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Las esculturas funerarias del cementerio municipal de Holguín, CUBA

13 de julio de 2009

La loma de la Cruz: reino contemporáneo de una tradición

Por: César Hidalgo Torres




La loma y su escalinata de cuatrocientos y pico de escalones, es el primer personaje de la ciudad. Los demás, consciente o inconcientemente, somos los otros y sin que haya otra opción, vivimos prendidos a ella. De ella adquirimos su calidad natural, su fragancia y su tristeza, su esplendidez y su mansedumbre. Los holguineros u holguinenses como se decía antes, somos fruto del cerro silencioso y fruto al fin y al cabo, nos nutrimos de su savia y nos prendemos de sus ramas.



Sus laderas, pobladas de árboles algunas veces y otras sin ninguno, sirve de escenario para que las acaloradas mentes fantasiosas de los vecinos ubiquen mentirosos hechos de sangre. Y lo otro es la escalinata agobiante cuando de subirla se trata, en ella se han iniciado al sexo muchos adolescentes (quien escribe estas letras entre ellos, aunque hayan pasado varios años de aquella inolvidable vez…) Sola y larga escalera por donde subimos insistentemente para desde arriba ver la ciudad, allá abajo, dormidita en el valle, como mar casi verde. Desde “La Loma” Holguín es mapa en relieve y mientras, el viento alto besa y limpia. 
Holguín creció geométrica dentro del hueco llano que conforman las lomas protectoras y maternales que nos rodean. La ciudad es recta y horizontal. Una ciudad plana y durmiente sobre la tierra madre. Una ciudad que fue mediterránea y que no lo es desde el asesinato de los dos riítos que murieron para liberar a Holguín de las fronteras que ellos imponían. No intente buscar sus cadáveres, sus aguas se fueron arrinconando, amontonándose y murieron de evaporación y con ellas se fueron al cielo y todavía no regresan como aguaceros ni los jigües que los poblaban, ni los guajacones infelices.



Después de la muerte de los ríos y cuando ya sobrepasamos sus límites, la ciudad envalentonada creció prepotente pero ahora no tiene aguas donde reflejarse. Entonces fue la era absoluta del cerro cómodo que no es varón sino hembra, loma, muchacha coqueta, que gusta que miren y la admiren su belleza, que la monten, la suban y desde la cima entrega el regocijo de la ciudad vieja geométricamente recta con sus esquina de 90º aprisionada en el caos de los barrios posteriores nacidos sin líneas. 
El cerro es nuestro destino perpetuo por ser el holguinero un ser de tierra adentro en esta isla estrecha que habitamos. Es en la cima de “La Loma” adonde con mayor calidad llega el olor del mar que desde Gibara trae el viento. 
Se sube al cerro-loma para adquirir la ciudad entera sin sus palabras usuales, para poseerla acostada sobre su geografía, para cerca del cielo fabricarle un alma que cubra los tejados, que arrope los nidos que los gorriones colocaron en los viejos techos, que pula los fondos pedregosos de los aljibes y las piedras incrustadas en los patios…



Es obligatorio el ascenso, por el llamado perenne del reino de la tradición. Se sube a la loma, lo acabo de descubrir aquí, en lo altísimo de Holguín, para ser el autor de la ciudad por un instante. Porque es imposible negarse al viaje maravilloso de las posibilidades más impredecibles. Solo en la cima del cerro es posible fabricar fábulas para los vecinos por encima de sus hombros.

Holguín de noche vista desde la Loma
El viejo fortín español construido en la cima de la Loma.


La loma vista desde el centro de la ciudad
Vista de la ciudad desde la Loma