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HÉCTOR LAVOE INTERPRETA AL HOLGUINERISIMO GUAYABERO

23 de mayo de 2017

De los "escopeteros" a las Columnas Rebeldes



En  septiembre de 1958 se encontraban en los llanos dos pelotones de  la Columna 14; el número uno, dirigido por Oscar Orozco con 34 fusiles de guerra, y el número dos  dirigido por Cristino  Naranjo con unas 25 armas. Ambos operaban fundamentalmente en parte de los municipios Holguín y Bayamo, pero eso no significó un cambio radical en las operaciones. Cristino reportó que en ese mes las guerrillas bajo su mando  realizaron 16  acciones contra vías y medios de comunicaciones, 6 escaramuzas, un sabotaje y tres ajusticiamientos de delatores. La más significativa de esas acciones, ocurrida el 17 de septiembre, fue el ataque y toma de la finca “Limoncito”, que estaba protegida por algunos soldados y elementos paramilitares y que era propiedad del representante a la Cámara, Martín Robaina Leiseca.
Por su parte el Pelotón número 1 se limitó a atacar  un jeep  del  enemigo entre Mir y Buenaventura; un militar enemigo resultó muerto pero el jeep logró escapar bajo el fuego rebelde.
Por tanto en ese mes la situación no había variado sustancialmente. Ambos pelotones, a pesar de que cuentan con buen armamento, actúan con las mismas características de los grupos de escopeteros, es decir, pequeñas acciones y sabotajes. El enemigo mantenía sus posiciones y el control sobre los medios de comunicación. Pero muy pronto se introdujeron importantes cambios en la correlación de fuerzas en la región. Fidel en carta a Juan Almeida de fecha 8 de octubre le detalló sus nuevas ideas: 
“El plan de tomar primero a Santiago de Cuba, lo estoy sustituyendo por el plan de tomar la provincia. La toma de Santiago y otras ciudades resultaría así mucho más fácil, y sobre todo podrán ser sostenidas. Primero nos apoderaremos del campo; dentro de doce días aproximadamente todos los municipios estarán invadidos; después nos apoderaremos y si es posible destruiremos todas las vías de comunicación por tierra, carreteras y ferrocarril. Si paralelamente progresan las operaciones en Las Villas y Camagüey, la tiranía puede sufrir en la provincia un desastre completo como el que sufrió en la Sierra Maestra”[1].
Para poner en practica los planes que había elaborado, Fidel mandó al territorio de los llanos dos nuevas columnas, la 12 y la 14. La primera operaría en los municipios de  Victoria de las Tunas y Puerto  Padre y la segunda en los de Holguín, Gibara y parte de Bayamo.
La 12 fue la unidad de combate más poderosa que  operó en el Cuarto Frente y una de las mayores columnas invasoras organizadas en la  Sierra Maestra. Esa se originó a partir del un pelotón integrado por 54 combatientes que combatían en la Sierra bajo las órdenes del entonces capitán Lalo Sardiñas, al que le agregaron reclutas recién graduados de la escuela  de Minas del Frío. Su jefe fue ascendido a comandante.
Comandante Lalo sardiñas en la Sierra
Comandante Lalo Sardiñas poco antes de su fallecimiento
La agrupación de Lalo entró en combate en Cerro Pelado el 27 de septiembre. Y al día siguiente recibió órdenes de prepararse para  invadir los municipios de Victoria de las Tunas y Puerto Padre. Organizada en 5 pelotones los 155 combatientes se pusieron en marcha llevando un armamento realmente impresionante: 83 fusiles Garand; 31 carabinas M-1; 11 San Cristóbal; 10 Springfield; 2 fusiles M-2; 2 ametralladoras Browming; 2 fusiles Jonson; una ametralladora calibre 30, otra  Thompson y una  Nijauser, un fusil con mirilla telescópica, uno antitanque de 85 mm, 33 granadas de  mano y 18 armas cortas, lo que en total suman 147 armas de guerra.
Este despliegue bélico era comprensible, pues a esa unidad le correspondía interrumpir las comunicaciones entre Oriente y Camagüey; tarea fundamental para llevar a cabo los planes de Fidel en la provincia de Oriente.

