ALDEA COTIDIANA

           En HOLGUIN, Cuba, como en todos los lugares del mundo, ocurren hechos triviales, bellos a fuerza de fugaces                                                          Esta ciudad la construyeron mis padres vísperas de mi nacimiento y quisiéramos que nada se perdiera, que todo lo que fue haciéndose desde nuestros padres a nosotros, permaneciera intacto y puro, porque la ciudad es el escudo que hace que nuestros nombres no se olviden                                                    300 aniversario del pueblo de Holguín en 2020
gadgets para blogger

Toda la aldea a la mano

HÉCTOR LAVOE INTERPRETA AL HOLGUINERISIMO GUAYABERO

15 de enero de 2010

La triste historia vivida en Cuba por el muy infeliz James Thompson

Es esta la historia horrible de James Thompson contada por James Thompson a su paso por Gibara, Holguín, Cuba casi toda y su huida definitiva para no regresar jamás.



Por: César Hidalgo Torres
       (Información Rodolfo Sarracino)


El 3 de mayo de 1843 en el Anti-Slavery Reporter de Londres apareció su autobiografía: “(…) Mi nombre es James Thopson. Nací en Nassau, New Providence, en el año 1812. Mi padre, Jon Thopson, nativo de Irlanda, se dedicaba al trabajo de la sal en Ragged Island donde esposó a una señora blanca llamada Fisher, oriunda de Habour Island y con ella tuvo varios hijos, Sara entre ellos. Casó Sarah con una persona llamada Jonh Norris, un norteamericano establecido en Gibara, en la isla de Cuba. Mi madre era esclava de mi padre. Dos hijos tuvieron, uno fui yo y la otra una hermana que murió joven. Antes de morir, mi padre concedió la libertad a mi madre y a mí, dándonos un pedazo de tierra para nuestra manutención”.

Cuando Thopson tenía unos 8 años de su edad, el citado Norris les hizo una visita familiar y literalmente lo secuestró, llevándoselo a Gibara. Norris dijo al niño que se lo había llevado para que viera a su hermana Sarah, que era (ya está dicho), la esposa de Norris.

Cuando Sarah se enteró de las verdaderas circunstancias en que su medio hermano había llegado a Cuba y los planes que para él tenía Norris (que todavía el autor de este artículo no ha dicho y que ya dirá), se sucedieron varias discusiones familiares en el curso de las cuales Norris golpeó a su esposa y al propio Thompson. Por decisión de su cuñado, Thompson serviría de esclavo a la familia, sin que todavía el esclavito supiera cuál era su condición en Cuba. Pero un mal día Norris vendió a Thompson a un hombre llamado Uela, que residía en la ciudad de Holguín y con él se fue el muchacho sin que nunca más pudiera ver a Sarah.

De tan corta edad y vista era el niño que aquel ignoraba que había sido vendido y sin saberlo aprendió el oficio de tabaquero. Cuando un día Thompson le dijo a su amo Uela que quería viajara a Nassau a ver a su madre, éste le dijo que era esclavo suyo desde que pagó a Norris 300 dólares. La reacción de Thompson fue rebelarse, y como era uso de la época, Uela le propinó una fuerte paliza de la que salió con la cabeza rota. Luego Thompson acudió a un amigo de Nassau residente en esta ciudad y aquel lo llevó a ver al Gobernador. Sin embargo Uela poseía todos los documentos de la operación de compra en orden, por lo tanto pudo llevarse a Thompson a su casa donde le puso grillos y lo envió a trabajar en una plantación.

Algún tiempo después Uela murió y su hijo vendióa Thompson a un panadero francés domiciliado en Puerto Príncipe (Camaguey), llamado Bateaule. Bateaule se llevó a Thompson de Holguín y en Camaguey lo tuvo por 7 años durante los cuales tuvo tiempote aprender el oficio de panadero.

Refiere Thompson que Bateaule lo trató mejor, que lo alimentaba y vestía bien, sin que el trabajo fuese excesivo. Incluso, el panadero francés le permitía los domingos hacer pan para venderlo por su cuenta. Y también el esclavo comerciaba con cuero, cera y madera. Al cabo de los 7 años Thompson había ahorrado 300 pesos. Dinero que puso en manos de su dueño para comenzar a pagar la libertad que, le costaría, 500. Pero aconteció que Bateaule hizo sociedad con otro francés que resultó ser un bebedor empedernido, desorganizado y deshonesto, por lo que al poco tiempo la panadería quebró.

Poco antes de huir de sus acreedores, el dueño de Thompson le entregó un papel en el que certificaba que había dado la libertad al esclavo, pero de poco le sirvió el escrito al pobre negro que tuvo que acudir a la fuerza a una subasta donde fue vendido junto al resto de las propiedades del panadero francés. Thompson fue a parar a manos de uno de los acreedores, don Pancho, quien se lo llevó a La Habana y lo vendió a un tal señor Maqueta por 400 dólares.

Maqueta envió a Thompson a su plantación de café que estaba ubicada a unas 14 leguas de la ciudad. Allí, durante unos 2 meses, Thompson fungió como cocinero de la familia y después se ocupó del jardín por unos 4 meses hasta que lo retornaron a su tarea original de cocinero.

En el relato de su vida que Thompson publicó en el Anti-Slavery Reporter de Londres este habla de la envidia que le tenía la señora de la casa, mulata como él y de las palizas que recibí por las causas más mínimas. Otra forma de castigo era enviarlo a trabajar en las labores de cultivo, pero siempre terminaban por reintegrarlo a sus labores originales por su excelente calificación. En estas condiciones de trabajo, claro está, Thompson no tenía posibilidades de ahorro: al final de la jornada en la cocina le exigían que recogiese medio barril de café, cortara madera y realizara otras tareas.

