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2 de septiembre de 2016

Los marines que iban a Lengua de Pájaro (Nicaro, Mayarí, Holguín, Cuba), se divertían “amando” a las guajiras de la zona.


Periódicamente llegaban marines a Lengua de Pájaro, que es donde estaba asentada la Níkel Company, y después de desembarcar, “en un santiamén”, se les veía a todos con sus uniformes tan blancos como masa de coco, por los prostíbulos cercanos, preferentemente en uno que se conocía como La Curva de Levisa.

Era el lugar como una especie de ranchón muy acogedor, construido de madera y con techo de zinc, rodeado de exuberantes jardines y con cerca de una treintena de prostitutas meticulosamente seleccionadas entre las muchachas de la zona.

La llegada de los marines siempre era esperada en La Curva de Levisa, porque era cuando en verdad las muchachas hacían zafra. Ya desde que los sentían acercarse, las prostitutas quedaban en ropa interior y alineadas, hombro con hombro, a lo largo de los laterales del amplio salón. Nada más que entraban, los marines se encargaban, con glotonería, a retirar la poca ropa de las muchachas, para que comenzara la fiesta.

A los niños y adolescentes que permanentemente deambulaban por aquellos lares, jamás se les prohibió que permanecieran por los alrededores y tampoco que contemplaran tan grande desparpajo, lo que es, obviamente, prueba de irrespeto y desfachatez ante la familia cubana.

Una vez embriagados, los marines se entregaban a otros actos no menos pecaminosos: lo mismo se sacaban la prótesis dental aquellos que la tenían, que se bajaban el pantalón para exhibir su ano al público que quisiera mirarlos. Y había que aplaudirles, reírle y celebrarle las gracias, porque eran clientes que pagaban bien.

La Bahía de Nipe, frente a Nicaro, antigua Lengua de Pájaro
Dicen que uno de los juegos que gustaba a los marines en La Curva era el de “la gallinita ciega”, que hacían todos absolutamente en cueros . Y las “muchachas” del prostíbulo o mejor, ballú, que es como se decía en Cuba, estaban siempre dispuestas a complacer y satisfacer a sus clientes, lo que significa que dejaban que ellos las manipularan en dependencia de los inescrupulosos marines. En el juego, cada prostituta tomaba su sitio, alineadas de una en fondo, hombro con hombro, de frente unas veces, otras de espaldas. El hombre con la venda puesta en los ojos, “la gallinita ciega”, para lograr lo que quería, tenía que atrapar en sus manos y de un solo intento la pelvis que él considerara la más hermosa. Y la mujer, a la inversa, hacía lo mismo con el hombre cuando era ella la “gallinita”.

Para velar porque las mujeres cumplieran cada deseo de los gastadores clientes, sin importar de qué tamaño era el exceso, en La Curva estaban los proxenetas, que eran los dueños del negocio. Si una de las muchachas se negaba, aunque fuera a un mínimo capricho, el dueño le daba tamaña entrada a patadas por donde mayor fuera el dolor: cara, vientre, tetas, hasta dejarla tendida y medio moribunda… y bien sabía cada infeliz prostituta lo que significaba una de aquellas palizas: desempleo, necesidades, miseria, hambre…