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HÉCTOR LAVOE INTERPRETA AL HOLGUINERISIMO GUAYABERO

2 de junio de 2017

Los ataques a pequeñas poblaciones del llano. Consideraciones generales



Las fuerzas armadas de la dictadura batistiana tenían un entramado de pequeños puestos de la guardia rural en los pequeños caseríos con una  dotación de una o dos parejas, y asimismo cuarteles situados en los bateyes de los centrales azucareros y en otros poblados de mayor  importancia, donde estaban ubicados una docena o mayor cantidad de  militares. Los revolucionarios atacaron algunos de esos lugares, por lo que es interesante analizar, aunque brevemente, algunas de esas acciones.
En el primer periodo de la lucha guerrillera en los llanos orientales, (1957- agosto de 1958), las guarniciones tuvieron gran importancia, sobre todo porque entonces el movimiento guerrillero era débil y los soldados pudieron hacer recorridos por el área  bajo  su jurisdicción con poca posibilidad de ser atacados. Por tanto puede considerarse a esos cuartelillos un bastión inexpugnable para las aspiraciones de los  revolucionarios. En ese tiempo los escopeteros a lo único que llegaron fue a capturar el insignificante puesto de la guardia rural del poblado de Mir en un ataque que dirigió Orlando Lara el 31 de marzo de 1958.
Cristino Naranjo
Luego, cuando llegaron a la zona las columnas rebeldes, la situación cambió enteramente. Cristino Naranjo atacó la hacienda de Limoncito, que era donde la dictadura había situado una pequeña guarnición. Desde entonces los ataques a puestos aislados y poblados pequeños se sucedieron con frecuencia: Limoncito, Manatí,  presa  de Holguín,  Jobabo (atacado en dos ocasiones), cantera de Palo  Seco, microonda de Buenaventura, batey del ingenio San Germán, Bartle, Puerto Padre, Gibara, Buenaventura. En total se registraron 12 ataques a guarniciones; de ellas cinco fueron realizadas por tropas de la Columna 12; seis por  la Columna 14 y una por combatientes de las Columnas 32, 14 y 12.  En cuatro casos los ataques   fracasaron, durante el primer ataque a Jobabo, y también las que tuvieron como objetivo a la cantera de Palo Seco, y a los poblados de San Germán y Gibara.
Precisamente la actuación de las columnas rebeldes en los llanos orientales hizo que para el mando batistiano los poblados comenzaron a perder importancia y que contrariamente aquellos se convirtieran para ellos en verdaderos dolores de cabeza. Por un lado políticamente no era  conveniente abandonar los caseríos y poblaciones al enemigo, pero al mismo tiempo, día a día, los rebeldes se iban apoderando de los campos y cada vez contaban con mejores armas y mayor número de hombres, lo que para el ejército significaba muy complejo abastecer sus guarniciones asentadas en lugares aislados. Para hacerlo tenían que escoltar los vehículos que  transportaban las  vituallas, muchas veces sometidos al hostigamiento rebelde; y para trasladar el personal tenían que usar costosos viajes en pequeños aviones que aterrizaban en las  pistas aéreas que había en varios de estos poblados.
Otro factor a tener en cuenta es la organización de la defensa de estos poblados y  sus guarniciones dependían de dos factores. Uno lo podríamos llamar interno y era la capacidad que tenía cada pequeño bastión militar de organizar y sostener una defensa ante un ataque rebelde. El otro era  las  posibilidades e interés que tuviera la jefatura  del regimiento de apoyarlos con sus medios. Al analizar la defensa de los poblados es preciso tener en cuenta lo anteriormente dicho. Y, aunque este tercer factor que seguidamente vamos a mencionar es subjetivo, igual hay que tomarlo en cuenta: en Cuba republicana no existía tradición de ataques a poblados y cuarteles, ni por delincuentes ni por fuerzas políticas sublevadas. Por tanto aquellos reductos de  poblados no reunían los requisitos mínimos para sostener una defensa: casi siempre estaban ubicados dentro del poblado, rodeados de casas, establecimientos de todo tipo y otros obstáculos que podían afectar el campo de fuego de sus defensores. Por demás, o mejor, por lo mismo, los edificios militares tampoco poseían una arquitectura militar muy lógica. Casi siempre era un edificio de una planta, techo en forma de  azotea, paredes generalmente de mampostería, una caballeriza y un amplio patio. No tenían un sistema de trincheras ni  blocaos u otro tipo de defensa capaz de resistir la acción de las armas  de fuego  modernas, y para colmo de males, dentro del edificio siempre había materiales combustibles y las guarniciones eran relativamente  reducidas, aunque inmediatamente después de la presencia de las columnas rebeldes,  el ejército retiró los soldados que estaban en los puestos de la guardia rural y los reubicó en los cuarteles. Pero o fue ese un aporte significativo porque, generalmente, esos puestos estaban a cargo de dos individuos. En fin, que lo más corriente era que los cuarteles estuvieran defendidos por 30 ó 40 hombres bajo el mando de un sargento o un teniente. 