DE LA SIERRA MAESTRA AL LLANO
A  las tres de la tarde del 2 de octubre inició la marcha hacia los llanos del norte de oriente la Columna 12. Una fuerte lluvia los acompañó durante buena parte del camino. El lodo pegajoso y resbaladizo y los caminos pantanosos hacían de cada metro una tarea difícil en extremo.
Capitán del Ejército Rebelde Eddy Suñol (Ascendido a Comandante póstumamente) Foto tomada del archivo de su ex esposa Lola Feria
La columna de Suñol se despide de Fidel. De izquierda a derecha, Paco Cabrera, Lola Feria, Edemis Tamayo, Delsa (Teté) Puebla, Fidel, Isabel Rielo, Celia, Lilia Rielo y Eddy Suñol.
Paralelo a la anteriormente mencionada, se organizó otra tropa rebelde que sería el Pelotón número 3 de la Columna 14 y que tuvo como jefe al capitán Eddy Suñol y como segundo al capitán Raúl Castro Mercadé. Esta fuerza tuvo como núcleo original a los combatientes de la escuadra de Castro Mercadé, que habían participado en numerosos combates. A ellos se le sumaron otros combatientes experimentados y reclutas de la escuela de Minas del Frío. De forma muy singular, a ese pelotón se le unió por orden de Fidel, una escuadra del pelotón de Las Marianas, integrado por cuatro mujeres. Sobre ellas creía el machista capitán Eddy  Suñol que las fatigas y las crueldades de la guerra las haría perder sus aspiraciones guerrilleras y, entonces, podría entregarle a los hombres los cuatro fusiles que en manos sus manos estaban inutilizados. (Al paso de los días tuvo que cambiar de opinión radicalmente).
Leer además: Correspondencia de Eddy Suñol y Fidel (I) (II)
El pelotón de Suñol estaba integrado, además, por 64 combatientes, de ellos 61 armados con equipos de guerra. Partieron de la Sierra en la mañana del 9 de octubre de 1958.
Catorce días después salió la última fuerza invasora que bajó de la Sierra; esa fue la Columna 32. Como peculiaridad esa fuerza de unos 50 combatientes no tenía un núcleo de fogueados veteranos como las demás. La integraban algunos oficiales veteranos de la Sierra Maestra, dos dirigentes de la Federación de Estudiantes Universitarios acabados de llegar a las montañas rebeldes desde el extranjero en un avión con armas. El resto  eran alumnos de la escuela de reclutas de Minas del Frío. Otra singularidad de esa tropa es que no tenía asignado un territorio determinado. Su misión era escoltar al Jefe del Cuarto Frente, comandante Delio Gómez Ochoa, y con él debían moverse por todo el extenso territorio.
Cuando los combatientes que integraban las tres columnas estuvieron en los llanos sorprendieron a todos por lo rápido que se adaptaron a aquellas vastedades descubiertas y por lo tanto ideales para las acciones de la aviación enemiga, para la que no tenían armas antiaéreas eficaces. El único medio con que contaban los guerrilleros para combatir a los aviones era escabullirse en las montañas, cuevas y bosques. Por eso mismo algunos combatientes se traumatizaron y prácticamente no podían soportar la presencia de la aviación.
En el llano, además, existía la real posibilidad de chocar con una emboscada enemiga, como ocurrió a una columna enviada a Camagüey  por descuido de su jefe. Felizmente apareció entonces un personaje muy necesario, el guía, que eran una  especie de ser sobrenatural que les ahorraba largas caminatas y en caso de extravío quien los sometía al martirio de deambular por sabanas inundadas. Fueron los guías el  gran aporte de los escopeteros y del movimiento clandestino a las columnas invasoras.
En lo referido al apoyo brindado por los colaboradores a los combatientes que bajaron al llano hay otro personaje igual de singular y necesario: el capataz o mayoral. Era ese un individuo muy importante en la cuenca del Cauto. Un buen capataz, y los había  muchos y buenos, era quien estaba al frente de los latifundios o fincas porque los dueños vivían, generalmente, en los repartos o barrios de calles bien trazadas y buenos chalets en las principales poblaciones de la región. Estos, solamente de vez en cuanto visitaban sus  fincas.
Los capataces podían disponer de los recursos de las propiedades que administraban, aunque, obviamente que después tenían que rendirle cuentas al terrateniente. Felizmente a finales de 1958 una parte significativa de la burguesía agraria cubana, por lo menos en el valle del  Cauto, era desafecta al régimen de Fulgencio Batista que no siempre respetaba las tradicionales influencias de la burguesía.
Lo anterior y asimismo que muy pronto las columnas rebeldes tuvieron el dominio de la zona, les hizo comprender a los terratenientes que tenían colaborar, por lo que sus capataces contaron con bastante libertad para apoyar a los guerrilleros.
Pero por justicia ha de decirse que muchos capataces actuaron con absoluto  convencimiento. El  ejemplo más típico es Arcadio Reyes, capataz del  latifundio El Jardín y conocido por los revolucionarios como “el Coronel”. Otro que ayudó mucho  fue el "negro Govín" que administraba el latifundio ubicado en un lugar conocido como El Salvial. Ambas fincas estaban en la ruta obligada de las diferentes fuerzas invasoras.
