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Las esculturas funerarias del cementerio municipal de Holguín, CUBA

20 de octubre de 2010

...vida y amor, emoción y sugerencia.



La vitalidad de Marilola X, su deseo de llegar a la meta que se ha trazado, vitalidad y meta tan altamente valoradas por quienes la admiran y objeto de acérrima censura por quienes no la aceptan, se hace tangible en su participación directa en el proceso editorial de cada uno de sus libros.

Ella misma mecanografía sus textos. Y cuando ha concluido ese trabajo inicia la parte más compleja de su labor: obtener el dinero que necesita para sufragar la impresión del libro. Una vez logrado el crédito, la poeta se va al taller y permanece junto a los impresores hasta que el libro queda concluido. De cerca sigue el proceso, corrige las pruebas...

“En diez libros que publiqué en aquel mundo sórdido y que yo esperaba ansiosa, porque esos libros se trocaban en libros, lápices, libretas y comida, y yo luchaba con eso para enfrentar la miseria de mi casa, apenas si encontré dos erratas. Era como un embarazo de sueños y yo cuidaba que mi libro saliera normal, perfecto”.

Ariel García, hijo de la escritora dijo:

(...) no solo tuvo que enfrentarse cara a cara con la difícil tarea de hacer publicar sus libros, sino también a la de intentar venderlos de casa en casa, de fábrica en fábrica, de almacenes en almacenes, en jornadas interminables rematadas por largas caminatas a pleno sol o bajo la lluvia (...) la autora estaba expuesta a las intenciones deshonestas de los que lejos de interesarse por adquirir y conocer la obra propuesta, le hacían ofertas sucias y cobardes a la joven mujer, casi siempre acompañada por uno de sus pequeños hijos, a las que ella salía al paso con frases tajantes o con una bofetada de ser preciso.

Bajo las circunstancias descritas ve la luz en 1934 su primer libro, Cantos de amanecer, con prólogo del escritor mexicano Alberto Bolio Ávila. En uno de sus textos, el titulado  “Deseo” dice la poeta:

Escucha mi deseo Febo: recoge tu ardor, concentra tu fuego y calcíname como si yo fuera una mariposa que arde en una llama. Compensa mi pasión extinguiéndome en tu luz.

Cantos de amanecer fue presentado el 3 de octubre de 1934 en el Hotel Saratoga de La Habana, en presencia de un nutrido grupo de escritores, Félix B. Caignet, con quien la autora sostuvo estrecha amistad, Luis Amado Blanco, Arturo Doreste, Miguel de Marcos, Nicolás Guillén y Emilio Ballagas, el que le lleva, como siempre, un verso. Al dárselo Ballagas siempre le decía: “¡Aquí tienes mi flor!”. Otro que mostró agrado por las creaciones de Marilola fue Regino Pedroso. Ella consideraba que Pedroso con su obra robustecía el futuro.

Regino Pedroso

Por cierto, con la aparición de Cantos de amanecer se devela el secreto de quién se ocultaba tras el seudónimo Marilola X. La acogida del cuaderno es tal que la poeta tiene que preparar rápidamente una segunda edición, esta vez con el diseño del holguinero Andrés García Benítez. En este volumen se reproduce una de las cartas que Enrique José Varona le enviara a la escritora resaltando su condición de “poetisa por sensibilidad y por talento”.

La prensa habla constantemente de Cantos... pero aún así la autora tiene que viajar por diversas regiones orientales para vender el libro. Y dos años después, 1936 en La Habana, publica su segundo libro, Cuando canta un Corazón. La presentación se hace en Matanzas. El poeta Arturo Doreste escribe el prólogo.

El rasgo primordial de Cuando canta... es el matiz sensual que adquiere el tema amoroso. Véase este ejemplo tomado del texto “Presentimiento”.

He dejado mi ventana abierta porque no sé que extraña intuición me dice que en un despertar de mis sueños he de tropezar con tu mirada que vigila las ondulaciones de mi cuerpo flexible.

