traidores se acepta con la misma insultante ingenuidad.

En el caso de la autobiografía que reproducimos, nos encontramos ante una situación bastante peculiar respecto a la crítica de la información. Es de pensar que Calixto tuvo buen cuidado de valorar la información que ofreció en ella, pues los lectores potenciales podían ser patriotas que estaban al tanto de sus hazañas militares. Todos podían ser participantes o testigos de los combates y campañas narradas por el General.

La jefatura mambisa recibía frecuentes informes de sus oficiales y funcionarios, por lo que el encargado de la lectura y aprobación de la autobiografía tenía medios para confirmar o desmentir cualquier información. De ahí que el propio Calixto debió de someter su autobiografía a una cuidadosa critica antes de enviarla a quien debía de leerla.

De inicio el texto nos brinda datos de gran valor, incluso los estrictamente personales tienden a desbordar los límites de la biografía. Leyendo estas páginas nos enteramos que Calixto es un hombre que viaja: siendo un adolescente es trasladado de Holguín a Jiguaní. Luego se dedica va a otras varias poblaciones de la isla en actividades comerciales. Sin embargo al saberlo no debe considerarse ello un acontecimiento excepcional, los hombres y mujeres del 68 se movían con relativa facilidad. Por lo menos ese es el criterio que podemos ir dibujando en la medida en que, por ejemplo, conocemos detalles sobre las biografías de Julio Grave de Peralta, Francisco Muñoz Rubalcaba y otros[1].

Esa visión que se tiene del líder o el soldado mambí del 68 encerrado en su finca, a  la que excepcionalmente abandona, no fue tan así. Entre ellos hubo una élite reducida que viajó por diferentes países europeos y asimismo otros, de los que creíamos menos vinculados a esos trajines de ir y volver, como confirma este documento redactado por Calixto García, y que obliga a ir conformando la tesis del desplazamiento de un grupo de estos patriotas desde temprana edad.

Otro asunto interesante que se confirma con la autobiografía es que Calixto ocupó diferentes cargos en el cabildo de Jiguaní. Como el suyo hay otros diversos ejemplos de ello: el de Vicente García que era regidor del cabildo tunero, y en Holguín dos de los futuros líderes de la insurrección también desempeñaban cargos similares. Un coronel mambí, Arcadio Leyte Vidal, quien la guerra llegaría a coronel y hombre de confianza de Antonio Maceo, antes fue capitán pedáneo en Mayarí y asimismo oficial de voluntarios. En Bayamo, Francisco Maceo Osorio estaba vinculado al gobierno hispano.

En el documento hay un dato aparentemente insignificante pero que tiene indiscutible valor para lo que nos gusta llamar la  “demografía del alzamiento”. La pregunta de cuántos se pronunciaron por Cuba Libre en octubre de 1868 nunca ha podido ser respondida con exactitud. Las cifras que hoy aceptamos son más emotivas que científicas: muchos son los historiadores que hablan que fue el “pueblo cubano” quien se sublevó, pero es ese un término abstracto y desconcertante para quien necesita la exactitud de las cifras. Calixto, al referirse a las fuerzas que él se encarga de organizar en Jiguaní, durante los primeros días de la guerra, se refiere a que son “más de  mil hombres”. Pese al trasfondo impreciso del término es bienvenida la cifra para cualquier investigador.

Igual es muy significativa la detallada descripción que ofrece sobre las operaciones para la defensa de Bayamo. Ramiro Guerra en su “Guerra de los diez años” nos narra esta compleja operación que se extendió por buena parte del oriente.

Leyendo al ilustre historiador podemos imaginarnos cómo la defensa de Bayamo se realizó a decenas de kilómetros de sus calles; era como si los mambises con su valor hubieran levantado murallas desde las costas del Cauto hasta los caminos que conducían desde y a Santiago de Cuba. Pero en los momentos decisivos del enfrentamiento bélico casi todo el interés se concentra en la lucha contra la columna de Balmaceda que avanzaba desde Tunas sobre la ciudad del Cauto. Calixto nos ofrece una visión sobre aquellos acontecimientos desde el otro extremo del escenario de los combates, es decir, el  territorio que esta entre Jiguaní y Santiago de Cuba. Y a ello se le suma otra ventaja que el estudioso valora: quien narra no era uno de los protagonistas principales de los hechos, por lo que su visión debió ser más objetiva que la de los máximos militares y políticos que estaban adentro  de Bayamo o en sus inmediaciones. (Son estas ultimas fuentes las que tradicionalmente se utilizan para su estudio).


