Por: José Juan Arrom
Dos
días después, habiendo afinado mejor el oído a los sonidos de la lengua taína,
apunta: “Quisiera hoy partir para la isla de Cuba, que creo que debe ser
Cipango, según las señas que dan esta gente de la grandeza de ella y riqueza.”
Al día siguiente escribe el Almirante: “Esta noche, a media noche, levanté las anclas [...] para ir
a la isla de Cuba, adonde oí de esta gente que era muy grande y de gran trato,
y había en ella oro, y especerías, y naos grandes, y mercaderes”.
Y el 26 de
octubre: “Dijeron los indios que llevaba que había de ellas a Cuba andadura de
día y medio con sus almadías [...]”. Partió de allí para Cuba, porque por las
señas que los indios le daban de la grandeza y del oro y las perlas de ella,
pensaba que era ella, conviene a saber: “Cipango”.
El
domingo 28 de octubre arriba a la soñada Cipango. La suavidad del clima, la
belleza y verdor de los árboles, la abundancia de flores y las muchas aves y
pájaros que cantaban dulcemente lo llenan de admiración y de júbilo. Vierte la
euforia del descubrimiento en renglones descriptivos que cobran tensión de
prosa poética. Y en ese primer elogio de Cuba en lengua española nos deja una
frase inolvidable: “Es aquella isla la
más hermosa que ojos hayan visto”.
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