En 1938 aparece Hojas. En este libro el erotismo sigue siendo su tema esencial, pero ahora se hace palpable otro de los asuntos que torturan a Marilola hasta el final de sus días: la maternidad como la condición más sublime que puede experimentar una mujer.

Y también, imaginando que sería un nuevo y torturante dolor a mi vida, me diste un hijo... He aquí como inconscientemente me diste la dicha suprema.
“Palabras al hombre II”

En 1941 nace el cuarto libro de Marilola, Espigas, que se publica en Santiago de Cuba. Es ese su llanto por el dolor que le provoca la pérdida del ser amado. Y al año siguiente publica un nuevo título, Fruto Dorado. En este, a diferencia de las obras anteriores, la autora incluye poemas rimados que son la voz de la mujer rebelde que continúa enfrentándose a las ataduras sociales, esas que le impiden la plena realización. Y asimismo en Fruto está el temor maternal por el destino de los hijos y la reafirmación del concepto que para ella tenía la condición de madre:

Yo no sentí plena mi vida hasta que
La naturaleza me dio el aviso divino
(...)
Nada, nada es comparable
A la emoción de la maternidad.

Frenéticamente continúa escribiendo. En 1951 se publica Puesta de sol. En este nuevo cuaderno la autora habla del amor, pero ahora su palabra es serena como la de quien llegó a la madurez de su vida. Y la familia, tema recurrente en ella, vuelve a asomarse entre las páginas de Puesta. Pero sin dudas, la peculiaridad de este cuaderno es que en él se incluyen textos escritos por los tres hijos de la poeta para, dice ella, perpetuar en “su cosecha” el don poético que cultivaron el abuelo materno, el padre de la escritora, ella misma y ahora (¡está feliz de decirlo y de mostrarlo!): sus hijos. Más, sea este un texto de madurez, de fin del día, de anochecer cercano, como lo evidencia el título, Marilola no puede abandonar el tono marcadamente erótico que la recorre desde los pies y hasta el cielo. Adviértase en este fragmento del poema que tituló “Tatuaje”.

Me siento tatuada. Por dentro y por fuera...
Es como su en cada poro de mi piel estuviese escrito tu nombre, que digo en secreto, como un rezo.

Menos mal, lo digo porque fue bueno, Puesta de sol no fue el último de sus libros. Hubo otro, el octavo de su producción y con el que cerró su bibliografía tenaz: Todos mis pecados (1955).

En este libro reaparecen motivos ya característicos en su obra: el amor por los suyos, en particular por los pequeños nietos que vinieron y renovaron a la poeta: Arilda y Ariel. Pero ella no es vieja, no todavía, como para olvidar o sonrojarse por el amor y el deseo. Como es lógico, amor y deseo que a los 50 años tiene un acento diferente al de los años de más ardor. Véase este fragmento de “Eres para mí...”

Tu y yo, en la plenitud de nuestro otoño, somos a veces dos muchachos ilusionados...
Reímos, cantamos, salimos a buscar flores silvestres y a esperar amaneceres...

Pero entre los textos de Todos mis pecados hay uno que es el que llama la atención de los críticos. Es ese el que tiene un tono peculiar y que “parece decirnos, dicen los críticos, que a pesar del tiempo transcurrido Marilola sigue tan Marilola como antes” (Tonterías, ¿por qué iba a ser otra la que estaba feliz de ser la que quiso o por lo menos la que fue como ella se imaginó, la que ella dijo que era, y que me parece que no lo fue tanto en la real realidad). En fin, a lo que iba. Es ese texto ¿singular? El que se titula He venido a cantar. Canté siempre y siempre cantaré, dice el poema.

Sin embargo muy desgraciadamente cerca estaba el momento en que ocurriría un hecho trágico que cambiaría el rumbo de su vida y que, casi, calló para siempre el canto de la “alondra”: la muerte de su hijo mayor, Enrique Segundo, Henry para ella y para todos aún.