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Las esculturas funerarias del cementerio municipal de Holguín, CUBA

14 de febrero de 2010

Carta de Gastón Baquero al profesor y amigo Luis Augusto Méndez

El joven que hace unos doce años vive en La Habana y ha publicado sus dos primeros libros, con poemas medulares para el devenir de la poesía cubana, como “Palabras escritas en la arena por un inocente” y “Saúl sobre su espada”, aún no olvida “los afectos del terruño”.



Un lamentable suceso: el fallecimiento del pequeño hijos del profesor y amigo Luis Augusto Méndez lo impresiona, y pasada la primera conmoción, le escribe la siguiente carta. En ella expone con sorprendente madurez sus ideas acerca de un tópico tan caro a la filosofía, y sobre el destino de la niñez en el injusto e imprevisible mundo en que vive. Pensamientos que manejará a través de su obra poética y ensayística como fundamento de su cosmovisión del destino humano en el universo.



Por esa experiencia de íntima sinceridad ante el dolor del amigo, la misiva posee además, ese valor de documento familiar que de algún modo lo vinculan a su patria chica. En ella se han respetado contenido y estructura. Las palabras ininteligibles están señaladas con puntos suspensivos entre paréntesis.
Remigio Ricardo







La Habana, Julio de 1942

Sr: Luis Augusto Méndez.
Banes.
Oriente.

Mi inolvidable profesor y amigo:

No necesito dar a usted excusas rituales acerca de mi silencio para usted en los instantes en que más se aprecia la comunicación con los otros seres. Creo usted sabrá, a despecho de mi silencio, cuanto comprendo y comparto el sufrimiento permanente que es el mundo para el hombre, sabemos que ante una muerte prematura, muerte hiriendo a lo frágil y tierno, pienso lo más sabio y obligado sea el silencio. Porque de un lado (…) cabrá a nuestro hijo, su fulgurante vida, su misión esplendorosa. Pero del otro lado, del más fiero y seguro e invencible la (…) estable permanencia sobre una tierra hostil, hostil desde la raíz hasta el cielo… No hay que sonreír ante la muerte. Pero hay que mirarla en silencio como a liberadora, como a Madre benigna, aún en el caso de que lo que muera sea nuestra ilusión mayor, la culminación misma de nuestro destino. Yo vivo lleno de piedad por los niños. Nada me parece más enigmático que esto de ponerles así como pequeños cristales, expuestos a todas tormentas y daño de los hombres. Los quiero tanto, que no quisiera su existencia. Cuantas veces oigo de un niño que nos llega, y veo sonreír en derredor suyo, me pregunto si soy la negación de los sentimientos. Porque veo detrás de su nacimiento, presidiéndolo sin piedad hasta la muerte, todo ese mundo extraño, que exige tanto ardor e impiedad para habitarlos. Y no es que reproche a nadie dar vida: es que sé lo que significa vivir. Los sabios más sabios de hoy nos hablan de la “imprevisibilidad radical de la existencia”. Sembramos un fruto que acaso sea devuelto desde lo profundo de la tierra con forma mortal. No sabemos que camino tomará aquél para quien quisimos forjar el más recto y limpio camino. No sabemos cuán sombría llegará a ser la vida de aquél para quien la soñamos luminosa y tersa. Que el hijo sale de nuestras manos a un mundo ciego, a un mundo que marcha a tientas por entre la sombra del cielo. Sé que no es de buen cristiano sellar la muerte a la manera de Sócrates con un voto de gracias. Ni es tampoco de padre, tampoco de condición humana, hacerse a la idea de que la muerte es el refugio único que brinda la existencia. Pero si de algo ha de servirnos el haber entregado la vida a la vigilia dolorosa que es vivir bajo especie de espíritu y no bajo especie de instinto cuando ese algo es la conciencia muda, cierta, eterna, de que la muerte es la forma primera del nacimiento, la forma matriz de la verdadera vida.

De estas cosas no puedo hablar sino muy de tarde en tarde, y cuando sé que van a descansar sobre un corazón valeroso como el suyo. Hemos de vivir ante todos, ante los otros, como si creyésemos que la existencia es ese mundo exterior que la sociedad nos brinda y a cuya existencia se nos obliga. Pero ante nosotros mismos, puestos a solas con Dios, hemos de vivir sabiendo que es sombra todo lo que nos envuelve, y que sólo de sombras estamos hechos, y que sólo es sombra lo que hacemos. Sé que todas estas cosas que le digo están de más tratándose de usted. Usted ha sufrido mucho, ha conocido el silencio largo y denso que dan las estrellas, ha cargado con el peso de la vida, lleno de heroísmo y de bondad. Yo lo recuerdo, sereno y enérgico, disfrazando su dulzura para hacer mejor el bien y para que no se confundiese su voluntad de amor. Usted no necesita, y menos de mí, palabras de consuelo. Creo haber visto alguna vez entre sus libros, junto al enorme Montaigne, al enorme Pascal. En algún sitio éste dice aquello de que el hombre es la más débil caña del universo. Todo puede contra él, y él no puede contra nada. La más pequeña gota de agua puede destruirlo. Pero él sabe que muere, tiene ante la naturaleza esta sabiduría, y con ella está por encima de la naturaleza (que) ha de destruirle, pero que él tiene a mano la forma de vencerla; evitando que esa muerte sea un acto de justicia. Unamuno resumió toda esa doctrina de Senancour diciendo: “Vivid de tal suerte que, el morir, sea para vosotros una suprema injusticia”… ¿Pero adónde voy, como me extravío yendo de libro en libro, si lo que quiero es simplemente, decir a usted lo que ya le he dicho al comenzar?

Tenga mi mano de amigo y crea que todo cuanto le he dicho me brota corazón afuera por tratarse de quien, como usted, es uno de los recuerdos más hermosos de mi vida. Dios ponga su paz sobre usted, como la ha puesto ya misericordioso sobre su hijo, dado ya a la paz y al silencio que nadie ni nada pueda conturbar. Escríbame, y no me considere lejos de usted. Estoy siempre junto a quienes quiero y usted es de ésos. Salúdeme a María. Exprésele, si lo considera justo, cuanto he expresado a usted aquí.
Le abraza fuertemente,
su amigo eterno,