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29 de septiembre de 2014

Carlos García Vélez en la toma de Victoria de Las Tunas

Por: Ronald Sintes Guethón
Durante el año de 1897 las fuerzas cubanas prosiguieron con ímpetu el desarrollo de la Guerra Necesaria. En Occidente se peleó ferozmente y también se peleó en Oriente, donde la situación era un poco más favorable a los cubanos. Calixto García, que fue el gran estratega del uso de la artillería, planeó diversas acciones de sitio y tomas de poblados y ciudades. En agosto comienzan los preparativos para tomar Las Tunas.

Entonces Las Tunas era considerada “uno de los más  importantes baluartes de las tropas colonialistas en la región oriental. Estratégicamente, (Las Tunas) enlazaba las provincias de Camagüey y Oriente y estaba unida a Holguín,  Bayamo, Puerto Padre y Guáimaro. Poseía  un sólido sistema defensivo externo e interno, en el que se destacaban, en el caso del exterior, el cuartel de caballería  –que por estar  situado en una posición dominante se consideraba la llave de la ciudad–, y el cuartel de infantería, así como los fortines No. 10 y 11, Aragón, Concepción, Provisional, Bailén y Victoria. En el centro de resistencia interior, los objetivos más importantes eran el cuartel de telégrafos, el hospital militar y el cuartel de la guardia civil.  La guarnición de la plaza, distribuida entre esos objetivos, estaba  compuesta por el Batallón Provisional de Puerto Rico No. 2, una   sección de artillería con dos piezas Krupp y unos 300 voluntarios, que en total sumaban alrededor de 800 soldados bajo el mando del  teniente coronel José Civera.  Al valorar el sistema defensivo de Las Tunas, algunos jefes españoles, como el general Luque, afirmaban que para poder capturar la plaza se requerían más de diez mil hombres”[1].

Las tropas cubanas que participaron la conformaron “300 hombres de la Brigada  de Las Tunas, 300 hombres de caballería y cincuenta infantes camagüeyanos; 290 hombres de  Guantánamo;  200 de Jiguaní; 200 de Bayamo;  el Regimiento Céspedes; 250 hombres de Holguín; 109 de la de infantería y cincuenta de la escolta de caballería”[2], lo que suman alrededor de 1750 pero de ellos nada más entraron en combate directo unos 750, el resto se ocupó de misiones de seguridad en los caminos de acceso. Los mambises bajo el mando de Calixto García contaban, además, “con una batería de artillería de seis piezas: un cañón naval  Driggs-Schroeder de doce  libras denominado Cayo Hueso, dos Hotchkiss de doce libras, dos  de dos libras y un cañón neumático Simms Dudley”[3]

Asimismo era parte de los preparativos que “el General (Mario García) Menocal dislocara en las inmediaciones de la Loma del Cura el cañón neumático, el Cayo Hueso y los dos Hotchkiss de 12 libras. (Y de) los Regimientos de la Brigada de Las Tunas que (Menocal) tenía a sus órdenes, debía darle ordenes al Vega con cerca de 100 hombres y bajo el mando del Teniente Coronel Calixto Enamorado, para que este se emboscara precariamente en las márgenes del Ahogapollos, y el otro regimiento, (que llevaba el nombre del General de la guerra anterior), Vicente García, y que estaba al mando del Teniente Coronel Ángel de la Guardia para que se ubicara en la Loma del Cura dispuestos a avanzar sobre la plaza en cualquier momento”[4].

Por su parte el  Teniente Coronel García Vélez se encontraba apostado con sus hombres, en plena disposición combativa, aleccionando “en voz baja y con cariño de padre a sus imberbes y bisoños compañeros. En las caras juveniles de los emboscados se reflejaba la seguridad de la victoria; en todos sin excepción la muerte no era de tenerse en cuenta para nada, por cuanto que, cuando se es joven, todo lo que tenga viso de tragedia se torna sin gran esfuerzo en farsa chispeante ahíta  de optimismo, que hace olvidar el peligro por cercano que este se encuentre”[5].


Cuando definitivamente comienza el combate, el Brigadier Menocal dispuso el avance del Regimiento Vega, bajo el mando del hijo natural del Mayor General García, Calixto Enamorado. Él y sus hombres debía tomar  el Cuartel de Caballería pero los defensores de esa posición los recibieron con un fuego feroz y una tenaz resistencia. Ello obliga a Calixto García a enviar ayuda con su otro hijo, Carlos García Vélez. 

Todos luchan por igual, sin embargo, entre ellos destaca soberbiamente la figura gallarda del Jefe que los encabeza, con su camisa negra que le sirve de divisa peligrosa. El joven combatiente demuestra ser un aventajado discípulo y digno descendiente que honra a su   progenitor y Jefe. Al mismo nivel heroico se alzan ahora los Tenientes Coroneles Enamorado y Valiente. Realmente, los tres responsables que van al frente de aquellos valientes soldados mambises dignifican al Ejército Libertador a que pertenecen[6].

