La aldea a la mano (Holguín, Cuba)

26 de agosto de 2021

Del Cauto hacia el Norte (Geografía de Holguin)

 Dr. Laureano Calzadilla Anido, 

Centro de Estudios sobre Cultura e Identidad, Universidad de Holguín.

Mítico puente sobre el río Cauto, viniendo de Bayamo y con rumbo a Holguin.


En este comentario intentaremos una caracterización del espacio geográfico de la región histórica de Holguín para ayudar a comprender los procesos de arraigo y socio-culturales de su población, obviamente, surgidos a lo largo de su devenir histórico.

Tres subregiones geográficas claramente diferenciables componen la vieja e histórica región de Holguín: las alturas y leves llanuras de Maniabón, las llanuras y alturas de Banes-Cacocum y la llanura del Cauto.

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Viniendo del viejo Bayamo, que por justicia y por agradecimiento holguinero siempre debe considerarse el útero en el que se formó Holguín, el caminante se da de bruces con la extensa planicie del río Cauto que, dicho sea, es la mayor llanura fluvial de Cuba y que se interpone entre la Sierra Maestra y las Alturas de Maniabón. 

La dicha, hermosa y monótona planicie, con leve declive hacia el río en la parte holguinera, es de suelos profundos y compactos con amplios sectores inundables y problemas de drenaje. 

Durante siglos el valle estuvo cubierto de grandes espesuras. Esas eran el remanente de los bosques primitivos que existían a la llegada de los españoles. Pérez de la Riva estima que “(…) el bosque de hojas caducas (…) en Oriente ocupaba más del 80 %(…)”(1).  

Sin embargo, y a pesar de que hemos iniciado por la descripción de la llanura del Cauto, la mayor parte de la región histórica de Holguín está asentada, sobre todo, en las alturas de Maniabón, que constituyen el extremo oriental del peniplano Florida-Camagüey-Tunas, dentro de la Región Camagüey-Maniabón.

Maniabón se extiende por la costa norte a lo largo de más de 90 kilómetros, desde el río Chaparra hasta la cercanía de la bahía de Banes, y por el Sur limita con la llanura del Cauto. 

La costa que bordea al sistema de Maniabón está sembrada de una sucesión de pequeñas y pintorescas bahías: Río Seco, Samá, Naranjo, Vita, Bariay, Jururú, Gibara, Chaparra y Puerto Padre. Y asimismo allí se encuentras bellísimas playas de arenas blancas y finas como Guardalavaca, Esmeralda, Pesquero, Playa Blanca y Caletones, entre otras.

El colectivo de autores de “Regiones y Paisajes de Cuba”(2) distinguen tres sistemas orográficos dentro del Grupo de Maniabón: Sierra de Candelaria-Cupeycillo, Alturas de Maniabón y Llanuras y Alturas de Banes-Cacocum. 

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La sierra de Candelaria-Cupeycillo se prolonga de Este a Oeste desde la Bahía de Gibara hasta la Resbalosa, en la cercanía del poblado de Velasco. Sus principales elevaciones son el Cerro de Abelardo, con 244 metros y la Loma de Cupeycillos, 221 metros.

Entre la dicha sierra y el mar se extiende una llanura cársica recientemente emergida. Hacia el Nordeste se observan diferentes niveles de terrazas marinas y nichos de abrasión, entre ellos es el más conocido se nombra “Los Colgadizos”, y está próximos a la bahía de Gibara. Este medio geográfico carece de ríos y el drenaje de sus aguas se produce de manera subterránea.

Las Llanuras y Alturas de Maniabón constituyen una compleja subregión natural, que ocupa parte del municipio de Gibara, casi todo el municipio de Rafael Freyre, la mayor porción del municipio de Holguín y pequeñas partes de Báguano, Banes y Jesús Menéndez, este último municipio en la provincia de Las Tunas. Está integrada por falsos mogotes o cerros de serpentinas coronados por caliza, (aunque algunos en la cercanía de Holguín son totalmente de serpentina) y la llanura sobre la que se levantan dichos cerros. 

Las alturas principales son: Cerro Galano (450 metros), Loma de la Vigía (374 m), Cordillera Trocha Santa Justa (342 m),  Sierra de San Juan (320 m), Silla de Gibara (275 m), Loma de la Cruz (275 m), Las Tinajitas (261 m), Cerro del Fraile (225 m)  y Piedra Prieta (217 m). 

Esta subregión geográfica es atravesada por numerosos ríos y arroyos de corto cauce que vierten sus aguas en el Atlántico. Sobresalen el Chaparra, Cacoyugüín, Gibara, Yabazón, Bariay y Naranjo. Estos ríos presentan la particularidad de desembocar en bahías de bolsa, formadas al inundarse sus primitivos estuarios.

El grupo de Maniabón se extendía íntegramente dentro de los límites de la jurisdicción histórica holguinera, caracterizándola y dotándola de identidad paisajística propia. En él habitaba una de las poblaciones indígenas más densa de Cuba. Y asimismo, por allí arribó el Gran Almirante Cristóbal Colón, quien escribió en su diario palabras que demuestran la profunda impresión que le causó las bellezas naturales del lugar, entre ellas la majestuosidad de la silla de Gibara, inestimable  referente en la determinación del lugar del primer desembarco.

Durante los dos primeros siglos coloniales los bayameses se referían a Holguín como las Tierras Altas del Norte de Bayamo o Tierras Altas de Maniabón.


Las Llanuras y Alturas de Banes-Cacocum, bordean desde el Este las Alturas y Llanuras de Maniabón, conformando una herradura. Estas abarcan un amplio territorio de los municipios de Banes y Báguano, la porción Sur del municipio de Holguín, y estrechas franjas de Cacocum y Cueto. Está formada por llanuras sobre las que se elevan pequeñas alturas amesetadas, siendo las principales el Cerro de Yaguajay (286 m) y Pan de Samá (329 m). 

Las corrientes de agua originan arroyos que desembocan en el Norte o son tributarios del Cauto. 


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(1) Juan  Pérez de la Riva: La conquista del espacio cubano, Ciudad de La Habana, 2004, p. 85.

 (2) Pedro A. Hernández Herrera: Regiones y paisajes cubanos, La Habana, 2006, p. 17.

Holguin, espacio geográfico y colonización

 Dr. Laureano Calzadilla Anido, 

Centro de Estudios sobre Cultura e Identidad, Universidad de Holguín.



La colonización de las tierras que conformaron la jurisdicción histórica holguinera en el siglo XVI y primera mitad del XVII apenas superó las tierras del hato primitivo de García Holguín, de ahí que su impacto en la naturaleza fue muy poco, casi ninguno. Pero ello comienza a variar desde la segunda mitad del siglo XVII a causa del lento pero mantenido proceso de colonización; es cuando sí que empiezan a producirse cambios irreversibles en el paisaje.

Los bosques que cubrían casi toda la región holguinera fueron talados para dedicar las tierras a la cría de ganado y a la creación de sitios de labor. La afección primaria y principal ocurrió en los alrededores del poblado de Holguín (creado en 1720) y de allí en dirección Norte hacia el mar, en particular para crear vegas de tabaco en los alrededores de los ríos Cacoyugüín y Yabazón. 

Después de la creación del pueblo de Holguín y de la fundación de su jurisdicción, (1752), la colonización se extendió hacia el Oeste, hasta más allá de la bahía de Puerto Padre y hacia el Este, rumbo a la bahía de Banes.

Sin embargo, y sin contradecir lo dicho hasta aquí, los estudios realizados llevan a inferir que para el siglo XVIII el territorio holguinero aún era fundamentalmente montuoso y atravesado por enrevesados caminos que unían claros, más o menos extensos, en los cuales se levantaban los centros de los hatos y los sitios de labor. Estos últimos muy numerosos en el Ejido de Holguín, preferentemente abundantes hacia el Norte de la ciudad, en dirección al mar; escasos en las direcciones Oeste y Este, y casi inexistentes en el valle del Cauto.

El despoblamiento del valle del Cauto lo testifica un documento de 1749. En él, Ambrosio del Corral, dueño del hato de Cacocum, solicita una nueva mensura ante el agrimensor público Don Baltasar Díaz de Prego. El resultado es el trazado de la propiedad del individuo, que llegó a abarcar casi toda la porción del sur de la jurisdicción holguinera, y sin embargo en tan extensa zona nada más había sitios de labor en Algodones, Río Abajo y Sabanilla(1).  

En relación con la influencia del espacio geográfico en la fundación del poblado de Holguín, es una evidencia excepcional el texto que nos dejó el Obispo Morell de Santa Cruz en el que describe la naciente Ciudad en 1756: 

“La población se halla situada sobre un terreno perfectamente llano y sólido. Dos mil trescientas y seis varas es su largo, novecientas y doze su ancho. En el extremo que mira al Norte se levanta un cerro bastantemente extendido y de tanta elevación que desde él se registra el Mar. Nacen del mismo cerro dos Ríos, uno al expresado viento, y otro al Oeste. El primero se intitula Marañon, y el segundo Holguín. Ambos circunvalan a la Ciudad y diviertelan con el murmullo de sus corrientes, y la proveen de agua, aunque algo gruesa, y desabrida. Juntanse después y unidos van a desaguar a la costa del Sur. (...) En el centro de esta península, cuya figura viene a ser a modo de una meseta (...)(Sic.)”(2).  

Obviamente que la elevación a la que hace referencia el Obispo es el Cerro de Bayado, hoy Loma de La Cruz. Y por otra parte, menciona el río Marañón e inadecuadamente al Jigüe, al que llama Holguín. (El río Holguín se constituye a partir de la fusión de ambas corrientes de agua).  

