ALDEA COTIDIANA

           En HOLGUIN, Cuba, como en todos los lugares del mundo, ocurren hechos triviales, bellos a fuerza de fugaces                                                          Esta ciudad la construyeron mis padres vísperas de mi nacimiento y quisiéramos que nada se perdiera, que todo lo que fue haciéndose desde nuestros padres a nosotros, permaneciera intacto y puro, porque la ciudad es el escudo que hace que nuestros nombres no se olviden                                                    300 aniversario del pueblo de Holguín en 2020
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Toda la aldea a la mano

HÉCTOR LAVOE INTERPRETA AL HOLGUINERISIMO GUAYABERO

16 de abril de 2014

Retrato de la aldea



Por José Ricardo Manduley
Un hermano hace mucho tiempo distante de la aldea, que ahora quiso volver. (Gracias Manduley, no olvides aquello de que yo estaré mirandolos a todos ustedes regresar).

Llora la Aldea las dos clases de Aldeanos: los que desviven por marcharse y los que se mueren
de nostalgia por regresar.

El más antiguo grabado de Holguín que se conserva
La Aldea nace en la colina y desborda el valle con una cascada de vías principales y aceras de hormigón.    Las calles  ruedan despacio cuesta abajo, rectas y angostas.  Van rumiando ese hastío  penoso y amargo  de tanto sostener los redundantes pasos de las mismas personas, yendo a los mismos lugares  para  completar idénticas tareas  que ya habían cumplido sus padres, sus abuelos y todos los tátaras del árbol genealógico hasta cuatrocientos años extraviados en el pasado de una historia indiferente y distraída donde el presente no es más que el pasado en un tiempo distinto. 

Las casas, pegadas y estrechas, son todas parecidas, alzadas en cemento y monotonía, con tejados antes rojos, hoy desteñidos por el tiempo y roídos por un musgo testarudo e implacable al cual no lava la lluvia tropical ni seca el viento de los huracanes.

Mapa antiguo de la ciudad
La Aldea, sin embargo,  es  un  prodigio  urbanístico  gramatical.  Fue una villa destinada  a quedarse    recluida  entre  paréntesis  de  agua,  donde  había nacido,  entre  los  dos  arroyos  que ahora lamen los cimientos de las casas nuevas, las que saltaron los  cauces  y se robaron los  remansos cuando la Aldea desbordó  sus propios  paréntesis  de agua  y se convirtió  en una aldea entre comillas. Es  decir, la villa creció a pesar de todo, siempre prosperando al borde de extinguirse, hasta que un día rebasó los dos arroyos que oprimían sus límites  y se hizo ciudad, con himno de guerra y casco de cinco plumas. Pero  en el fondo de su corazón, bien guardado tras la  coraza de mampostería,    siguió siendo la misma aldea que siempre había sido, algo más grande y un tanto más vieja, pero la misma  aldea. Porque  una  ciudad  son  calles  indolentes,    edificios  insípidos  y plazas sin nombres que todos usan sin que inspiren ternura. Una ciudad es un depósito insensible para  almas apresuradas  y  narcisistas.  Sin embargo,  una aldea  es algo muy distinto. 

A la aldea todos la  quieren porque,  al fin y al cabo,  no hay  mucho  para usar  ni prisa para ir porque la aldea es el origen y el destino de la jornada,  que comienza y termina en el lugar exacto y el momento
preciso donde el aldeano quiera estar. La  aldea  es  el  castillo de las  almas bucólicas. Por tanto,  la cuidad y los citadinos  se rebelaron y quisieron seguir siendo aldea  y aldeanos. Claro, a la vista de todos los que no  han vivido  en  ella,  la Aldea  no es más que una ciudad ordinaria, común y corrientemente provinciana. Nosotros sabemos que no, que es mucho más, es una aldea entre comillas.
 
El primero en salvar el arroyo, saltó las aguas con el desdén  y la dignidad de quien no venció pero no se siente  derrotado. En realidad,   nadie lo quería dentro de los límites de la antigua villa desde hacía mucho y conspiraron y volvieron a conspirar hasta que  consiguieron  echarlo de la demarcación. 

