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9 de enero de 2011

Los inicios del cine en Holguín


Por: Héctor Carballo Hechavarría
   Casi dos años después de la primera exhibición pública de cine en Cuba, ocurrida el 24 de enero de 1897 en La Habana, los residentes en Holguín, al otro extremo de la ínsula, descubrieron la maravilla creada en París por los hermanos Lumiére, apenas tres años antes.
Al fondo La Periquera, lugar donde se produjo la primera exhibicion cinematografica en Holguin

Patio de La Periquera donde se produjo la primera exhibicion cinematografica en Holguin
   El cinematógrafo llegó a la isla caribeña, entonces colonia de la decadente metrópoli española, procedente de México. Lo trajo consigo un representante de la Casa Lumiére, el francés Gabriel Veyre.
   Unos meses antes, el deslumbrante aparato había sido exhibido en otras dos capitales de la América del Sur. La primera fue Río de Janeiro, Brasil, y luego Buenos Aires, Argentina.

   La prensa habanera de la época reflejó cómo unas dos mil personas se congregaron en una casona marcada con el número 126, en la calle Prado de la capital, en donde hasta horas de la media noche se ofrecieron varias funciones con unos veinte minutos de duración.

   En una de sus acostumbradas crónicas de época, el desparecido periodista holguinero Juan Albanés Martínez apuntaría en los años cuarenta del pasado siglo que fue el día 25 de noviembre de 1898 cuando los holguineros concurrieron por vez primera a un espectáculo de cine.

   El suceso tuvo lugar en condiciones distintas a las que lo rodearon en La Habana. Como escenario tuvo a un local de la planta baja del histórico edificio La Periquera, sede del entonces cabildo municipal y en cuya fachada pendía una bandera yanqui.

   Lo que tal vez consistía en el único pertrecho pacífico en poder de las fuerzas militares acantonadas en el lugar, bajo el mando del General Duncan N. Hood, sería empleado ese día como un medio de distracción.

   Llegadas desde Santiago de Cuba, aquellas tropas formaban parte en realidad de un nuevo ejército de ocupación en el país, al cual le habían truncado su verdadera independencia del colonialismo.

   Según refiere el propio Albanés, los militares norteamericanos organizaron una función a la cual se sumaron los lugareños. En medio de un clamor y entusiasmo generalizados, los primeros cinéfilos holguineros vieron imágenes en movimiento de caballos participando en maniobras militares. Constaban estas películas de rollos de 500 pies.

   Pero dejando a un lado en este párrafo las posibles reflexiones en torno a las utilidades que desde entonces ya se le vislumbraban al cine, y no precisamente como arte, o acerca del marco histórico en el cual fue conocido en Holguín, lo ciertamente indiscutible es que tal acontecimiento significó un hito no solo para la forma en que los holguineros prefirieron ocupar en lo adelante sus horas de ocio.

   Baste solamente con recordar en este espacio algunas pinceladas referidas a aquellos orígenes legados por dos cronistas holguineros para comprender que la llegada del cinematógrafo a Cuba tampoco pudo escapar a la ingeniosidad ni al gracejo típico de los cubanos.

Primeros cines en Holguín



   Desapolillando escritos del Albanés, en los cuales llega a reconocer la posibilidad de la imprecisión, podemos conocer que el primer teatro cine con uso comercial establecido en la ciudad de San Isidoro fue el Colón, propiedad de Don Franco Monné y el cual estaba ubicado en la actual calle Maceo, esquina a Martí.

   El filme norteamericano Vida y Pasión de N.S.J.*(Nuestro Señor Jesús) sería el primer largometraje de cine mudo exhibido en Holguín por el círculo de artesanos de la llamada Sociedad de Color, la cual tenía su sede en la calle Miró.

   Como el primer filme hablado presentado, el referido investigador menciona a «El Código Penal, con las actuaciones de Carlos Villaríos, en el papel estelar».

   Los primeros aparatos cinematográficos funcionaban con la luz producida por la combustión del carburo y a medida que iba avanzando el filme, una persona se encargaba de explicar a viva voz la trama o argumento.

   Más tarde serían introducidos el acompañamiento mediante piano u orquestas. Entre estas últimas se citan las de Fello Pupo y Los Hermanos Coayo. Frecuentemente también alternaban con las tandas los cupletistas, bailarinas y otras atracciones.