A Joseph de Ribera también hay que agradecerle las primeras descripciones de la geografía de la naciente ciudad:  

“Holguin es pueblo hermoso de poca antigüedad y de temperamento novelissimo a quien el penúltimo Gobernador de Cuba dio título de Ciudad según se le concedió. Está 20 leguas al no-nordeste del Bayamo: su vecindario es corto (...)”(3). 

Nótese el calificativo de “novelíssimo” dado al pueblo, probablemente ese es el primero que se dijo para denotar las particularidades propias que lo distinguían.

El entorno geográfico de la zona también determinó las mesuras de la tierra. En Holguín no se siguió la norma establecida de trazar los Hatos o Haciendas Ganaderas de forma circular, sino que esas adoptaron múltiples formas geométricas determinadas por los accidentes geográficos, esto es, cadenas de cerros orientados de este a oeste, sabanas, charcos, arroyos y ríos que corrían de sur a norte, bahías, montañas o simples lomas. 

Para una mejor apreciación de lo antes expuesto a continuación se describe algunas de esas haciendas: 

Holguín: Hato similar a un polígono que se extendía desde la corona de la loma de Guajabales hasta la loma de la Concordia (esa última era, además, lindero de las haciendas de Las Cuevas y del Sao de Yareniquén), luego se prolongaba hasta el río Lirios y de allí al nacimiento del río Las Talanquera en la sabana de Las Biajacas, para continuar al charco del Guayabal, luego a la loma de La Cuaba en la sierra de Baitiquirí, continuando hasta la loma de La Breñosa y de ahí recto al punto de inicio, en Guajabales. 

Managuaco: Hato que formaba una especie de triángulo. Tenía su base en la Loma de la Peregrina, llamada de La Jurga en el siglo XVIII, que asimismo separaba Managuaco de la hacienda de Yareniquén. De La Jurga siguiendo al Este hasta el arroyo de Jobabo e igual de La Jurga al Oeste hasta el río Cacoyugüín, de allí, al unirse con el Jobabo, conformaba el que parece vértice superior de un triángulo. 

Guayacanes: Hato o Hacienda Ganadera con forma semejante a un rectángulo. Situado entre dos cadenas de lomas: al Norte, Las Calabazas, que lo separaban de San Marcos de Aura y al Sur, Guayacanes, por donde pasaba la línea divisoria con Yareniquén. Los laterales estaban formados por los arroyos Los Lirios al Este y Jobabo al Oeste. 

El carácter irregular de los hatos y corrales (haciendas), así como el empleo de accidentes geográficos en los deslindes actuando como fronteras naturales, fue posible por las características del relieve.

El clima también fue otro elemento de carácter geográfico que contribuyó a tipificar la región. Holguín se caracteriza por sus cíclicos períodos de sequía, tan claramente reflejados en la  cosmovisión popular y profusamente presentes en la historia oral. 

Dentro del asunto Clima, los “nortes”, originados por los frentes fríos y que se presentan con relativas bajas temperaturas acompañadas de chubascos que en ocasiones pueden ser intensos, son un elemento que diferencia el norte oriental de otras porciones de la Isla. Dichos nortes se suceden desde noviembre hasta marzo. 

Debe destacarse, además, que las máximas de temperatura en el norte oriental regularmente son unos pocos grados inferiores al resto del oriente cubano, por lo que no es exagerado decir que en esta parte del Oriente con costa en el Atlántico el clima es más benigno.

Por último ha de tomarse en cuenta que la región holguinera ha presentado históricamente los más bajos niveles del país respecto a la afectación de ciclones tropicales. 

En conclusión, la colonización de las tierras Altas de Maniabón (Holguín), aunque tardía, (tardía en relación con los primeros asentamientos hechos por los conquistadores y colonizadores), estuvo favorecida por las peculiaridades geográficas de la región: tierras fértiles, abundancia de aguadas, magníficas bahías, un clima benigno y hasta por la presencia del oro en sus arroyos. 


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(1) Diego de Ávila y del Monte: Memoria sobre el origen del hato de San Isidoro de Holguín, Holguín, 1926, p. 192.

(2) César García del Pino: Pedro Agustín Morell de Santa Cruz: La visita eclesiástica, La Habana, 1985, p. 87.

(3) Olga Portuondo: Nicolás Joseph de Ribera, La Habana, 1986, p. 140.

Holguin, espacio geográfico y población aborigen

 Dr. Laureano Calzadilla Anido, 

Centro de Estudios sobre Cultura e Identidad, Universidad de Holguín.



El espacio geográfico que después perteneció a la jurisdicción holguinera había albergado una población de agricultores aruacos relativamente densa. El  historiador Eduardo Torres Cuevas señala que esos arribaron por la región oriental de Cuba y se establecieron fundamentalmente en Banes(1). 

Por su parte el arqueólogo holguinero Juan Jardines aclara que el momento de llegada más temprano, hasta ahora testificado, se consiguió en un asentamiento aruaco de la región de Holguín, Aguas Gordas, en Banes: aproximadamente hacia el 850 de Nuestra Era(2).  

Los aruacos escogieron para vivir, principalmente, el sector nordeste de Maniabón, con preferencia las laderas de los cerros amesetados pertenecientes a las Alturas de Banes-Cacocúm, que es el que se corresponde en su mayor extensión con el Banes actual. Pero asimismo su presencia también fue significativa en la bahía de Gibara y sus cercanías.

El desaparecido arqueólogo camagüeyano-holguinero José Manuel Guarch descubrió uno de los tesoros arqueológicos de Cuba, el cementerio de Chorro de Maita, ubicado en el cerro de Yaguajay, una colina amesetada de 286 metros de altura y a unos 160 metros sobre el nivel del mar, junto a un manantial que surge del cerro.

La existencia de tierras fecundas y fuentes superficiales de agua eran esenciales para el establecimiento de asentamientos aruacos.

Desde la vieja Aldea:  “(…) es posible apreciar un bello panorama en el que rivalizan las ondulaciones del terreno, las palmeras, umbríos bosquecillos de varías tonalidades de verdes, plantas trepadoras de flores campanuláceas, el verde seco de los prados matizados por minúsculas florecillas silvestres y el telón de fondo de un mar azul y verde jade (...)”(3).  

Otro asentamiento aruaco, con características diferente al anteriormente descrito, se encontró próximo a la desembocadura del Cacoyugüin, exactamente en la loma del Catuco, Gibara. La dicha colina (o loma como es habitual que se diga por esta geografía) tiene una altura de 50 metros sobre nivel del mar y casi se integra a los altos farallones de la Sierra de Candelaria-Cupeycillo. Probablemente fue en esa aldea aborigen donde vivió la población que primero que ninguna otra entró en contacto directo con los conquistadores españoles durante la estancia de Cristóbal Colón en el lugar, durante su primer viaje. 

En el Catuco gibareño no existen los amplios espacios del cerro de Yaguajay. La meseta apenas deja lugar para una aldea de regular extensión, por lo que se conjetura que utilizaban los bolsones de fértil tierra roja abiertos entre la caliza de la Sierra para hacer sus sembradíos. A propósito, el arqueólogo L.E.Tabío, citando a Sturtevant refiere: “(…) que en las zonas de calizas, la yuca era plantada en pequeñas depresiones naturales de tierras rojas de gran fertilidad donde los tubérculos crecían excepcionalmente bien (...)”(4). En el presente esa continúa siendo una práctica contemporánea.  

El otro problema de los habitantes del Catuco debió ser el agua, y queda dicho porque en el lugar no se encuentra ninguna fuente de abasto. De ahí que se intuya que los habitantes iban hasta el río Cacoyuguín, que desemboca a los pies de la colina; e igual se intuye que en su tiempo el río era lo suficientemente caudaloso para que el agua salada no subiera por su cauce, como si ocurre actualmente. La otra opción serían las pocetas llenas de agua de lluvia, tan comunes en el sistema cársico de la Sierra de Candelaria-Cupeycillo.   

El paisaje divisado desde la cima del Catuco es perfecto. En su base crecen, sólidos, los  manglares, por entre los que se deslizan las aguas del río antes de tributarlas al mar; hacia el Nordeste queda la siempre silenciosa y espléndida bahía de bolsa de Gibara, con sus perennes e infinitas tonalidades entre el verde y el azul; y a lontananza el conjunto de cerros de Maniabón, en el cual se yergue soberana la Silla de Gibara. 

Si bien la huella indígena es imperceptible en la antropología física de la población actual, si impactó fuertemente en la identidad cultural de la jurisdicción holguinera. Numerosos accidentes geográficos fueron bautizados utilizando términos aruacos, y así tenemos Báguano, Banes, Bariay, Las Biajacas, Cacocum, Cacoyugüin, Las Caobas, El Catuco, Cauto, La Cuaba, Las Cuevas, Gibara, Guabasiabo, Guajabales, Las Guázumas, Guayacán, Güirabo, Managuaco, Maniabón, Mayabe, Uñas, entre otros.


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Eduardo Torres-Cuevas: La Colonia, Ciudad de La Habana, 2001, p. 13.

Juan E. Jardines Macías: Economía, Arte y Religión en las Comunidades Agroalfareras que habitaron en la región de Holguín.  En  Revista de Historia, Holguín, 1988, p. 45.

José Manuel Guarch del Monte: Yaguajay Yucayeque Turey, Holguín, 1994, p. 8.

William Sturtevant: “Taino Agriculture”, en The Evolution of Horticultural Systems in Native South America. En: Ernesto E. Tabío: Arqueología agricultura aborigen antillana, La Habana, 1989, p. 69.