Croquis del Camposanto de Holguin
Y el nuevo cementerio de la Aldea quedó excluido, proscripto y confinado del otro lado del riachuelo, para que nadie recordara que algún día terminar ía allí, no sólo  confinado, proscripto y  excluido, sino también  apropiadamente cubierto por    la tierra que se pasó la vida tratando de  ignorar, con los pies apuntando al  amanecer, como era regla, y el nombre meticulosamente tallado en la pared de ladrillos  y cal.  Pero sin querer, los conspiradores, convirtieron  al cementerio en una especie de precursor, en el conquistador  de tierras más allá de los    arroyos. Pocos años después, la  mayoría de las  edificaciones, escasas  de  imaginación  y geografía, tuvieron  que imitarlo  y  desbordaron sus propios  límites de agua. 

Al  final, como siempre sucede  cuando se intenta sortear el único sitio  ineludible, la Aldea terminó humillada   y ha quedado como abrazando al nuevo-ahora-viejo cementerio, con casas pegadas a sus  muros  y terrazas con exquisitas vistas a la mortalidad. Decrépitos ángeles  y tiznados querubines velan por la paz de las almas; primorosas esculturas de mármol y duelo  que develan  su  belleza, aún debajo del  hollín, como quizás  cubran  la  miseria  tras    la  pompa  de  los monumentos  erigidos para recordar por siempre a los que obligaron a un cementerio común y corriente a convertirse en precursor. Muchos años después de que el cementerio había sido proscripto y rehabilitado   por la Aldea,  los aldeanos construy eron  otro cementerio, desterrado también al otro lado de un meandro  más remoto, porque el presente en la Aldea no es más que el pasado en un tiempo distinto.

Pero las  casas no fueron tan audaces, las casas fueron acercándose a los arroyos, ladrillo a ladrillo, hasta que un día  tropezaron con  las orillas y  arremetieron  contra  el agua, plantando cimientos en el ancestral  curso de los ríos. Las casas se robaron las piedras, refugio de los peces,y erigieron sus paredes sobre ellas, con los peces fosilizados  en los muros  y  una  capa  de arena de los remansos,  mezclada  con cemento,  para ocultar  la brutalidad  y  cubrir  la desnudez  de unas paredes  que parecen germinar desde el fondo del río.  


Los aldeanos de hoy, de vez en decenas, se lamentan de que las aguas invaden sus dormitorios cuando el cauce  se multiplica con las lluvias. Pero los dormitorios están levantados sobre lo que antes fueron  los suaves y limpios rápidos  de los  arroyos.  Es, de alguna manera, una clase  de venganza que  nunca cesará mientras las edificaciones no le devuelvan las tierras a las aguas. Es el “bilongo del   jigüe”, lo que traducido al idioma extraldeano, sería algo así  como “la maldición del duende crioll o”. Y cada vez que las casas  se olviden de que le robaron el curso  a los ríos, los ríos invadirán los dormitorios, correrán por sus portales,  agitarán  remolinos sobre los pisos  de losetas  y se llevarán todo lo que encuentren, sobre todo si tiene algún valor sentimental.

Claro, las viviendas no le robaron a las aguas por maldad, si no porque a los aldeanos más pobres no les alcanzaba el dinero para comprar parcelas en el centro de la Aldea, a dos o tres cuadras de las calles principales que bajan desde el cerro. Y, salvedad, como la Aldea  vive  en un valle, por supuesto que está rodeada de cerros. Lomas,  los aldeanos  las llaman,  y hay muchas, de todas las formas y personalidades  alrededor de  la  Aldea, desde la  loma de la Piedra Blanca,  donde hay muchas piedras, ciertamente, pero ninguna es blanca; o las de Los Lirios, que tampoco hay lirios, ni orquídeas, ni flor  alguna. Pero de  ésas no  bajan calles principales, son cerros relegados a conformase con la  última  porción  en la siempre injusta distribución de jerarquías.  Esas, y otras muchas,   son colinas  de segunda clase, como los aldeanos que se vieron forzados a robarle las tierras a las aguas.  