   La comercialización del cine significó también un valor agregado para los pocos teatros existentes en Holguín, los cuales experimentaron un renacer, en cuanto a la afluencia del público, comparable solo a lo acaecido en el año 1894 con las visitas a la ciudad de Claudio Brindis de Salas, Gilda del Real y la compañía de Don Antonio Vico.

   Otros teatros cines surgidos con los años fueron el Holguín, perteneciente a la colonia española, el Martí, propiedad de Don Manuel Avilés Lozano, y el Frexes. Estos últimos todavía hoy conservan su utilidad.

De escándalos y desenfrenos

   Si bien para esa época la media de la población cubana había oído al menos hablar sobre la existencia del cinema, la inmensa mayoría no comprendía muy bien cómo era que funcionaba, aunque sí eran muy disímiles las versiones al respecto.

   Un jocoso episodio sobre las primeras tribulaciones del cinematógrafo sería comentado precisamente por Juan Albanés, quien nos remite a 1912, en un sitio conocido como Arroyo Blanco de Cabezuelas en donde se brindó una función nocturna.

   La ya de por sí extraordinaria noche, en la que de pronto una simple sábana se convertía en el centro de atracción de todos, sería colmada por la trama de un filme insonoro y en blanco y negro en el cual una pareja de enamorados se enfrentaban a un pistolero malhechor.

   En medio de un silencio casi sepulcral, apenas roto por el sonido del cinematógrafo y la voz del relator, la fulgurante sábana mostraba cómo los truhanes poseían de rehén a la joven, quien valientemente se negaba a firmar una carta dirigida al galán de la película para hacerlo caer en una trampa.

   Todo parece indicar que el filme era muy bueno o el narrador hacía un trabajo encomiable, pues en el instante en que el jefe de los bandidos le dio una bofetada a la renuente muchacha, uno de los espectadores, al que llamaban Yía, entró en acción: «Eso sí que no compay, que en delante de mi naidem le pega a una mujer», gritó el guajiro arremetiendo machete en mano contra la pantalla, antes de que nadie lo pudiese evitar, rasgándola de un buen tajo». Y dicen que lo peor no fueron las quejas de la dueña de la sábana, sino que también por poco descabeza a quien describía la película.

   Otro pasaje revelado por el no menos destacado periodista y escritor local Celso Enríquez Gómez en su libro Morriña Holguinera nos narra lo que sería el primer intento de hacer cine en Holguín. El autor, testigo del hecho, asegura que la iniciativa sería del mismo Albanés, con quien compartiera amistad. «Nos convocó un buen día a una finca en Mayabe, creo que propiedad de mister Thomas R. Towns. Por entonces los temas vaqueros estaban muy de moda con los filmes de Gustavo de Córdova, René, Adorés, Rodolfo Valentino, Harry Carey y Ford Mix, entre otros. «Ya en los campos de Mayabe, Albanés nos dio indicaciones definitivas con las que se pondría en acción su gran largometraje. El argumento no tenía nada de particular, puesto que se reducía a un refrito fílmico basado en las películas de Holywood. «Se formó una caballería de unos veinte hombres de los alrededores, además de las estrellas de Holguín, que éramos unos seis. Todos nos movíamos bajo la acción de un megáfono de mano, en espera de entrar en escena.

   La secuencia en cuestión consistiría en la «filmación» de una corrida a tropel de los caballos por sobre el hilo de agua de una cañada, cuyo lecho estaba atiborrado de piedras.


   Lo cierto fue que a la voz de acción siguió que una de las estrellas acabó en un estrellón contra el suelo, en compañía de su caballo. «La caída fue estrepitosa y la sangre manaba profusamente de la frente de aquel hombre y hubo que trasladarlo a Holguín donde lo atendió el doctor Avilés.»

   Y refiere Celso, aunque sin dejar claro si en realidad se contaba con alguna cámara para la filmación, que a partir de aquella escena campirana la idea sufriría un suspenso que no recuerda si tuvo continuación o si solamente quedó en el intento apasionado de Albanés. ¿Quién sabe adónde hubiese podido llegar aquel inicio?, escribió al final de su crónica.