El majestuoso río Cauto fue la frontera de dos universos culturales diferentes y semejantes a la vez, Holguin y Bayamo

 Dr. Laureano Calzadilla Anido, 

Centro de Estudios sobre Cultura e Identidad, Universidad de Holguín.


Majestuoso como siempre, beligerante tantas veces (y más en el viejo siglo XVIII), el río Cauto se atravesaba entre Bayamo y su enorme extensión al Norte. Entonces el Cauto no era vadeable, o lo que es igual, que no se podía transitar de una a otra orilla si no era usando balsas, pero eso no se podía hacer nunca cuando sus aguas se desbordaban, y se desbordaban a menudo porque entonces llovía mucho. 

Quienes iban o venían, si es que deseaban seguir viaje, estaban obligados a esperar días, tantos que eran semanas, hasta que el Cauto volviera a su nivel. Por ello crearon una especie de paradero o lugar de espera, donde, por la peligrosidad del entorno, se situó la imagen del Cristo de la Misericordia. De ahí que el hato o hacienda ganadera que se fundó en esa porción se bautizara como Cauto del Santísimo Cristo de la Misericordia. 

Lo inhóspito de la porción norte de la llanura del Cauto, entonces inundable, pantanosa, afectada por plagas de mosquito y carente de agua potable, obstaculizó la natural continuidad de la expansión bayamesa hacia el norte. 

Esta barrera dificultó el poblamiento temprano de la costa norte, donde se encontraban las Tierras Altas de Maniabón y donde existía una numerosa población aborigen. Posteriormente la dicha población fue diezmada, trayendo consigo que en los dos primeros siglos coloniales la zona donde nació Holguín estaba casi deshabitada.

Finalmente, (y otra vez por la barrera que era el río Cauto), cuando se consolida la colonización holguinera, esta zona se forjó sin influencias profundas del viejo Bayamo. Por lo que está bien decir que a ambos lados de las orillas del Cauto crecieron dos grupos humanos con características semejantes y a la vez diferentes.

El relativo aislamiento en que vivía la población en la región histórica de Holguín propició que la población se adaptara a un medio diferente al bayamés; ello determinó la sociedad, la economía y los grupos étnicos fundadores, desembocando finalmente en una lenta pero irreversiblemente formación de una identidad holguinera propia.

25 de agosto de 2021

Indios en Holguin. Un documento desconocido hasta hace muy poco

 Dr. José Fernando Novoa Betancourt. 

Centro de Estudios sobre Cultura e Identidad, Universidad de Holguín.

En 1976 estaba revisando los fondos del Archivo Nacional de Cuba y de pronto, sin buscarlo y probablemente, buscándome él a mí, encontré una entrada que refería datos del partido de Cacocum en el año 1775. Eso, en sí mismo, era un gran hallazgo porque desmentía lo que por siglos habíamos creído una verdad del primer historiador de la comarca, don Diego de Ávila y Delmonte, esto es, que los partidos no se crearon en Holguín hasta 1804. Por ello, desbordado de curiosidad, pedí que me permitieran leer el documento.

Ya revisado, los antiquísimos papeles me sorprendieron aún más. 

Ellos son, en verdad, un padrón o censo agrario de toda la jurisdicción holguinera, acomodado por partidos y redactado a poco del famoso primer censo colonial (1774). Y todavía, para mejor y mayor suerte, aparecían con sus nombres, apellidos y otros santos y señas, la gente que aquí vivía, definido cada quien por el grupo étnico al que pertenecía, esto es, blanco, negro e indios.

Esa fue la primera vez que trabajé con el documento. Posteriormente vinieron otras, hasta que en 2002 lo copie manualmente y luego lo digitalicé, facilitándoles copias a varios historiadores locales.

Hoy lo presento nuevamente con un muy breve comentario, con el único deseo de divulgarlo.

El documento.

El célebre demógrafo cubano Pérez de la Riva(1) estimó que en 1510, solo en la zona de Banes, al norte de la futura área de la Jurisdicción de Holguín, vivía un máximo de 17 500 aborígenes, representando el 33.14 % de la población del oriente cubano y el 19,27 % de la gente que habitaba Cuba.

Sin embargo, y siguiendo al mismo estudioso, quince años después, (1525), la población aborigen se había reducido drásticamente a menos de una cuarta parte. Hasta nuestro presente desconocemos la cantidad de aborígenes que sobrevivieron en las áreas de Maniabón y Banes.

En alguna fecha cercana a 1545 se abre la primera hacienda ganadera o hato en la zona, hecho en el que debieron participar varios de los indios sobrevivientes. Y a finales del siglo XVI, pero sobre todo a partir de la segunda mitad del XVII se inicia la colonización del territorio. Obviamente que los nuevos hatos necesitaban mano de obra, aunque en menor magnitud que el que necesitaban las plantaciones cañeras; el ganado, el tabaco y la sitiería fueron trabajados en Holguín, presumiblemente, por los descendientes de aborigen, ahora indios, que, libres, continuaban en el territorio.

Indios, insisto, que en sus genes portaban el de los habitantes de Cuba que encontraron los españoles a su llegada, y también los genes de tantos llegados de allende los mares. 

Indios, insisto aún más, que procedían de las copulaciones que tuvieron lugar durante los primeros intercambios. 

Indios que eran ya criollos de la isla, por lo que habían asumido nombres en castellano (José, Francisco, María, Rosario… etc.), y que hablaban, no en lengua aruaca sino en la fecunda variante del castellano insular, aprendido empíricamente, y permeado de voces aborígenes.

El documento aquí vinimos a presentar da a conocer a 137 indios residente en el pueblo de Holguín y sus alrededores; 

de ellos eran varones el 58,3 %; 

y hembras 41,6 %;

tenían menos de 15 años de edad el 44,5 %, 

entre 16 y 50 años tenían el 46,7 % 

y eran mayores de 50 años el 8,7 %. 

Esa misma gente habían conformado 35 matrimonios, 

20 entre blancos e indios, 

11 entre indios 

y 4 entre indios y pardos.

En cuanto a ocupaciones, la mayor parte de los hombres eran labradores, pero algunos pocos tenían categoría de mayorales.

Seguidamente ofrecemos el listado de 108 de los 137 holguineros clasificados como indios, (la causa de que no se mencionen todos es el deterioro del papel en que anotaron sus nombres hace 250 años). 

Desde esta relación es posible seguirle la pista genealógica a casi todos ellos hasta la actualidad, y brindarle a algún contemporáneo la sorpresa de su origen.

Partido de Aguarás.

Manuel Carrancio. Indio de 58 años. Mayoral. Casado con la parda Bárbara Azahares de 37 años. Reside en el Hato El Asiento.

Pedro López. Indio de 32 años. Mayoral. Casado con la india Marcela Rodríguez de 32 años. Reside en el Hato Río Abajo. El matrimonio tiene 4 hijos.

Jacinto López Rodríguez. Indio de 7 años. Hijo de los indios Pedro y Marcela.

Salvador López Rodríguez. Indio de 5 años. Hijo de los indios Pedro y Marcela.

Pedro López Rodríguez. Indio de 3 años. Hijo de los indios Pedro y Marcela.

Ana López Rodríguez. India de 2 años. Hija de los indios Pedro y Marcela.

María Rodríguez. India de 30 años. Esposa del blanco Luís Polanco, agregado en el hato de Aguarás. Tenían cuatro hijos, obviamente mestizos.

Antonio Verdecia. Indios de 40 años. Arrendatario del corral Naranjo, de José Antonio de Silva.

Bernardo Verdecia. Indio de 36 años. Arrendatario del hato El Rosario, de José Antonio de Silva.

Joseph Ramírez. Indio de 50 años. Dueño del corral de San Agustín. Casado con la india María Jumo de 60 años. Tenían tres hijos.

Juana Ramírez Jumo. India de 17 años. Hija de los indios Joseph y María.

Laureano Ramírez Jumo. Indio de 16 años. Hijo de los indios Joseph y María.

Juana Ramírez Jumo. India de 12 años. Hija de los indios Joseph y María.

Juan Rodríguez. Indio de 43 años. Mayoral en el Hato El Ciego, de Baltazar Jiménez.

Pedro Pérez. Indio de 49 años. Mayoral en el Hato El Ciego, de Eduardo de los Reyes.

Isidoro Rodríguez. Indio de 9 años. Agregado en el Hato de Santa Bárbara.

María Agramonte. India de 36 años. Casada con el pardo Juan Ortega, mayoral del Hato de San Pedro de Aguarás, con cinco hijos mestizos.

Juan Manuel Oramas. Indio de 48 años. Mayoral en el Hato de Majibacoa, de Joseph de Peña.

Partido de Uñas.

Juan Santiago González. Indio de 57 años. Dueño del Corral de San Felipe de Uñas. Casado con la india María Regla de 56 años.

Pedro Corral. Indio de 57 años. Dueño del Hato de Calderón. Casado con la blanca Felipa Almaguer. Tenían una hija mestiza.

María Molina. India de 9 años. Agregada en el Hato Los Alfonsos.

Catalina Arias. India de 46 años. Esposa del pardo Agustín Alvarado. Residía en el Hato de Almirante.

Jerónimo Moreno. Indio de 90 años. Esposo de la blanca Jerónima pacheco. Residían en el Corral de Retrete.

Ejido de la ciudad de Holguín.

Pedro Sánchez. Indio de 58 años. Dueño de una Estancia en el Ejido. Casado con la india Ana Diéguez de 50 años. Tenían tres hijos.

Luís Sánchez Diéguez. Indio de 20 años. Hijo de los indios Pedro y Ana.

Marcos Sánchez Diéguez. Indio de 12 años. Hijo de los indios Pedro y Ana.