Al  sentirse amenazados los militares organizaron  una defensa muy simple que tenía como eje central, casi  siempre único, el cuartel. Construyeron algunas trincheras en  los  alrededores de este y situaron sacos llenos  de  tierra. Sin embargo muchas veces esas trincheras se encontraban muy cerca de las paredes externas del cuartel lo que en caso de incendio o derrumbe ponía en duro aprieto a quienes la ocupaban. (Nada más fue en Jobabo, durante el primer ataque rebelde, cuando la guarnición ocupó el central azucarero, creando así  dos puntos de defensa. Y en Puerto Padre, que contaba con  una guarnición mayo, organizaron la defensa en varios puntos de la población).
Obviando los anteriores dos ejemplos, los militares defensores abandonaban a los  pueblos a su suerte, incluyendo a centros industriales tan importantes como los centrales azucareros, como fue el caso de San Germán y Jobabo durante el segundo ataque.
Las armas de los militares eran fusiles ligeros de infantería y granadas; casi nunca contaron con ametralladoras pesadas. Para sustituir esa arma tan importante, en ocasiones se valían de la imaginación, como ocurrió en Buenaventura y en Bartle, que  situaron sobre la azotea un madero cubierto con una manta y le informaron a los vecinos que era aquello una ametralladora pesada; y en verdad que esa fue una iniciativa eficaz, pues los rebeldes se lo creyeron. En Bartle un desertor de la  guarnición local puso sobre aviso a los revolucionarios del engaño.
Cuando se producían los ataques rebeldes, la guarnición respondía desde sus trincheras pero sin acometer ninguna actitud ofensiva. De todas formas ofrecían una resistencia aceptable, combatiendo durante varias horas, hasta que finalmente se rendían.
Aunque parezca ilógico, la verdad es que el regimiento militar (ubicado en la ciudad de Holguín), no apoyó a sus guarniciones sitiadas, con la excepción, nada más, de los ataques a la cantera de Palo Seco y a Bartle. En este último caso el refuerzo fue por pura “carambola”: en el momento del ataque coincidió con la llegada de tropas que estaban en movimiento desde antes del hecho. Cuando los rebeldes atacaron Manatí,  el cercano cuartel de la marina no se dio por enterado. Y cuando ocurrió en Puerto Padre, el Escuadrón de Delicias ni siquiera hizo el intento de ayudar.
Sin embargo, cuando la guarnición de Cueto fue atacada por tropas del Segundo Frente, desde el Regimiento se hizo un esfuerzo considerable para rescatarla y finalmente lo consiguieron, aunque a elevado costo de bajas.
Las tropas rebeldes recurrieron a medios a veces muy simples para rendir a las fuerzas sitiadas: de noche entraban al poblado y se acercaban lo más que pudieran a la guarnición, ocupando determinados lugares que les permitieran obtener ventajas, luego, desde allí, abrían fuego, al que los militares respondían. Los intercambios solían ser fieros y duraban en dependencia de la cantidad de parque que cada bando tenía.
La captura de las pequeñas guarniciones por parte de las tropas rebeldes tenía  ventajas y desventajas. Por un lado aislaban a los escuadrones e impedía que el regimiento los utilizara en operaciones en  conjunto con sus tropas; se liberaban  amplios territorio y a las manos de los revolucionarios pasaban nuevos reductos con gran cantidad de medios materiales: transporte, talleres, combustible, etc. En caso de que la guarnición se rindiera se obtenía armas y parque, lo que resultaba valioso y necesario.
Pero asimismo esas pequeñas guarniciones eran secundarias en los  planes del Cuarto Frente. Atacarlas significaba un gasto considerable de parque sin que se tuviera la seguridad de que poder reponerlo; (ocurrió que después del gasto de materiales de guerra no se pudo tomar la guarnición y que en los casos que se tomaron, la guarnición había gastado gran parte del parque que se esperaba obtener como botín).
Y finalmente los ataques y captura de esas pequeñas guarniciones no decidía en los planes del Ejército Rebelde que había pasado a la ofensiva y planeaba sitiar las grandes plazas enemigas. (Fue por eso mismo por lo que el Jefe del Frente, comandante Delio Gómez Ochoa, no estuvo de acuerdo con el capitán Suñol en sus planes de atacar Gibara).