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19 de agosto de 2009

El Guayabero: Con la boca llena de risa

Autor: Bladimir Zamora Céspedes
Casi llegando a la medianía de los años sesentas del siglo pasado llegué a Bayamo a comenzar estudios secundarios. Venía del pleno campo, de estar siempre esperando lo imprevisible desde el maratón inmenso donde a la vera del río Cauto, por lo menos desde el siglo XVIII se empezó a cuajar el poblado rural llamado Cauto del Paso. Y claro, ya caminando por una ciudad multicentenaria, con los ojos iluminados con muchas más imágenes que en el rincón de mi nacimiento, me interesé por buscar las piedras de toque de la identidad de esa ciudad. Justo en ese plazo vi por primera vez a Faustino Oramas, a quien todo el mundo reconocía como “El Guayabero”.
Aquel hombre alto y delgado, tocado con un sombrero pariente del jipijapa y siempre con un tres al hombro, me pareció una de las más singulares formas de ser los hijos de Bayamo. Y tuve entonces más seguridad de ello cuando empecé a gozar de las ininterrumpidas jornadas del carnaval bayamés. Allí en la encrucijada de las calles Saco y Pío Rosado, o en la de Zenea, llegando a la Guariana, tuve mi iniciación con el canto y el toque de El Guayabero. Después que orquestas regionales o del más alto rango de la nación, habían desatado ante los apetecientes bailadores lo más convidador de su repertorio, este hombre se subía a la tarima en la única compañía del tres y comenzaba una función, que podía llegar hasta el amanecer.
Entonces su modo de tocar el tres, su voz rasgada por el aguardiente, los versos de muy aguzado filo humorístico y la sabia manera de nutrirse del peregrinar por incontables parajes, me era desconocido. Solo me sorprendía su capacidad de dejar inmóviles a los numerosos bailadores, a quienes a partir de su llegada, nada les era más grato que su discurso musical de entrañable picardía criolla. Todavía a estas alturas el entrañable músico cubano Pacho Alonso, no había cantado sus temas emblemáticos, lo que por supuesto significó un contundente espaldarazo para el autor de “Mañana me voy pa´ Sibanicú. Pasó el tiempo, y un águila por el mar, como se dice con sencillo desenfado popular y vine a La Habana a estudiar. Volví a Bayamo ya sabiendo que Faustino Oramas era un importante hijo de la provincia Holguín y que sus formas de tocar el tres, heredera de las maneras originarias de hacer el son en el oriente de la Isla, tenía una definición tan particular, a la altura de otros treseros clásicos como Isaac Oviedo y Arsenio Rodríguez. Por eso fue que me sentí muy alegre en el otoño de 1978, en la celebración de la primera Semana de la Cultura de Baracoa, al verlo caminando por la Villa Primada con las mismas energías que le conocí desde un principio.
Bueno nada, que uno, como el mismo Faustino vive moviéndose, y estuve de nuevo en la capital del país. Así se produjo la posibilidad de que en diciembre de 1990 yo viajara a Madrid, para participar en un encuentro de revisteros culturales de Hispanoamérica. Ya tenía yo mucha satisfacción asistiendo a aquel nutritivo contacto celebrado en la legendaria Residencia de Estudiantes, cuando recibí una llamada telefónica de la representante de Santiago Auserón, sin dudas figura preponderante del rock español. El quería verme y acepté la concertación de la cita, pero ignoraba que interés podría tener por intercambiar palabras conmigo.
Lo que son las cosas, Santiago había estado hacía pocos días en Cuba y en alguna tienda encontró un casete con la música de El Guayabero, y él que ya venía tratando de encontrar las claves de la realización del rock en idioma español, quedó muy bien impresionado. El son de raigambre originaria que es visible en el quehacer de Faustino lo animó a producir un disco con su música, para que en España se entendiera las capacidades del son para propiciar el más pleno desempeño del son en nuestra lengua.