Ana Sánchez Diéguez. India de 6 años. Hija de los indios Pedro y Ana.

Cristóbal Sánchez. Indio de 25 años. Casado con la blanca María Salvadora. Agregado en la Estancia ubicada en el Ejido de Holguín propiedad del indio Pedro Sánchez.

Joseph Sánchez. Indio de 16 años. Agregado en la Estancia ubicada en el Ejido de Holguín propiedad del indio Pedro Sánchez.

Nicolás Sánchez. Indio de 14 años. Agregado en la Estancia ubicada en el Ejido de Holguín propiedad del indio Pedro Sánchez.

Francisco Sánchez. Indio de 23 años. Dueño de una Estancia en el Ejido de la ciudad de Holguín.

Miguel de la Torre. Indio de 36 años. Dueño de una Estancia en el Ejido de la ciudad de Holguín. Casado con la india Juana Argüello de 34 años. Tenían tres hijos.

Cristóbal Torre Arguello. Indio de 7 años. Hijo de los indios Miguel y Juana.

Ana Torre Arguello. India de 6 años. Hija de los indios Miguel y Juana.

Felipe Torre Arguello. Indio de 3 años. Hijo de los indios Miguel y Juana.

Leonarda Josefa Rosales. India de 27 años. Casada con el blanco Francisco Garcés, dueño de una Estancia en el Ejido de la ciudad de Holguín. Tenían cuatro hijos mestizos.

Luisa Ramírez. India de 30 años. Casada con el blanco Pedro Martínez, dueño de una Estancia en el Ejido de la ciudad de Holguín. Tenía seis hijos mestizos.

María del Rosario Meneses. India de 30 años. Casada con el blanco Juan Antonio Salas, dueño de una Estancia en el Ejido de la ciudad de Holguín. Tenía cinco hijos mestizos.

Pedro de Lagos. Indio de 36 años. Dueño de una Estancia en el Ejido de la ciudad de Holguín.

Manuela Leyva. India de 45 años. Casada con el blanco Diego de Rojas, dueño de una Estancia en el Ejido de la ciudad de Holguín.

Miguel de la Cruz. Indio de 25 años. Agregado en una Estancia en el Ejido de la ciudad de Holguín. Casado con la india Manuela Rojas, de 20 años.

Miguel Cruz Rojas. Indio de 4 años. Hijo de los indios Miguel y Manuela. 

Ramón Cruz Rojas. Indio de 2 años. Hijo de los indios Miguel y Manuela. 

Lucas Cruz Rojas. Indio de 1 año. Hijo de los indios Miguel y Manuela. 

María Díaz. India de 50 años. Casada con el blanco Joseph Chávez, dueño de una Estancia en el Ejido de la ciudad de Holguín. Tenía cuatro hijos mestizos.

Fernando Pérez. Indio de 50 años. Dueño de una Estancia en el Ejido de la ciudad de Holguín.

Pedro Quesada. Indio de 32 años. Dueño de una Estancia en el Ejido de la ciudad de Holguín.

Cristóbal Quesada. Indio de 13 años. Agregado en la Estancia del indio Pedro Quesada, en el Ejido de la ciudad de Holguín.

Jacinto Quesada. Indio de 8 años. Agregado en la Estancia del indio Pedro Quesada, en el Ejido de la ciudad de Holguín.

Tomás de los Reyes. Indio de 32 años. Dueño de una Estancia en el Ejido de la ciudad de Holguín.

Juan Gabriel Pantoja. Indio de 30 años. Dueño de una Estancia en el Ejido de la ciudad de Holguín. Casado con la india Juana Francisca Segura, de 22 años. Tenían dos hijos.

Manuel Cristóbal Pantoja Segura. Indio de 4 años. Hijo de los indios Gabriel y Juana.

Pablo Cristóbal Pantoja Segura. Indio de 3 años. Hijo de los indios Gabriel y Juana.

Juana Segura. India de 30 años. Casada con el blanco Manuel Espinosa, dueño de una Estancia en el Ejido de la ciudad de Holguín. Tenían dos hijos mestizos.

León de Cabrera. Indio, no se conoce su edad. Era dueño de una Estancia en el Ejido de la ciudad de Holguín.

Micaela Diéguez. India, no se conoce su edad. Era dueña de una Estancia en el Ejido de la ciudad de Holguín.

Juan de Segura. Indio de 70 años. Agregado en la Estancia que en el Ejido de la ciudad de Holguín tenía Manuel Espinosa.

Diego de Céspedes. Indio de 57 años. Dueño de una Estancia en el Ejido de la ciudad de Holguín. Estaba casado con la india María Piña, de 30 años. Tenían diez hijos.

Juan Céspedes Piña. Indio de 19 años. Hijo de los indios Diego y María.

Antonio Céspedes Piña. Indio de 15 años. Hijo de los indios Diego y María.

Ana Céspedes Piña. India de 12 años. Hija de los indios Diego y María.

Francisco Céspedes Piña. Indio de 10 años. Hijo de los indios Diego y María.

Vicente Céspedes Piña. Indio de 8 años. Hijo de los indios Diego y María.

Antonia Céspedes Piña. India de 6 años. Hija de los indios Diego y María.

Manuel Céspedes Piña. Indio de 4 años. Hijo de los indios Diego y María.

Diego Céspedes Piña. Indio de 3 años. Hijo de los indios Diego y María.

Lucía Céspedes Piña. India de 2 años. Hija de los indios Diego y María.

Juana Céspedes Piña. India de 1 año. Hija de los indios Diego y María.

Violanta Almaguer. India de 37 años. Esposa del blanco Luís de Arias. Tenían tres hijos mestizos.

Rufina Arias. India de 50 años. Esposa del blanco Joseph Rosabal.

Alejandro Leyva. Indio de 50 años. Dueño de una Estancia en el Ejido de la ciudad de Holguín. Casado con la india María Escalona, de 50 años. Tenían siete hijos.

Micaela Leyva Escalona. India de 17 años. Hija de los indios Alejandro y Micaela.

Lorenzo Leyva Escalona. Indio de 16 años. Hijo de los indios Alejandro y Micaela.

Isidro Leyva Escalona. Indio de 13 años. Hijo de los indios Alejandro y Micaela.

Joaquín Leyva Escalona. Indio de 12 años. Hijo de los indios Alejandro y Micaela.

Alejandro Leyva. Indio de 10 años. Hijo de los indios Alejandro y Micaela.

 Salvadora Leyva Escalona. India de 8 años. Indio de 10 años. Hijo de los indios Alejandro y Micaela.

Juana Leyva Escalona. India de 4 años. Indio de 10 años. Hijo de los indios Alejandro y Micaela.

Manuela Gutiérrez. India de 40 años. Mujer del pardo Julián Durán.

Joaquín Ramírez. Indio de 32 años. Dueño de una Estancia en el Ejido de la ciudad de Holguín. Casado con la india Marcela Quesada de 37 años.

María. India de 12 años. Agregada a la Estancia del indio Joaquín Ramírez.

Carlos. Indio de 5 años. Agregado a la Estancia del indio Joaquín Ramírez.

María Pantoja. India de 22 años. Mujer del blanco Cristóbal González. Dueño de una Estancia en el Ejido de la ciudad de Holguín. 

Miguel de Rojas. Indio de 21 años. Dueño de una Estancia en el Ejido de la ciudad de Holguín. Casado con la blanca Francisca Chávez, de 18 años. Tenían dos hijos mestizos.

Bernardo Díaz. Indio de 33 años. Dueño de una Estancia en el Ejido de la ciudad de Holguín. Casado con la blanca Nieves. Tenían tres hijos mestizos.

Juan Escalona. Indio de 60 años. Dueño de una Estancia en el Ejido de la ciudad de Holguín. Casado con la india Ana, de 56 años. Tenían dos hijos.

Isidro Escalona. Indio de 20 años. Hijo de Juan y Ana.

Juan Escalona. Indio de 2 años. Hijo de Juan y Ana.

María Ramírez. India de 40 años. Mujer del blanco Juan de Morales.

Juan Pantoja. Indio de 20 años. Agregado en el Ingenio San Pedro ubicado en el Ejido de la ciudad de Holguín, propiedad del blanco Manuel Chavarría.

Rafael Avalo. Indio de 22 años. Agregado en el ingenio El Charco, ubicado en el Ejido de la ciudad de Holguín, propiedad del blanco Tomás de la Torre.

Salvador de Escalona. Indio de 42 años. Mayoral en el Ingenio El Tejar, ubicado en el Ejido de la ciudad de Holguín, propiedad del sacerdote Cristóbal Rodríguez.

Francisco Diéguez. Indio de 30 años. Dueño de una Estancia en el Ejido de la ciudad de Holguín. Casado con la blanca María Barrera, de 26 años. Tenían dos hijos mestizos.

Teresa Sánchez. India casada con el blanco Diego Ramírez, de 46 años, dueño de una Estancia en el Ejido de la ciudad de Holguín. Tenían tres hijos mestizos.

María Antonia. India de 11 años- agregada en la Estancia ubicada en el Ejido de la ciudad de Holguín, propiedad de Nicolás Pavón.

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() Pérez de la Riva, Juan. La conquista del espacio cubano. Fundación Fernando Ortiz, La Habana. 2004.

Las huellas aborígenes de Holguin llega hasta la guerra de independencia de 1868

 Dr. José Vega Suñol 

Centro de Estudios sobre Cultura e Identidad, Universidad de Holguín.

Al reunirse las estadísticas de las dos parroquias holguineras entre 1713 y 1856, se alcanza un total de 297 bautismos con la denominación de alguno de los progenitores, o los dos, con el calificativo étnico de indios, de ellos 274 en San Isidoro y 23 en San José. 