Los cerros que en  verdad tienen categoría, digamos, de tierra azul, son sólo dos. El primero  tiene  una  hosca  figura de volcán a punto de erupción; intimidante colina que  en el fondo  es de  personalidad  inocua y gentil,  porque al fin y al cabo no tiene cráter, como aparenta,  es solamente una loma provinciana  con ínfulas  de volcán continental.  Quizás  por eso los aldeanos a  menudo se olvidan de que existe.  Tanto,  que si la arrancaran de su sitio,  la mayoría  de los aldeanos se percatarían  mucho después,  cuando caigan en cuenta de que a la Aldea le sobra espacio   y de  que el sol tarda más en ponerse porque falta el imaginario  cráter que se lo tragaba  cada tarde  antes de llegar al horizonte.  Por  tanto, la colina más importante, sobre la que los aldeanos derraman toda su pasión pueblerina, es de donde bajan las calles  principales.  

La loma donde el  fraile  clavó  una cruz de madera que acarreó  en sus hombros desde la falda hasta    lo más alto y allí la dejó, para que los aldeanos pudieran verla desde cualquier punto cardinal. Y los aldeanos estuvieron orgullosos de que la loma fuera una loma distinta, una colina con  sello individual, y sacaron procesiones, hicieron ofrendas, cumplieron promesas a sus santos subiendo de rodillas hasta la cruz. A la larga, la loma  fue  tan popular que los aldeanos construyeron una  escalinata, para  llevar sus ofrendas a la cima con  más comodidad o para mirar la Aldea desde las alturas e identificar sus tejados entre cientos de tejados iguales y sus calles entre decenas de calles idénticas.  Pero  apenas habían terminado de construir el  último, el    cuatrocientos cincuenteavo escalón,  las procesiones dejaron de subir y los aldeanos se olvidaron de cómo organizarlas. La  interminable  escalinata  hasta las alturas quedó como un objeto más bien ornamental,  con esporádicos e individuales aldeanos escalándola, los cuales podían verse avanzar despacio hacia la cima desde cualquier parte de la Aldea. Muchos años después, los aldeanos volvieron a organizar desfiles hasta la  cruz,  porque  el presente en la Aldea no es un presente nuevo  del todo, si  no  imperceptiblemente  zurcido con  los  hilos  de un presente anterior. 


Y es  de la falda de este cerro  de donde  bajan las calles principales, que fueron  importantes desde el principio, pero en realidad no nacieron del cerro, como aparentan para darse un toque de aristocracia tropical  y rodar loma abajo con el  altivo recorrer  de una  nobleza vial que realmente no tienen. Porque las calles principales nacieron  en lo más hondo del valle, entre los dos arroyos que al final rebasaron.  Provincianas  vías,  que  nunca han  entendido  que hay más virtud  en  haber alcanzado  el cerro que  en  haber nacido de él y continúan,  tozudamente,  fingiendo  rodar loma abajo. Sin embargo, lo simulan tan bien, tan coquetamente, que el  verdadero origen es totalmente irrelevante  y son calles de auténtica alcurnia  a los ojos de los aldeanos  y de cualquier cartógrafo que no haya vivido lo suficiente para saber que nada es exactamente lo que aparenta ser. Y que si algún día lograra  descifrar esa exactitud, de nada le  valdría  tampoco porque  para entonces ya habría cambiado  y  la  nueva  exactitud  sería  la única  exacta  para establecer un juicio certero.  


De todas maneras,   la  fingida prominente alcurnia de las calles principales, convertida en alcurnia de verdad de tanto  imitarla, no ha podido cambiar el curso de los augurios de  ser  dos  vías nacidas bajo el signo  de los amantes desencontrados. Y es que  ambas  corren  tan  rectas  que nunca han podido encontrase en ningún lugar de la Aldea  y   se mueren de ternura y paralelismo sin poderse tocar.  

Claro, los aldeanos se percataron desde el principio, porque el  amor  es una emoción que se exacerba  cuando se trata de  ocultar,    y hallaron la manera de que se vieran, aunque no  pudieran tocarse. Los compasivos aldeanos construyeron plazas  entre  las dos, de esta manera  las calles se pueden mirar, a intervalos,  en presencia siempre de uno de los  cinco parques  que los vecinos concibieron  como chaperones.  Y chaperones son, han sido,  y  serán para siempre,  de las calles y de la gente  que se sienta a conversar a la sombra de los ficus en las tardes de verano, cuando el tozudo sol ecuatorial proyecta una sombra invisible bajo los pies, y de los amantes que se besan en las noches, públicamente escondidos bajo el farol sin bombilla  donde se besaron sus tatarabuelos cuando las calles no habían llegado aún a la colina. 