Heroicos también se comportan los enemigos, pero al final de la tarde los mambises toman el Cuartel de Caballería, y “al llegar la noche, teníamos más de cien prisioneros, pero los dos núcleos españoles, a cada extremo de la calle principal, continuaban firmes.   Entonces el teniente coronel Carlos García Vélez, valiente y tenaz luchador, aprovechó la oscuridad para levantar una trinchera en la calle de Campoamor, más el parapeto resultaba muy deficiente”[7].

Meticuloso como siempre fue, García Vélez se niega a dormir y dedicase a supervisar a sus subordinados y la vez que da órdenes pertinentes para el buen cumplimiento de las tareas. Al llegar la mañana, “el general Calixto García penetró en la población por la parte sur, y al encontrar a su hijo Carlos junto a la trinchera de Campoamor, le dio un abrazo profundamente emocionado. Yo, que estaba allí, pude darme cuenta de que los ojos del viejo caudillo estaban llenos de lágrimas”[8].

A esta hora solo es cuestión de tiempo que las fuerzas españolas se den cuenta de que están cercadas y que no van a poder recibir  ninguna ayuda del exterior, entonces se verá si se rinden. 

Rafael Guerrero, un historiador peninsular de la época, nos narra su versión de los hechos: “No han sido sin embargo vencidos nuestros soldados en lucha abierta, porque aunque parezca inverosímil, el soldado español no se rinde cuando lucha con un  enemigo en iguales condiciones de defensa. Sitiada la población de Victoria de las Tunas por fuerzas superiores, ésta se ha rendido después de esperar 25 días un auxilio que no llegaba y de haber dejado bien sentado el pabellón de la lucha, el hambre y las enfermedades han reducido el número de sus defensores a la cifra de 292 hombres y ha  sido imposible sostenerse por más tiempo y necesario rendirse al enemigo quien ha respetado la vida de nuestros soldados; no  así  la de los desgraciados voluntarios que han sido pasados a cuchillo. ¡Lástima que la obra de magnanimidad de los insurrectos no haya sido en esta ocasión tan amplia como debiera!, esos heroicos voluntarios que defienden su hogar y su familia, son tan dignos, tan patriotas, tan valientes como el soldado que pelea por su bandera y algo más que el insurrecto cuya misión parece ser la de destruir y asesinar”[9].

Lo que pasa por alto este historiador es que muchos de esos voluntarios eran asesinos a sueldo, que por el valor de un peso diario cometían todo tipo de atrocidades en la manigua. Este hecho de que eran cubanos que peleaban al lado de las tropas españolas, además de los atropellos y asesinatos que cometían a diario, era condición suficiente para que el Ejército Mambí los ejecutara sumariamente.

Terminada la batalla, debía evitarse la relajación y las  indisciplinas, por lo cual, “el austero Carlos García Vélez destruía a culatazos las botellas de licores y desfondaba las pipas de vino en las bodegas[10].” Lo anterior sumado a que las fuerzas mambisas estaban formadas por hombres de muy bajo nivel intelectual mayormente, explica que la opinión de algunos sobre Carlos era de ser una persona recalcitrante, incluso demasiado recia a veces, y quizás, en ocasiones, tuvieron la razón los que así pensaban. La formación social e intelectual de Carlos lo obligó a hacer no pocos sacrificios para adaptarse a convivir con sus compañeros de armas a los que criticó severamente cotidianamente. 

En su diario Carlos García Vélez nos relata lo siguiente: 
“El justificado propósito del guajiro de hacer cultivos escondidos para alimentar a su familia, causaba indignación a los jefes mambises quienes acusaban a aquellos de malos cubanos y dejaban a los soldados que se internaran en el los sembrados para que tomaran las viandas. Pero siempre que las fuerzas se desparramaban por su cuenta en los sembrados por la falta de disciplina o de autoridad del jefe, el daño que le hacían al guajiro era irreparable: Boniatales nuevos y platanales eran removidos y arrancados sin razón. Las fuerzas del General Quintín Banderas se mancharon con estos abusos”[11].


[1] Colectivo de Autores: Historia Militar de Cuba. Primera Parte, Tomo III, Volumen 2, Editorial Verde Olivo, Ciudad de La Habana, 2009 Pág. 203
[2] Ibídem Pág. 204
[3] Ibídem Pág. 204
[4] Ibídem Pág. 34
[5] Escalante Beatón, Aníbal: Calixto García Iñiguez. Su Campaña en el 95. Ediciones Verde Olivo, 2001. Pág 333
[6] Ibídem. Pág. 336
[7] Ferrer, Horacio: Con el Rifle al Hombro. Editorial Ciencias Sociales, La Habana, 2002. Pág. 87
[8] Ibídem Pág. 88
[9] Guerrero, Rafael: Crónica de la Guerra de Cuba y de la Rebelión de Filipinas. (1895-96-97) Tomo V. Editorial Maucci, Barcelona 1897. Pág. 564
[10] Ferrer, Horacio: Con el Rifle al Hombro. Editorial Ciencias Sociales, La Habana, 2002. Pág. 90
[11] Centro Información Museo Casa Natal Calixto García Iñiguez. Diario Carlos García Vélez. Pág. 74