El origen territorial de los padres es mayoritariamente Holguín, pero igual los hay procedentes de Jiguaní, Baracoa, Bayamo, El Caney y un pequeño porciento es desconocido.

Y por si fuera poco, la huella aborigen en la historia moderna de Cuba llega hasta las mismas guerras de independencia. En el oriente cubano figuras como el general Jesús Rabí, nacido en Jiguaní, era descendiente de aborígenes. Y en el mismo orden, el historiador de Holguín, Pepito García Castañeda dejó una nota manuscrita en la que está la constancia de la participación de indios en las guerras mambisas en el territorio holguinero. La dicha nota dice: “El primer combate en Holguín en la guerra grande lo fue el del 16 de octubre de 1868 entre Julio Grave de Peralta y el jefe español Eugenio Cruz Méndez, en Los Cayos de Papayal, haciendo los españoles a varios prisioneros; uno de ellos, de acuerdo con el parte, era una persona honrada y los restantes eran mulatos-indios de las costas del Cauto” (1).

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Archivo Museo Provincial de Historia de Holguín. Fondo José A. García Castañeda, Pepito, documento 479.

Indios de Holguin en los libros de San Jose

 Dr. José Vega Suñol 

Centro de Estudios sobre Cultura e Identidad, Universidad de Holguín.



La incorporación de los datos parroquiales de la iglesia auxiliar San José (desde 1819) permite abundar en otras aristas de la persistencia del indio en el territorio durante los siglos XVIII y XIX, sobre todo porque sus libros de bautismos de indios, negros y pardos se extienden hasta el año 1856, y a ello nos dedicamos con gusto en este comentario.

Las siguientes son transcripciones de actas bautismales de San José.

Año del señor de 1849. Treinta de junio. Yo, don Antonio García Ibarra, cura de la iglesia auxiliar de San José de esta ciudad de Holguín, bauticé a María Luisa, de un mes de nacida, hija legitima de Diego Macho y María Bramas, indios de El Caney.

Año del Señor de 1852. Uno de octubre. Fue bautizada Julia Pérez a los ocho días de nacida. Hija de Lorenzo Pérez Diego e Irene Hernández, indios los dos.

Año del Señor de 1852. 19 de octubre. Josefina Ávila, hija de Juan Ávila, padrinos Artemio y María Josefa, indios.

Año del Señor de 1852. 20 de diciembre. Bautizado Manuel Collazo, que nació en Holguín hijo de María, esclava india.

Año del Señor de 1856. 10 de septiembre. Bautizado José de Jesús de la Caridad, hijo de Francisco Martí y Rafaela, (india).

Revelan estos bautismos el nacimiento en Holguín de indios o que sus padres así lo afirman, hasta poco más de la mitad del siglo XIX, y aunque estamos convencidos que no se trata de los naturales de la Isla tal como existían en el siglo XV, sino sus descendientes totalmente transformados por el mestizaje, se trata, sí, de sus más legítimos herederos que continúan presentes en la demografía colonial tardía.

Solo particularizaremos en una escritura, la cuarta, correspondiente a 1852 y donde dice que era la madre “María, esclava india”. Es mejor pensar que se trata de una esclava resultante del mestizaje indo-africano o entre indio y negra esclava criolla, pero la tal María seguramente que tenía un somato tipo con rasgos indígenas y de ahí la anotación del párroco. Más difícil de explicar es si interpretamos la anotación como el caso de una india esclava, pues se sabe que los aborígenes fueron protegidos de la esclavitud desde el inicio de la colonia, al menos formalmente.

Los indios de Holguin no fueron exterminados en su totalidad. Noticias de los que llegaron al siglo XIX

 Dr. José Vega Suñol 

Centro de Estudios sobre Cultura e Identidad, Universidad de Holguín.


Brindamos seguidamente la información sobre la procedencia u origen territorial de los padres de los niños bautizados en San Isidoro de Holguín entre los años 1713 y 1819.

Entre 1713 y 1774(1) el 100 % de los casos de bautismos recogidos coincide en que ambos padres proceden de Holguín, lo cual es prueba de que hubo indios en esta zona de forma perenne. 

Entre 1778 y 1779 se procesaron en las parroquias holguineras 66 registros de indios, de ellos 64 dicen que los padres del niño eran naturales de Holguín. Los dos otros proceden, uno del Caney y el otro de Bayamo.

Entre 1799 y 1803 según el contenido del libro, se asentaron 42 bautismos de indios, 41 corresponden a padres o madres indios que declaran proceder de Holguín. Y solo uno declara ser de padres o madres naturales de Jiguaní.

Entre 1803 7 1819 los bautismos de indios en San Isidoro de Holguín suman 157, de los cuales 149 refieren ser padres o madres indios naturales de Holguín y solo uno de Jiguaní.

Y, en resumen, en los cuatro libros de bautismos de indos, pardos y morenos, comprendidos entre 1713 y 1819 aparecen 274 actas bautismales de indios, de ellas 263 corresponden a niños cuyos padres declaran ser de Holguín, 8 de Jiguaní y uno de Baracoa, Bayamo y El Caney, respectivamente. De esa cifra de padres no holguineros nace la siguiente pregunta, ¿por qué venían a bautizar a sus hijos en Holguín gente de otros pueblos?

Los de Jiguaní se entienden, al conocer que existía el camino de Holguín a Santiago de Cuba, que no pasaba por Bayamo y que de cierto modo acercaba por dentro al viejo poblado de indios de Jiguaní con esta ciudad. Lo que no encontramos justificación por ninguna parte es que haya reportes de padres y madres procedentes de Bayamo, Baracoa o El Caney, toda vez que esos lugares estaban muy distantes y que contaban con parroquias para este tipo de inscripciones. Por lo tanto los datos están indicando otra cosa: a finales del XVIII y principios del XX había ocurrido un desplazamiento de indios, sean naturales o descendientes, hacia el territorio de Holguín, posiblemente por la joven economía de la zona, requerida de mano de obra(2).  

Otros varios datos se pueden conseguir de esas actas bautismales, y seguidamente los comentamos.

De las 274 inscripciones, 173 niños son fruto de madre y padre indios; 96 de madre india; 1 de madre india y padre pardo libre; 2 de madre parda libre e indio y 2 de padre indio sin que se especifique la filiación étnica de la madre, posiblemente por su fallecimiento durante el parto. Visto con esa claridad matemática, los indios se casaban y procreaban, preferentemente, con alguien de su mismo linaje, pero también ocurrían enlaces que son poco significativos estadísticamente, pero prueban la existencia de una corriente subterránea de relaciones entre los descendientes de aborígenes con negros y mulatos, también impulsora del mestizaje.

En resumen definitivo, los libros parroquiales de San Isidoro dan fe de la existencia y el lugar que ocupaban los descendientes de aborígenes en el marco de las relaciones étnicas y sociales que ocurrían en el territorio durante los siglos XVIII y XIX. Verdad es que los descendientes de indios en el Holguín de entonces padecían cierto grado de marginalidad, pero no de exclusión en los distintos tipos de intercambios que tuvieron lugar entre las comunidades étnicas que fecundaron la población colonial de la comarca.

Los holguineros, que se precian de su origen blanco, deberán cambiar esa percepción y definitivamente considerar que en su formación intervinieron lazos visibles y otros subterráneos entre los géneros, etnias y razas en contacto, procreando en matrimonios tanto legítimos como consensuales en los que el indio(3), fuera mujer u hombre, participó como un activo vaso comunicante con otros conjuntos étnicos presentes.     

……

Analizados aquí y en el anterior comentario la información que ofrecen los cuatro libros de bautismos de San Isidoro de Holguín, hora es que pasemos a leer los libros de San José, pero será en la siguiente entrada.

…………………………….

Los periodos de años que aquí se ofrecen coinciden con cada uno de los cuatro libros de bautismos de indios en Holguín.

Leer además: sobre excavaciones actuales en viejas casonas holguineras.

Desde la fundación de las primeras villas, no había vuelto a fomentarse ninguna otra región en el oriente de Cuba, por lo que al nacer Holguín este territorio ofrecía un potencial de crecimiento capaz de alentar el movimiento interno de la población hacia allí. Por otro lado, o quizás por el mismo, en el periodo histórico del que comentamos, los pueblos indios eran historia pasada, y pueblos indios eran Baracoa, El Caney y Jiguaní. 

Resaltamos este grupo por ser el tema de este comentario, pero igual pudiéramos analizar otros

24 de agosto de 2021

¿De dónde eran los abuelos negros de los holguineros actuales?

 (Con información obtenida de los Dres. Carlos Antonio Córdova Martínez,   Laureano Calzadilla Anido y José Fernando Novoa Betancourt. 
Centro de Estudios sobre Cultura eI Identidad Universidad de Holguín)

…porque aquí el que no tiene de Congo, tiene de Carabalí.



Como mismo de los primeros habitantes blancos de la región holguinera, los documentos notariales permiten demostrar que la “población de color” esclava vendida o comprada en Holguín también era criolla, como se demostrará a continuación.

Entre 1746 a 1800 se produjeron 519 ventas de esclavos. 

De ellos 333 criollos, lo que representa el 64,04 %. 

Esclavos africanos de nacimiento fueron 187, que significa el 35,96 %. 

En el mismo sentido, se mencionan 114 esclavos criollos vendidos a los que se les denomina “mulatos”(1) (Las notas aparecen al final), o sea, el 21,92 %. 

Entre los mulatos existía el subgrupo especial de los “chinos” o cuarterones, que eran individuos casi blancos, hijos de mulatas esclavas con blancos. 

