ALDEA COTIDIANA

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Toda la aldea a la mano

HÉCTOR LAVOE INTERPRETA AL HOLGUINERISIMO GUAYABERO

19 de agosto de 2009

Faustino Oramas y la jungla del tiempo

Autor: Leandro Estupiñán
Los últimos meses fueron para Faustino Oramas (El guayabero) una especie de jungla tupida, de pantano por el que avanzaba cuando se lo permitía el vacilante suelo. El primer indicio de andar por una estepa de desánimo lo dio a su asistente y amigo Cecilio Peña: “No quiero cantar”, rezongó. Y Cecilio lo repetía constantemente: “No quiere cantar más”. Y agregaba: “Está un poco vago”. Lo decía en broma, como para jaranear con el viejo jaranero. Pero Faustino apenas podía escucharlo. Se mantenía inmutable en su sillón, en la sala de su casa, mirando al suelo.
   Así lo encontré el pasado verano cuando el trovador cumplía 96 años (o los 103 que le atribuyen). Faustino no estaba ya para hacer bromas. Lo suyo era el dolor interno, el recuerdo que persigue a los seres humanos al final de sus días y su sordera. Cada día sentado en el sillón, mirando el televisor u oyendo el radio (o haciendo como que veía, como que escuchaba). Intenté hacerle una entrevista, que al final hice, solo que nunca intervino en ella con algo más que discretos monosílabos. Mi suerte fue encontrar, además de Cecilio, a Santana Oramas Osorio, primo y músico de la orquesta, un negro divertido quien palmeó un hombro del viejo trovador para asegurarme: “Este viejo es un sala’o. Es un pillo”. Dejaba claro que en su andar por el mundo, en su paso por los bares, El guayabero había redoblado aquello que en su sangre había de negro y español. Era el rey del doble sentido.

   Aprendió a tocar el tres con Pepe Osorio. Trabajó en el conjunto Los diablos. Luego se aventuró en dispersas controversias mientras trabajaba en un comedor de nombre El guachinango. Descendía de una familia longeva. Hasta principios del año pasado se mantuvo en activo. Lo había dicho en una entrevista: “Me tengo que morir divirtiendo al pueblo, esa es la consigna que me hice”.
   Cada noche lo llevaban a la Casa de la trova (que lleva su nombre). Lo conducían a la tarima donde le ayudaban a sentarse, a acomodarse, a concentrarse. Entonces, iniciaba los rasgueos en su guitarra y comenzaba a murmurar todas esas canciones por él tantas veces repetidas. A veces, viéndolo, me pregunté cómo pasaban las letras por su cabeza. Porque un día podrían amontonársele las palabras provocando tal embotellamiento en su cerebro que la lengua terminaba trabada, y ese doble sentido podría dejar de ser doble para volverse de un único y claro significado. Pero no le ocurrió. Nunca pudieron vencerle quienes en la ciudad lo acusaban de ser un grosero. “Eso lo piensa usted. No yo”, se defendía ante los criterios de que sus canciones estaban pobladas de palabras ofensivas. Se valía del doble sentido y, siempre, del son montuno para enredarnos la lengua con su juego verbal cubanísimo. Sus letras representan lo que se denomina “tradición trovadoresca”, interpretadas en antologías como el caso de Buena Vista Social Club, donde Ibrahim Ferrer cantaba “Candela”.
   “La yuca de Casimiro”, “Mañana me voy pa’ Sibanicú” y “Marieta” lo volvieron tremendamente popular. En Holguín hubo un Club donde la gente recordaba sus canciones. En El Rincón del Guayabero se cantaba, se bailaba, se amaba. La gente hacía todas esas cosas que gusta hacerse en los clubes nocturnos. Pero ha pasado el tiempo. Hoy no existe ese club, y el propio Faustino zumbaba: “Bien que se pasaba allí.”
   Hermanos y parientes iban a visitarlo porque comprendían que su tío, aunque se movía poco, era historia musical viviente, imagen de una época que parece haber quedado en el olvido: tiempo de esquinas llenas de gente que bebía ron en las cantinas junto a acordes de guitarras. Por todo el Oriente cantó. Después se expandió su música por Cuba. En España tiene zonas donde es una especie de ídolo.
   El día de mi visita, El guayabero fue un hombre cortés. Eran pocos quienes acudían a verlo. No se quejó, pero pudo hacerlo. Cecilio lo hacía por él: “En otras provincias se preocupan más.” El viejo proverbio del profeta que no lo es en su tierra. En su ciudad natal Faustino era, de tan normal, a veces imperceptible.
   Al final, apenas pudo atenderme, y se disculpó por ello. Fue Cecilio quien conversó, quien revivió anécdotas, viejos recuerdos. Pero quería hablarle, oír su voz.
   “¿Sabe que hasta en Internet pueden encontrarse datos suyos?”, le pregunté.
   Me mira El guayabero, con sus clásicos ojos de bóvido, rostro de gente pícara, esa seriedad: “¿Cómo?”, pregunta. “Internet, ¿sabe?“¿Internet?”, repite él, calmoso. “Internet”, le confirmo yo. “Internet”, casi le grita desde su sillón Cecilio. “Internet”, murmura él. Parece habernos entendido y averigua: “¿Esa ya se murió?”
   Casi un año después, complicado de salud, pero mostrando una increíble resistencia murió en su ciudad natal. Me recordó el suyo, a un velorio del pasado, de esos que alguna vez vi a través de viejas fotografías: bandera cubana, fotos, flores, gente iluminadas levemente, contrastando con la arquitectura antigua del edificio. Estuvo expuesto por 24 horas en La Periquera, emblemático edificio de la ciudad, frente al Parque Mayor General Calixto García. Para verlo (u homenajearlo) cientos de holguineros desfilaron junto al féretro, acompañado por familiares, amigos, su música.
   Si algo hay que agradecer de su muerte (porque la muerte también se agradece, a veces) es que mientras duró el sepelio no se escuchaba otra música en los alrededores que su música, la música cubana. Había un ambiente amable, al amparo de una noche suave y húmeda.
 
   A la mañana siguiente, centenares de personas lo acompañaron al cementerio. Un asfalto humano cubrió las calles. Se vieron sombrillas, cámaras y su grupo musical tocando. Había muerto el trovador holguinero más popular y conocido: Faustino Oramas (El guayabero), Premio Nacional de Humorismo, poseedor de múltiples condecoraciones; ese señor bien viejo al que encontré en su casa, cabizbajo, como armando un rompecabezas mental. Parecía un pobre anciano. Sin embargo, sé que, aún sin hablarme, mirándome con unos ojos que parecían pesarle, él (más jodedor que cualquiera) entonaba: 
Allí llegó una viejita 
que ya contaba setenta
y según sacaba cuenta
decía que era señorita...