ALDEA COTIDIANA

           En HOLGUIN, Cuba, como en todos los lugares del mundo, ocurren hechos triviales, bellos a fuerza de fugaces                                                          Esta ciudad la construyeron mis padres vísperas de mi nacimiento y quisiéramos que nada se perdiera, que todo lo que fue haciéndose desde nuestros padres a nosotros, permaneciera intacto y puro, porque la ciudad es el escudo que hace que nuestros nombres no se olviden                                                    300 aniversario del pueblo de Holguín en 2020
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HÉCTOR LAVOE INTERPRETA AL HOLGUINERISIMO GUAYABERO

12 de junio de 2017

Servicios auxiliares de los combatientes en los llanos de Oriente: El entramado indispensable



En la década de 1980 el estado cubano entregó medallas a los antiguos miembros del  ejército rebelde y a los combatientes que actuaron en la clandestinidad. Decenas de miles de personas fueron condecoradas. Si a esas altas cifras agregamos a los que no la recibieron por haber fallecido, los que inmigraron o los que por su conducta durante el momento en que se instituyó la medalla se consideró que no la merecían y a los que por los más diversos motivos no la solicitaron o les fue rechazada, nos encontramos ante una cifra sorprendentemente numerosa. Sin embargo Fidel Castro dijo más de una vez que las tropas bajo su mando no pasaban más allá  de 3 000 hombres.
Sin pretender un estudio de tan peliagudo asunto, es de pensar que como usualmente ocurre, algunos se sumaron al carro del vencedor y fueron condecorados  inmerecidamente. Pero esos no fueron la mayoría, porque para el otorgamiento  de las medallas se formaron comisiones integradas por los propios combatientes, que hicieron un minucioso estudio de cada caso.
Posiblemente la respuesta a la grande suma de condecorados esté en las naturales características del Ejército Rebelde.
Cuando el soldado de un ejército regular entra en combate, detrás de cada soldado se encuentra otro ejército, el de la logística o retaguardia, que es el que se encarga de trasportar, vestir, calzar, alimentar, municionar y curar a los soldados regulares.
Pero los rebeldes seguidores de Fidel Castro no contaban con un aparato así, por lo menos en el sentido tradicional. Sin embargo para solucionar los problemas de la subsistencia de la tropa alrededor de cada grupo guerrillero se fue creando otro grupo de apoyo sin el cual la guerrilla no habría podido sobrevivir. Gente esa que no siempre estaba emplantillada en las organizaciones clandestinas y tampoco eran parte de las tropas: familiares, amigos, conocidos o siguiendo una muy extraña relación que únicamente es entendible en los contextos caribeños, el primo o amigo del combatiente, el tío de la novia, etc, que mandaba un par de zapato o un poco de arroz para ampliar la escasa cena de los revolucionarios en campaña. 
El  movimiento clandestino 26 de Julio era una de las formas  de canalizar ese apoyo. Y se sabe que después de la huelga de abril y el incremento de los grupos guerrilleros, la dirección del movimiento clandestino pasó a manos de los barbudos; el Movimiento que convirtió en un aparato de apoyo a la guerrilla. Los clandestinos le entregaban al Ejército rebelde diversas vituallas: medicinas, alimentos, ropa, calzado y hasta alguna cantidad de parque y armas, principalmente escopetas y revólveres. No pocas de esas colaboraciones se  hacia de forma espontánea por individuos que no militaban en el 26 de Julio.
El caso de Holguín es singular. Sobre la ciudad y las zonas que la rodean actuaban de forma directa dos pelotones de la Columna 14: el 2  y el  3. La dirección del movimiento clandestino local se subordinó al Pelotón 2 sobre todo porque ese "heredó" las relaciones antes mantenidas con Camilo Cienfuegos, Carlos Borjas y el propio Cristino Naranjo, por tanto fue a ese pelotón a quien los holguineros entregaban su ayuda.  
Después. Cuando vino a operar en las inmediaciones el Pelotón 3, bajo las órdenes de Eddy Suñol, este, que era natural de Holguín y de Purnio, creó sus propias redes de apoyo.
Pero por la citada singularidad La Aldea estudia someramente la logística del Ejército Rebelde en la comarca, con especial cuidado en los servicios médicos de las guerrillas.
En el primer período, o lo que igual, durante la etapa de los escopeteros, no había un hospital rebelde en ninguno de los territorios dominados por los revolucionarios. La guerrilla de Orlando Lara fue la única que llegó a contar en sus filas con lo más próximo a un médico, un estudiante de medicina. Pero en una de las acciones de Lar y sus seguidores, el estudiante fue capturado por el enemigo.
Los heridos y enfermos durante ese periodo eran atendidos en clínicas particulares de la zona gracias a que varios médicos se habían convertido en colaboradores de la  guerrilla. Igual era usual que se utilizaran casas particulares para esos fines.
Con la llegada de las Columnas 12 y 14 a la zona fue posible establecer hospitales, pues a partir de ese momento se comenzó a contar con zonas liberadas adonde las  fuerzas enemigas no se atrevían  a  incursionar y también por la incorporación de varios médicos y enfermeros a las fuerzas  guerrilleras.
El que pudiéramos llamar el hospital central en la zona controlada por las fuerzas de Orlando Lara estaba ubicado en la residencia de un terrateniente de origen árabe llamado Puchara.  “El chalet del moro Puchara” se convirtió en símbolo de atención médica. 
Por su parte el pelotón 3 de la Columna 14 hizo un pequeño hospital en la  Sierra de  Gibara que contaba con un valioso médico, el doctor Manuel  Díaz Legrá. En el caso de la Columna 12, su segundo jefe era un excelente médico: Manuel Fajardo.
No obstante lo anterior, los casos graves se enviaban a los hospitales de la Sierra Maestra
Otro asuntos en extremo interesante fue el cobro de un impuesto por parte de las fuerzas rebeldes, establecido aquel con anterioridad por la dirección del Ejército Rebelde. Dicho impuesto se le cobraba a los grandes propietarios y era una de las formas que tenían los revolucionarios para disponer de algunas sumas de dinero con que comprar armas, pertrechos y otros medios necesarios para la  guerrilla y para llevar a cabo la política del Ejército Rebelde consistente en que sus combatientes  pagaran todo lo que obtenían de los campesinos, comerciantes o cualquier otra persona.
La negativa a pagar los impuestos fue  excepcional. Un comerciante de Velasco estrechamente vinculado al régimen se  negó; su tienda fue confiscada y repartida entre los vecinos.
Igual en las zonas que estaban en manos de los guerrilleros existía un verdadero sistema de justicia dirigido por el auditor de cada columna o pelotón. Ese era el  encargado de celebrar juicios donde se ventilaban delitos tan disímiles como  crímenes cometidos por enemigos de la revolución, rapto de vecinas, riñas, etc.