En los documentos de compraventa en Holguín se detectaron 9 individuos “chinos”, lo que representa el 2,7% entre los esclavos criollos. 
En los párrafos siguientes nos dedicamos a descifrar de qué parte del África vinieron los esclavos nacidos en ese continente que vivieron en Holguín.

(Hasta alrededor de 1780 la documentación notarial que se conserva en la localidad precisaba la procedencia étnica de los esclavos africanos, pero luego de esos años aparece cada vez más el término genérico de “bozal”, lo que anotamos para declarar que la información que se ofrece no es concluyente).

Se conserva documentación de la venta en Holguín de 187 africanos. De ellos solamente aparece señalado el lugar de procedencia de 96 casos. 

El grupo más numeroso es el de congos con 52 (lo que significa el 54.16 % de los 96 que conocemos su procedencia). 

Le sigue en orden de cantidad los carabalíes con 24 (25%), 

Y por último, con cifras, oscilantes entre 1 y 5 se encuentran las etnias bibí, mandinga, mina, arará, lucumí, viafara y gangá. 

De los números anteriores se deduce que el mayor aporte africano en la jurisdicción holguinera lo dieron los congos y los carabalíes. El legado de las restantes etnias es prácticamente insignificante, por tanto aquí si se cumple lo que dice el refrán tradicional cubano: aquí el que no tiene de congo tiene de carabalí.  

Treinta y seis testamentos de blancos propietarios dictados entre 1746 y 1800 dan fe de la presencia de esclavos como parte de sus propiedades y asimismo dicen su procedencia, sumando un total de 149 esclavos. 

De ellos 122 son criollos (nacidos en la Isla), lo que representa el 81,88 %. 

Nacidos en África: 27 (el 18,12 %).

Otro dato significativo es que el 50,82% de los criollos son clasificados como mulatos, lo que significa que las casas patriarcales holguineras eran verdaderas “fábricas de mulatos”(2): y si no, vean estos otros datos. En los testamentos se alude a 44 menores esclavizados, de ellos son mulatos 33, o sea, el 75% del total.
Otro elemento conseguido en los testamentos (y que no deja de ser curioso), es el alto por ciento de masculinidad entre la población esclava holguinera. Del total 149 esclavos incluidos en los 36 testamentos leídos, nada más eran mujeres 77.

Y en el resumen de compraventas, de los 519 esclavos, eran mujeres 224. Este dato ofrece otra información, que es, la tendencia a vender menos los esclavos domésticos, de los cuales las mujeres formaban el grupo mayoritario. 
En resumen, el índice de masculinidad entre los esclavos criollos era de 54,65% y entre los esclavos africanos de 60,96%.

En el caso particular de Holguín, el problema de la falta de mujeres entre los esclavos no se debía a una desproporción significativa entre los sexos de los esclavos introducidos, sino a que los blancos, y también los individuos “de color” libres, arrebataban las mujeres a los esclavos; o que ellas, por razones de conveniencia, preferían a los blancos. De otra forma no se podría explicar el predominio de mulatos entre los infantes. La afirmación anterior se sustenta en el análisis de las cartas de horros. En ellas es alto el número de padres morenos libres que compran la libertad de sus hijos. Y este siguiente es ejemplo que reafirma lo anterior:
“Sépase como yo Don  Juan Ignacio Aguilera, vecino de esta ciudad de Holguín que doy libertad a un mulatico, mi esclavo, nombrado Pedro hijo de Antonia, mi esclava, por haber recibido del mulato Francisco Paula Herrera, marido de esta y padre de aquel, la cantidad de sesenta pesos en que fue apreciado cuyo mulatico, por lo que desde ahora es libre (...)”(3).

Y asimismo en los viejos documentos notariales holguineros aparece a menudo una información “sospechosa”; esa es la que dice de muchos amos blancos que dan la libertad a esclavos mulatos recién nacidos, por el “mucho amor que les tienen”. (¿O será que esos eran sus hijos o nietos?).

Entre los anteriormente mencionados se encuentra hasta el mismísimo párroco Cristóbal Rodríguez, que sirvió en San Isidoro entre 1758 y 1761. Dice un documento que aquel concedió la libertad a dos mulaticos nacidos en su casa, hijos de su esclava Margarita. En ambos documentos se señala que lo hace “(...) por el mucho amor que le tengo desde su nacimiento y por lo mucho que le plugue a Dios ver libre a los pobres esclavos (...)”(4).

Que Dios nos perdone si difamamos al cura, pero… este individuo de origen santiaguero unía a su labor religiosa la de propietario de tierras y ganado mayor y asimismo fue uno de los que concedió más cartas de libertad. Incluso, cumpliendo el testamento de su madre, el presbítero tuvo que cumplir la engorrosa tarea de localizar, comprar y luego darles la libertad a los hijos de antiguas esclavas propiedad de su progenitora que habían pasado a otros propietarios.

Pero el antes mencionado no fue el único cura que liberó esclavos. El que sigue es otro ejemplo:

“Sepase p. esta carta como Yo Don  Francisco Moreno, Presbitero y Vicario Juez en este Pueblo de Holguín y su Jurisdicción y Domiciliario deste Obispado, declaro que tengo una Esclava nombrada Rosario, de treinta o más o menos, que me pertenece (...) y así mismo un negrico nombrado Rudesindo, mi esclavo de diez años de edad hijo de la dicha  negra Rosario y que causas justas me movieron a ello y por eso le he prometido liberar al negrico de la sujeción y cautiverio en que está, por el mucho amor que le tengo y por haberse criado en mi casa. Y asimismo otorgo la libertad a mi esclava Rosario. Testifico y firmo (...) en doce de Noviembre de mil setecientos cuarenta y siete. (...)”(5). 

Más, para que no quede la opinión que solamente se liberaban a negritos que posiblemente eran hijos de esclavista, he aquí otros ejemplos de entrega de libertad.
En su testamento dejó por escrito el castellano Manuel González Ramos que era su última voluntad que después de su muerte se liberara “(...) un negro (...) Pedro Ladino, que por sus servicios y fidelidad con que me ha servido (...)” (6). 

No todos los esclavos se liberaban después de la muerte del testador, sino que también podía ser en vida de él. Sigue un ejemplo, y, sí, tratase de otro cura entregando la libertad a una esclava, que no a un esclavo, (pero esto anterior fue dicho por mal pensados que somos los redactores, y por nada más).

“Sepase por esta carta de libertad como yo Don José Antonio Saco Abogado de la Ra Auda  del districto Cura (...) Beneficiado por S.M. dela Parroquia de esta Ciudad de San Isidoro de Holguín digo que en los bienes que poseo tengo por mi esclava a una mulata nombrada Antonia Ramos natural del Pueblo de Santiago del Prado de las Reales Minas del Cobre, como de edad de treinta y ocho (...), y en atención a los buenos Servicios y Fidelidad con que hasta ahora se ha portado la expresada mulata, le tengo ofrecido la carta de su libertad, para que no este sujeta al pesado yugo del cautiverio (...)”(7). 
    
Por cierto, este párroco de San Isidoro era el tío del prócer José Antonio Saco, y por el debió recibir Saco el nombre. (Lo anterior queda dicho sabiendo la costumbre de la época de asignar a los infantes el nombre del tío sacerdote). 
Otra forma de adquirir la libertad era por arrendamiento:

“En la ciudad de San Isidoro de Holguín, en doce de diciembre de mil ochocientos años, ante mí, el Escribano Publico y Testigos, compareció la morena libre Juana Teodora Espinosa, vecina de la ciudad, a quien doy fe  que conozco y dijo que Don Toribio Fernández, también vecino de esta, le ha prestado la cantidad de ciento ocho pesos para que libertase a su hijo Miguel con la condición de que le pagará la deuda con el trabajo del citado Negrito dándoselo en arrendamiento (...)”(8). 

Por todo lo anterior es que antes hemos afirmado que la ciudad de Holguín fue fundada por gente blanca y hasta los negros se blanquearon.

Las estadísticas mostradas permiten afirmar que predominaron los blancos en la población criolla holguinera, y más al saber que casi absolutamente todos los vientres de las blancas eran “llenados” por blancos, y también muchos de las negras, dando lugar al denominado “adelanto de razas”, o sea, el surgimiento de los chinos o cuarterones.

Y lo que es más importante que el color de la piel, la cultura, la identidad… 

En el siglo XVIII la población holguinera estaba conformada solamente por un 32 % de negros y mulatos que vivían en un visible estado de esclavitud patriarcal, por tanto el número elevado de mestizos condujo a que los aportes culturales africanos no fueran numerosos.
Con tales antecedentes se asume como característica identitaria de la sociedad holguinera que esta nació siendo criolla. 
Sin embargo, la misma región en momentos de la conquista poseía una de las más numerosas y densas poblaciones aborígenes de Cuba. La pregunta es evidente: ¿Qué ocurrió con ellos?


Los indios de Holguin en los libros bautismales de los siglos XIII y XIX

Dr. José Vega Suñol 

Centro de Estudios sobre Cultura e Identidad, Universidad de Holguín.


La clásica opinión de la extinción de los aborígenes de Cuba al concluir el siglo XV es hoy muy difícil de sostener pues varias evidencias documentales la desmienten. 

En este artículo se revisan las escrituras eclesiásticas de los archivos parroquiales de la ciudad de Holguín, exactamente los libros de bautismos de las iglesias San Isidoro (creada en 1713) y San José (creada en 1819). Ellos son la evidencia documental más consistente de la sobrevivencia aborigen en Holguín. 

En San Isidoro, que es donde se conservan los manuscritos más antiguos de la ciudad y de toda la región nororiental, desde el principio se diferencian los libros de bautismos de blancos de los libros de bautismo de Indios, Pardos y Morenos. Ese acto es la primera prueba que andamos buscando: si no hubieran quedado indios al fundarse la parroquia, no habría razones para diferenciar los libros de anotaciones.