Y las calles  principales aprendieron a sobrevivir disfrutando de ese único minuto de regocijo de mirarse desde lejos, con aldeanos cruzando las plazas para ir a los mismos  lugares, invariablemente emprendiendo sus jornadas que comienzan y terminan en el mismo sitio ,  y    con árboles  extendiendo sus ramas hacia  el  lugar exacto donde  les  impedían  ver  el  otro lado.  Las calles principales corrieron paralelas hasta que un día se percataron de que cada vez la  distancia era mayor y de que ni  siquiera  parecían ser las mismas calles del principio . Los aldeanos no construyeron más plazas  entre ellas porque el amor es una emoción que no se puede simular  y los aldeanos descubrieron que era más el hábito de mirarse desde lejos y la obstinación de vencer lo inevitable que el amor que creían sentir.

En su obsesión, las calles principales no tuvieron ojos para otras calles, para ninguna de  las que se tropezaban en cada cuadra y en cada esquina de cada plaza y  que  hacían lo imposible  por  hacerse notar. Se sumergieron en la terquedad de vencer elparalelismo hasta que se dieron cuenta de que ya a nadie le importaba esa tozudez, que ni siquiera eran las mismas del principio y habían  dilapidado  su tiempo y su geografía  en un romance  platónico  destinado al  desencanto  desde el principio. A este punto, se separaron para siempre, una cruzó el río  hacia  el  barrio nuevo, pasada la estación del tren,  y la otra se escapó de la Aldea, por el sur,  casada con  una vía principal que va al  siguiente pueblo.

Al fin y al cabo la Aldea había crecido y ya no eran  las únicas calles,  sólo    parte de un infinito ovillo de calles nuevas y viejas que se encuentran y se desencuentran, que se cruzan y se vuelven a cruzar  con ojos para verse o terquedad para no ver más que  una. 


Pero las  plazas quedaron allí,  cuadradas y blancas, con los  mismos  ficus,  que al fin terminaron  de crecer  cuando no tuvieron nada a lo que interponerse. Los árboles de los parques habían  multiplicado sus ramas  de pura  maldad, porque les quemaba el tronco   la envidia de que alguien derrochara una  emoción  que ellos  eran incapaces de sentir.  Y los aldeanos se beneficiaron de la sombra, tomando un descanso en  su  habitual  camino a ninguna parte,  o remendando el mundo con filosofía  de bocacalle,  o  contando los  lóbregos  secretos  de los demás para conjurar los propios.

Las  cinco  plazas    se  quedaron en el mismo sitio,  perfectamente alienadas cada un par de cuadras,  sin espacio a donde extenderse ni camino por donde huir. Entonces comenzaron también a reclamar su  linaje porque al fin y al cabo eran los atajos que los aldeanos tomaban cada día para llegar a ningún lado y todas las calles, principales o no, llevaban a ellas.  Y los aldeanos concordaron  en que debía haber también una plaza principal y escogieron una, que no fue la primera que habían construido,  la de la iglesia como en cualquier  otra aldea de categoría, si no la que le sigue al  noroeste. Nadie sabe a derechas por qué la segunda plaza  fue escogida  como la principal, pero los aldeanos peor pensados están convencidos de que la plaza simplemente compró el título de principal con el dinero de los comercios que se amontonan a su alrededor.   

Las otras cuatro  plazas,  como las  colinas  de donde no bajan  calles principales o  las casas que le robaron  la tierra a las aguas, se tuvieron que conformar con ser plazas de segunda categoría. Y al principio se resistieron, cada cual con su particular plan de competencia, abonando sus árboles para  que fueran más frondosos, pintando los  bancos  con colores más atractivos o  reparando los adoquines para que los aldeanos no tropezaran cuando  atajaban  en  sus  obstinadas marchas  al mismo punto  desde    donde habían partido.  Pero  muy pronto se percataron  de  que no era  un asunto  de  bancos, si no bancario  y que no tenían ninguna oportunidad de ganar porque el  fulgor de las monedas    altera anatómicamente la córnea de los ojos  y todo se ve del mismo color, idéntico  tamaño y    forma  similar.