Al final quedamos en que era mejor sacar al público hispano y del resto de Europa una antología de los más importantes cultores del son cubano y después proceder a discos fonográficos, donde por supuesto aparece una composición de Faustino. Por falta de perspectiva de la disquera, el proyecto que estaba en principio concebido para unos catorce volúmenes, se quedó en cinco. Y lo más penoso ahora, nunca llegamos a hacer el disco consagrado al Guayabero. Sin embargo, cuando esta colección se presentó en la capital española en febrero de 1992, Faustino estuvo presente. Tengo la dicha de haber viajado con él desde aquí, hasta un Madrid que nos recibió con desafiantes coposos de nieve. Dos días después se hizo el lanzamiento de la antología La Semilla del Son, en el centro nocturno “El Sol”. Todavía en ese tiempo se ofrecían discos de vinilo, casetes y empezaban a enseñar la oreja los emergentes discos compactos. El fin de fiesta de aquella noche fue un concierto de El Guayabero. El salón estaba colmado de jóvenes de la era Almodóvar y sentí mucho temor de que este añejo juglar, a quien había visto campear por su respeto en Bayamo y cualquier otra plaza de Cuba, no fuera capaz de hacer tierra con aquella gente. Pues no. Con sus canciones de siempre. Con esos pícaros versos, que no por casualidad ya con anterioridad me parecieron de linaje quevedesco, gozó con todos aquellos muchachos y paró cuando los dueños del local dijeron que no había tiempo para más.
Todo lo contrario que expresar que de aquellos polvos nacieron estos lodos, la presentación de la colección Semilla del Son hizo posible la realización del proyecto Encuentro del Son en Madrid en 1993. Fue entonces cuando apareció Jesús Cosano, uno de los más enteros promotores culturales de España y en especial de Andalucía. Ya venía él de antes tratando de explicarse la familiaridad entre nuestro son y la más característica música del sur español; pero sin dudas el contacto vivo con los músicos cubanos, lo acabó de determinar a celebrar, desde su gerencia en la sevillana Fundación Luis Cernuda, el Primer Encuentro entre el Son y el Flamenco, en el verano de 1994.
El Guayabero, a quien a inicios de ese año hubo que amputarle una pierna, no renunció por ello a la invitación de la iniciación de ese foro. Dando una muestra de voluntad entera por el servicio bohemio de la música, llegó a Sevilla en donde hasta las propias camisetas que identificaban el evento, exponían su efigie guitarra en ristre. La última conversación que sostuve con Faustino Oramas debió ser en el año 2000. Fui a su casa de Holguín, enrolado en un proyecto de documental, que nunca después supe si había llegado a condición de obra terminada. A pesar de sus condiciones físicas, dificultad para moverse y poca audición, aquel hombre, sin dudas el último de nuestros trovadores itinerantes a la manera de los viejos siglos griegos, mantenía intactos su humor y la hidalguía. Lo que más me impresionó en ese momento fue su respuesta, cuando le pregunté, siendo ya tan añoso, a quienes agradecía en la concreción de su carrera musical. Sin darle curvas a la respuesta me dijo: “Agradezco a Pacho Alonso, que cantó mi música, anunciando mi llegada de Oriente a Occidente de Cuba. Y al músico español Santiago Auserón, que confió en la importancia de hacer sonar mi música en su tierra”.
En el goce de su “buen tumbaito” y al pie del kilómetro cero de la Carretera Central he escrito todas esas líneas que están arriba. Las he ido hilvanando desde las primeras horas del día, a poco de saber que siendo marzo 27 —el día en que se estrenó la primera “Bayamesa” en 1851—; el Guayabero ha muerto en su ciudad. Hombre, da pena no poderlo volverlo a saludar digamos de manera convencional, pero a esa muerte no le tengo ningún miedo. Lo que nos queda en la memoria de su vocación andariega y las pocas y definitorias grabaciones de sus obras, que nadie nos podrá arrebatar, dan perpetua seguridad de su presencia.