E igual hay libros para anotar el nacimiento de indios, pardos y morenos en la parroquia auxiliar de San José, desde su creación en 1819 hasta 1856. 

En total en ambas parroquias se bautizaron 297 niños cuyos padres, (los dos o uno de ellos), declaran el calificativo étnico de indio. 

Más, para entender claramente la información que aportaran esos archivos, antes hay que detenerse en el Padrón de Fincas de 1775 en Holguín. En él aparecen los distintos tipos de matrimonios vigentes en los años anteriores al dicho año, que eran, si contamos bien, seis variantes: entre blancos, entre blanco e india, entre blanca e indio, entre indios, entre indio y negra y entre india y negro.

Siguiendo el mismo documento, en el año 1775 se produjeron en Holguín 222 matrimonios. De ellos fueron 

entre blancos 184; 

entre hombre blanco y mujer india 9 (caracterizándose estos por ser mujeres más jóvenes que sus maridos); 

entre hombre indio y mujer blanca 2 (tratándose en este caso de dos indios dueños de algún tipo de propiedad, lo que los ubica en un estatus social más solvente); 

entre indios se produjeron 11 matrimonios (lo cual supone la conservación de la endogamia entre miembros del mismo origen étnico); entre pardos 10; 

entre blancos y pardos: 3 (específicamente de mujeres blancas con hombres pardos);

 y matrimonios entre indios y pardos 3. 

Por tanto es lógico considerar que en la jurisdicción nacían niños de todos los colores y que era el cura párroco que hacia la inscripción el que debía ubicar a cada quien en el grupo humano que más visible fuera, aunque también podía ocurrir que fuera por declaración expresa de los padres.

Veamos a continuación al menos cuatro actas de bautismos y el comentario que nos provoca:

Siete de marzo de 1787.

No. 896

José Isidoro, hijo legítimo del indio Santiago Escalona y la parda libre residente en Holguín, Manuela del Castillo.

Sacerdote: Manuel Calderín.

Como se ha leído, se trata de un matrimonio entre indio con parda libre, que era un enlace común entre sujetos situados dentro de la red social marginal y proveedora de una descendencia criolla mestiza.

Veintidós de enero de 1792.

No. 562

María Micaela de nueve días de nacida, hija natural (o sea, sin padre) de María Guadalupe Sánchez, india del Caney.

Sacerdote: Francisco Rodríguez.


Domingo nueve de junio de 1805.

No. 243

José Fernando, de ocho días de nacido, hijo de Lucía Crespo, india natural de Baracoa.

Sacerdote: Juan Calderín.

En estas dos partidas bautismales solamente se notifica el origen de la madre, una india del Caney y la otra de Baracoa, lo que significa que la no presencia o invisibilidad del padre puede estar dado por un intercambio furtivo entre gente con diferencias sociales, o lo que es igual, que el niño era fruto de relaciones ilegitimas (y se sabe que la moral de época era reacia a estar publicando esos “pecados”, pero se practicó mucho y muchas veces, generando una cuota importante de población mestiza). 

Mayo seis de 1812

No. 507

Juana Teresa de Jesús, hija legítima de León Mendoza y Micaela Medina, indios naturales de Jiguaní.

Sacerdote: Manuel Calderín. 

Esta partida muestra un caso cuyos padres se declaran indios naturales de Jiguaní y es la constatación de una práctica endogámica de ese grupo étnico en el siglo XIX. Aunque ciertamente hay descartar la posibilidad de estar frente a un par de indios en el sentido estricto de término. A la altura del XIX, (y también desde antes, en el XVIII, por ejemplo), la clasificación de indio no pasa de ser un registro epidérmico y convencional a partir de la deducción visual del cura párroco que endilga tal definición por el color de la piel sin contemplar las múltiples mutaciones que para entonces ya han tenido lugar en esa comunidad, mil veces mezclada con otras etnias. (Por tanto más inteligente habría sido considerarlos en otra entidad étnica en proceso de formación, la de los criollos mestizos).

También la filiación de indios pudo venir de la declaración de los padres, quienes al llamarse a sí mismos “indios” estaban diferenciándose conscientemente del grupo de los pardos y morenos, situados estos segundos en la parte inferior de la escala social. 

En el siguiente comentario ofreceremos información de la procedencia o el origen territorial de los padres de los niños bautizados en Holguín entre 1713 y 1819.

El indio Condenado

(Estampa holguinera) 
Autor: Desconocido. 

Distante del final del caserío que un buen día tuvo a bien otorgarle título de Ciudad aquel rey lejano, y casi a la vera del camino que conduce a las fértiles tierras de La Guanábana y Purnio, tenía su bohío la hacendosa Soledad Moyúa. Un aire intemporal le impregnaba a su ensortijada cabeza y su lento andar. 

Algunos atestiguaban que la dicha negra había llegado en los primeros veleros atestados de la preciosa y útil carga de ébano, procedente de Guinea. Otros aseguraban que la acaudalada familia Mollúa la había adquirido en Puerto Príncipe. Pero a todos, por igual, impresionaba aquello que emanaba de su persona: el haber vivido en siglos antes o en venideros. 

Dejando de ser ella misma, Soledad pronto ganó el aprecio de sus amos. 

Su presencia y humildad forjada le permitieron, en momento de Cabildo y saraos, servir a las visitas en la sala grande usando traje de ocasión. Y a cada enfermedad que entraba por el zaguán o la puerta principal, ella le ponía remedio, como fue cuando aquellas fiebres malignas que pescó el señorito Carlos Octavio en los lagunatos durante unos soles sanjuaneros, y también al mayo prolongado durante siete días que padeció el ama y que Soledad cortó con vinagre y sal. 

Del palacete de los Mollúas salió la fama de la negra. Cuando cualquier mal entuerto se presentaba, nadie dudaba en buscarla. Todos sabían de sus afanes y desvelos por servir, pero aún lo dicho, cuando ya era inútil para grandes menesteres, los amos le dieron la libertad para que no estorbara, y la mandaron con los sacos de carbón en el cuarto del fondo. Resignada a su adversa suerte senil, no dudó un instante en continuar bregando; el sol, la luna, el frio y la lluvia siempre la habían acompañado y de ellos había sacado si idea sobre la vida: la sabia naturaleza a todos prodiga por igual. Y por eso ella no quiso estar en el último cuartito de la casa de sus amos, sino que pidió ayuda y construyó un vara en tierra que casi podía decirse que era el bohío del que antes le hemos hablado, en las afueras del pueblo. Allí acogía al que iba o venía, entraba o se quedaba, siempre con el ánimo de echar un párrafo. 

Al final de una tarde en que Soledad estaba frente a la batea de madera que tenía bajo un tamarindo y la que ganaba unos reales, llegó el isleño José Manuel, tan demacrado que daba grima. 

─ Soledad, por la Virgen Santísima! Ay Dios mío─, sollozaba el visitante a la vez que agitaba sus manos como si manejara remos imaginarios en un mar embravecido. 

─ Hombre, ¿usted está haciendo el novenario a la corte celestial?─, inquirió la negra entre sentenciosa e irónica. 

─ Por su madre, que no soy hombre de juegos─, (casi lastimero y jadeante). 

─ No, claro que no. Pero de rejuegos sí─, argumentó la anciana tratando de obtener información sin que se notar que andaba en averiguaciones. Su condición de esclava le había enseñado a Soledad que un negro no debe averiguar mucho más y mucho menos cuando el asunto era cosas y enredos de blancos. Todavía estaba viva en su mente la vez que opinó sobre la palidez de la niña Sofía, que no se curaba ni con la fruta de maya en ayunas y ella, para ayudar recomendó que le permitieran a la amita la visita del señorito Antonio… pero para qué dijo lo que dijo, el amo le dio la más grande reprimenda que ella recuerda. Por eso Soledad jamás preguntaba, y si lo hacía cuidaba que no lo pareciera. Por eso le ofreció al isleño una jícara de agua fresca y continuó dando puño a la ropa sucia. 

─ Bien me conoce usted, Soledad y sabe por tanto que no soy hombre de cuentos ni de sugestiones. Pero… hace un minuto venía subiendo la ladera y ya se divisaban los techos del caserío. Estaba fatigado, si señora, del viaje desde Purnio y la bestia también estaba fatigada, por eso la traía al trote lento, pero tratando de llegar antes que el sol se pusiera. Luego entonces decidí detenerme y llegar hasta los manantiales para que la bestia bebiera, la pobre, que echaba espuma por la boca. ¡Quien sabe que mal augurio me entretuvo allí! El agua cristalina brotaba de la roca como siempre y la brisa agradable, llena del trino de las avecillas me despertó deseo de beber yo también. Y lo hice. Pero nada más que tragué los primeros sorbos oí unos gritos despavoridos procedentes de la entrada de la cueva cercana, que usted sabe cuál es. ¡Maldita la hora! Y perdone usted. Seguro que esas cosas son del diablo que anda suelto por esos parajes solitarios. Miré, y no vi a nadie, pero más sin embargo los gritos seguían oyéndose y cada vez eran más fuertes. Desenfundé el machete, me acerqué a la cueva por el costado izquierdo, pero la maleza no me dejaba ver nada. Temblando, sí, por Dios, temblando como una hoja de árbol, sentí los gritos a mi espalda. El miedo fue mayor, pero algo me empujaba a la entrada de la cueva con una fuerza tan grande que no me le podía resistir. Fue con los ojos cerrados… los gritos eran ensordecedores. Esperé a respirar y cuando miré lentamente vi al mismísimo diablo…

─ ¡Cállese! ¡Por Dios, cállese!─ interrumpió bruscamente la negra. Yo sé lo que vio, al indio condenado. 