La muerte de la dueña no mejoró su condición, sino que más bien la empeoró porque las golpizas aumentaron. Frecuentemente los hijos, que lo heredaron, le partían un palo sacado del fuego, en la cabeza, y en una ocasión lo azotaron con el manatí, látigo hecho con la piel de ese mamífero. El resultado fue: ingreso en un hospital por varias semanas.

A la postre, Thompson se enamoró de Juana, otra esclava de la dotación y pensaba casarse con ella con los únicos 8 pesos que había reunido con mucho sacrificio. Cuando los herederos se enteraron de propósito, premiaron a la pareja con un bocabajo simultáneo y la destrucción de sus pocas pertenencias: vuelta de Thompson al hospital por tres meses y después grillos para ambos enamorados y trabajo en la plantación por más de dos años y medio en que no se les permitió retirar los hierros ni una sola vez. No es raro que durante este periodo ambos soñaran con el regreso a la amada patria por vía del suicidio.

Cuando a la postre permitieron a Thompson regresar a la casa, los amantes acordaron que él escaparía. Una mañana bien temprano Thompson tomó un pedazo de carne hervida y una lata de café, y, evitando los caminos, siguió la línea del ferrocarril hacia La Habana.



No había avanzado mucho cuando cuatro emancipados que trabajaban en la vía “lo apresaron para cobrar los 4 pesos que normalmente pagaban por entregar a negros cimarrones” (la cita es del propio Thomson). Lo llevaron a un bohío donde lo ataron de pies y manos y lo colocaron entre dos de ellos. Mientras uno dormía el otro vigilaba. Pero, en la noche los dos se durmieron y Thompson logró romper la cuerda con sus dientes poderosos. Libre, se lanzó como un bólido por la puerta mientras, detrás de él, venían sus apresadores pisándole los talones. Uno de ellos, el más joven, logró acercársele bastante, pero Thompson lo paró el seco, lo tumbó al suelo y lo liquidó con un fuerte golpe en la cabeza. Los otros quedaron a la zaga.

Al siguiente día un rancheador con un par de perros logró localizarlo. Thompson se lanzó a un río cercano pero los perros lo siguieron por el agua. Al animal que más se le acercó el cimarrón lo degolló con un cuchillo que llevaba. Al segundo, justo cuando estaba a punto de alcanzarlo, el negro huido lo liquidó de una puñalada y luego retó al rancheador, que estaba al otro lado del río, pero el cazador de cimarrones, “apencado” se alejó del lugar y se escondió en un campo de caña.

Por la noche Thompson siguió su camino y por la mañana llegó a La Habana. Lo primero que hizo fue dirigirse a los muelles. Allí se encontró con un jamaicano que conocía. Este aconsejó a Thompson que se entrevistara con el cónsul británico, Mr. David Turnbull, incluso, se ofreció a llevarlo a su oficina. Fueron, pero el funcionario británico no se encontraba: debieron marcharse hasta el día siguiente. Oculto en los muelles del puerto de La Habana pasó el cimarrón el día. Por la noche pudo hacer contacto con una pareja de libertos oriundos de Nassau, quienes le dinero albergue y comida. Al día siguiente sus hospederos lo llevaron al consulado y lo identificaron ante Turnbull.

Mientras el cónsul discutía con las autoridades coloniales cubanas y se decidía el caso, Thompson debió permanecer cinco meses en los barracones. Y al final, la ansiada libertad.

Libre, Thompson tuvo que guarecerse en el “Rommey”, que era un barco inglés que por acuerdo de ambos gobierno sirvió de albergue o barracón flotante de los emancipados mientras aguardaban transporte a las colonias británicas. Diez meses pasó Thompson en el buque, durante los cuales trabajó como cocinero del capitán, hasta que el sucesor de Turnbull pudo enviarlo de regreso a Nassau y al encuentro con su familia.


En Nassau, Thompson se encontró con Turnbull, quien, retirado de su cargo de cónsul, regresaba a Inglaterra. Con él viajó el emancipado y en Londres publicó el relato de su vida. Posiblemente después Thompson fue a vivir a Sierra Leona. Thompson era el tipo que hombre que los ingleses deseaban para repoblar la costa de África: hablaba fluidamente el inglés y el español, era tabaquero, panadero, cocinero y había sobrevivido la dura experiencia de la esclavitud hispana. Pero, sobre todo, sería leal al imperio británico toda la vida.


--------------------
Información complementaria:

En los inicios del siglo XIX Inglaterra necesitaba expandir los mercados de su producción industrial. En 1807 había eliminado la trata de negros en sus colonias americanas; diez años después obliga a firmar un tratado a España para que hiciera lo mismo en las suyas a partir de 1820; incumplido este último, impone otro con cláusulas más rigurosas en 1835 y ya en 1838 abole la esclavitud en sus propias posesiones.

Por entonces en Cuba hormigueaban las conspiraciones antiesclavistas. Cuando en 1837 el barco “Romney” tripulado por negros libres llegaba a La Habana procedente de Inglaterra y se encendieron aún más los ánimos entre los conspiradores cubanos, era sabido que algunos agentes ingleses alentaban la insurrección abolicionista.  

Pero ninguno de estos agentes sería tan mal recibido por el gobierno español como lo fue David Turnbull, quien llegara a La Habana en calidad de cónsul en 1940, con el propósito de velar por el cumplimiento de los tratados antes mencionados. En Cuba no sólo realizaría una extensa investigación sobre la introducción de esclavos desde 1920, sino que alentaría el abolicionismo y hasta se pondría en colaboración con un grupo de criollos influyentes para lograr la independencia de la Isla. (Leer más)