En fin,  las plazas  tuvieron que aprender a sobrevivir sin  el alimento al narcisismo arquitectónico de ser una plaza principal. Con el tiempo se acostumbraron a esa paz que habían  obtenido de  no tener que defender ninguna jerarquía y pudieron  practicar    libremente  su  vocación,  aplicando  todo  el  talento  en instruir  a los niños del vecindario  en el arte de ser felices  hasta que fueran suficientemente mayores para ir solos a la plaza principal y que  el brillo de las monedas  les  arruinara los ojos  para siempre.

Las plazas  se adueñaron  de  la edad de los aldeanos, desde que sus padres los llevan a jugar, cuando luego les permiten ir solos y hasta que  la  plaza les  queda pequeña y se aventuran a la plaza principal para convertirse en aldeanos  adultos, un minuto antes de que el  resplandor  de las morocotas le tuerza las córneas.  Pero a esas alturas ya las plazas los han marcado, con el dibujo de sus adoquines, en la parte más blanda de sus corazones. No importa cuán lejos el aldeano vaya porque la marca es perpetua, visible e inalterable y los fuerza a regresar, tarde o temprano,  de cuerpo o de alma, a la plaza nodriza que les enseñó a ser felices antes de que el  destello de las monedas  le borrara el color a las ramas de los ficus.  Las plazas se convirtieron en plazas  principales para el corazón de los aldeanos cuando  desistieron de  competir por un fatuo título urbanístico, provinciano y narcisista.

Holguin y sus "tradicionales 43 barrios"


Claro, a los  ojos  de la plaza principal,  hicieron todo eso por envidia,  porque no les quedó  otro remedio que el de vengarse de sus  laureles  marcando el corazón de los aldeanos antes de que tuvieran la edad suficiente para decidir por ellos mismos.

Pero en el fondo ,  todos saben que  la Aldea no sería lo mismo sin ese centro, sin  los largos y  ovalados escaños sobre el piso de granito de donde emerge  la estatua del prócer,  apuesto  y enérgico, que reconquistó la tierra con su sable y ahora la  guarda,  en mármol,  para que los niños jueguen a su alrededor.  Y si no tiene una iglesia, tiene dos teatros, que no purifican las almas, pero las  recrean  para, cuando les corresponda, se vayan más livianas y frescas a donde les toque habitar para su eternidad de almas pueblerinas  marcadas por la Aldea.

En vida, los aldeanos necesitan de los comercios que prosperan  o se derrumban  bajo  la indulgente sombra de los corredores, largos y anchos, con el piso de losetas pulido y gastado por los pertinaces pasos de los aldeanos en sus  tozudos  viajes a donde mismo están. Y, como plaza principal, le corresponde  también  marcar la  condición y    la  jerarquía  de las personas. Cada  esquina  de la plaza, cada banco y  cada losa de granito, marca un nivel diferente en  el  escalafón  social de los aldeanos.

Es un  sistema  provincianamente complicado, pero también,  infalible.  Sólo  los aldeanos de más experiencia  pueden  surcarlo  sin exponerse a errar y terminar sentado en el escaño equivocado que le cambie su cultura, sus intenciones o su orientación sexual.  Porque en la Aldea, los aldeanos  no son lo  que creen  ser, si no lo que los otros aldeanos decidan,  en dependencia del escaño donde  suelan sentarse.  Y los bancos son los mismos de siempre, pero el significado cambia con el tiempo y vuelve a cambiar otra vez, de manera que si los aldeanos se ausentan por mucho tiempo ,  tienen que volver a aprender  cuál  sería  el banco correcto para sentarse o la esquina de la plaza más apropiada paradetenerse a conversar.

Cuando los  aldeanos jóvenes  llegan  a la plaza principal por primera  vez,con su  visión  a punto de  arruinarse, invariablemente creen que han inventado el sistema de clasificación. Pero el  método  siempre ha sido parte de la plaza principal, desde antes que la colina  vistiera  su  escalinata  a  las nubes, o de que las calles principales se desengañaran  y huyeran avergonzadas. Porque el tiempo de la Aldea no salva las colinas que enclaustran el valle, si no que choca contra  ellas y vuelve atrás, es el mismo tiempo  de otros tiempos en un tiempo distinto.

