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6 de mayo de 2016

PLATANO Y MAIZ EN LA SIERRA DE CANDELARIA, GIBARA, HOLGUIN, CUBA



Los canarios que llegaban por el puerto de Gibara generalmente arrendaban o compraban tierras en la Sierrita cercana, sin embargo aquellas no son apropiadas para obtener productos en abundancia para el comercio; lo más que podían conseguir era la subsistencia diaria: quizás unos plátanos y otras viandas, maíz probablemente y a la crianza de unos pocos animales. Cuando la suerte los acompañaba vendían algo en el puerto cercano[1].

La villa de Gibara también les ofrecía trabajo en los muelles, los almacenes, las construcciones y en el mantenimiento del camino que unía a Gibara con Holguín. Pero estos últimos no eran como para dedicarse a ellos toda la vida, sobre todo porque generalmente eran ocupaciones circunstanciales. De ahí que la Sierrita de Gibara fuera un refugio más seguro y por eso se fue poblando de canarios.
Pero la agricultura del lugar estaba llena de muchos inconvenientes, primero, porque no tenían agua para regadíos, e incluso, tampoco para el consumo humano. No hay allí ríos ni lagunas, e incluso, es imposible hacer pozos porque el agua subterránea está bajo una gruesa capa de piedra. Lo que sí hay son furnias, o sea, unos pozos naturales que tienen agua a más de treinta metros de profundidad. Al parecer se trata de un río subterráneo que arrastra muchas sales minerales, por lo que el agua no es utilizable para la agricultura.

Hoy, como era antes, en la Sierra de Gibara se sigue cultivando entre piedras
Tampoco hay tierras cultivables en el sentido que tiene esa expresión para un campesino cubano. La Sierrita es pura piedra caliza donde predomina el “diente de perro”, esto es, grietas en la roca de bordes cortantes. En tales grietas y por proceso natural se ha acumulado tierra que no se puede arar porque cada grieta está separada de la otra por segmentos de piedra. Sin embargo se sabe que los canarios asentados, muchas veces, llevaban tierra desde el llano y la depositaban en aquellas grietas incrementando así su zona de cultivo.Otro asunto difícil eran las comunicaciones: en la Sierrita no había propiamente caminos sino senderos que el agua había labrado desde tiempos inmemoriales. A esos se sumaron los otros, los que los vecinos fueron construyendo y que llamaron “trillos de monte”. Incluso, era costumbre que situaran travesaños de madera cada cierta distancia en el sendero para evitar que el agua continuara erosionando la piedra e incrementara la pendiente. De esta forma crearon lo que llaman todavía: “descansos”.

En geografía como la descrita, la ganadería tiene muy precisos límites. En primer lugar, tenían que ser animales acostumbrados a este terreno escabroso y lleno de orificios. La falta de agua era (y es), otro serio problema para la crianza de animales. Desde entonces y hasta hoy es frecuente ver a un campesino o a un grupo de ellos conduciendo las reses hasta un arroyo de la zona llana para que los animales beban. Reses estas que gracias a los canarios, se acostumbraron a vivir entre los barrancos.

Tampoco pudieron los canarios de Candelaria cosechar ninguno de los dos cultivos fundamentales para la exportación durante la primera mitad del siglo XIX, el tabaco y la caña de azúcar[2]. A ellos no les quedó otra alternativa que sembrar los otros únicos productos que se podían vender fuera de las fronteras de su barrio: el maíz y el plátano[3].

Al finalizar la guerra independentistas de 1895 en otras zonas cercanas se asentaron grandes compañías azucareras norteamericanas, por lo que en los alrededores del puerto decayó ese cultivo y también el del tabaco. Es entonces cuando el maíz y el plátano se convierten en los principales productos comerciales de la zona. Estos productos gibareños adquirieron gran fama en todo el país por su indudable calidad.

Es ese el periodo en que prosperan los grandes platanales y maizales en Candelaria. Peculiar era la imagen que ofrecían (y que ofrecen) los platanales que airosos crecen entre los pedregales. Y a su lado la delgadez dura de la planta del maíz.

Muy pronto los canarios pasaron del cultivo de subsistencia a la comercialización de sus productos en La Habana. Esto fue posible por el desarrollo de la navegación de cabotaje. Había varias líneas regulares de navíos entre La Habana y puertos del resto de la isla.  Todas ellas arribaban a Gibara, y lo que era más importante, el desarrollo tecnológico alcanzado por la navegación disminuyó el tiempo de recorrido entre La Habana y Gibara, por lo que los plátanos que se recogían en la Sierra de Gibara o Candelaria llegaban en buen estado a La Habana donde los compradores literalmente los arrancaban de las manos de los comerciantes.




[1] En la primera mitad del siglo XIX  en el puerto se vendían estos productos para el consumo de la población, las tripulaciones y los pasajeros de los buques que arribaban a los muelles. En esos años ni el plátano ni el maíz se había convertido en un elemento de exportación.

[2] En la zona llana de los alrededores del puerto de Gibara era el cultivo fundamental para la  exportación, el tabaco y la caña de azúcar. Sin embargo, esta situación varió a lo largo del siglo XIX. El tabaco gibareño no era de mucha calidad, sobre todo porque las tierras no eran óptimas para ese cultivo y por la falta de tradición en los cultivadores. Fue esa la causa por la que las grandes compañías  tabacaleras estadounidenses no fijaran su atención en el tabaco producidos en estos lugares.


[3] En la primera mitad del siglo XIX en Gibara hubo una verdadera explosión del llamado plátano fruta. Este territorio llego a convertirse en uno de los mayores exportadores de este tipo de plátano en Cuba en los momentos en que la isla alcanzaba cifras importantes en la venta de ese producto. Pero en Candelaria esta variedad de plátanos no progresó.