─ ¿Qué dice usted? ¿El indio qué…? 

─ Lo que oyó─, dijo la negra a la vez que se persignaba. Venga para que le cuele un poco de café. Hace muchos años, cuando el capitán Holguín fundó el hato cogieron a un indio y lo redujeron a la infelicidad. Despojado de su conuquito lo obligaron a trabajar para una familia importante. Cada vez la faena que le imponían era más difícil que la del día antes. Y los amos eran malos y no daban nada de lo que les sobraba. Figúrese si era así que ni los pájaros se arrimaban a la casona. Tanta era el hambre del indio y el de su mujer, que cada tarde, cuando el esclavo llegaba a su bohío notaba que el amor de sus días se marchitaba cada vez más. Entonces él pensó en las tortas de casabe que se envejecían en la alacena del amo y su corazón comenzó a latir fuertemente, y tanto que antes que su cabeza reaccionase, esa noche corrió como los enloquecidos a donde estaba la comida. Al llegar la casona blanqueada por la luna, parecía una tumba muy grande. Todo estaba en silencio, aunque de vez en cuando se oía los ronquidos del señor. Sin hacer ruido, el indio se fue acercando al colgadizo que hacía de cocina. Sobre el gran mueble oscuro descansaba el casabe dentro del macuto de yaguas. Empinose el pobre indio sobre sus pies, agarró algunas tortas pero, al volverse, se dio de bruces con el enorme perro guardián, el que le fue encima sin misericordia. El forcejeo y los ladridos pusieron en pie a toda la casa. “Maldito indio miserable, robando”, dijo el amo, a la vez que escupía candela por sus ojos. Poco sirvieron las explicaciones y las súplicas, el látigo iba y volvía y a la misma vez el perro continuaba desgarrándolo. Entonces vinieron otros blancos y envolvieron las manos del indio en unos trapos a los que prendieron candela. Desesperado el indio corrió a la cueva y allí se murió. Por eso, para tormento de personas crueles, en algunas ocasiones se escuchan los gritos desgarradores del indio.

23 de agosto de 2021

Las pruebas de la supervivencia del indio en Holguín en seis puntos.

 Por: Pepito García Castañeda.

Vigencia del indio holguinero:

Lo que es el municipio de Holguín fue rico en asentamientos arqueológicos. Se han localizado en “Ochile”, “El Yayal”, “El Pesquero” y en “Majibacoa”. Ello hizo posible que Eduardo García Feria inaugurara el Museo Arqueológico “García Feria”, el primero de su clase en la isla de Cuba.

El asiento “El Yayal” fue el territorio holguinero visitado por Luis de Torres y Rodrigo de Xeres, cuando aquellos fueron enviados por Cristóbal Colón al interior de la Isla a buscar al Gran Khan. Fue en este holguinero asentamiento donde los embajadores de Colón vieron por primera vez al tabaco y su forma de usarlo. En el asiento de “El Yayal” se han encontrado por expediciones arqueológicas, cascabeles, cuentas y monedas de los Reyes Católicos.

Asiento este de “El Yayal” donde se ha encontrado una verdadera transculturación entre los indios y el colonizador español, señal de una prolongada y pacífica convivencia que hasta la fecha nos e ha descubierto en ningún otro lugar de nuestra Isla. La dicha convivencia es de todos conocida por los sendos trabajos que para darla a conocer, se han publicado.

Y es en nuestro Holguín el único lugar de Cuba, que se sepa, donde ha podido estudiarse el avance cultural de los subtaínos, resultado de las exploraciones arqueológicas realizadas en Majibacoa como el de más inferior. El Pesquero, Yayal y Ochile como el superior, por su cerámica, sus decoraciones y sus colgantes en hueso, concha y piedra.

Tampoco es fácil encontrar otro municipio de la Isla de Cuba que presente más nombres aborígenes y que sus palabras se conserven en coas, animales, ríos, lomas y lugares como sucede en el municipio de Holguín: bohío, ajiaco, cazabe, burenes, caguaras, guayos, entre otros. Son palabras aborígenes su río de nombre Cacoyuguín, una sierra, Maniabón, una loma, Baitiquirí, un mamífero, Jutía, como asimismo lo son de lugares: Cacocum, Báguano, Guabasiabo, Aguarás, Caiguarenal, Macagua, Managuaco, Majibacoa, Tacajó, Guacacoa, Guaramanao, Guairajal, Yaguabos.

Supervivencia del indio holguinero que mantenemos en el siglo XIX, al ser designado uno de los cuartones de la Dehesa de la ciudad de Holguín: “Cuartón de los Indios”; al ser conocido el centro turístico de Mayabe como “Mirador de los Indios”; al nombrarse el camino que parte de la actual carretera de Mayarí a la antigua carretera de Cacocum y que separa los barrios de Güirabo y de El Yayal como “Camino de los Indios” (este camino cruza la carretera central por la antigua La Pantoja). El mantener tres sitios de labor los nombres de “Estancia de los Indios”, “Estancia Paso de los Indios” y “El Indio”, este último en Corralito. En Velasco tenemos “La Loma de la Piedra del Indio”, nombre que también se le da a uno de los callejones que a ella conduce: “Callejón Piedra del Indio”. La Hacienda “La Canoa”, que culmina en las márgenes del Cauto en “Las Canoas de los Indios. En la Macagua la finca “El Indio”. El “Hotel del Indio” en parte de la hacienda de San Francisco.

Asimismo al General holguinero Julio Grave de Peralta en su caminata desde Cayo Papayal, donde se alzó en armas en octubre de 1868, los españoles le hicieron varios prisioneros. Algunos de esos, de acuerdo con los partes, eran “Indios de la Costa del Cauto”.

Al residir en la ciudad de Holguín en el año 1850 el indio Salvador Rodríguez, de 29 años de edad, con su hijo Antonio, de solo 4 años de edad, y su hijo Manuel de 9 años. También residía en Holguín Rafael Márquez a quien se considera indio de Jiguaní.

Al conservarse en los Archivos Parroquiales de la Iglesia de San Isidoro de Holguín el libro donde se anotaban las defunciones de indios, del que anotamos al azar el No. 1086. Año del señor de 1848, dieciséis de octubre, José Ramón, hijo de Andrés y Esperanza, Indios.

Y todo ello afirmándose que los Indios de Cuba habían desaparecido a los cincuenta años de la conquista y colonización.

Por ello damos a conocer esta vigencia del “Indio” en el municipio holguinero.

¿Dónde están los indios que vivían en el norte del oriente cubano a la llegada de los conquistadores españoles?


 (Con información obtenida del Dr. José Vega Suñol 
Centro de Estudios sobre Cultura e Identidad, Universidad de Holguín)

A la llegada de los conquistadores españoles a Cuba, la población aborigen más importante estaba ubicada en el territorio donde surgió la región histórica de Holguín (el norte oriental). De ahí la pregunta constante, ¿qué ocurrió con esta gente?

La respuesta clásica es: una gran parte se extinguieron durante el proceso de conquista y colonización por efecto de la guerra, las epidemias trasmitidas por los europeos, el trabajo forzado acompañado de una deficiente alimentación y como corolario, un descenso de la natalidad unido a la elevación de la mortalidad, en especial la infantil. A ello se debe agregar el traslado forzado de grupos de aborígenes a otros territorios, en particular hacia Bayamo, para servir como mano de obra a los principales capitanes conquistadores.
Sin embargo la hipótesis anterior, a pesar de que tiene mucho de verdad, deja imprecisos algunos aspectos.

Investigaciones actuales realizadas por el Centro de Estudios de Arqueología en Holguín, demuestran que existieron varios sitios de convivencia indo-hispana en el territorio en los que se ha conseguido abundantes evidencias de transculturación; algunos de los dichos sitios estuvieron activos hasta principios del siglo XVII.

No obstante, la suerte del remanente indígena en Holguín es aún desconocida.
Se intuye que los indios se mestizaron hasta desaparecer como etnia, y tanto que la condición de indio en el siglo XVIII era una ficción jurídica, pues la mayoría eran mestizos y todos estaban completamente transculturizados. 

En los siguientes artículos de historiadores muy renombrados en Holguín se da más luz sobre el destino de los indios de Holguín.
  • Pruebas de la supervivencia de los indios en Holguín en seis puntos. Por: Dr. José Agustín García Castañeda, (Pepito)
  • El indio condenado. Estampa holguinera anónima.
  • Los indios de Holguín en los libros bautismales de los siglos XVIII y XIX. Por: Dr. José Vega Suñol. (I, II y III parte)
  • Descendientes de indios en Holguín en 1774 con sus nombres, apellidos y otros santos y señas. Por: Dr. José Novoa Betancourt.

Y casi ya concluye este comentario. Solo falta algo que pudiera ser muy importante: La actual población de la vecina provincia de Granma es en gran parte mestiza y en la base de ese mestizaje se refleja la raza indígena. ¿Por qué no ocurre de igual manera en Holguín? 

Holguín, a diferencia de Granma, vivió muchos procesos de blanqueamiento cuando llegaron al territorio grandes oleadas de inmigrantes con ese color en la piel.

Y si es verdad que en Holguín la herencia somática indígena es imperceptible, no es así su herencia cultural. Esa es un componente importante de la identidad holguinera y se manifiesta en los numerosos araucanismo que matizan su variante lingüística, presente fundamentalmente en la toponimia, la flora, la fauna, en los términos que denominan el proceso de elaboración del cazabe, la construcción de viviendas rústicas, etc.

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