Pero las  plazas nunca pudieron vadear los ríos, como el cementerio, las casas o las calles, principales o no.  Las plazas  envejecieron  compitiendo por una hidalguía huera y provinciana, mientras  todo lo demás  rebasaba  los paréntesis de agua para convertirse en  elementos urbanísticos  gramaticales,  en  aldea entre comilla.  A primera vista, las plazas,  anticuadas y pueblerinas, no entendieron que  había llegado el momento de  saltar los ríos. En realidad, prudentes y sabias,    prefirieron  quedarse  donde estaban, marcando el corazón de los niños o cercenándole la visión a los jóvenes,  sin arriesgarse más allá de las aguas, donde se gana todo o se pierde  la escasa distinción  que se ha  podido acumular, donde tienen que  llevar  a sus espaldas las pesadas  comillas de  no  querer ser lo que  inexorablemente  son. Las plazas representan la
única sección de la Aldea que sigue siendo aldea de verdad, sin comillas o paréntesis, sin la ambición, o la audacia, de aventurarse del otro lado de los ríos.

Y los dos  arroyos    agradecieron  esa indulgente tregua en las humillaciones. Los ríos, más que las calles, las plazas  o las colinas,  habían  sido el origen y la causa de la Aldea.  A pesar de los cartógrafos, de  los  títulos  rimbombantes  o de  las  consentidas calles de  cemento azul, el pueblo había nacido de  los  arroyos, que vivían  bien  a gusto  en el valle desde mucho antes de que a los aldeanos se les ocurriera construir  aquellas  casas ingratas  que le robaron sus  márgenes  y  las calles indolentes  que  desaguan  todas  las  bajezas  en  sus  caudales.  Pero  a los aldeanos se les olvidó que al principio era la  única agua que bebían, el único lugar donde lavar sus ropas y el refugio  donde  acudir  para  escaparse  del  abrasante sol,  en un valle donde el verano comienza al día siguiente de cuando termina el anterior.  Nadie recuerda  que  para convencer a un rey,  ¡a un rey!,  los vecinos que aspiraban a ser aldeanos atestiguaron que tenían agua saludable y suficiente para sustentar una aldea.


Las “aguas suficientes” eran ellos: los dos arroyos. Pero la Aldea se olvidó de su origen mientras crecía y los aldeanos consumieron su tiempo construyendo plazas para  consentir  a las calles  principales  y  escalinatas a la cima del valle para peregrinar hasta la cruz  só lida y blanca que se recorta,  allá en la  cresta de la loma, contra el  cielo puro e infinito  de una aldea donde el aire está  deliciosamente  contaminado  de poesía y  titilan  más poetas que bombillas en el alumbrado  público. Mientras tanto,  ni la Aldea ni los aldeanos se percataron de que los arroyos se  habían  quedado solos, vejados por los cimientos de las casas, ultrajados con escombros y emponzoñados de  aguas albañales. Y  los arroyos  padecieron estoicamente todas las  ofensas porque,  a pesar de todo, los roía  ese instinto maternal  por  una  aldea  que habían visto  nacer  de
sus márgenes  y  expandirse por el valle  hasta desbordar sus  límites  de agua y convertirse en una
aldea entre comillas.

Los ríos no guardaron rencor, si no esperanza de que algún día lo s aldeanos recordaran su origen,  le sacaran los cimientos  clavados  en sus costillas y limpiaran    las bajezas vertidas  a  sus caudales. De todas maneras, decidieron huir, como las calles  principales. Se encontraron los dos al sur de la Aldea  y se fueron juntos,  más allá de  los confines del valle, jugando con las flores incendiadas de rojo que los  flamboyanes arrojaban a su cauce y soplando niebla al amanecer para que las mimosas plegaran sus hojas de pudor.  Las castas piedras y el inocente lodo del campo limpiaron sus aguas  de los agravios,  pero los arroyos siguieron  alejándose,  cada vez más, inmersos en el delirio por marcharse de la Aldea y muriéndose de nostalgia por regresar.