Los dos anteriormente citados y otros varios capataces beneficiaron a los integrantes  de la Columna 12 apenas llegaron al llano; entre ellos el de la finca Alto Cedro de Repelón, que los recibió en la lluviosa madrugada del 9 al 10 de octubre. Este hombre le abrió las puertas y encendió los fogones de los que muy pronto comenzó a salir el apetitoso vaho de la carne frita.  Después fue otro de los capataces o administradores de latifundios, el de la finca llama El Yarey, Crecencio Montero Cabrales, mejor conocido por “Ciano”. Los jóvenes guerrilleros llegaron hasta las inmediaciones de Veguitas andando por interminables lodazales; varios de ellos venían enfermos, otros padecían llagas insoportables. Y de pronto llegó un tractor con una carreta cargada de alimentos, medicinas y otras vituallas. Los revolucionarios creyeron firmemente que aquello era producto de los ruegos de ayuda que le habían implorado a la virgencita de la Caridad del Cobre.
Y al día siguiente fueron atendidos por el mayoral  de la finca El Jaquete, que puso a su disposición todas las instalaciones de esa propiedad y asimismo le sirvió de guía y los llevó hasta el paraíso creado para ellos por Arcadio Reyes, el mayoral  de la  finca El Jardín[2].
Sin embargo, y sin olvidar la el apoyo que a las columnas rebeldes brindaron tantos capataces o administradores de latifundios, fueron los mejores aliados los campesinos, propietarios o arrendatarios,  obreros agrícolas y otras gentes de origen muy humilde vinculados a la tierra. De ellos, unos colaboraron directamente sirviendo de guía a los guerrilleros, otros le ofrecieron todo lo poco que tenían y muchos de ellos engrosaron las filas de las columnas. Para reafirmar lo anterior baste la anécdota narrada por un combatiente del Pelotón No. 1 de la Columna 14 sobre unas pobres mujeres que vivían en unos desvencijados y miserables bohíos que al verlos llegar sedientos corrieron a sacar agua de un pozo para ofrecérsela. Ellas, dijo el narrador, era tan pobre que nada más tenían para dar agua y amor.      
Otra anécdota es la siguiente: el pelotón No. 3, como todos los otros, tuvo que avanzar bajo la lluvia y por entre los pantanosos caminos, y algunos de los hombres de esa unidad apostaron que en un recodo cualquiera se rendirían las muchachas del pelotón de las Marianas. La primera, dijeron los apostadores, será la pequeña, menuda y frágil Teté Puebla, que se hundía hasta el cuello en cada cañada. Pero no ocurrió, y lo que es muy diferente, cada vez que hacían un alto los hombres agotadísimos se dormían en el fangoso suelo, mientras que ellas se dedicaban a curar las llagas y a atender a los más cansados o enfermos con una amorosa vitalidad que nadie se explicaba de dónde la sacaban.
Cuando gracias al poyo de los revolucionarios del llano, consigue un transporte todos dan gracias a Dios, porque si verdad es que la Sierra la victoria se alcanza caminando, en el llano el asunto es diferente. Aquí es indispensable trasladarse de uno a otro lugar a la mayor brevedad para evitar que una fuerza enemiga sepa de su tránsito y les salga al paso. La ayuda de los escopeteros que fueron quienes más menudo pusieron a disposición de los guerrilleros recién llegados camiones y sobre todo tractores con carretas, fue muy significativa. Aunque varias veces las lluvias arruinaron los caminos y no hubo otra alternativa que avanzar a pie.
Pero el fango también tiene sus ventajas, los militares batistianos también lo sufrieron y por ello prefrieron continuar sus inútiles patrullas sobre la asfaltada carretera de  Bayamo  a Manzanillo. Lo anterior explica la facilidad con que las fuerzas invasoras pudieron atravesar aquella zona donde estaban dislocadas varias unidades enemigas. Dice en una carta del comandante Lalo Sardiñas a Fidel con fecha 16 de octubre: “(…) el Ejército de la Dictadura brilla por su ausencia. Han abandonado los campos y se han refugiado en las ciudades. Hasta el momento de ofrecerle estas líneas no hemos tenido choque alguno. Patrullas y emboscadas acostumbradas en los terraplenes y caminos han sido retiradas. Hemos ocupado el territorio situado al sur de la carretera Central sin hacer un solo disparo”[3].
El ejército batistiano hizo ningún esfuerzo eficaz para tratar de desalojar a los pelotones y  columnas  cuando  estas ocuparon sus respectivos lugares de operaciones, que tan rotundo fue el golpe durante la ofensiva del verano de1958 que perdieron la iniciativa. Y tampoco elaboraron táctica antiguerrillera alguna, pese a sus muchas amargas derrotas, sino que concentraron toda su actividad en organizar   patrullas que en ocasiones eran apoyadas por  blindados, y siguieron tozudamente recorriendo la carretera entre Manzanillo y Bayamo, el lugar más crítico en el paso de las columnas invasoras. Pero esa medida no detuvo a guerrilla alguna.



[1] Carta del comandante en Jefe al comandante Juan Almeida del 8 de octubre de 1958. Oficina de Asuntos Históricos del Consejo de Estado. La Habana.
[2] Entrevistas a Luis Antonio Álvarez, Carlos Zamora Domínguez y Alfredo Hernández Cartaya realizada por el autor y Minervino Ochoa.
[3] Carta del comandante Lalo Sardiñas al comandante en Jefe Fidel Castro del 16 de octubre de 1958 Oficina de Asuntos Históricos del Consejo de Estado. La Habana.