Otro periodo del que el estudioso o el simple interesado en aquella contienda pueden sacar útil provecho del texto nuevo que ahora sale a la luz, es la descripción que hace Calixto sobre las operaciones que realizaron sus tropas desde la vuelta de de Bayamo al poder español y el ingreso de las tropas de Jiguaní en Holguín, sucesos acaecidos, aproximadamente entre enero y agosto de 1869. Esto  nos sitúa ante un acontecimiento singular, que es la extrema movilidad de las fuerzas de Jiguaní.

Igual es interesante que mientras en otras jurisdicciones el esfuerzo de las tropas locales se localizan en sus respectivas regiones y además no se aceptan o se aceptan a regañadientes jefes de otras localidades o extranjeros, los jiguaniceros operaron desde el mismo inicio de la contienda en otros territorios y se subordinaron a la jefatura de varios lideres militares nacidos fuera de la isla. Las causas de tales características esperan por un estudio militar y social.

Es necesario aclarar que cuando Calixto habla en primera persona refiriéndose a que marchó hacia determinado lugar, realmente se refiere, también, al contingente jiguaniciero que lo acompañó a Holguín primero y luego a Tunas.


La muy breve descripción sobre la campaña de Holguín de finales del setenta, a pesar de lo escueto, no deja de ser interesante, sobre todo cuando enumera acciones militares que hasta ahora mismo habían permanecido casi olvidadas, tanto para la historiografía nacional como para la regional. Y para que sea aún más interesante, el General (que entonces no lo era, sino solamente coronel), nos ofrece, por medio de varias anécdotas, el ritmo y la tensión a que estaban sometidos los insurrectos en esa desgraciada campaña.


Otros de los asuntos sobre el que arroja luz es la invasión a Bayamo y Jiguaní realizada en fecha tan temprana como es 1870, y que ha sido opacada por otras, como la invasión a Guantánamo o Las Villas. Sin embargo, aunque menos conocida y a veces sin que ningún historiador la tome en cuenta, la realizada por Calixto no dejó de ser una verdadera invasión: Los mambises de Bayamo fueron desalojados de su territorio por la ofensiva española conocida por Creciente de Balmaceda. Las tropas de Jiguaní recibieron órdenes de trasladarse a Holguín y luego a Tunas, por lo que la jurisdicción, de hecho, quedó abandonada y el enemigo dueño del corazón de oriente. Ello liberaba al ejército colonial de dislocar tropas en dicha región, pudiendo dedicar estas a actuar sobre otros territorios insurrectos. Por ese motivo y porque el retorno mambí adonde radicó la primera capital de Cuba Libre era un asunto moral, Calixto lo planifica y lo narra en su autobiografía, salvando del olvido tal operación.

Y para colmo de dicha, el documento, además, aclara un misterio sobre la biografía de Calixto. En varias fuentes se hace mención a su nombramiento como segundo jefe de Holguín en abril de 1870, incluso su nombramiento fue publicado en la compilación de documentos realizados por Fernando Portuondo y Hortensia Pichardo. Sin embargo, no hay información sobre su presencia en esa zona. En su escrito el General mambí aclara las causas de esa ausencia de su territorio natal. En este caso la mala salud.

Es muy significativa para la historia de la guerra la información que aporta García sobre lo que ocurrió en Santiago de  Cuba cuando el grueso de las fuerzas de esa jurisdicción marchó bajo el mando de Máximo Gómez a la invasión a Guantánamo. El asunto nos abre una interrogante para lo que es necesario hacer un estudio de las características de estas fuerzas. ¿Por qué las tropas mambisas de Santiago de Cuba se desplazaban con tanta facilidad a otras comarcas sin una oposición interna, como ocurrió en otras jurisdicciones? ¿Por qué en este territorio no estallaban motines regionales como en el resto del país? Esta particularidad nos sitúa ante otra visión en torno al regionalismo, un fenómeno del que se habla y se escribe mucho sobre sus consecuencias, pero no se estudian sus causas y sus matices en cada territorio.

Está en la “autobiografía”, vividamente narradas, las operaciones que emprendió Calixto García al ser nombrado, en febrero de 1872, jefe de ese territorio. Sirve esta parte para adentrarnos en la estrategias seguidas por este jefe, que lo convirtieron en uno de los mambises de de más alta capacidad militar. E igual para responder la pregunta, cómo se realizaba el asenso de un miembro de la clase terrateniente criolla que no pertenecía al grupo de la máxima dirección.


[1] Julio Grave de Peralta de joven residió por varios años en Remedios. Francisco Muñoz Rubalcaba era natural de Santiago de Cuba pero residía en Tunas, el coronel Manuel Hernández Perdomo era natural de Puerto Príncipe pero residía en Holguín.